Sí hay cura

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“No puedo creer lo que estoy viendo, deberían matarlos a todos, ¡qué asco!”

No, ese sábado no estábamos viendo una película donde los nazis estaban matando judíos en un campo de exterminio, ni un documental sobre plagas de cucarachones guerrerenses en la industria restaurantera. Ni siquiera estábamos reaccionando ante las tomas de la porra del América en un juego de fut, vamos.

Mi papá y yo estábamos viendo el “Gay Pride Parade 1990” en vivo y a todo color desde San Francisco, California, gracias a la magia satelital de la antena parabólica.

Ya saben: padre e hijo se juntan a ver la tele para no verse obligados a, no sé, “conversar”, y en uno de esos peregrinajes por la docena de satélites de banda C con 24 canales cada uno (“¡Cuéntanos más, abuelo Toño!”) nos detuvimos a ver un desfile que se veía bastante animado. Carros alegóricos, bandas colegiales, gente bailando. Pero algo lucía… no sé, raro. Sigue leyendo