La noche que mi abuela NO mató al señor Castro

La siguiente anécdota es cien por ciento verídica. Espero les guste.

Allá por 1956, mi abuela (Conchis, finada) estuvo a punto de matar a un hombre. Justificadamente, pero de todas formas hubiera sido una gran tragedia si se hubiese animado a jalar el gatillo. Aunque, paradójicamente, también el hecho de no haber jalado el gatillo constituyó una gran tragedia.

Mis abuelos maternos vivían en una vieja casona en la zona centro de la ciudad de Toluca, sobre la calle de Juárez. La casa tenía dos pisos, con grandes ventanales y balcones de herrería que miraban a la calle. En ese entonces mi abuelo tenía una fábrica de jabones en la ciudad de Puebla, así que pasaba de lunes a jueves supervisándola y regresaba el fin de semana con su familia en Toluca.

Durante aquellas ausencias, mi abuela se quedaba sola en casa cuidando a cuatro niños: mi tía Maru (†), los gemelos José Manuel y Lourdes (mi mamá) y mi tío Luis, cuyas edades oscilaban entre los 9 y los 2 años. Los tiempos no eran ni con mucho tan inseguros como hoy en día, pero mi abuelo había peleado en la Guerra Cristera y sabía de lo que son capaces los seres humanos en un momento de ofuscación, así que había instruido concienzudamente a su esposa en el manejo de una monumental escopeta de cacería.  “Si alguien intenta meterse a la casa, tú dispárale sin pensarlo dos veces, ¿entendido?”, era la consigna que le hacía a mi abuela cada vez que partía a supervisar el negocio jabonero.

En una de tantas ausencias, mi abuela escuchó un ruido extraño cerca de la ventana de su habitación. Era casi la medianoche. Se incorporó y alcanzó a distinguir una sombra extraña ascendiendo sobre el balcón, dibujada tenuemente sobre la cortina gracias a un modesto farolito que proporcionaba algo de iluminación a la calle. Acorde al mandato de mi abuelo, tomó la escopeta y salió del cuarto. La idea de mi abuela era asomarse por el balcón de una habitación contigua (la del cuarto de costura), para poder sorprender al malhechor en el acto de internarse al domicilio.

Al asomarse sigilosamente por la ventana del costurero, mi abuela pudo comprobar que, en efecto, un hombre corpulento se había encaramado al balcón de la recámara principal. Con tan sólo tres o cuatro metros de distancia entre ella y su objetivo, levantó el cañón de la escopeta y apuntó hacia el infractor. Pero ahí le entró la duda. El hombre venía bien vestido. Y no estaba intentando meterse a la casa. Por el contrario, al parecer estaba intentando medir el salto hacia el balcón de la casa de al lado. Con voz de mando (mi abuela era brava, cuenta la leyenda), gritó un clarísimo “¡Alto o disparo!”

A lo que el petrificado intruso respondió con un “¡No dispare, por favor!”, girando sobre sus talones y levantando las manos para mostrarse en actitud de sumisión.

Mi abuela reconoció de inmediato el acento de su -casi- víctima: “¿Señor Castro?”

“Sí, señora Valdés, soy su vecino, el señor Castro. Se me olvidaron mis llaves y estaba intentando llegar a mi balcón a través del suyo. Mil perdones.”

El edificio con fachada de cristal hoy se erige en el lugar antes ocupado por las casas de mis abuelos Valdés y la del señor Castro.

El señor Castro había trepado por un viejo álamo que facilitaba el ascenso al balcón de casa de mi abuela, notando que de ahí a su propio balcón no le separaba más que un saltito, proeza moderada para alguien atlético y de buena estatura. Mi abuela, sin embargo, no estaba de humor para escuchar explicaciones de esa clase. No lo bajó de bruto, animal, bestia y qué se yo cuántos otros insultos a la usanza de la gente decente, mientras que le decía que estuvo a punto de llegar volando a su balcón, pero gracias a un escopetazo marca Wyatt Earp.

Castro se deshacía en disculpas, sin saber cómo apaciguar a mi iracunda abuela. Al final de cuentas todo quedó en un susto y en una anécdota familiar sumamente socorrida. Pero no tanto por los hechos ocurridos esa noche, sino por lo que pasó después.

El señor Castro dejó de ser vecino de mis abuelos unos meses más tarde. Se embarcó en Tuxpan, Veracruz, en un yate llamado Granma, junto con sus compañeros: su hermano Raúl, el señor Guevara, el señor Almeida, el señor Cienfuegos y otros más. Llegaron el 2 de diciembre a las inmediaciones de la playa Las Coloradas, se agarraron a balazos con el ejército y terminaron por internarse en la sierra maestra de aquella isla, Cuba. Poco más de un par de añitos más tarde, el señor Castro –Fidel, para sus amigos– era el hombre más importante de su país, sentándose en la silla presidencial que había dejado vacante Fulgencio Batista. Y de ahí no se movió en un buen rato.

La historia no termina allí. Mi abuelo tenía un hermano menor, Luis (alguien que en su momento ameritará su propia serie de anécdotas, pues su historia fue vasta y llena de curiosidades). Luis era un espíritu rebelde, en marcado contraste con la personalidad seria y conservadora de mi abuelo. Luis se fue a vivir a Cuba siendo un adulto joven, y contrajo matrimonio con una cubana risueña y dicharachera llamada Manolita. Mi tío abuelo Luis era propietario de una feria, con la que recorría la isla a lo largo y ancho durante todo el año. Simpatizó desde un principio con la causa de la revolución cubana (aún antes de que ésta triunfara), lo que le llevó a entablar acaloradas discusiones con su hermano (mi abuelo) cada vez que volvía a México en vacaciones y fechas importantes.

El tío Luis conoció al señor Castro, tanto en México como en Cuba. Tras el derrocamiento de Batista, ambos coincidieron en varias funciones oficiales, pues la feria de mi tío era uno de los pocos entretenimientos que seguían funcionando con regularidad tras la revolución. El señor Castro siempre fue cordial con el tío Luis, pese a que éste último siempre declinó afiliarse al partido y asumir varios cargos oficiales que le fueron ofertados por el barbado líder.

Pero el clima social de Cuba cambió mucho al paso del tiempo. Y tan sólo un par de años después del triunfo revolucionario, mi tío Luis pasó de ser una persona cercana al señor Castro a “enemigo de la nación”. Logró obtener un salvoconducto del gobierno mexicano para escapar de la isla con su esposa y su hijo recién nacido, tras enterarse que su nombre estaba por ser difundido en una lista de personas que debían ser recluidas en prisión por conspirar contra el gobierno. Mi tío, anteriormente defensor de la causa promovida por los barbudos rebeldes, miró con rabia e impotencia a los soldados que sólo le dejaron subir al avión tras arrancarle los botones y cremalleras de la ropa, confiscándole a la familia hasta la última pieza de equipaje, e incluso las botellas de leche de su hijo. “Esto servirá para que coman los niños cubanos, no para alimentar a hijos de desertores y traidores”, fue la explicación. Luis, Manolita y el bebé fueron recibidos por mi abuelo en México, literalmente cerrándose las desgarradas ropas con sus propias manos.

Dentro de todo tuvieron suerte. Vivieron para contar su historia y para recriminarle a mi abuela que no hubiera jalado del gatillo cuando tuvo en la mira a “ese maldito barbón que ha de pudrirse en los infiernos”. Mi abuela murió joven, a mediados de los 60. Mi abuelo nunca fue el mismo tras perder a su esposa, y él se fue en el 81. Mi tío abuelo Luis duró unos pocos años más. Su esposa, Manolita, acaba de morir hace unos meses. Todos de causas naturales.

El señor Castro nada más no se muere. Ahí sigue, en su isla. Y muchísimas personas esperan escuchar sobre su eventual muerte. De entrada, todos mis amigos cubanos en Miami a quienes les he relatado esta anécdota familiar. Las reacciones a la historia de mi abuela y el señor Castro han sido muy diversas. Han generado risas incrédulas, expresiones anodinas, escrutinio con preguntas y más preguntas… algunos se han echado a llorar. En serio. Es un cliché hablar de “efectos mariposa” y alterar el curso de la historia en menos de un segundo, pero es obligado referirnos a esos lugares comunes cuando ocurren casos así.

¿Estaría yo escribiendo en un blog si mi abuela hubiera tirado del gatillo? ¿Existiría yo mismo, acaso? No lo sé. Nadie lo sabe. Solo que sé que siempre que revivimos esta anécdota en mi familia, siento algo muy raro en mi interior. Como si evitar una tragedia entre los míos hubiera desencadenado la tragedia para miles, quizá millones de personas. Por eso prefiero no pensar mucho en “hubieras” y en consecuencias… Sólo platico la historia y dejo que cada quien decida qué hacer con ella. Como mi abuela decidió no dispararle a un intruso una noche en Toluca.

33 comentarios en “La noche que mi abuela NO mató al señor Castro

  1. como siempre Maese Sempere, excelente historia, increible manera de contarla y no podria estar mas de acuerdo, que cada quien saque sus propias conlusiones.

  2. muy buena historia q padreq tengas ese tipode recuerdos
    referente ala situcion dela isla pes hay q ver los dos ladosde ela moneda q seria de cuba si hubiera seguido como el prostibulo de estado unidos,o si no tubiera ese embargo q los mantienen conla bota en el cuello, castro se intocxico de poder y a sido lider un gran lider para bien o para mal

  3. Como dijo Reynaldo Arenas el capitalismo te da una patada en el culo, pero el socialismo te da una patada en el culo y ademas debes dar la gracias,😉
    Buena anécdota Le toñé, matando a Fidel tal vez la guerra fría no hubiese existido. Bueno por lo menos las crisis que tuvieron los gringos y los cubanos en los 60’s.

  4. Estaria bueno mandarle la historia a Yoani Sánchez, y escuchar su comentario al respecto. De las cosas que te sorprenden y te ponen a pensar…

  5. Pues quien sabe, que hubiera pasado, pues las cosas no estaban mejor con Fulgencio Batista, pero pues quien sabe si otro de los revolucionarios hubiera ocupado la silla. Todo un albur.

    Esta historia me recordó el libro de 638 maneras de matar a Castro, en donde se relatan los fallidos intentos de la CIA por matar a Castro y que nunca fructificaron, y pensar que tu abuela en una noche fue la que más se acercó.

    • Cuando Castro venía a México siempre anda impecable de traje, todo un Dandy, y estaba fornido, le apodaban “el caballo”, cada que los metían al bote, él era el que abogaba por todos, y siempre salía avante, es bien sabido que era de esas personas que te encantan con los choros y de seguro hasta hubiera convencido a la Señora a que se les uniera.

  6. Caray! un minuto y la historia seria diferente. Que anecdota tan interesante. Que bien que tenemos a un cronista como tu que nos la puede contar y de primera linea que es lo mejor, sin distorsiones por el tiempo. Un abrazo mi fino toño

  7. ¡”Ala madre!” Eso fue lo que me dije a mí mismo al leer “…y el señor Cienfuegos”. ¡Excelente historia!

    Puede ser interesante analizar los “hubieras”, pero como dice el dicho: Palo dado ni Dios lo quita.

    Saludos.

  8. Otra buena anécdota. What if?

    Mi bisabuelo q.e.p.d. tenía una hermana muy guapa, bueno una de tantas, ya ven que en esos tiempos se aceptaban todos los hijos que Diosito mandara.

    El caso es que esta hermana, se emparentó con Don Pancho Villa, más bien fue uno de sus tantos amores. El caso es que tengo entendido que los papás de mis bisabuelos, no querían que ella se juntara con Villa y se agarraron a balazos sin consecuencias. Villa y mi tía bisabuela se fugaron a escondidas y la familia nunca volvió a saber de ella.

    He leído y escuchado bastantes buenas historias de Pancho Villa y decían que era muy buena persona. No sé que le hayan visto de malo mis tatarabuelos, pero por algo pasan las cosas. Hubiera estado cool ser familiar de un héroe de México.

  9. Chale Toño, ¿Qué te diré?, me gustó mucho la anécdota, pero sí pinche Fidel, hasta al pobre Ché le dió la espalda, después de tanto que le ayudó a ganar la revolución, cuando el tren blíndado y cuando repelió a Estados Unidos en Bahía de Cochinos.

    Igual, pienso sí no hubiera existido la Cuba socialista, ¿Sobre qué escribiría Silvio?, no habría “la nueva trova cubana y de la revolución”, no habría la Cuba vieja y romántica de la que se enamoró Hemingway. Ni las jineteras de a dólar.

    Pero ay güey, poca madre la historia.

    Y Fidel está jugando carreras a ver quién dura más con Chabelo y Matusalen.

  10. Gracias por compartir esta anecdota con tus fieles seguidores, da mucho que pensar y elucubrar, me sono ocmo a principio de pelicula de ficcion, y si es cierto que hay universos paralelos a este, seguro al menos uno de esos fue provocado por el disparo de tu abuela.

  11. No vamos a polemizar en tu blog, mucho menos tomando en cuenta a tus amigos de Miami… pero es un relato interesante, que ni duda cabe… ni pedo, no me puedo encabronar con usté… Saluditos

  12. Matar a Castro era una de las prioridades de la CIA en los años 60. De haber sabido, le hubieran mandado a tu abuela en plan de diplomacia pero con la escopeta de caza cargada de balas de uranio.

    Ahora, yo digo que le hubiera disparado a las rodillas, con eso ni lo mataba ni lo dejaba en condiciones de dirigir una campaña rebelde.

    Odio escribir sin acentos.

  13. QUE DEMONIOS!!! WTF!!! COMO PUTA OSTIA NO SE DISPARO ESE MALDITO GATILLO!!! (Miau, miau… ok, este chiste pendejo no tiene cabida), bueno, como todo tiene su lado positivo y negativo; bien dice Toño que no sabemos que hubiera pasado, pero a mi forma de ver se hubieran evitado muchos problemas, probablemente hubiera pasado algo parecido como con la Revolucion Mexicana… muerte tras muerte… presidente tras presidente… pero creo que eso hubiera sido preferible a los muchos problemas que tiene actualmente nuestro vecino Cuba… pero en fin, azares del destino, como siempre he dicho: “En esta vida, nada pasa por accidente”

    Atte: Lord Celextus Vark Betixberguer

  14. No sorve pensar en el “hubiera”, tienes razon.
    La verdad es una historia muy curiosa, y es raro e interesante el poder que de repente tenemos en las manos sin saberlo, quiza en este mismo momento.
    Solo puedo decir que, asi tenia que ser, y que de hecho, esa historia aun no termina, es una historia que aun no tiene final.
    Buena vibra.

  15. Creo haber escuchado en alguna entrevista que le hicieron que el contara de su vida en México y de como una señora lo tuvo a punta de pistola, lo conto entre risas y no le puse mucha atencion a la entrevista, jajajaja mentira, muy buena historia don toño, como bien lo dices ese es el efecto mariposa.

    Aunque cualquier vida humana es de un valor incalculable en cualquier momento es inegable que la muerte del cubano seria mas trasendente ahora, cuando tu abuela lo tuvo en la mira era solo un cubano mas y como tal habria muerto, ahora morira como uno de los hombres mas importantes de los ultimos 100 años, no cabe duda que nuestras obras nos definen sea para bien o para mal.

    Tambien me pregunto ¿que hubiera pasado con tu abuela si decide disparar?.

  16. No inventes Toño! estoy 100% sorprendida que maravilla de historia, y es que, es verdad, nunca sabemos que hará mañana esa persona que hoy pasó a nuestro lado.

    Wow, no puedo decir más, esta great! en verdad equivale a no haber puesto el maletín con explosivos abajo del escritorio de Hitler. Y bueno, por otra parte a mi que me-encanta lo de tiro con armas de verdad más emoción me da. ¡Que pistolitas gotcha ñoñas ni que nada jaja!

  17. qué buena anécdota, como bien dices el hubiera no existe y esta historia me hace pensar más en que cada uno trae ya su destino trazado

  18. Gracias por compartir está interesante anécdota, quien lo diria, tú abuela tuvo en sus manos la vida de un hombre que ha marcado la historia de todo un país. Que bueno que se me ocurrió leer tus pasadas historias y encontrar esto.

  19. Muy buena historia, realmente interesante! lo que es la vida y como sería ahora todo…pero por algo pasan las cosas, aunque parezca que otro escenario hubiera sido mejor…

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