El Paradigma de Ralston

“Me corto uno si El Tri no le gana a Venezuela”

Ayer escuché este atrevido pronunciamiento en la sala de espera de un consultorio médico. Es una expresión coloquial, sí, pero suele asociarse con certezas, con eventos cuyo resultado adverso a nuestras predicciones es tan improbable, que podríamos poner en juego nuestra mismísima hombría (en este caso representada por un testículo) para garantizar su ocurrencia.

¿Pero realmente has pensado en el valor equivalente a cosas que te gustaría poseer, experimentar o ver convertidas en realidad? En serio, échenle materia gris. Deténganse a reflexionar por un momento en algo anhelado. Muy anhelado, de hecho. Algo que les cambiaría la vida decididamente (para bien, claro). Puede ser ese trabajo con el que han soñado toda su vida, un acostón marca Sultán de Brunei con esa celebridad soñada, o el meter el gol que corone a México en un mundial de fútbol (y de seguro ‘de chilena’, bola de bastardos predecibles).

Ahora piensen en qué estarían dispuestos a dar a cambio.

Pero piénsenlo en serio…

No es tan fácil, ¿o sí?

Cuando escucho que alguien se cortaría tal o cual parte del cuerpo a cambio de algo, o para garantizar algo más, en seguida pienso en Aron Ralston. Ya saben, el excursionista que quedó atrapado del brazo por una pesada roca y que tuvo que cortárselo de la manera más cavernaria y drástica para lograr escapar con vida del atolladero. La película 127 Horas de Danny Boyle revivió el interés por la hazaña de Ralston, pero yo la recuerdo desde que se reportó por primera vez en el 2006, cuando todavía tenía a mi cargo la revista Men’s Health. Nos impresionó tanto lo ocurrido que de inmediato incluimos al improbable sobreviviente en un informal artículo sobre los hombres más hombres sobre la faz de la tierra. Y no nos quedamos cortos.
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Mommy Rotten

Hay algo que me inquieta sobremanera en el comportamiento de mi Finísima Familia, concretamente a nivel de mi madre y de mi hermano El Nel. Creo que tienen una extraña resignación a consumir alimentos echados a perder.

Me explico: en mi familia siempre ha existido un rechazo total y absoluto al desperdicio. Del lado de mi papá viene por el hecho de que mis abuelos pasaron las de Caín durante la Guerra Civil Española. Las condiciones de escasez, por no decir de hambruna, les pegaron duro a ambos abuelos. Cuenta la leyenda de que en los peores días, mi abuela se armó de valor y se robó un pollo de una granja vecina para alimentar a su familia, y que el trauma de matar al animalillo fue tal, que eso la orilló a rechazar el consumo de carne gallinácea por el resto de su vida.

Mi abuelo no la pasó mejor. Estuvo metido en un campo de concentración una vez que su bando perdió la contienda. La brutalidad de los vigilantes senegaleses, quienes acostumbraban robarles a los prisioneros la poca comida que llegaban a procurar, dio pié a que uno de los compañeros de barraca de mi abuelo Pepe fingiera haber sustraído una naranja de contrabando, envuelta en un pañuelo. Cuando uno de los guardias más malditos, un descomunal negro que hacía valer sus instrucciones a punta de culatazos, le quitó la “naranja” a aquel ingenioso gachupín, tuvo la mala fortuna de descubrir que dentro del pañuelo no había una jugosa fruta, sino una explosiva granada. Para que luego le cuenten a uno que dejarse llevar por la gula no necesariamente tiene malas consecuencias…

En fin, eso es por el lado paterno. Mi mamá, por su parte, es de esas personas predisupuestas a sufrir por todo el mundo y por todos los motivos. Ya les he contado de sus frecuentes rescates animales, convirtiendo la casa de mi niñez en una especie de ‘hospital de guerra’ para perros, gatos, aves, ardillas y algunos bichos cuya especie aún no nos queda del todo clara. Y con la gente es aún más sensible: continuamente desaparecen de la casa alteros de ropa, cajas y más cajas de despensa, enseres menores y toda clase de prendas y propiedades, casi siempre destinados a viejitos y viejitas, a niños indígenas que se encuentra pidiendo limosna en camellones o a simples extraños que ve “muy desarrapaditos” (su frase predilecta para explicar esas tendencias de Madre Teresa Región 4). Creo que hasta a algunos de mis amigos con más pinta de xodidos ha querido asistir con sus obras caritativas (no se ofendan, muchachos, es en buen plan). Sigue leyendo

Buscar sin encontrar

Hace unos días, un par de astrofísicos presumiblemente sobrios informaron al mundo respecto de una hipotésis que planteaba la existencia de un enorme planeta sin descubrir en los límites de nuestro sistema solar.

Incluso le dieron un nombre, Tyche, en honor de la diosa griega hermana de la diosa Némesis. Tyche es famosa principalmente por tener un publirrelacionista mucho menos efectivo que el que atiende a otros deidades mitológicas, a juzgar por su notable ausencia de pelis como Furia de Titanes. Pero no nos desviemos, el presunto planetota podría tener una masa dos veces mayor que la de Júpiter, así que estamos hablando de un objeto de dimensiones francamente descomunales.

Una vez que se descartó del todo la posibilidad, incluso remota, de que este planeta pudiese ser habitable (única razón por la que podemos tener interés en otros mundos) me surgió una duda inquietante. Si tenemos poderosos telescopios que andan descubriendo galaxias, nebulosas y estrellas a muchísimos años luz de distancia, ¿cómo es que apenas nos estamos enterando de la posible presencia de un cuerpo celeste más grande que la estupidez de algunos de nuestros políticos? Sigue leyendo

Sucker Punch = Lucha Libre

Antes que nada, seamos objetivos. Quien se mete a ver una película como esta en busca de una intrincada historia, personajes multidimensionales o reflexiones profundas sobre la naturaleza humana está cometiendo un grave error. Sucker Punch no se hizo para esto. El simple hecho de que la mayoría de quienes han abordado su existencia aún estén debatiendo sobre asignarle un género propio (híbrido entre el videojuego y el cine) nos dice mucho. Pero no por eso es menos disfrutable.

En el mundo cinematográfico, esta peli es como lo que la lucha libre es al deporte de competencia. No hay sorpresas. El resultado está determinado con antelación, y lo que puedan aportar los participantes es meramente show. Zack Snyder hace pornografía de la técnica visual así como Vince McMahon hace pornografía esteroidizada de una disciplina que sí tiene raíces competitivas, pero que ha sido reinventada con fines de tornarse en puro espectáculo.
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Manual de procedimientos para muertos famosos 2.0

Se nos adelantó Elizabeth Taylor (ODIO ese cliché…), y no es que no esperásemos dicho desenlace, pero la verdad yo pensé que hubiera tenido mayor resonancia a nivel mediático. ¿Será que con tanta fuente de información a la mano las noticias ya no pegan como antes? ¿O acaso se debe a que no había hecho nada relevante dentro de su profesión en un buen rato? No importa, fue de las enormes figuras de la pantalla en sus mejores años y eso le reconocemos.

La razón de este post, sin embargo, no tiene mucho que ver con Liz Taylor y su obra, sino más bien con la forma en que se reciben noticias de decesos en las redes sociales y el new media en general. El fenómeno de la muerte famosa ya había fincado bases muy claras cuando se murió el cuatito de Elizabeth hace casi dos años. Ya saben, aquél pedófilo que se sucidó por vía de cirugía cosmética. Pero hoy, gracias a los comentarios de muchos de ustedes, pude elaborar este breve manual de procedimientos para reaccionar ante la muerte de un famoso, que consta de los siguientes pasos:

  1. Diseminar el rumor del deceso, de inmediato. No importa si la noticia del muertito proviene de la BBC o del dudoso sitio Cheezmes-d-Ph4moss0zz.net, el chiste es que TÚ tienes que ser el primero en difundir esa información al mundo. No hay tiempo para reaccionar o editorializar, así que sueles escribir algo como “RIP Fulano de Tal” o “Murió Fulana de Tal“. Cuando mucho puedes permitirte un “OMG! Fulano de Tal se murió!“, pero cada letra que tengas que escribir reduce tus probabilidades de dar la primicia en tu timeline. Y claro, esto se pone muy jocoso cuando la riegas y “matas” a alguien por mero rumor, como pueden atestiguar Capulina, Chespirito, Chabelo, Clint Eastwood y otros “muertos virtuales”. Sigue leyendo

Roce con la Muerte

Groundhog Day: Sólo el buen Bill Murray sabe todo sobre formas variadas de morir...

Ya es un lugar común decir que hemos tenido una experiencia que nos puso al borde de morir. No importa que seas joven o viejo, alto o chaparro, gordo o flaco, fuereño o chilango (bueno, ser chilango sí aumenta muchas veces tu exposición a morirte), el caso es que casi cualquier persona puede mencionar al menos una instancia donde la distancia que les separó de partir hacia otro plano terrenal fue ínfima.

¿Pero realmente se puede considerar todos los near-misses como roces con la muerte? ¿Y a qué nivel? Sí, a lo mejor te tocó estar involucrado en una balacera, pero a lo mejor el intercambio de plomo no duró ni un cargador. Podemos argumentar que con cada bala disparada, tus probabilidades de ser alcanzado por alguna de ellas va en aumento. Pero el impacto de bala tampoco es mortal por necesidad. Si la bala te pega en una pompa, lo más probable es que seas víctima de burlas de parte de tus amigos y familiares cercanos, pero sólo perderás la vida si tienes la desgracia de caer en manos de un pésimo doctor. Sigue leyendo

Ese Trabajo Soñado

El post de ayer, acerca de vocaciones y profesiones, dio pie a que algunos de ustedes me escribieran mails consultándome acerca de cuestiones laborales. Eso de por sí es gracioso, pues considerame una autoridad en la materia de orientación laboral puede ser tan equivocado como pensar en Dulce María como una autoridad en asuntos de geofísica, pero en fin… el caso es que uno de los temas recurrentes en sus mensajes tuvo que ver con entrevistas de trabajo, concretamente preguntándome cuál había sido la experiencia más inusual a la hora de aplicar para una vacante laboral.

Han habido varias experiencias sui generis, pero una que miro a la distancia con cierta extrañeza ocurrió a principios del 2007, en Miami. Llevaba ya varios meses de “agente libre” después de que Telerrisa me dijo que ya no les caía yo tan bién como antes y que mejor seguíamos como enemigos. El caso es que estaba haciendo chambitas freelance por aquí y por allá, presentándome a cuanta entrevista de trabajo me fuera posible agendar. Finalmente, en uno de los sitios de Internet que frecuentaba en busca de oportunidades para trabajadores de la industria editorial, me mandaron una alerta para aplicar por una posición.

Los requerimientos no eran nada del otro mundo. La posición era para un Managing Editor, con al menos tres años de experiencia en revistas comerciales, capacidad de manejar fechas de cierre y agendas de colaboradores para seis publicaciones distintas, facilidad para procesar pagos a dichos colaboradores, conocimientos básicos de Adobe InDesign y Photoshop, y lo más importante: habilidad para coordinar sesiones de fotografía y servicios de producción en locaciones diversas. Sigue leyendo

Vocación y Profesión

Háganse un favor y vean esta película. Encierra muchas verdades existenciales...

“Siempre dije que te ibas a ganar la vida escribiendo”, fue la observación que mi hizo mi papá hace unas semanas. Estábamos enfrascdos en una de tantas discusiones respecto a lo que uno pintaba para ser de niño y lo que acabó siendo de grande, a raíz de que escuchamos a mi hija haciendo una (modestia de padre MUY aparte) competente interpretación de Shiny Happy People, de R.E.M. “No le fomentes el dedicarse a la cantada”, opinó mi mamá. Y es que deben saber que mi Finísima Madre equipara la vida del ambiente artístico como una profesión casi tan ruin como la cría de gatitos para alimentar boas.

El caso es que hay una enorme, enooooorme distancia entre lo que uno quiere ser de niño y lo que la vida acaba poniendo en nuestro Curriculum Prestae a la hora de abrirnos paso en el ámbito laboral. Después de la etapa inicial absurda de la tierna infancia, donde todos los mocosos y escuinclas eligen profesiones como “vaquero”, “astronauta”, “bailarina” y “doctora de mascotas” (el término “veterinario” no es tan atractivo, la verdad), hay una breve epifanía donde realmente razonamos nuestras perspectivas a futuro en algún campo de trabajo más realista.

En mi caso, de los 7 u 8 años como hasta los 14 quise ser biólogo marino. No tenía ni idea de cuánto ganaba un biólogo marino, claro, pero la perspectiva de ser un Cousteau Región 4 me sonaba tan espectacularmente idílico como para ignorar la posibilidad real de que mi destino final seguramente tiraría más a la realidad de un Steve Zissou. Piénsenlo bien: la jornada de trabajo inicia en traje de baño, involucra el andar flotando sobre arrecifes armado con un cuchillo muy matón (¡o de plano con un arpón o tridente!) y culmina con una cena de cangrejo rey o langostinos. ¿Brillante? ¡Claro que sí! ¿Porqué no seguí mis instintos? Sigue leyendo

10 Perdederas de Tiempo

La era electrónica nos ha traído algo mucho más importante que la comunicación a gran escala o el dinamismo de la información: también nos ha permitido encontrar formas cada vez más adictivas y versátiles para tornar el tiempo productivo en prolongados ratos de ocio y divertimento inútil. Me costó trabajo, pero logré enumerar los diez juegos en que he malgastado más horas-hombre desde que tengo uso de razón.

B17 BOMBER

Plataforma… Intellivision, una consola de videojuegos que creo que ni a dos bits llegaba.
Se trata de... Despegar un bombardero B17 durante la Segunda Guerra Mundial, deshacerse de los cazas alemanes que acechan los cielos, evadir los cañonazos enemigos, dejar caer un par de toneladas de bombas sobre objetivos del Eje (fábricas, vías del tren, baterías antiaéreas… hospitales no, por alguna razón), regresar a casa. Repetir hasta que Hitler se convierta en tu perra.
Su atractivo… Desde niño he sido un consumidor enfermizo de todo aquello que suene a este gran conflicto armado. He leído enciclopedias enteras al respecto, coleccioné soldaditos, tanques y aviones de juguete, y he visto Patton, Saving Private Ryan, Downfall, Band of Brothers y El Gran Escape más veces de lo que es considerado sano para cualquier estándar. Pero este adictivo juego en esta cruda consola primigenia me provocó auténticos traumas respecto al estrés generado por una escuadrón de combate aliado en tiempos de hostilidades abiertas con los Nazis. Al lado del drama de B17, un plomero italiano saltando barriles arrojados por un primate simplemente no generaba el drama necesario.
Con el tiempo perdido… pude haber aprendido alemán, sin lugar a dudas. A la fecha sólo conozco algunas frases e interjecciones inútiles. Al menos puedo ordenar cerveza.

 

Ultima IV: como pueden notar, los diálogos rimbombantes en videojuegos no comenzaron con Metal Gear Solid...

ULTIMA IV: QUEST OF THE AVATAR

Plataforma… Commodore 64
Se trata de… Una épica aventura de rol donde desarrollas a un personaje en base a ocho nobles virtudes (valor, sacrificio, compasión, etc.) con el fin de derrotar a las entidades malignas que emanan de las profundidades de una mítica tierra. Algo así como Lord Of The Rings pero con menos tintes homoeróticos.
Su atractivo… La delicada etapa de la adolescencia, donde te salen pelos por todos lados y tienes problemas para relacionarte con el mundo que te rodea, es terreno fértil para explorar estas larguísimas sagas donde básicamente vives otra vida, mucho más heroica y mucho menos afectada por el acné. Explorar las exóticas tierras gobernadas por el benévolo Lord British mientras le surtías su pedido a orcos, trolls, cíclopes, dragones y demonios, conquistando a una princesa en el proceso, era lo más cercano a cultivar una relación formal.
Con el tiempo perdido… Pude haber evitado reprobar categóricamente un año de secundaria. Sigue leyendo

Todo menos paciente…

Salas de espera de antaño: organizadas. Y racistas.

Esta semana tengo varios compromisos con mi salud (¡Salud!) que me obligarán a subir posts cortitos, pero espero que sepan que no los olvido. Y es que he estado visitando consultorios, laboratorios y clínicas en espera de ser atendido por esos infatigables galenos que, sin mayor móvil que el de prolongar la existencia del prójimo y cobrar más dinero en un día que lo que uno gana en un mes, atiborran sus consultorios y oficinas con pacientes que ejercitan la paciencia de una forma admirable.

La sala de espera y los consultorios son un martirio de bajo impacto. Por esto entiéndase que no equivalen a un sufrimiento fuera de serie, ni nada que el humano promedio no sea capaz de aguantar con estoicismo y resignación, sino que tan sólo constituyen una prolongada molestia plena de tedio. He aquí, pues, tres de mis quejas frecuentes y las posibles soluciones que se me han ocurrido:

Las revistas. ¿Han leído el Mientras Espera? Es una revista específicamente diseñada para leerse en salas de espera. Y es lo más patéticamente aburrido que hayan visto desde el estreno de la última peli de Sofia Coppola. Me imagino que su editor y redactores deben ser la clase de abúlicos seres que se emocionan cuando avisan que viene nuevo disco de Raúl Di Blasio. Lo malo es que en la mayoría de los consultorios las opciones de lectura revisteril se limitan a esta publicación, a revistas comerciales más repasadas y manoseadas que una mujer petacona en un desfile de carnaval, a publicaciones médicas (como si quisiéramos pensar aún más en los males que nos obligan a ir al doctor) y a un periódico chafa que se le olvidó a un paciente tempranero (en 1998). Lo dicho: crueldad innecesaria.
Posible solución: al agendar la cita con el médico, la secre o recepcionista DEBE preguntarle a la persona qué revista quiere leer en lo que espera, y se puede llevar el ejemplar como cortesía. Con lo que cobran por consulta es lo menos que merecemos. Y si la revista que pides es una que te da penita comprar (H Extremo, TV Notas, Eyaculador Precoz Illustrated), mejor aún, pues quiere decir que uno de los empleados del consultorio tendrá que pasar la verguenza de adquirirla por ti. Sigue leyendo

La libreta de ideas

Mi mesa de noche (no me gusta la palabra “buró”, por alguna maniática razón) solía tener una constante: el vaso con agua. Claro, hasta el día que tiré el vaso con agua en mi manoteo somno-sediento y casi provoco un corto circuito con la mojazón subsecuente. Ahora conservo una botellita plástica firmemente cerrada, a nivel de suelo.

Lo que sí tiene un sitio de honor es mi libreta de ideas. Y es que mis hábitos y patrones de sueño son tan irregulares que a veces me asaltan conceptos o premisas útiles para cuestiones literarias justo en los instantes menos propicios para desarrollarlas, o sea, en medio de mis sueños más soñadores.

El sistema no es perfecto. A veces estoy tan adormecido que ni siquiera la premisa de mi idea tiene lógica al ser leída y releída a la mañana siguiente. Por eso decidí compartir algunos de estos conceptos mal estructurados, frases sin terminar, ideas inconexas y demás incoherencias que pueblan mis libretas de ideas. Algunas no sé qué significan. De otras  lo intuyo, pero no sé en qué contexto las quería aplicar. Y algunas más que ni siquiera sé por qué fueron escritas, o siquiera consideradas como buenas ideas. En fin, van TODAS sin editar, así como las plasmé en mi de por sí ilegible letra de mecánico automotriz. Si alguien sabe a qué me refería cuando las escribí, agradeceré me lo aclaren por este medio: Sigue leyendo

¿En qué estaba pensando? Pecados musicales, Vol. 1

Durante muchos años tuve el vicio de comprar música. Sí, vicio. Lo digo porque muchas veces no eran compras razonadas, sino simples afanes enfermizos por hacer acopio de más y más discos, cassettes, CDs y demás formatos vivos y muertos para engrosar mi creciente colección. Y por lo mismo, tiendo a encontrar ciertas “joyas” en ella que me hacen avergonzarme profundamente de mi mal juicio, o al menos cuestionar si siquiera lo tengo. He aquí un breve muestrario:

Village People, Can’t Stop the Music – Original Motion Picture Soundtrack

Es justo comenzar con el que quizá sea el primer gran ejemplo de mi a veces atolondrada selección musical. A mis 9 años, mi colección de música “adulta” se componía de discos de Rush, Led Zeppelin, Queen, AC/DC, The Police, Rainbow, Supertramp y los soundtracks de Grease y Saturday Night Fever. No muy consistente el rollo, pero con potencial de grandeza. Un fin de semana que estábamos de pasada por un Sanborns llegó la inusual oferta de mis padres de regalarme un LP. Y no sé qué clase de demonio desfalleciente de la música disco me poseyó a la hora de elegir este. Resulta que el homoerótico quinteto de Village People hizo una película. Si la llegan a pescar en un Cinema Golden Choice o algo similar deben de verla, es quizá una de las diez peores películas de la historia. El caso es que la banda sonora es tanto o más mediocre aún. El tema principal es todo pilas, lleno de arreglos ostentosos para una sección orquestal muy discotequera, así que me imagino que eso estaba sonando en el momento de hacer la obtusa elección.

Valerie Perrine: 'Cougar' histórica...

¿Pero por qué elegí este disco? Ya les he contado que no me gusta bailar, y aunque me gustase estoy negado para ello. Y para ese entonces no escuchaba el mentado soundtrack de Saturday Night Fever, único posible vínculo con el género, ni para limpiarle la aguja al tocadiscos (“¡Cuéntanos más, Abuelo Toño!”). La música Disco ya estaba en los últimos estertores mortales, de hecho. Yo ya había iniciado una modesta colección roquera con sólidas bases. Mi única explicación posible es que el disco tenía en su interior una serie de fotos de la película, donde la protagonista femenina Valerie Perrine mostraba sus atributos de madurona sexy y un par de atuendos que indicaban lo frío que estaba el set el día de la filmación. En serio, señores, uno podría colgar la gabardina y el sombrero en esos enhiestos pezones. Así pues, debo confesar que la única razón para comprar este album de vinil fue el despertar de mi inmadura libido.

Spin Doctors, Turn It Upside Down

Una de las canciones más quemadas y tocadas ad nauseam en la historia de la música es Two Princes, de esta jipiosona banda que vino a contrarrestar con su alegría pachecona todo el depresivo influjo que el grunge legó a la humanidad a principios de los 90. Pero los Spin Doctors, pese a un album debut con tres sencillos exitosos (aunque desprovistos de calidad), tuvieron el atrevimiento de sacar un segundo disco (y probablemente un tercero, pero ni yo fui tan imbécil de explorar el resto de su legado artístico). El caso es que sí compré la segunda producción de este cuarteto. El sencillo de Cleopatra’s Cat, en opinión de un empleado de Núcleo Radio Mil (donde yo estaba haciendo un curso de producción radiofónica), iba a ser el exitazo del año, haciendo que Two Princes quedara más olvidado que el hermano jotón de Lucía Méndez. Sobra decir que no fue así (lo de Cleopatra’s Cat, no lo del hermano jotón de Lucía Méndez). Este CD fue tocado una sola voz en el luchón estéreo Fisher que amenizaba mis tardes de estudio universitario. OK, que amenizaba mis tardes de siesta universitaria. El caso es que es malísimo. Y en una época en que comprarme un disco representaba un serio impacto a mi economía personal, resultó más doloroso aún el descubrir que las rolas no servían ni para poner ambiente en una reunión de menonitas.

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