En Espera del Perro Robot

Un par de días después de que se chutaron a Bin Laden comenzó a correr en los medios la historia (real) de que el escuadrón de Navy SEALs a cargo de meterle un tiro entre ceja, oreja y madre a Osama no se componía exclusivamente de seres humanos capaces de circuncidar una mosca a 200 yardas de un certero plomazo. Oh, no. Además de los 79 soldados, les acompañaba un perro.

Y no cualquier perro, por cierto. Estos perros suelen ser de razas excepcionalmente dotadas tanto para el combate como para la detección olfatoria de riesgos, sean de naturaleza explosiva o simples enemigos de carne y hueso. Las razas preferidas suelen ser pastores alemanes o los famosos Malinois originarios de Bélgica (¿creían que iba a caer en la fácil tentación de hacer un chiste soez con la palabra ‘belga’, eh, babosos?), y son al mundo canino lo que Chuck Norris al mundo humano.  Sigue leyendo

Lo que se ve, lo que se cree…

Nunca te metas con un hombre al que le gustan los poodles. Nunca.

Y cayó Bin Laden, como era más o menos lógico que cayera: en una lluvia de balas cortesía de las belicosas huestes de un comando militar auspiciado por el Tío Sam (o por el Tío Osama, para ser justos). Lo que vino después ya suena hasta reiterativo en la recapitulación. Paso a paso:

  1. La noticia aún sin confirmar corriendo por redes sociales, rumorando que se habían echado al plato a alguien importante. Lo más curioso es que Dwayne The Rock Johnson se le adelantó a casi todo el mundo con la noticia. Pero bueno, es The Rock. Ese güey está cabrón.

    The Rock: enterado.

  2. Toño procede a hacer 14 chistoretes tuiteros consecutivos con respecto al notable deceso. Un par de ellos funcionan.
  3. Trending Topics, especulación, primeros reportes confirmados por parte de organizaciones periodistas serias (ninguna de ellas mexicanas, por supuesto).
  4. Facebook se entera de lo sucedido, como una hora después del resto del mundo. Sigue leyendo

Todos amamos las conspiraciones

Esta foto del alunizaje pudo ser una fabricación. La clave: la falta de destellos estelares en el fondo...

Me puse a revisar la avalancha de correos que me llegó durante mi fin de semana desconectado de Internet, para descubrir por enésima vez que un amigo, visiblemente exaltado por el impactante hallazgo, me envió un link respecto a las revelaciones con respecto a los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001. Pues sí, de terroristas nada: todo fue un plan de los gringos. Dejen me echo una dormidita y les cuento…  ZZZZZZzzzzzz…..

Ya desperté. Disculpen que no empiece a echar espumarajos por la boca y a desgarrarme las vestiduras al enterarme de tamaño atrevimiento por parte de nuestros cínicos vecinos del norte. ¿Cómo pudieron los méndigos gobernantes de EEUU, auxiliados por la CIA, los banqueros judíos y un sinnúmero de truculentos cómplices, intentar engañar a la opinión mundial respecto a lo sucedido en ese fatídico día, echándole la culpa al pobre Osama Bin Laden? ¿Desconocen, acaso, la vergüenza? Además de todo se vieron muy obvios plantando explosivos en las torres del WTC y/o disparándole misiles con sus aviones F-16 al Pentágono, simulando un ataque de supuestos Talibanes. ¿Nos toman por idiotas?

Posiblemente. Pero no son sólo los mentados gobernantes gringos, la CIA, los judíos y demás villanos quienes nos toman por idiotas. También nos estamos dejando llenar la cabeza de pendexadas gracias a la agenda de quienes cultivan, engrandecen y difunden las teorías de conspiración.

¿Terrorismo musulmán o ataque alienígena?

Es claro que vivimos en una época donde la incredulidad reside en ambos lados de una balanza que da constantes bandazos entre la verdad pura y la farsa inverosímil. Hace unos ocho años, los medios reportaron que la tecnología había llegado a un punto tal que era perfectamente viable el manipular transmisiones de video en vivo para insertar objetos, personas y, por supuesto, situaciones prefabricadas en la computadora. El mensaje fue claro: ya ni siquiera puedes creer en lo que estás viendo en estos momentos.

Apliquemos la lógica: si en uso casero podemos usar Photoshop, ProTools, After Effects y qué sé yo cuantas otras aplicaciones para distorsionar la realidad, ¿de qué no serán capaces las altas esferas tecnomilitares con sus workstations que hablan en teraFLOPS y que pueden insertar a Gina Montes bailando La Carabina de Ambrosio en medio de una conferencia de prensa en la Casa Blanca, sin que nadie pueda percibir el engaño visual?

Pero de ahí a que nuestra capacidad de asombro pueda mangonearse con la facilidad con que se le quita un  dulce a un niño debería existir un largo trecho. Malas noticias: no lo hay. Parece mentira que estemos mucho más dispuestos a creer el primer documentalillo subversivo que algún desempleado ingenioso subió a You Tube que a utilizar la lógica y el criterio educado.

Y es que las conspiraciones suelen ser mucho más atractivas que la versión oficial para las mentes ociosas. Conozco personas con brillantes carreras universitarias que creen con fervor religioso en el hecho de que el alunizaje norteamericano de 1969 fue un montaje cinematográfico (dirigido por Stanley Kubrick, por si fuera poco). Me enfrasqué una vez en una discusión rayana en el absurdo con un politólogo con un par de libros en su haber (de una editorial toda pinche y amarillista, pero editorial al fin) quien estaba dispuesto a meter las manos al fuego por la teoría de que las Torres Gemelas habían sido tumbadas por un escuadrón del Mossad israelita. Y no quiero entrar en honduras respecto a un pariente cercano que, pese a ser considerado un individuo brillante por muchos de quienes le hemos tratado, jura y perjura que más de la mitad de los gobiernos del mundo están en manos de extraterrestres. Quisiera estar bromeando.

Illuminati. Secuestros y autopsias alienígenas. El Protocolo de los Sabios de Zion. Las armas de destrucción masiva de Saddam. Courtney Love como autora intelectual de la muerte del Cuco Bein. Osama. Elvis. Kennedy. Michael Jackson. Area 51. Marisa Tomei recibiendo un Oscar por error. Francmasones y Rosacruces. Cátaros y Templarios. Ustedes mencionen cualquier evento histórico y a cualquier personaje de renombre, y verán que todos son susceptibles de contar con su propia mitología conspiratoria. ¿Estamos tan necesitados de creer en algo, por disparatado que suene?

Ese Vicente Fox Mulder sentó un mal precedente...

La crisis de credibilidad de nuestros medios es una señal muy clara de que algo no anda bien. Sólo así podemos entender que hordas de ignaros le crean más a un video pixelado de ovnis que se encontraron en la red que a las declaraciones de sabios como Stephen Hawking, por ejemplo. O a un documentalito armado en una PC casera por un ocioso, sin fuentes fidedignas ni datos concisos, frente a volúmenes de estudios científicos fundamentados hasta el cansancio. Sí, es preferible pensar que al Jefe Diego lo agarraron unos católicos de ultraderecha como castigo por andarse comiendo a una quinceañera que analizar el trasfondo político y las posibles implicaciones de su secuestro bajo una óptica sensata y bien informada. Lo malo es que las opiniones, como el ombligo, son algo que todos tenemos. Y en la era de las redes sociales, también son algo que TENEMOS que compartir y divulgar en todo momento.

Me entretiene analizar algunas de las conspiraciones más sobreanalizadas, como la muerte de Kennedy. Dejando de lado a Oliver Stone, sí es muy factible encontrar infinidad de cabos sueltos en la historia de Lee Harvey Oswald como asesino solitario. Pero de ahí a afirmar que a Kennedy le da el tiro de gracia el chófer de la misma limusina que le conducía por Dallas hay un enorme valle que no pretendo cruzar. ¡Ah, pero cruzarlo es tan divertido! Mirar los rostros de asombro a quienes revelas esa actitud sospechosa, esa dudosa silueta cuando congelas un cuadro de la imagen, ese asesinato de un testigo clave en circunstancias misteriosas… De pronto nos sentimos fiscales especiales, investigadores audaces, mentes sedientas de verdad. Eso nos gusta.

Mucho antes de que Fox Mulder colgara un póster con un borroso ovni volando sobre un campo, enmarcado en la frase I Want To Believe, se nos había despertado esa inquietud por negarnos a aceptar la primera versión de los hechos. No es difícil entender el porqué, cuando una prolongada indagatoria (incompetente, pero exhaustiva) nos dice que una niña secuestrada realmente se asfixió con las cobijas de su propia cama sin que nadie notase la presencia de un cadáver en descomposición durante una semana. Así es fácil entrar en dudas. Pero seamos honestos: lo que nos incomoda de la verdad es que nunca es tan entretenida como lo son nuestras conspiraciones. Y mientras la imaginación humana supere a la triste y cansada realidad, podremos seguir convencidos que las elucubraciones, las hipótesis descabelladas y hasta las dudas legítimas durarán por muchos años más.