Nuestros Chescos

Uno de los múltiples placeres de viajar implica degustar las bebidas locales. Cuando uno llega a la mayoría de la edad, la opción clara (u oscura) es disfrutar de las cervezas típicas del lugar que visitamos. Podemos tener nuestras marcas preferidas, pero el acto de beber “como los locales” nos hace sentirnos más a gusto cuando andamos deambulando por tierras extrañas.

¿Pero qué pasa cuando somos niños? ¿O adolescentes, imposibilitados para comprar (o limitados para apreciar) bebidas alcohólicas? Ah, ahí también hay opciones, puesto que nuestra hermosa República Mexicana goza de una apreciable variedad de refrescos regionales. Y a menudo el primer contacto de nuestro paladar con los mismos nos remite a recuerdos, algunos gratos y otros no tanto, de esas vacaciones o simples escapadas a otros rincones del mundo.

Por eso he aquí mi Top 5 de refrescos regionales. Compartan sus propias marcas, sabores y recuerdos en los comentarios, si son tan amables… Sigue leyendo

El Hombre Sin Nombre

Sergio Leone se equivocó, la película debió llamarse "El Malo, El Feo y El Grandísimo Hijo De Su Madre Que Le Partirá El Alma A Ambos"

Nota del Toño: Si este texto te suena demasiado familiar, probablemente leíste la versión del mismo que escribí en Paiki hace un año y medio. Como ese post está desaparecido en el ciberlimbo, decidí escribir una versión nueva en homenaje a mi actor favorito. Digamos que me estoy fusilando a mi mismo…

Volví a ver Gran Torino hace unos días, y por supuesto que me hizo recordar a ese ícono con patas y cara de maldito que representa al último símbolo del Hollywood de los monstruos sagrados, de los tiempos en que la grandeza de las estrellas se medía en inmensas pantallas de Cinemascope, más no en ver que “ingenioso” mashup nominal se le ponía al ligarle sentimentalmente con otra celebridad. ¿Escucharon eso, Brangelinas, Beniffers y Tomkats del mundo?

Si me han leído en este blog, en Twitter o en cualquier revista donde he dejado plasmada mi cochambrosa prosa saben de mi idolatría rayana en el homoeroticismo por Clint Eastwood. Todo indica que la mentada Gran Torino, con su enorme interpretación de un Walt Kowalski quien parece un destilado añejo y avinagrado de todos los inmortales malaleche que Eastwood cultivó a lo largo de su trayectoria histriónica, será la última actuación protagónica de este coloso del cine. Si ése es el caso, bien. Es salir por la puerta grande, y echarle cerrojazo a una carrera tan legendaria como brillante.

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A la sombra del Coloso

Este domingo me regalé un pequeño placer que ya casi había olvidado. A eso de las 10 de la mañana, aprovechando que el resto de la familia se desperezaba frente a la tele, me fui caminando desde la casa hasta las inmediaciones del Estadio Azteca.

Recuerdo que de pequeño me divertía escuchar a los comentaristas deportivos de la época refiriéndose al monumental estadio como El Coloso de Santa Úrsula. Pese a que soy hincha de los Pumas desde que tengo uso de razón, mi vida siempre ha estado ligada al Azteca. Mi papá conoció a Enrique Borja a través de un amigo común, y de chavitos nos enroló a mi hermano y a mi en la escuela de fútbol del Club América a sugerencia de la esposa del ex goleador.

Yo recuerdo haber hecho algo de berrinche, pues quería jugar en Pumitas, pero un padecimiento respiratorio me lo impidió. Pumitas jugaban en canchas que eran, para ser honestos, pura tierra y polvareda. El América tenía canchas con pastito recién regado y pleno de verdor. El otorrinolaringólogo tuvo la última palabra, así que fui brevemente del América, aunque fuera sólo por portar la camiseta un par de veces a la semana.

Mi equipo se llamaba Barracudas, y nuestro uniforme era la albiceleste de la selección argentina. ¡Qué uniforme! Con mis tachones Adidas firmemente calzados, me sentía  el hijo ilegítimo de Mario Kempes. Una vez nos tocó ir al Estadio Azteca a un evento, y hay que confesar que fue una experiencia sin par. El Azteca es un monstruo, cavernoso e imponente desde cualquier ángulo. Colosal, obviamente.

La casa de mis padres está a escasas doce cuadras del Estadio. De niño solía escaparme en la bicicleta para admirarlo desde afuera. Tuve la fortuna de que la amistad de mi papá con su influyente amigo-que-también-era-amigo-de-Enrique-Borja  nos ganara frecuentes invitaciones a palco, y ahí se fincó mi amor incondicional por el fútbol. Fui a ver al Boca Juniors cuando se enfrentaron a Los Cremas por la Copa Interamericana. Le eché porras al Atlético Español, antes de que mi papá les diera la espalda como uno de sus pocos aficionados restantes y que se tuvieran que convertir en el Necaxa. Y cuando el palco lleno de americanistas animaba a Reinoso, a Toño de la Torre y al Chocolate García en esas ocasiones en que mis Pumas iban de visita, yo me desgañitaba por Cabinho, por La Cobra Muñante y por un chavo habilidoso y entrón llamado Hugo Sánchez.

Cuando llegó el Mundial de 1986, admiré al Azteca en su máxima expresión. Un estadio entero gritando porras a un mismo equipo es algo que tiene que vivirse, pues no hay palabras que le hagan justicia a la experiencia. Cuando no conseguí boletos para ver al Tri en el estadio, me gustaba cortar el audio de la tele en cuanto caía gol de México, pues al asomarse por la ventana de la sala de estar uno lograba escuchar el rugido de la afición viajando hasta nuestro hogar.

Hasta mis Niners han jugado en el Azteca...

En el estadio he presenciado juegos de la NFL, conciertos y hasta una carrera de coches (será otro post). Y no deja de sorprender en ninguna de sus diversas facetas. Pero el placer de recorrerlo desde el exterior sigue siendo emocionante, aunque en otra diversión. Me encanta ver las caras de quienes descienden de camiones, microbuses, taxis o del tren ligero, emocionados por entrar a un juego. Este domingo vi a infinidad de aficionados ataviados con los colores nacionales. Rostros pintados, casacas verdes, blancas, rojas y las nuevas de color negro. Banderas y banderines. Matracas, cornetas, sirenas de aire. Ver gente es un pasatiempo al que no se le da la debida importancia, pero ver gente llegando a un estadio es aún mejor.

Me di un festín visual como los que acostumbraba darme en mis épocas de niño en bicicleta. Al regreso paré en el puesto de barbacoa de Don Arturo para llevarle el desayuno a los míos. Doña Meche me regaló un taco en lo que me despachaban los consomés. Muchos aficionados paraban a almorzar bajo la lona roja antes de meterse a ver un juego más. Seamos honestos, fue un juego más. Pero aún los juegos desprovistos de mayor trascendencia cobran otra dimensión en el Azteca. Apuré el taco de cortesía, tomé mi pedido bajo el brazo y recorrí unas cuadras más hasta llegar a la casa.

Hay muchas cosas que me han decepcionado o entristecido al volver a México después de una larga ausencia. El Estadio Azteca no es una de ellas. Sigue imponiendo, sigue siendo mi punto de referencia. Me recuerda la secundaria, la prepa y la universidad, pues cuando se organizaba la ida siempre ofrecía mi casa como estacionamiento. Y no tanto por aliviarles el tiempo y el dinero de la estacionada a los cuates, sino para poder recorrer esa docena de calles que me separan de su gris estructura. Recuerdo haber aprendido a manejar en su estacionamiento, comprado boletos de reventa debajo del puente que conduce a Acoxpa, coreado goles y más goles en su resonante interior.

Pero el mejor recuerdo siempre es el de observarlo en privado, en silencio. Hay algo de reverencia para El Coloso. Su historia y la mía existen en una extraña comunión. Nunca seré fan de los equipos que le consideran su hogar, eso es indiscutible. Y es que no es el hogar del América, como no lo fue del Necaxa, del Atlante o del Cruz Azul en algunas épocas. Es el hogar de muchos de mis recuerdos más gratos, eso sí. Por dentro y por fuera. Así que le seguiré visitando de vez en cuando, sólo para acordarme que ahí están guardados esos momentos.

La importancia de llamarse…

¿Qué hace Juanín Juan Harry en este post?

Un cortísimo post, porque el día ha estado ajetreado y mañana estará peor. Creo que es hora de reconciliarme, a esta edad avanzada, con el nombre bajo el cual fui conocido hasta la escuela primaria. Verán, ustedes me conocen mayoritariamente como “Toño Sempere”, que es mi firma habitual para iniciativas desmadrosas y poco serias. Algunos más saben que soy “Juan Antonio”, quizá por mis múltiples aclaraciones al respecto.

Pero un pequeñísimo grupo entre mis amistades me llama de otra forma. Yo fui un “Toño” hasta la Universidad, realmente. En la preparatoria me llamaban “Sem”, no precisamente inspirados por el hijo de Noé, de cuya descendencia proceden los bíblicos pueblos semitas. No, creo que más bien les daba fiaca decir las dos sílabas que completan mi apellido. Y en la secundaria, tratándose de un colegio masculino, fui conocido por el apellido, o por su romanceamiento hacia “Semperro”, o “Perro” a secas.

¡Ah, pero en la escuela primaria, en el ilustre Muppetssori del Pedregal, la cosa era distinta! Ahí privaba la filosofía de ensalzar y celebrar el individualismo del alumnado, así que todos se dirigían a uno por el primer nombre… o por el nombre por el que le llamaban a uno en casa.

Así mi amigo Eduardo pasó a ser conocido como “Lalito” (recuerden, estamos hablando de los inocentes tiempos de la primaria). Jaime era “Jimmy”. Teresa nunca existió para sus compañeros bajo otro nombre que el de “Tessie” (OMG!). Y yo… bueno… eh… yo… era “Juanín”.

El autor, prácticamente en estado larvario (1 año, 2 meses)

Me espero tantito a que se les pase la pinche risa para continuar, si quieren. ¿Ya? OK, otro poquito. Bueno, ya estuvo, ¿no? En efecto, en mi casa, desde que tengo memoria, siempre fui Juanín. No hay una versión definitiva del porqué de mi curioso hipocorístico (“¡Al Batidiccionario, Robin!”), ni de su autor intelectual. El origen más probable es a través de mis abuelos paternos, que distinguían a Juan Antonio padre (mi Finísimo Progenitor) de Juan Antonio hijo (el que escribe) usando la forma abreviada y familiar que se usa en algunas partes de España para los Juanes. Juanico o Juancho eran otras opciones, pero a mi me tocó ser Juanín.

Este nombre me acompañó durante toda la niñez, sin dar lugar a confusiones. Encontré Juanitos y Juanchos por todos lados, pero nunca otro Juanín. El mote se extendió a mi hermano Juan Manuel, quien pese a ostentar el celebérrimo nombre  eufemístico de “El Nel” durante TODA su vida, siempre fue parte de “Los Juanines”, que era como nos llamaban nuestros maestros, compañeros de clase y familiares.

Por supuesto, cargar con “Juanín” cuando se es todo un mozalbete que empieza a echar vellos en regiones corporales que el pudor calla sonaba ridículo, así que el ser conocido por mi apellido únicamente, a la usanza de las escuelas secundarias de ése entonces, resultó una bendición accidental. No obstante, un par de amigos cercanos de aquellos años (¡Saludos, Pepe y Roberto!) tuvieron la “fortuna” de estar en casa cuando mi mamá se dirigió a mi por el mofable “Juanín”, lo que les causó una felicidad fuera de serie durante un buen rato. Vamos, a cualquier amigo le gusta enterarse de algún dato avergonzante de tu niñez con el fin de utilizarlo para la masculina práctica de “echarle carrilla a la amistad”. Afortunados ellos, pues.

Pero el “Juanín” no trascendió más lejos de la secu. En la prepa y la universidad nadie llegó a llamarme por este nombre. El único que se enteró de él fue Alfredo Dávila “El Pollo” Monsiváis, creo que porque llamó por teléfono a la casa preguntando por mi y oyó a mi mamá gritarle a mi hermano “¡Dile que le hablan a Juanín!”. Gracias, jefa.

Hoy no me altera ni me apabulla que alguien me llame Juanín. Por principio de cuentas mi hija me dice así de vez en cuando, lo que resulta muy grato. Y además, el programa infantil 31 Minutos ostenta en su elenco a un carismático personaje que lleva ese mismo nombre. Así es, me place identificarme nominalmente con el célebre Juanín Juan Harry, floor manager de profesión y objeto de atención romántica por parte de La Gran Cachirula. Vean la muvi, no les voy a contar todo el rollo aquí.

De hecho, el mismo “Pollo” Dávila me mandó la canción de “Quiero a mi Juanín” extraída del soundtrack de 31 Minutos: La Película, concretando así mi aceptación total de ese histórico apelativo. Dicho sea lo anterior: Juanín, para servirles.