CRAPúsculo: Amanecer, Parte 2 – La Anti-Reseña

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Que viaje tan prolongado, risible y absurdo hemos emprendido…

No puedo pensar de otra forma al respecto de mi misión por reseñar la saga de Crepúsculo. Siento que fue hace siglos cuando escribí (en inglés) una reseña para el blog de mi entonces esposa, quien me vio la cara de estúpido al convencerme de que leyera las novelas escritas por Stephanie Meyer. Ahora, felizmente divorciado, siento que ver la última película de una de las historias más innecesariamente pueriles que la imaginación haya gestado representa una especie de linterna emocional que al fin puedo apagar, como punto conclusivo a una etapa por demás extraña de mi existencia.

Ojo, no que me queje de la oportunidad de escribir al respecto. Cuando uno se gana la vida con las letras, la inspiración es bienvenida sea cual sea su forma. Dicen que se han escrito mejores canciones sobre el dolor que sobre la alegría, así que es lógico que se puede hacer mejor burla de lo malo que de lo bueno, y en ese sentido Twilight ha dado a manos llenas.

Todo empezó con esa inocente película hecha con dos pesos que se volvió un blockbuster hollywoodense gracias a una base de lectoras pubertas que llevaban pancartas a las funciones de cine. La bestia despertó con una segunda entrega donde el público se pronunció por uno de dos equipos (Team Edward vs Team Jacob), y el cañonazo en taquilla ya nunca mermó, pese a que la calidad del producto se mantuvo estática y llegó incluso a empeorar con cada nueva trama idiota. Para la tercera película la audiencia estaba all in, como se dice en el un juego de póquer, y el triángulo amoroso tuvo que resolverse antes de pasar a la etapa en la que la franquicia se exprime al máximo para generar ganancias. El último libro fue dividido en dos películas para duplicar los ingresos, pese a que el material base estaba más mermado que la alacena de Anahí. Y bueno, llegó la última (por favor, que sea la ÚLTIMA, en serio) parte, en piloto automático de mediocridad.

Esto, señoras y señores, es lo que pasa por “actuar” hoy día…

Aquí es donde entro yo con mi masoquismo. Es obvio que entiendo la razón del éxito de la serie, tanto en libro como en película: los dos sobrenaturales wapetones perfectos que reúnen TODO lo que cualquier mujer quisiera poseer, babeando por una mona común y corriente que de pronto se ve sublimada al convertirse en “uno de ellos”. Los vampiros siempre han sido cool, aún en sus espantosas formas cortesía de la imaginación de directores como F.W. Murnau. Antes de que todo fuera de zombies, los vampiros ya habían conquistado a un público deseoso de recibir, a punta de una mordida, esa inmortalidad y ese poder que se asocia con la capacidad de chuparle la sangre al vecino.

Lo malo es que tuvo que llegar la escritora Stephanie Meyer con sus idioteces a zurrarse encima de toda una mitología y una caracterización de estas criaturas fantasiosas. Y ese es el obvio punto en discordia.

Hubiera preferido esta versión de la saga...

Comencemos por entender que los vampiros no existen. Bajo esta aseveración, las reglas sobre lo que pueden o no hacer son bastante flexibles, y eso no es terrible. Entendemos que un vampiro que sólo vive de noche, que se chamusca al exponerse a la luz solar y que se aleja de ti por el solo hecho de que te hayas chutado una rebanada de pan untada con alioli puede ser limitado en su accionar, pero no por ello tiene que ser predecible o aburrido. Sí, es una criatura poderosísima y temible, pero tiene sus puntos débiles, lo que reviste de interés sus motivaciones y procederes.

Esta pendexa escritora hizo vampiros que sólo presentan su vulnerabilidad ante:

  1. Otros vampiros más ojetes
  2. Lobos (en bola, pues en un tiro derecho casi siempre gana el vampiro)
  3. Una vieja estúpida y sin chiste (vulnerabilidad emocional que sólo aplica a Edward Cullen, protagonista)

Así como que ni se disfruta la cosa, pero a lo mejor ese soy yo y mis absurdas nociones de profundidad en los personajes. No me pelen. Esta serie es para que las chicas mojen la butaca en lo que tienen edad suficiente para ver la inevitable versión fílmica de 50 Shades of Grey.

Es por ello que armado con un par de boletos, una voluntad de hierro y una buena dosis de cafeína entre pecho y espalda, me animé a encarar a mi torturador fílmico en un encuentro final, decisivo. There can only be one y todo eso. “Vamos, culo, a padecer”, afirma mi grito de guerra en estas lides.

ADVERTENCIA, COMO SI NO LO SUPIERAN YA: Esta reseña NO es para quienes desean darse una idea general de qué tan buena o mala es la película antes de comprar su boleto para el cine o bajarla de su sitio de torrents favorito. Si la película lleva ‘Saga de Crepúsculo’ en el título es mala, punto, y la única intención de esta reseña es demostrar por qué es tan mala. Puedes esperar spoilers, quejas, lenguaje obsceno y mala leche a raudales. Si nada de esto te disuade… Sigue leyendo

¿Estás en tu Día?

El lunes fue el Día Internacional del Tuitero. Lo de “internacional” es un decir, pues según esta nota tan sólo fue celebrado por México, Venezuela y Colombia, así que seguro pensaron que el Día Trinacional del Tuitero no sonaba tan bien. El caso es que alguien, en algún lugar de los países arriba mencionados, decidió que valía la pena instaurarse. Esto me puso muy triste. Y a ustedes no les gusto cuando estoy triste, así que me explico…

Hay demasiados Días Internacionales. Y Días Nacionales. Y Días Mundiales. Y seguro ya deben haber inventado el Día Universal de algo, con todo lo erróneo que es el concepto de “universal” hasta que no hagamos contacto con civilizaciones extraterrestres. En fin, me puse a hacer una lista sustanciosa de los Días que nos falta por celebrar. Si tú representas a uno de los grupos que voy a mencionar a continuación, es necesario que te organices con el resto de tu gremio para que se les reconozca con un Día Nacional, Internacional, Mundial, Global o Universal. Creo que no es necesario acudir con ninguna dependencia regulatoria, basta con decir “hemos declarado que hoy es el Día Mundial de Sacarse Borrita del Ombligo” y ¡listo! Ya es legal. En fin, pónganse las pilas si quieren que se reconozca el:

  • Día Nacional de Tomarse Fotos en el Espejo y Subirlas a Facebook.
  • Día Nacional de Tomarse Fotos en el Espejo y Subirlas a Facebook sin Adelgazarse con Photoshop.
  • Día Internacional de Patearle las Gónadas al Imbécil que Quiere Iniciar Charla en el Elevador Hablando Sobre el Clima.
  • Día Nacional de Hablarle por Teléfono a tu Ex y Decirle que Fuiste un(a) Estúpido(a) a ver si te Regala un “Pity Fuck”.
  • Día Mundial de Cambiar tu Cepillo de Dientes por uno Cuyas Cerdas no Parezcan los Bigotes de Pablo Morsa.
  • Día Mundial de Acosar Sexualmente al Tu Bloggero Favorito.
  • Día Global de los Días Mundiales.
  • Día Internacional de Dejar de Hacer Chistes de Gordas Cada Vez que se Habla de Adele. Sigue leyendo

¿En qué estaba pensando? Pecados musicales, Vol. 1

Durante muchos años tuve el vicio de comprar música. Sí, vicio. Lo digo porque muchas veces no eran compras razonadas, sino simples afanes enfermizos por hacer acopio de más y más discos, cassettes, CDs y demás formatos vivos y muertos para engrosar mi creciente colección. Y por lo mismo, tiendo a encontrar ciertas “joyas” en ella que me hacen avergonzarme profundamente de mi mal juicio, o al menos cuestionar si siquiera lo tengo. He aquí un breve muestrario:

Village People, Can’t Stop the Music – Original Motion Picture Soundtrack

Es justo comenzar con el que quizá sea el primer gran ejemplo de mi a veces atolondrada selección musical. A mis 9 años, mi colección de música “adulta” se componía de discos de Rush, Led Zeppelin, Queen, AC/DC, The Police, Rainbow, Supertramp y los soundtracks de Grease y Saturday Night Fever. No muy consistente el rollo, pero con potencial de grandeza. Un fin de semana que estábamos de pasada por un Sanborns llegó la inusual oferta de mis padres de regalarme un LP. Y no sé qué clase de demonio desfalleciente de la música disco me poseyó a la hora de elegir este. Resulta que el homoerótico quinteto de Village People hizo una película. Si la llegan a pescar en un Cinema Golden Choice o algo similar deben de verla, es quizá una de las diez peores películas de la historia. El caso es que la banda sonora es tanto o más mediocre aún. El tema principal es todo pilas, lleno de arreglos ostentosos para una sección orquestal muy discotequera, así que me imagino que eso estaba sonando en el momento de hacer la obtusa elección.

Valerie Perrine: 'Cougar' histórica...

¿Pero por qué elegí este disco? Ya les he contado que no me gusta bailar, y aunque me gustase estoy negado para ello. Y para ese entonces no escuchaba el mentado soundtrack de Saturday Night Fever, único posible vínculo con el género, ni para limpiarle la aguja al tocadiscos (“¡Cuéntanos más, Abuelo Toño!”). La música Disco ya estaba en los últimos estertores mortales, de hecho. Yo ya había iniciado una modesta colección roquera con sólidas bases. Mi única explicación posible es que el disco tenía en su interior una serie de fotos de la película, donde la protagonista femenina Valerie Perrine mostraba sus atributos de madurona sexy y un par de atuendos que indicaban lo frío que estaba el set el día de la filmación. En serio, señores, uno podría colgar la gabardina y el sombrero en esos enhiestos pezones. Así pues, debo confesar que la única razón para comprar este album de vinil fue el despertar de mi inmadura libido.

Spin Doctors, Turn It Upside Down

Una de las canciones más quemadas y tocadas ad nauseam en la historia de la música es Two Princes, de esta jipiosona banda que vino a contrarrestar con su alegría pachecona todo el depresivo influjo que el grunge legó a la humanidad a principios de los 90. Pero los Spin Doctors, pese a un album debut con tres sencillos exitosos (aunque desprovistos de calidad), tuvieron el atrevimiento de sacar un segundo disco (y probablemente un tercero, pero ni yo fui tan imbécil de explorar el resto de su legado artístico). El caso es que sí compré la segunda producción de este cuarteto. El sencillo de Cleopatra’s Cat, en opinión de un empleado de Núcleo Radio Mil (donde yo estaba haciendo un curso de producción radiofónica), iba a ser el exitazo del año, haciendo que Two Princes quedara más olvidado que el hermano jotón de Lucía Méndez. Sobra decir que no fue así (lo de Cleopatra’s Cat, no lo del hermano jotón de Lucía Méndez). Este CD fue tocado una sola voz en el luchón estéreo Fisher que amenizaba mis tardes de estudio universitario. OK, que amenizaba mis tardes de siesta universitaria. El caso es que es malísimo. Y en una época en que comprarme un disco representaba un serio impacto a mi economía personal, resultó más doloroso aún el descubrir que las rolas no servían ni para poner ambiente en una reunión de menonitas.

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Lo que nunca fue…

Hace unos días Barnes & Noble anunció que en las pasadas fiestas navideñas la cadena había vendido más libros digitales que libros impresos en papel, por primera vez en la historia. Sorprendente, sin duda alguna. Pero a mi me llamó aún más la atención por haber servido como otra clara muestra de que mis dotes adivinatorias y mis prognosis son tan confiables como las que hacen los canaritos que sacan papeles de una caja para predecir la fortuna.

Debido a mi personalidad como Bocón-Alfa, es clara la tendencia que tengo de hacer grandes pronunciamientos sobre eventos a ocurrir, mismos que no se materializan o simplemente muestran resultados diametralmente opuestos a lo que yo he llegado a intuir. En el ejemplo anterior, recuerdo haber desdeñado el Kindle de Amazon y otros e-book readers como artefactos sin futuro alguno. Bien jugado, NostraDumbass…

Como me gusta reconocer mis errores… o mejor dicho, reconocerlos yo mismo antes de que ustedes lo hagan por mi, riéndose como Nelson en Los Simpson, he aquí un compendio de burrería premonitoria cortesía de su seguro servidor:

  • “No necesitamos ningún otro formato para guardar música más allá del Compact Disc.  Imposible pedir más fidelidad que eso…”
  • “Este año [2010] mis 49ers vienen con todo. La división es de ellos, y tienen con qué meterle un susto a cualquiera en playoffs. El regreso a un Superbowl empieza ahora mismo.”
  • “Verás que el Kindle va a ser un fracaso rotundo. Será el Nintendo Virtual Boy de Amazon, seguro.” Sigue leyendo

Finísima Culinaria

LA NOTA DEL BORREGOTE: Un ejercicio creativo que me entretiene es llevar elementos cotidianos al terreno de lo pretencioso (seguro ya se habían dado cuenta, ¿no?). Y pocas cosas pueden llegar a ser tan pretenciosas como las críticas restauranteras. Así pues, decidí hacer una reseña gastronómica en base a un establecimiento no precisamente ubicado en el radar de los gourmands nacionales. Y me aventuré a convertirla en la crítica más mamona del mundo. En mi defensa, tenía insomnio y había bebido bastante. En fin, espero les agrade…

YOLA: ¿Simpleza sofisticada o sofisticación simplificada?

El ancestral ejercicio de introducir carne en un hoyo ha constituido un baluarte para el desarrollo de las civilizaciones desde que el género humano comenzó a aportar técnica al otrora orgánico acto de consumir alimentos en sus formas más elementales, ya fuera en crudo o mediante rudimentarios métodos de conservación como salazones y encurtidos. Por ende, es una tarea frustrante el buscar innovación y creatividad ahí donde los rígidos cánones de la tradición imponen su draconiana ley.

Es por ello que un dejo de curiosidad me abordó al escuchar frecuentes loas a la labor que hace la chef de cuisine (título honoris causa) Yolanda Zamudio de Gómez en su establecimiento, La Barbacoa de Yola. Seguramente se exageraba su pericia e inventiva a la hora de ofrecer al comensal las mínimas variaciones y sabores que se derivan de una carne tan suculenta como es el borrego, ¿o no? Después de todo, estamos hablando de comida cuyas raíces son más festivas que basadas en la cotidianeidad, así que el margen para la experimentación es más bien reducido, al menos en la praxis. ¿Qué podría estar haciendo la chef Yolanda – o Doña Yola, como insiste le llamen todos los asiduos a su establecimiento – para desmitificar una oferta estandarizada y típica?

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¡Splash!

Y antes de que hagan el comentario: está escrito así A PROPÓSITO...

 

Anoche me ocurrió una auténtica tragedia. Entraba al baño con mi iPod Classic en mano cuando un atípico atorón de mi bata de Hugh Hefner Región 4 con la puerta me hizo soltar el preciado gadget, que procedió a describir una graciosa parábola olímpica por los aires para acuatizar en el W.C.

Y sí, adelantándome a su pregunta obvia: había pipí. Eso me pasa por querer ahorrarle agua al resto de los capitalinos. Metí la mano instintivamente al inodoro (que estaba bastante odoro, por cierto) y extraje el desafortunado aparatejo. Aún encendido y reproduciendo We’re An American Band de Grand Funk Railroad. Ahora esa rola siempre me recordará el mugroso incidente. Sigue leyendo

Estupideces de millonarios

Charles Foster Kane (Orson Welles), uno de mis millonarios excéntricos favoritos en la historia del cine

Pese a mis ambiciosos planes de juventud, aún no soy millonario. Lejos de serlo, de hecho. Esto me frustra, pero parte de mi se alegra. Y es que aunque me considero una persona relativamente sensata en cuanto a las cosas en las que gasto dinero, es muy probable que volverme rico provocaría en mi la clásica distorsión de la realidad que orilla a los billetudos del mundo a gastar en cosas francamente estúpidas. He aquí una breve lista de ellas:

COLECCIONAR ARTE

Uno que otro cuadro para animar la salita de estar no está mal. ¿Pero qué necesidad hay de comprar Los Girasoles de Van Gogh o alguna de las pachequeces de Damien Hirst? Y lo peor es que suelen pagar decenas de millones de dólares por obtener algo en propiedad que, de todas formas, acaba en calidad de préstamo a los museos y galerías del mundo. Por si fuera poco, casi todo el arte que adquieren los millonetas es en calidad de inversión (lo que devalúa automáticamente la intención de compra desde el punto de vista artístico) o simplemente porque está de moda.

Si yo tuviera dinero para aventar pa’ arriba, más bien procuraría gastar la lana en obras de arte chafas, pero con potencial de convertirse en una corriente artística apreciada o valorada gracias a que yo la comisioné. Ya saben, como los mecenas renacentistas, que simplemente le deban dinero y manutención a los artistas de la época para dar rienda suelta a su creatividad. ¿Que se me antojó un cuadro de Barack Obama desnudo blandiendo una espada mientras monta un unicornio, flanqueado por Josef Stalin y el Dr. Gregory House? ¡Listo! A comisionar el cuadro con algún artista en vías de desarrollo y a esperar que los críticos aprecien mi visión.

No sólo es arte, es todo un tema de conversación mientras degustas Scotch Single Malt y tragas puñados de caviar...

HACER CENAS Y COCTELES DE BENEFICENCIA

No estoy en contra de que los millonarios hagan obras de caridad con su lana, de ninguna manera. Aunque le quitan responsabilidad al gobierno a la hora de echarle la mano a los necesitados, de todos modos es algo bastante apreciable, pues si no lo hicieran el mundo estaría peor de xodido. Claro, mucha de esta caridad y estos donativos se hace para deducir impuestos o simplemente para pararse el cuello. No estoy en contra de lo primero, pero lo segundo si es bien naco. Si mañana voy a la iglesiame dejan entrar a la iglesia… logro colarme a una iglesia sin ser consumido por las llamas enviadas por el papá del Beibi Yisus y se me ocurre dejar caer diez mil pesos en la canasta de las limosnas {PAUSA DRAMÁTICA EN LO QUE SE ME PASA LA RISA}, de seguro considerarían de mal gusto que yo me parara en mitad de la congregación para decir “¿Saben cuánto acabo de dar de limosna? ¡Diez mil varos, bola de xodidos! Ahora díganme todos que soy muy generoso, muy guapo y que me voy a ir derechito al cielo.”

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