El Rey, La Doctora, La Flor y Alex Trebek

De izquiera a derecha: Pelé, Dra. Ruth Westheimer, Guy LaFleur, Alex Trebek

Hace poco les narré del encuentro de mi prima con Mick Fleetwood de Fleetwood Mac, y hace mucho les conté mi comida al lado de la difunta estrella porno Anna Mallé. Mis encuentros con la fama no han sido demasiado frecuentes ni impresionantes bajo ciertos estándares, pero sí puedo decir que recuerdo algunos con particular gusto.

La fama a “nivel nacional” no me impresiona mucho, la verdad. Trabajando en Televisa, primero en los Foros de San Ángel y unos años después en las oficinas de la Editorial, el contacto con las “estrellas” del momento era bastante cotidiano. Puedo decirles que algunas actricillas/cantantillas me llegaron a impresionar por tener unos cuerpazos, pero lo mismo puedes decir del sexo femenino si te sitúas estratégicamente en algún lugar turístico como Cancún, Miami o Bahamas durante un día de calor. No todas las que pasean sus físicos por esos lares son famosas, pero la verdad ni falta que les hace.

También trabajé brevemente con un amigo produciendo un programa de radio sobre fútbol, donde desfilaron celebridades panboleras del momento como El Brodi, El Cuau y Bora, entre muchos otros. Mismos sentimientos, nadie que me hiciera pensar que estaba conviviendo con alguien especial o sumamente admirado. Bueno, El Brodi sí, fue campeón con mis Pumas.

Pero todo esto cambió allá por el año 2000. Fui invitado por Pfizer a la ciudad canadiense de Montreal, en el marco de un congreso mundial sobre salud sexual. El pretexto real para llevar a gente de los medios a esa magnífica metrópoli era el de obtener menciones editoriales para el producto farmacéutico que estaba revolucionando al mundo: Viagra.

Lo peculiar de este viaje, sin embargo, fue que me deparó cuatro curiosos eventos con la fama, que narro a continuación: Sigue leyendo

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Alex Peligro™ en… No Hay Tiempo Para Explicaciones

N. del T.: Un nuevo episodio en la eterna saga de Alex Peligro, defensor de las causas perdidas, súper agente secreto, luchador de la libertad e instructor de macramé certificado.

“Creo que tenemos una cita a ciegas con el destino,
y parece que ordenó la langosta”

— The Shoveler, Mystery Men

Llovía. Cada gota de fría precipitación rasgaba las almas de los hombres templados en el clima agreste de muchos febreros pluviosos. Pero aquél febrero se adivinaba como el peor en muchos años, sus aires helados portadores de crueles granizos y peores augurios. Y los hombres temblaban, no tanto por el frío, sino por la incertidumbre de las horas venideras, mientras esperaban convocados en torno a aquel gran cedro ceremional la llegada de un líder que infundiera valor, sí, pero también propósito en sus corazones montañeses.

— ¿Y a quién estamos esperando? ¿No deberíamos dejar de perder el tiempo y ponernos a trabajar?

Los adustos semblantes volvieron sus miradas férreas en dirección a la voz que había osado rasgar el momento de solemnidad. Mauro, con su habitual discurso de descalificación hacia todas las iniciativas de emergencia, miraba de vuelta hacia los rostros que le dedicaban mudo reproche. Uno de los montañeses escupió el suelo con desdén, sin apartar la vista de quien osaba poner en duda la improvisada reunión. Pero Mauro insistía:

— Digo yo, es que no le veo el caso a estar aquí parados, empapándonos como idiotas, en lugar de poner manos a la obra.
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El Momento

Jim Morrison, San Jose, California, 1968. ©Jim Marshall

Hace unos años estaba conversando en un viaje de prensa con una amiga fotógrafa, especializada en retratos. Los dos nos encontrábamos profesando mutua admiración por nuestros respectivos trabajos, y ella me comentó que envidiaba a los editores de revistas, con su poder absoluto para determinar el rumbo de una publicación y alcanzar con sus palabras y contenidos compilados a cientos de miles, a veces millones de personas.

Me hizo sentir muy bien respecto a mi chamba, claro. Pero mi respuesta fue, según ella, mucho más gratificante. Simplemente le dije que un retrato en especial podía capturar toda la esencia de una persona, y convertirla en la única imagen que podemos evocar de ella en cuanto alguien siquiera menciona su nombre.

Esto viene al caso porque la semana pasada, y sin resonar mucho en los medios (para mi sorpresa), murió Jim Marshall. Marshall fue considerado por muchos como el máximo cronista visual de la historia del rock. Cuando uno recorre su catálogo de imágenes se sorprende de encontrar que estuvo en el lugar y en el instante preciso para captar docenas de eventos icónicos pertenecientes a una época en que la música era realmente la voz unificadora de una generación.

The Beatles, el último concierto... Marshall estuvo ahí.

El único fotógrafo presente en el último concierto de Los Beatles, en el Candlestick Park de San Francisco, fue Jim Marshall. Ya era bien conocido por sus logros en fotografía periodística, pero de pronto comenzó a consolidarse como alguien siempre preparado para enfocar su Leica en los acontecimientos que estaban destinados a hacer historia. Si se trataba de capturar El Momento, Marshall era el adecuado. Y su familiaridad con la escena roquera terminó por consagrarle.

Jimi Hendrix, jugando con la bataca antes del Monterey Pop Festival

Marshall conoció a Jimi Hendrix en el Monterey Pop Festival, y tras las presentaciones de rigor, Hendrix le comentó que el fabricante de sus amplificadores también se llamaba Jim Marshall. “Lo sé”, respondió el fotógrafo, quien estaba bien familiarizado con la fama del genio creativo detrás de Marshall Amplification. “Pero seguro no sabes que yo también soy Jim Marshall”, reviró el guitarrista. “Mi nombre completo es James Marshall Hendrix. Jim Marshall!”. La imagen de Hendrix prendiendo fuego a su guitarra durante la culminación del concierto es uno de tantos clásicos.

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La Vida en Twitter

La célebre "Fail Whale" de Twitter, versión Lego

Cada vez paso menos tiempo en Facebook y más en Twitter. De hecho, el balance ya es francamente desproporcionado. Conservo el perfil de FB simplemente para seguir en contacto con tantos amigos y familiares a quienes no veo en años, o a quienes me interesa volver a contactar en el futuro. Pero entre estúpidas granjas, peceras, mascotas, guerras mafiosas, mordidas de vampiros y galletas de la suerte (por mencionar sólo la natita de ese gran atole de molestas aplicaciones) me han hecho renegar de esa red social al punto del abandono casi total.

Twitter es otra cosa. Por principio de cuentas me permite hacer ese breve comentario sarcástico o ese chistorete pendejo sin tener que esperarme a escribir un post en Finísima Persona y darle el contexto adecuado. También me ayuda a tener un contacto más directo con ustedes, quienes tienen la mala fortuna de leerme, y saber un poco más de lo que hacen, lo que les gusta, lo que les causa aversión, lo que les inquieta y entretiene. De eso se nutren muchos de los materiales de este blog, así que de entrada es una herramienta útil.

Como nada viaja más rápido que las malas noticias, también me ha servido para descubrir quién se murió, quién fue arrestado, quien cayó preso en una narcofiesta, quién cometió un error garrafal durante una competencia deportiva y quién merece ser empalado en el Zócalo capitalino gracias a una declaración estúpida ante los medios. Ahí me entero antes que en muchos otros medios.

Y por si fuera poco, también me ha dejado probar mi agilidad mental en “tiempo real”, como cuando me pongo a comentar en vivo una entrega de Oscares o un juego del Tricolor. La interacción con otras personas que están viendo lo mismo que yo es muy agradable, como si nos hubiéramos juntado a echar carrilla entre la cuatitud, aunque las chelas corran por cuenta de cada quien y sean consumidas en la soledad del hogar.

Pero lo que me desconcierta de Twitter suelen ser los extraños balances entre Followed y Followers. Me encuentro de pronto con gente que tiene un millar de seguidores, pero ellos mismos no siguen más que a un puñado de gentes. Lo entiendo de gente muy famosa, quienes realmente tienen poco o nulo interés en corresponder a sus seguidores por diversos motivos. Pero creo que lo auténticamente interesante de Twitter es escuchar en similar relación al número de quienes lo escuchan a uno (por “escuchar” me refiero a lo conceptualización derivada de “leer”, antes de que me corrijan).

Esto de seguir a personas en nuestro Timeline es aún más fácil con las listas. Uno puede fácilmente distinguir a amigos de colegas, a colegas de conocidos casuales, a famosos de “hijos de vecino”, a fuentes informativas de chismosos irredentos, y no hay bronca alguna. Sólo es cosa de ubicar a cada quien en una lista acorde, y ya estuvo.

Pero hay quienes se toman esto de los Follows muy en serio. Diariamente leo de alguien quejándose de que alguien le dio Unfollow, así que en represalia él o ella harán lo mismo. Hay aplicaciones para determinar cuantas de las gentes a las que sigo me siguen también a mi. Eso es rarito, por no decir narcisista/egomaniaco. Y ni hablar de aquellos quienes simplemente se ponen a seguir a gentes sin ton ni son, tan sólo para ver cuántos de esos les acaban siguiendo a ellos en reciprocidad.

Ya no hablemos de quienes recurren a aplicaciones que les “garantizan” decenas de nuevos followers, salidos de quién sabe dónde. ¿Realmente te importa tanto ese número debajo del letrero de Followers como para aparecer en el Timeline de un pobre iluso que vive en Madagascar?

Mi política es simple:

  • Si me sigues, te sigo. A veces tardo un poco en actualizar ese balance, pero procuro hacerlo.
  • Si no twitteas seguido, dejo de seguirte. Generalmente mi “corte” ocurre para quienes no tienen actividad en las últimas seis semanas, más o menos. Y si nunca twittean, pues también está de más el seguirlos.
  • Si tan sólo usa Twitter como una bastardización de un chat room, también dejo de seguirte. ¿Qué caso tiene estar al pendiente de tus actualizaciones, si tan sólo son Replies y Retweets?
  • Si no eres una persona de carne y hueso, es difícil que te de Follow. Hay mucho proselitismo en Twitter, un montón de causas que no me interesa seguir por el sólo hecho de que “ellos” me siguen a mi. Cuando me interesa algún grupo o iniciativa, lo busco yo mismo y me adhiero por voluntad propia. Esto es un fenómeno que nació en Facebook, pero está permeando otras redes sociales.
  • Si tu Timeline son puras trivialidades, adiós. No me interesa si estás en el súper. O cortándote el pelo. O rumbo a casa de Nico. O viendo el fut. O saliendo de comer. En serio, esas cosas no le interesan a nadie más que a ti. Y tú las estás viviendo, así que revelarlas en Twitter resulta redundante y estúpido.
  • Si te la vives haciendo “chistes locales”, bye. No conozco a tu banda. No sé de qué caraxos hablas.
  • Zi ezkribezzz azzi, y3g4l3!!!!! No me interesa descrifrar tu mente anclada en los 11 años. No es gracioso, ni ingenioso, ni original. ¿Te gustaría conversar con alguien que sustituyese las vocales por trompetillas salivosas? Bueno, este pseudoidioma es su equivalente grafológico.
  • El hecho de que me des un #FF (Follow Friday, recomendación para que otros me sigan, para los no iniciados) no implica que yo tenga que darte uno a ti. Yo les doy #FF a quienes me parecen entretenidos, ingeniosos, agradables o dignos de leerse. Pero no es algo que sea de reciprocidad obligatoria. Y tampoco lo hago muy seguido, sólo cuando realmente me nace hacerlo. Todos deberían hacer lo mismo.
  • Si sólo estás repitiendo obviedades, hasta la vista. Y la mayor de las obviedades es la de “se cayó Twitter”. Ya sabemos. Cuando estás sentado en la mesa familiar y alguien tira un vaso con refresco sobre la mesa, ¿eres la clase de pendexo que dice “se cayó un vaso con refresco sobre la mesa”? Bueno, avisarle a los que están en Twitter que Twitter se saturó es exactamente lo mismo.
  • Si abusas de los hashtags, abur. #haygente #quecreequetodo #tienequellevar #unsignode# #nadamásporquesí. Estos idiotas no entienden de qué se trata el pez. Más ruido visual que no vale la pena. El uso de ‘#’ es prácticamente innecesario. O sea, lo contrario del #necesario que le pones a todo, so imbécil.

En resumen, creo que Twitter es tan bueno o tan malo como uno quiera hacérselo. Puede ser enormemente grato de usar o una auténtica y confusa pesadilla derivada de tragar pizza de queso de puerco rebajada con sotol. Hay que entenderle al rollo, por simple que pueda parecer. Pero es suceptible de caer en el abuso y la desvirtualización, como casi todo. Dicho sea lo anterior, ¡allá los veo!

¿Y hoy porqué no hay post?

España, 14 de abril de 1931

Bueno, hay un sinnúmero de razones. Basta decir que no ha sido un buen día, ni por mucho. Problemas en el trabajo, que son difíciles de arreglar a la distancia. Problemas en casa que van de lo cotidiano (un ratón) a lo incómodo (asuntos personales que no quiero ventilar aquí). Cobros injustificados de Telmex, que tuve que arreglar en una atiborrada oficina llena de empleados malmodientos, todos ellos empeñados en recordarnos porqué no salimos del Tercer Mundo ni aunque pongamos el árbol navideño más grande sobre la tierra.

Calor, incertidumbre, malas caras. Dos entrañables amigos están a punto de perder el negocio que han levantado durante años, con sudor y sangre, a causa de arbitrariedades gubernamentales en un país distante. Otro gran amigo, recibiendo un diagnóstico médico nada halagueño y que amenaza con dejarle imposibilitado para seguir haciendo lo que hacemos todos, a diario: sobrevivir. Amigos que se van, amigos que no vuelven. No ha sido un buen día, en efecto.

Pero la foto de arriba simboliza algo más. Es de la tierra de mis abuelos, durante la proclamación de la 2a República Española. Mi abuelo Pepe era republicano, y si están medio enterados de esa historia sabrán que le tocó perder una guerra civil. A él, como a muchos otros del bando derrotado, lo mandaron a un campo de prisioneros, vigilado por senegaleses malencarados y crueles, pero al menos se salvó de ser ejecutado sumariamente en los tristemente célebres paseos, donde tus vecinos entraban a tu casa por la noche y te llevaban “a pasear”, para que acabeses tirado en una zanja con un tiro en la cabeza. Sí, en el fondo mi abuelo corrió con suerte. Logró embarcarse como refugiado hacia México.

Aquí llegó sin un centavo. Estoy escribiendo su historia a detalle, no sé si por interés de que otros la conozcan algún día en versión impresa o por el simple afán de que no se pierda en la memoria de su familia. El caso es que eventualmente se granjeó un futuro, logró traerse a su familia a su nueva patria. También se trajo a su futura esposa, mi abuela. Y a la familia de ella. Y aquí rehicieron lo que habían comenzado del otro lado del océano. Y aquí estoy yo ahora.

Hoy en día, España reconoce a aquellas familias que tuvieron que crecer en otros países a raíz de ese cisma de la posguerra. Por eso estoy tramitando mi pasaporte español. Es un trámite arduo y lento, pero vale la pena para mis planes a futuro. Dentro de todo lo duro que ha sido este día, logré un pequeño pero bienvenido avance en este frente. Mi hermano, por suerte, ya está del otro lado de la valla: hoy recibió su pasaporte, rojo carmín con letras doradas. Mi difunto abuelo regresa, aunque sea vía descendencia, a su tierra natal. Esa parte de la historia es bonita, la verdad.

En días así es difícil ser gracioso, o entretenido, y por ello les pido disculpas. Aunque el buen humor es un gran antídoto contra los malos ratos, en ocasiones no se puede sacar a relucir con honestidad. Pero tampoco quería dejarles en blanco, no cuando han demostrado tan buena disposición ante mis idioteces que, dicho sea de paso, pensé que sólo me entretenían a mi y a un puñado de mis amigos. Por lo visto no es así, o tengo muchos más amigos de lo que pensaba.

Así que por eso no hay post nuevo. Hoy no creo ser capaz de hacerles reír, o al menos provocarles a exclamar un “eres un asno” de los que yo suelto cuando ustedes me entretienen. Les reitero mis disculpas. Sin embargo, pienso que estos días malos pasan, como todo pasa eventualmente. A lo mejor mañana estoy de mejor humor…

¡Y miren qué cosa! Siempre sí hubo post.

ARCHIVO MUERTO: Titanic bajo otra óptica.

N. del T.: Mi cinismo para el cine (¡Por el poder de la aliteración!) no empezó con mis reseñas de Twilight (y secuelas) o Avatar. Creo que el primer escrito sobre el Séptimo Arte que llegué a hacer público es éste, dedicado a Titanic. Lo escribí para una sesión de Planeta Paulina, y luego anduvo circulando (en viles fotocopias) entre cuates y conocidos, al punto de que llegaron a contactarme de la revista Cine Premiere para preguntarme si me interesaba publicarlo. Claro, se me olvidó hablarles oportunamente, y cuando lo hice ya estaban cerrando la dichosa publicación. En fin, viene al caso para recordar cómo era el panorama fílmico antes de Avatar. Terminé el texto un par de días después de que se anunciaron las nominaciones al Oscar en 1998, así que ya llovió. El texto no está actualizado, excepto en lo que respecta al casting masculino de la película de Barbra Streisand, pues el gag dependía de hacer notoria la diferencia de edad con sus coestelares. Y claro, dejé a los muertitos (Brando, Montalbán) dentro del texto, como homenaje pitero. Bueno, es sólo para que vean lo poco que he evolucionado como escritor de idioteces. ¡Disfrútenlo! ¡Es una orden!

25 de febrero de 1998

Seguramente ya vieron Titanic. Si no lo han hecho, espero que la salida del coma no haya sido demasiado traumática. Hoy es considerada la obra maestra del genio de la ciencia ficción, James Cameron, otrora especializado en explosivos filmes inspirados por la figura musculosa de un Arnold Schwarszsgggjennrehghter armado hasta los dientes, sin duda también musculosos. Titanic ha pasado ya de ser “un churro estilo Waterworld” (predicción de la  crítica) a ser “un churro estilo Waterworld que va a romper todos los récords de taquilla del mundo, para siempre”. Si hay mujeres leyendo esto, seguramente ya están averiguando dónde vivo para mandarme una sobre lleno de popó. Aclaro, pues, que lo último es una apreciación personal. La mayoría de los críticos se aprestan ya a declarar a Titanic como la más grande obra cinematográfica de la historia, debido a su inminente avance sobre las cifras establecidas por Star Wars y a un costo de producción de 260 millones de dólares. Es como si el Ciudadano Kane jamás hubiera existido. Pero volvamos a la razón de mi descontento…

Realmente no considero a Titanic como un churro. Creo que tiene méritos indiscutibles e incomparables a la mayoría de las obras que disputarán los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas. Para empezar, sale Kate Winslet en pelotas, y eso tiene mucho valor artístico. Pero resulta un poco desconsolador el hecho de que la avalancha de nominaciones sean vertidas sobre un filme cuyo guión no va más allá de una simple historia de amor e interés: Rose, la chica bella (Kate Winslet, que sale en pelotas) va a casarse con el hipermillonario desconsiderado Cal (Billy Zane), pero conoce al pobretón aventurero Jack (Leonardo DiCaprio) y decide intercambiar una vida de obscena riqueza al lado del primero por el amor puro y verdadero que le ofrece el segundo. O sea, igual que en la vida de cualquiera de nosotros, sólo que este triángulo se está yendo a pique (literalmente) en las frías aguas del Atlántico Norte. Además de que ninguna de nuestras novias se parece a Kate Winslet.

Kate Winslet en pelotas. Este es un blog naco, pero decente.

Esta trama difícilmente podría considerarse como el motor de la película más grande de la historia. Es un aspecto de debilidad, pensando que Titanic es grandiosidad absoluta: la réplica del barco construída en Rosarito, que mide el 90% del original; La banda sonora que sigue anclada en primer lugar mundial, con millones de copias, pese a que el tema principal es interpretado por Céline Dion (otro producto netamente comercial); La histeria colectiva de millones de impacientes estadounidenses que han llenado órdenes de envío anticipadas para el videocassette, una vez que salga la venta (posiblemente hasta fines del 98, para aprovechar las compras navideñas); En fin, sólo falta que algún emprendedor inteligente inunde las jugueterías con figuras de acción. Imagínense los anuncios de TV durante la barra infantil: “¡Jack, se pone azul y se hunde rápidamente al contacto con el agua! -El estuche con bocetos de mujeres desnudas se vende por separado- ¡Rose, se pone en pelotas! – El carísimo collar de diamante se vende por separado-“. Las posibilidades son infinitas. Sigue leyendo

Las compus de mi vida

Me pongo Hardware con ese Software...

Ni hablar, me tocó nacer en la era de la computadora personal. Y por lo mismo me puse a reflexionar cuántas computadoras han pasado por mis pecadoras manos. Demasiadas, claro está. Pero puedo hacer un recuento de las que han sido mi propiedad. Dénse un quemón para que vean lo mucho que ha avanzado la humanidad desde principios de los 80 para acá:

La primera: Timex Sinclair 1000

La Sinclair 1000 y un juego. Nunca pude cargar uno.

Así es, Timex. La compañía célebre por sus aguantadores relojes de pulsera fue de las primeras en comercializar computadoras personales, allá por 1981. Este remedo de computadora cabía prácticamente en la palma de tu mano, tenía un teclado de membrana (sí, como los de tu horno de microondas), y poseía una inusitada memoria ROM de 2K. Sí, 2K. Un obtuso cubo que se le conectaba atrás la expandía a un impresionante 16K. O sea, más de lo que mide la foto de tu avatar en Twitter. Se conectaba a la tele, pero los gráficos eran en estricto blanco y negro. Los programas venían en cassettes de audio, así que había que conectarle una grabadora cada vez que querías guardar algo, correr un rudimentario procesador de palabras (menos práctico que una máquina de escribir, francamente) o jugar uno de los arcaicos juegos que, siendo controlados por el pinchérrimo teclado, eran más frustrantes que otra cosa. Por principio de cuentas los mejores juegos de la Sinclair no eran ni lejanamente cercanos a los peores de un Atari 2600, así que se pueden imaginar. Después de varios infructuosos meses intentando sacarle provecho, se la vendí a mi primo. Perdón, primo.

El mastodonte: Texas Instruments 99/4

TI 99/4: Más pesada que Precious...

Para la época era impresionante, pero sólo por su tonelaje. En efecto, tras la ligereza de la Sinclair, mi papá se trajo a casa este monstruo tamaño Godzilla que había comprado para la oficina, pero que sustituyó de inmediato ante la oportunidad de comprar unos equipos Canon más apropiados para las labores de contaduría de su despacho. El caso es que heredamos este coloso. El teclado era incómodo, aunque no tanto como el de su predecesora, y tenía una gran ranura frontal donde se empotraban cartuchos (onda Atari o Nintendo) que contenían lenguajes de programación (Basic era el más utilizado), aplicaciones o juegos. Pero ahí va lo interesante: esta compu ya funcionaba con floppy disks de 5″ 1/4. El monitor era a color (¡16 de ellos!), y tenía sonido. De hecho alguna vez escribí un programita que emitía una secuencia ascendente de sonido que iba desde lo más grave hasta lo inaudible para el oído humano… aunque no para el oído canino, pues mis perros se soltaban aullando cuando lo echaba a andar.

Súmenle monitor, impresora, tres módulos más y apenas...

La TI 99/4 era un  monstruo. El monitor de 21 pulgadas pesaba casi el doble que dos teles Trinitron de similar tamaño, no me pregunten porqué. Y los múltiples periféricos se interconectaban en serie mediante unas ranuras del lado derecho, así que tu máquina crecía lateralmente y requería de un gran escritorio. O mejor dicho, de una gran mesa, pues no había escritorio capaz de albergar el teclado, las 3 unidades de discos, el drive manager (un artilugio sin el cual no funcionaban los drives), el interfase RS232 (no pregunten), el print manager (otro artilugio tamaño drive que permitía conectar la impresora), el módem (¿pa’ qué caraxos?) y la base del teléfono para el módem. No muy práctica, pero la usamos durante un año, aproximadamente. Después pasó a ser propiedad de mi tío, un ingeniero que sí se las arregló para sacarle provecho durante cuatro largos años. Aunque creo que no pudo usar su comedor en todo ese tiempo, pues sólo ahí cabía el armatoste. Sigue leyendo

ARCHIVO MUERTO: Boda Real en HonesTV

N del T: Me encontré este sketch que escribí sobre pedido para una amiga, quien tenía que presentar un episodio de sátira durante una clase de teatro. Creo que funcionaría mejor para televisión. Claro, si en televisión se pudiera manejar mi “refinado” léxico. En fin, es una parodia de la cobertura televisiva que se hace de eventos tan desagradables (para mi) como las llamadas “Bodas Reales”, presuponiendo que la transmisión estuviera a cargo de una cadena televisiva cuya premisa fuera decir siempre la verdad, sin consideraciones ni tapujos. O sea, una pésima idea como modelo de negocios. En otro renglón: El texto data de 1999, así que notarán que Encarta aún no había sido desplazada por Wikipedia como recurso de cultura al vapor…

29 de junio de 1999

Boda Real por HonesTV

“Frankly, Mr. Shankley, since you asked
you are a flatulent pain in the arse”

– The Smiths

JOHN SACHETS: Buenas noches, hermosa República Mexicana, y buenas noches también a todos los hermanos que nos ven, vía satélite, más allá de nuestras fronteras. Soy su amigo de siempre, John Sachets, y es un honor estar con ustedes desde el estudio “A” de HonesTV para llevarles, totalmente en vivo hasta sus pantallas, la transmisión de la boda real entre el Príncipe Eduardo de Windsor y Lady Sophie Rhys-Jones, a celebrarse en unos momentos en la Iglesia de Guillermo El Confesor en Inglaterra. Me acompaña en la conducción, como ya es costumbre en eventos de esta magnitud, la siempre bella Marylin Monroy.

MARYLIN MONROY: Gracias, John. En el espíritu de gozo que nos embarga por este enlace matrimonial de la realeza británica, quiero unirme en celebración con todos aquellos ciudadanos ingleses y aficionados a los aconteceres de la alta sociedad europea durante esta ceremonia que promete ser magnífica y llena de esplendor. Por otro lado, en el mismo espíritu de decir siempre la verdad a nuestra auditorio de HonesTV, quiero decirte, John, que te referiste a nuestra transmisión como “totalmente en vivo”, lo que constituye un barbarismo tremendo, ya que o se transmite en vivo o no, ¿o me equivoco? (RISAS DISCRETAS).

JOHN: (RIE) ¡Ah, Marylin! Ustedes, las mujeres, siempre queriendo aparentar una inteligencia casi humana. Por supuesto que hay transmisiones parcialmente en vivo. Un noticiario, como “Verdades” de HonesTV, transmitido diariamente en punto de las 9:30 P.M., por ejemplo, utiliza segmentos en vivo a control remoto, así como reportajes previamente grabados, por lo que podría considerarse un evento “parcialmente en vivo”. Pero el día de hoy, Marylin y queridos televidentes, les podemos asegurar que todo, absolutamente todo lo que vamos a presenciar, llega a sus hogares mediante la magia de la transmisión vía satélite y (RIE) totalmente en vivo.

MARYLIN: (RISA INCOMODA) Bueno, John, visto de esa manera puede que tengas razón. Lo que sí es una absoluta idiotez es referirse a las transmisiones vía satélite como “magia”, ¿no lo crees? Porque vamos, a tan sólo seis meses de entrar a un nuevo milenio, el que todavía se refiera a un adelanto tecnológico como un evento de realización mágica está, francamente, en el hoyo (RISITAS PERRAS).

JOHN: (RISA FORZADA) ¡Ah, Marylin! Creo que es obvio que al decir “magia” fue con la intención de emplear una bonita metáfora para describir el avanzado estado de las telecomunicaciones modernas, pero no esperaba que lo entendieras de inmediato, como no pretendo hacerte entender en este momento que para el nuevo milenio falta UN AÑO Y seis meses. Pero en fin, hablando de “avanzado estado”, espero que tu canita al aire con nuestro director de cámaras, el siempre profesional Teddy Vara, no te haya dejado un recuerdito de nueve meses, ¿eh? (RISAS). Pero después de todo dicen que el fin justifica los medios, ¿no es así, amigos televidentes?
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Mis Comidas Bizarras

Andrew Zimmern (¡Eres grande!) y el Chef Goofy, seguramente degustando unas patitas de Piglet

El otro día leyeron todas las pestes que solté contra el chayote, la única cosa que en realidad me rehúso a probar. Pero por otra parte me puse a pensar en cosas que suelo degustar con singular regocijo, y que sin embargo no le puedo recomendar a la mayoría de la gente a sabiendas de que, casi con toda seguridad, van a encontrarle más peros que al vestuario de Lady Gaga.

En gustos se rompen géneros, pero en el sentido del gusto, específicamente, es completamente arbitrario el decir: “Prueba esto, te va a gustar”. ¿En base a qué podemos hacer una aseveración así? Hay tantos factores en juego que resulta imposible hablar con tal certidumbre.

Chilaquiles verdes: Una comida con propiedades curativas

Analicemos un platillo común, corriente y mexicano: los chilaquiles verdes, por ejemplo. En su preparación tradicional son una maravilla culinaria. Simples en su concepción, combinan sabores de manera magistral y, por si fuera poco, nos alivian en momentos de cruda. Sin embargo, basándome en gente cercana a mi, puedo decirles que hay quienes no los comerían por factores diversos, que voy a enlistar, junto con comentarios que he escuchado de boca misma de dichas personas, refiriéndose a los diversos ingredientes:

  • La presencia de cebolla cruda. “Huele horrible, sabe peor, te deja la boca apestando a sobaco”.
  • El color verde. “Para mi lo verde está echado a perder, o es de puros hierbajos, y yo no como hierbajos, no soy vaca”.
  • La crema. “Guácala, ¿quién quiere meterse una cucharada de grasa en la boca?”
  • El chile. “Uy, no. He llegado a los 40 sin úlceras y quiero seguir así por muchos años más, gracias.”
  • Tortillas fritas. “Si lo que quieres es buscarte un infarto, ¿porqué no mejor te metes puños de masa por el cólon y te bebes esta botella de aceite de cártamo?”
  • Pechuga de pollo deshebrada. “Soy vegetariano, ¿no sabías?”
  • Queso añejo. “¿Añejo? ¿Porqué no mejor me ofreces ‘queso viejo que se te olvidó en un cajón del refri hace dos meses’ y te quitas de idioteces?”

Eso es con algo tan inofensivo como los chilaquiles. ¿Quieren decirme ahora cómo puedo recomendarle a alguien un crujiente taco de chapulines en adobo, un rebosante plato de arroz con pulpo en su tinta o un exótico menú tradicional de sushi (y dije “tradicional”, no las jaladas que nos venden con Surimi y salsa Tampico)?

Y sin embargo, ahí va: cinco comidas que me encantan, pero que sé que a la mayoría le causan repugnancia… Sigue leyendo

Lo que encierra un nombre…

McLovin Sempere: ¡Registro Civil, allá voy!

El día de hoy, la diputada Aleida Alavez (PRD) propuso una reforma al Código Civil para prevenir que los recién nacidos sean registrados con nombres ridículos (como Robocop, Masiosare, AnivdelaRev, Miguel Araluce, entre otros).

Por supuesto, la propuesta ya ha comenzado a generar polémica entre la sociedad civil. Y por “sociedad civil” me refiero a “el autor de este blog, que es el único que ha pelado esta propuesta”. Tranquilos, no voy a politizar Finísima Persona poniendo como lazo de cochino a la diputada Alavez, reclamándole que esté malgastando el tiempo de la Cámara en hacer valer propuestas que en nada ayudan al avance real que necesita nuestro país. Eso sería poco original, además de que insinuaría que me importa un bledo el avance del país. No, mi reclamo a la diputada es que esta iniciativa me negaría horas y horas de inmenso placer, así como invaluables fuentes de inspiración para este humilde espacio comunicacional y sus múltiples contenidos.

¿Y el bigotito?

De acuerdo, el pobre incauto al que le enjaretaron un nombre estúpido lo pasa mal, ¿pero qué culpa tenemos los demás? Además, hoy en día recibir el nombre de Anakin no es peor que ser conocido como Manlio, Sóstenes, Lisandro o Prócoro, todos nombres aprobados por el santoral y avalados por la historia misma. ¿Quién va a decidir qué nombre es apropiado y cuál no? ¿Los imbéciles del Registro Civil, incapaces de procesar una orden tan simple como un acta de matrimonio sin equivocarse 14 veces en las actas al transcribir el apellido del contrayente que están copiando de una credencial del IFE?

No, diputada Alavez, déjese de pendexadas. Mi vida es tan alegre porque he sabido extraer comedia de situaciones mundanas y vivencias triviales a simple vista. Y una de esas múltiples alegrías cotidianas se desprende de encontrar ese nombre surreal, inconcebible, sublime en su complejidad e hilarante en su resultado. Me hace recordar nombres como…

  • Enemorio, el velador de casa de mis abuelos en Acapulco. Me imagino que sus papás querían un nombre que empezara “con ‘ene’, pues”.
  • Marciano, Camerino y Primitivo, tres hermanos que trabajaban en conserjería del Colegio México.
  • Calzón del Buey Feliz. Sí, “Calzón” de nombre, con apellidos “del Buey” y “Feliz” por parte de padre y por pártanle la madre con el nombrecito al pobre iluso. El médico amigo de mi familia que nos relató la existencia del pobre Calzón siempre se preguntaba en qué estaban pensando los padres al bautizarlo, en especial a sabiendas de los apellidos con los que ya de por sí tenía que cargar.
  • Plutarco Tecanhuey, ex compañero de mi papá en una de las 14 escuelas que recurrió en su infancia y juventud. Aclaro, no es que a mi papá lo corrieran de la escuela por malas calificaciones. Lo corrían porque se agarraba a golpes con todo el mundo, maestros incluidos. Esto merece post aparte…
  • Una ancianita de 88 años, paciente del doctor antes mencionado, llamada Deliciosa. Habría que ver si a los 18, pero a los 88 ya era risible.
  • Los hermanos Napoleón y Hitler Pérez, quienes frecuentemente compraban boletos de avión (México – Tuxtla Gutiérrez) en la sucursal de Mexicana de Aviación donde trabajaba mi Tío Chopper (apodo, no nombre propio), quien compartía conmigo esa afición por los nombres ridículos y solía traer copias de las reservaciones de ciertos especímenes particularmente interesantes.
  • Esmileidy, cajera cubana del Target de Bird Road en Miami. Los cubanos se cuecen aparte. Dejando de lado la afición desmedida que tienen por los nombres con “Y” (Yumileidi, Yasel, Ysmil, Yonatán, Yunieski, Yanahé), es preciso resaltar que ellos popularizaron nombres como Onedollar y Usnavy. Sí, como los billetes y los barcos de la armada gringa. Mi vida en Miami ha sido una larga cadena de risas, sobre todo al leer las identificaciones de empleados en comercios varios.
  • Kevin Carrasco. Beto Rojas puede hablar de él a placer (creo que son parientes), pero es mi ejemplo clásico de quienes combinan nombres con apellidos que definitivamente no hacen juego. He conocido a Liam González, Camille Patiño, Douglas Feria, Etienne Zavaleta y al inmortal Ian Domínguez. Perdón, pero es como tomar un Scotch Single Malt 18 años y vaciárselo a un Pau Pau de fresa.
  • El día del sorteo de mi cartilla del SMN, un especimen de pithecanthropus erectus sentado a mi derecha se reía a mandíbula batiente con los nombres raritos anunciados por los militares. Cada vez que nombraban a algún Tiburcio, Anselmo, Régulo o Remigio, repetía el nombre entre carcajadas, llegando incluso a darme los amigables codazos de complicidad que me tocaban como vecino de banca. De repente, el sargento anuncia el nombre de “Rosalío Archundia Bonavides” y el muy imbécil grita “¡PRESENTE!”. Qué descaro…
  • Aquiles Brindis, director de la Sociedad de Alumnos de contaduría (creo) en la UIC.
  • Pioquinto Rodarte. Coincidí con él en un viaje de prensa. Peruano, el hombre. Me pregunto si sus diputados tendrán las mismas iniciativas estúpidas que los nuestros.
  • Por otra parte, también hay nombres desafortunados para personas que los superan en materia genética. Yo conocí a una chava que era una turbo-pompi calibre Ashley Greene, quien iba por la vida con el nombre de Rufina. Cosas veredes, amigo Sancho…
  • Podríamos hablar horas de los estúpidos nombres que las celebridades le ponen a sus hijos: Heavenly Hiraani Tiger Lily, Pax, Moxie Crimefighter, Tallulah, Pilot Inspektor, etcétera, pero esto, también, merece post aparte. O no, pues ya se ha hablado de ellos hasta el cansancio. El caso es que la moda la inició Frank Zappa con sus hijos Dweezil, Ahmet Rodan, Moon Unit y Diva, y se le perdona por ser Frank Zappa, punto. Lo que sí me intriga es que no haya más celebridades nacionales poniéndole nombres ridículos a sus desagradables descendientes. Y si me equivoco, vengan los ejemplos…

¿Visitará la ciudad que reseñó El Zorro en su post?

Hay más, claro, así que es probable que la lista continúe en los comentarios, donde seguro ustedes encontrarán foro para sus propios conocidos con apelativos interesantes. Pero en espera de estrechar algún día la mano de Eminem Ibarra, de Jardraiv Fuentes o de JeikSuli Pacheco, me retiro repudiando la iniciativa de la diputada Aleida. ¡Si no te gusta tu nombre, cámbiatelo y déjanos en paz, buena para nada!

Finísimas Visitas: El Zorro

N. del T.: Desde hace un buen rato he estado jeringando a este Finísimo Colega para que participe en Finisimapersona.net, y hasta que se nos hizo. Israel León O’Farrill alias “El Zorro” es un auténtico barbaján. Pasar dos minutos a su lado es razón suficiente para convencernos de que ciertas culturas occidentales harían bien en aprender algo de esos primitivos pueblos que solían ahogar a sus recién nacidos cuando notaban algo raro en ellos. Su léxico puede ser tan florido como un campo de tulipanes holandés, y su manejo del doble sentido y el albur debería ser compilado en algo llamado Nacopedia, por ejemplo. O Finisimapersona.net

Y también es uno de los seres humanos más divertidos sobre la faz de la tierra. Hemos compartido más alcohol que un par de hospitales militares. Nuestra publicación universitaria de La Mula de Tu Hermana nos generó una de las muestras más pasmosas de amor y odio entre lectores y autoridades académicas que jamás se hayan visto en la UIC. Y aparte de que el muy infeliz me puso de apodo “Toñolele” (por el mechoncito de canas que me corona el copete), también me desenmascaró como naco de clóset ante todas mis amistades (que me tenían en un concepto de auténtica Finísima Persona) durante una cena en MI casa, posiblemente dando pie a que yo haya terminado escribiendo estas guarradas por vocación.

Así pues, les dejo con El Zorro (alias Aquiles Baeza en su blog y en Twitter), con algo muy… a su estilo.

¡AH! Además de todo, hoy es su cumpleaños. Y también del Finísimo Miembro Ferrari1. ¿Coincidencia? No lo creo.

Miss Vergas, o la maravillosa capacidad del ser humano de hacer cosas y no tener la más mínima idea de a dónde pueden llevarte

Por Aquiles Baeza, corresponsal de espíritu en Vergas y su más sincero amigo.

Cuando un cercano me hizo llegar esta imagen, he de confesar que quedé totalmente patidifuso.  Al principio pensé que se trataba de una broma pues ahora todo se puede en este maldito mundo digital. Sin embargo, bastó que me pusiera a investigar un poco para darme cuenta del inmenso universo que significa el pueblo de Vergas para un espacio como este. Y existe. Está precisamente en Minessota  y viven 311 individuos ahí. La Susana, que es mi madre, jamás se imagino que su hijo estaría dedicando tiempo de su vida a averiguar sobre un sitio llamado Vergas; no obstante, lo hace impulsado por su noviecita santa que sigue opinando que se parece a Brad Pitt.

Quiero iniciar con una reflexión:  al ver la imagen de arriba y pronunciar el título de la agraciada ¿No da la sensación de que tenemos dos, o tres, o varias? No te sientes inclinado a sentarte y ponerte a reflexionar sobre la vida. ¡Vamos!, si hasta te deleitaste al pronunciar ese nombre que de musicalidad lo tiene todo, pues pareciera un instrumento que has de tocar por el resto de tus días… Además, hace lucir a los Belgas (oriundos de Bélgica) como una simple broma del más burdo doble sentido. Los habitantes de este sitio sí que son bien Vergas. ¿O será el gentilicio vergueanos, verguillos, verguenses, verganos, verguinos?
Bueno, creo que es tiempo de empezar.
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Tardes de Mala Música

Ya les hablé brevemente de esta anécdota en un podcast, pero viene a colación pues me encontré en casa de mis papás con una maleta CaseLogic para 60 CDs, llena de discos de cuando mi hermano y yo teníamos un servicio de DJ y sonorización de eventos y fiestas. Trágico, en verdad. Me golpearon a la cara portadas de “artistas” tan renombrados y prometedores como Los Fantasmas del Caribe, Gillette (aquella de Short Dick Man) y los anormales que cantaba esa canción que rezaba “¿Qué es lo que quiere la nena? / ¿Qué va a querer la princesa? / ¿Qué se le ofrece a la reina? / ¿Qué quiere La Niña Fresa?”.

Lo lógico sería prenderle fuego a la dichosa caja. Pero algo nos detiene. Bueno, me detiene a mi, porque al naco de mi hermano me imagino que no le afecta. ¿Han escuchado a ese molesto individuo que pasa afuera de sus casas en el auto, haciendo retumbar las ventanas con el zumbido de dobles subwoofers y 800 Watts de potencia musical dedicados a música de antro? El 45.2% de las veces, ese individuo es mi hermano.

Pero volviendo al tema, hay algo que me impide cerrar por completo ese capítulo deleznable para la historia musical. No sé por qué. Quizá es porque la mala música también tiene un lugar y un momento.

Cuando hacía la revista de ESPN en Miami (allá por 2005–2006), teníamos una costumbre habitual en la redacción. Llegadas las 6 de la tarde, las normas de convivencia social entre empleados se relajaban considerablemente, por ser la hora de la salida. La música que habíamos tenido que escuchar en los audífonos para no xoder al vecino de pronto era dejada en libertad, y aún bajo el uso de las discretas bocinas de las Mac comenzaban a inundarse los cubículos con ritmos y acordes familiares, una brevísima sinfonía que coronaba la conclusión de las labores de la jornada.

Ciclón: Si no tenías camisa, pero tenías chamarra, estabas dentro

La música solía ser reflejo de cada quien. Ray, el director de arte, era la esponja musical que estaba al tanto de todos los actos del momento que llegaban a sus pecadoras y torrenteras manos, fueran tan livianos como Sufjan Stevens o tan estridentes como The Mars Volta. Alí, su socio y diseñador gráfico, completaba la mancuerna cubana con gustos más agrestes, fincados sobre todo en Audioslave y Queens of The Stone Age.

A través de Alfonso, redactor estrella e ibero asimilado por la nación gringa, siempre podíamos contar con letras inteligentes y tintes románticos. Se debe a Sabina con mayor fervencia que la que muchos Talibanes le tributan a Alá. Mi lugarteniente Beto, siempre conectado con las disqueras para reseñar materiales nuevos, se encontraba siempre armado con lo último, pero recurría a Bunbury, The Dandy Warhols o Café Tacuba a título personal. Y yo, bueno, siempre he sido volátil. Pero en aquella época se sumaban a mis imprescindibles The Smiths otros artistas tan dispares como Eminem, Guillemots o la mismísima Feist cuando acababa de grabar esa belleza que se llama Mushaboom.

Pero un día, todo cambió…

El único ser capaz de quitarle lo cool a una katana...

Beto y yo empezamos a involucrar al joven e impresionable Alfonso en charlas respecto a los pésimos videoclips de algunos de los artistas más risibles del firmamento musical de México. Recordábamos a Yoshio con Reina de Corazones y Samurai. Angela Carrasco y su Quererte a Ti se hizo presente. Hicimos trizas la trayectoria de Rocío Banquells. Y dentro de todo, no hacíamos sino rascar la superficie de la mediocridad.

Alí y Ray un día comenzaron a interpretar Louis, de Franco de Vita, empleando un sentimiento desgañitador capaz de arrancarle lágrimas de dolor auditivo a Ludwig Van Beethoven. Intenté repeler el ataque con mi imitación del Pequeño Gigante de la Canción, Nelson Ned, con su ¿Quién eres tú? Era una auténtica carrera armamentista de zurrada melómana. Antonio. Cristian. Jerardo (sí, con “J”). La Trevi y La Pau. Locomía y Ciclón. Chiquetete y Chiquetere. Enrique y Ana. Delfín con sus torres gemelas y La Tigresa de Oriente con sus caderas de camión materialista. No había marcha atrás.

Nuestros iTunes y YouTubes comenzaron a cerrar las tardes de trabajo con esas aberraciones. Lo peor es que nadie podía ponerle fin a la dinámica. Estábamos atrapados en un karaoke infernal, y lo estábamos disfrutando. Era como si demostrarle a los demás que habíamos encontrado una canción aún más mala que la previa nos confiriera una especie de medalla al mérito.

Aún recuerdo el día que dejé caer la bomba: Difácil Rap, de Bravo & DJ. Creo que ya nuestro Finísimo Miembro Aleko08 había encontrado el video, por lo que no viene al caso revisitarlo en el post. Pero es cierto que sentó un precedente. Y que conste, no me estoy osando a cantar victoria, simplemente creo que fue la gota que derramó el vaso.

Por eso hoy veo esta caja llena de terribles episodios melódicos y no sé cómo actuar. A lo mejor hay que dejarles reposar, como los malos vinos, esperando que se hagan un vinagre digno de aderezar una conversación entre amigos, como las que teníamos en la redacción en ese entonces. Esperar que llegue su lugar y su momento.

Así que duerme tranquilo, Zapato Veloz. No se turben tus sueños, Whigfield. No están aún destinados a desaparecer en una venta de garaje. Es posible que aún puedan regresar a desplazar a mi actual favorito, Edward Khiel, como ringtone de mi teléfono celular. Pero lo dudo.