Ese Trabajo Soñado

El post de ayer, acerca de vocaciones y profesiones, dio pie a que algunos de ustedes me escribieran mails consultándome acerca de cuestiones laborales. Eso de por sí es gracioso, pues considerame una autoridad en la materia de orientación laboral puede ser tan equivocado como pensar en Dulce María como una autoridad en asuntos de geofísica, pero en fin… el caso es que uno de los temas recurrentes en sus mensajes tuvo que ver con entrevistas de trabajo, concretamente preguntándome cuál había sido la experiencia más inusual a la hora de aplicar para una vacante laboral.

Han habido varias experiencias sui generis, pero una que miro a la distancia con cierta extrañeza ocurrió a principios del 2007, en Miami. Llevaba ya varios meses de “agente libre” después de que Telerrisa me dijo que ya no les caía yo tan bién como antes y que mejor seguíamos como enemigos. El caso es que estaba haciendo chambitas freelance por aquí y por allá, presentándome a cuanta entrevista de trabajo me fuera posible agendar. Finalmente, en uno de los sitios de Internet que frecuentaba en busca de oportunidades para trabajadores de la industria editorial, me mandaron una alerta para aplicar por una posición.

Los requerimientos no eran nada del otro mundo. La posición era para un Managing Editor, con al menos tres años de experiencia en revistas comerciales, capacidad de manejar fechas de cierre y agendas de colaboradores para seis publicaciones distintas, facilidad para procesar pagos a dichos colaboradores, conocimientos básicos de Adobe InDesign y Photoshop, y lo más importante: habilidad para coordinar sesiones de fotografía y servicios de producción en locaciones diversas. Sigue leyendo

ARCHIVO MUERTO: Mick y Mi Prima.

FINÍSIMA NOTA: Este texto lo escribí en el 2007 para el difunto blog de mi cuate Jaime “El Chupes” Zapata. Me gustó mucho el resultado, pues me permitió repasar una anécdota familiar muy popular junto con un breve recurrido por una de mis bandas favoritas. Está ligeramente reeditado e incluye un regalito al final, con todo cariño. Y dedicamos el post de hoy, cómo no, al buen Oscar alias Archangel alias Dimm_OS, en su cumpleaños. ¡El miedo no existe en este dojo!

Es una de esas historias que le pasan a los demás, sobre todo cuando los demás son los menos adecuados para que les pasen esa clase de historias. Mi Prima y su esposo se disponían a pasar el Año Nuevo (’92) en Acapulco. Hicieron reservaciones en un lujoso hotel para ir a cenar y bailar un rato. La demanda por asistir a la celebración era grande, así que les dejaron saber que sólo quedaban mesas compartidas para la ocasión, así que tendrían que cenar en compañía de otra pareja. “Ni modo, esperemos que sean buenas personas”…

A la media hora de tomar asiento, los dos lugares opuestos a los suyos seguían vacantes. “A lo mejor tuvimos suerte y no se animaron a venir”, anticipó Mi Prima. De pronto vieron que un par de extraños se aproximaban a la mesa. Ella no sobresalía entre la multitud, pero él sí: casi dos metros de estatura, así a ojo. Una barba poblada, patriarcal. Calvicie avanzada en el frente, con una poblada cabellera recogida en cola de caballo que completaba el cuadro de veterano inconforme. Se sentaron a la mesa de mis familiares, presentándose por su primer nombre. El de ella, olvidable. El de él: Mick.

El esposo de Mi Prima de inmediato percibió que estaba en presencia de grandeza, tanto física como artística. Pero Mi Prima… bueno, digamos que no es la mejor fisonomista del mundo. Y nadie cometerá nunca el error de tacharla de melómana. Así que su marido decidió jugar un poco a las adivinanzas. “¿No sabes quién es él?”.

Mi Prima le dijo: “Claro que sí. Es Mick. Se acaba de presentar con nosotros”.

Incrédulo, su esposo le comentó a Mick que había alguien en la mesa que no le había reconocido aún. Divertido, el gigante optó por participar de la broma. Y la charla del resto de la velada prosiguió en inglés, y en absurdo:

“¿Por qué lo iba a reconocer? ¿A qué se dedica?”, preguntaba Mi Prima.

“Soy músico, tengo un grupo de rock”, respondía Mick.

“¿De verdad? ¿En qué hotel tocan? A lo mejor los conozco…”

“Es posible, es posible…”, entre risotadas y largos tragos a una majestuosa copa de brandy.

Al fin, el marido de Mi Prima no se pudo contener más. Faltando unos minutos para el descorche del champán de medianoche, entre los estridentes acordes provenientes de la pista de baile, le gritó al oído: “¡FLEETWOOD MAC!”.

Me imagino que Mick esperaba otra reacción de parte de su pasmada interlocutriz y compañera de mesa:

“¡Aaaah…! Sí… ¿Cuál era la que cantaban?”

[PAUSA PARA EL OBLIGATORIO “WTF???”]

Globeando por un sueño

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En cuanto vi la primera imagen del dichoso globo y el reporte noticioso sobre sus dimensiones, supe que era imposible que un niño –por esmirriado y desnutrido que pudiese estar– hubiera logrado ascender por los procelosos cielos gringos en calidad de pasajero involuntario. No soy Ingeniero Aeronáutico. Soy padre de familia. Sé lo que pesa mi hija de 6 años cuando se queda dormida y hay que llevarla en brazos a su cama, tan sólo un piso arriba. Les juro que apenas el zeppelin de Goodyear hubiera sido capaz de hacerla levitar por las alturas.

Y claro, en cuanto mencionaron que Falcon Heene, el presunto niño desaparecido a bordo de dicho globo, tenía por padres a una pareja con previa trayectoria en el mundo del reality TV, bueno… Digamos que me senté con mi algodón de azúcar y palomitas de maíz, con toda la intención de disfrutar del circo subsecuente.

¡Corran por sus vidas, chamacos piojosos!

¡Corran por sus vidas, chamacos piojosos! (imagen descubierta por Gabo Rodríguez)

Una vez que te conviertes en padre o madre, te unes forzosamente a la legión que mira con desdén a otros padres de familia. Es una condición normal. Nuestros niños nunca son maleducados, ni ignorantes, ni salen feos en las fotos. Los escuincles ajenos sí, en su mayoría. Creo que las presiones que pesan sobre la crianza y manutención de la progenie se ven mitigadas tan sólo por ese pequeño sentimiento de superioridad sobre los demás padres y madres del mundo. O eso queremos creer. Pero lo cierto es que es fácil desarrollar este sentimiento cuando analizamos a los papis y mamis que pueblan esa subraza dedicada a vivir el surreal mundo de los realities. Esa gente tiene que ser de probeta, toda, por el simple hecho de que no tienen madre. Así sean las mamás infelices que quieren lanzar a la fama a sus hijas vistiéndolas de zorras para concursar en “shows de talento”, los estúpidos padres famosos caídos en el limbo de la atención pública que pimpean a sus familias para que las hordas televidentes vean “qué locas vidas tienen que vivir”, o los vomitivos progenitores cuya realización personal implica el exponer a sus descendientes al morbo del escrutinio en cámara (“¡Las 24 horas! ¡7 días a la semana! ¡NO TE LOS PUEDES PERDER!”), es sencillo asumir que, por borrachotes, huevones y descuidados que podamos ser nosotros, no llegamos a ser peores que todos ellos.

Se habla de la droga, el capitalismo consumista y el etnocentrismo gringo como síntomas de la decadencia de una nación por entero. No creo nada de ello. Lo que mata a grandes pasos la grandeza percibida del American Way of Life no es más que ese afán desmedido por obtener la fama efímera en los medios masivos. El cliché escupido por Andy Warhol sobre esos dichosos 15 minutos en el candelero que están destinados a experimentar todos los norteamericanos ya ni siquiera necesita atribución: es tan real como… bueno, como un reality.

Esa “realidad” que venden los medios es, sin embargo, una exageración de la realidad misma. Basta con analizar un reality show cualquiera durante unos cuantos minutos para entender que el dramatismo es sobredramatizado, los conflictos son magnificados, la sexualidad carece de raíces hedonistas y las vidas de sus protagonistas no es, ni por error, tan llena de “vida” como quieren aparentar las intrusivas cámaras y las confesiones ante las mismas. En el momento en que un descerebrado “realitista” rompe esa “cuarta pared” y se dirige al público directamente, anunciando sus planes idiotas o sus sentimientos vacíos para llevarnos de la mano hacia lo que en una obra de ficción sería “avanzar la trama”, se acabó la realidad. Punto.

Nosotros no podemos hacer conjeturas sobre los motivos y las acciones inminentes de quienes forman parte de un reality, pues ya todo nos llega digerido. Si tu compañero de oficina se te acerca un día y dice: “Voy a ser honesto contigo: la única razón por la que te dirijo la palabra es porque quiero aprender algo sobre ti que en el futuro pueda utilizar para sabotear tus labores en la empresa, facilitando así mis posibilidades de ascenso, pero quiero que tú no reacciones mal ante mi confesión, y que sigamos pretendiendo que nos interesa mutuamente lo que hicimos el fin de semana, además de compartir opiniones lascivas sobre las nalgas de la secretaria del Lic. Obdulio”. Bueno, como plan maquiavélico y secreto deja mucho que desear, ¿o no? Obviamente, ésa no es la realidad. Pero sí es la realidad que nos vende la tele.

Cuando Papá Heene anunció a los medios que su pequeño mocoso quizá estaba a bordo del globo casero, básicamente confesó a la cámara su imbécil plan macabro. Después de que él y su familia pasaron por uno de tantos realities (Wife Swap, de la cadena ABC), el chango en la espalda empezó a hacerse más y más difícil de cargar. Así es la adicción, en la mayoría de sus versiones. Richard Heene probó las mieles de la fama… y en el fondo sabía que tenía que probarlas otra vez.

¿Vale la pena arriesgar tanto para ser famoso, y a ese nivel? Vamos, las posibles formas en que los Heene hubieran podido capitalizar ese módico de atención pública tampoco les hubieran garantizado una villa en Beverly Hills y un Maybach en la cochera. Aún los reality stars más exitosos tienen broncas para pagar a sus “estrellas” algo más allá de las pingües (“pinches”, en el original corriente) tarifas que prevalecen en el género. Casos como, por ejemplo, la familia Osbourne, se cuecen aparte, pues Doña Sharon es una negociadora artística de fama legendaria que exprimió a MTV por cada minuto a cuadro de su roquero clan. Y dejando de lado el éxito económico y las simpatías despertadas hacia el sufrido Ozzy, ya sabemos lo que tanta atención pública les trajo a sus hijos (drogas, alcohol, alienación total).

Pero el resto de los protagonistas y concursantes de estos realities están tan condenados al olvido eventual como el artistilla padrote que liga un papelucho sin diálogo en una telenovela matutina, y que tras diez años de audicionar (y meserear en Rodeo Drive) acaba haciendo un anuncio de hemorroides cuando se le termina de caer el pelo y empieza a mostrar en sus arrugas tempranas las huellas de una vida difícil buscando consagrarse. De que el medio es perro, es perro.

¿En qué estaba pensando el globero Heene? Digo, ninguno de estos güeyes se caracteriza por su sagacidad, pero aún así el sentido común debe servir para algo, ¿o no? Quizás este hombre está al tanto de que, pese a todo, sí hay una audiencia hasta para la peor bazofia semidisfrazada de “realidad”. Por cada programa legítimamente interesante (The Amazing Race, Pesca Mortal) hay una plétora de pendejez que acaba por ser interesante para uno de los millones de ignaros que encuentran en la tele simplona un remedo de entretenimiento y escapismo.

Así pues, la tierra del Jazz y el Blues tiene por artistas de éxito a uno de los olvidables egresados de American Idol. Los creadores del Pollo Kentucky y la Big Mac ponen a sudar a sus víctimas en The Biggest Loser. La sociedad que más madres solteras ha generado en la última década ansía ver el programa de la madre de octillizos, cuyo único aparente talento parece ser el haber confundido su vagina con un carrito de payasos.

Mi hija es chistosa. Canta bien. Baila mejor. Y es ovio que actúa de maravilla, pues me convence de casi cualquier cosa que su mente sea capaz de urdir para sacar algo de provecho de parte de papi. Ahora bien, muchas personas (y uno que otro familiar) han querido convencerme para que la lleve a castings para anuncios televisivos y agencias de modelos infantiles. Y mi respuesta sigue y seguirá siendo un “NO” rotundo. No porque yo crea poder sucumbir ante la tentación del dinero que pueden llegar a ganar los niños en los medios (y créanme, en los Estados Unidos es MUCHA feria). Simplemente creo que la fama debe ser más meritoria, más memorable. Si a un niño de seis años le vendes la idea de que salir a cámara es un logro inmenso, ¿cómo puedes motivarle a buscar algo mejor a medida que crezca? Digo, YA SALIÓ EN LA TELE, ¿qué más se le puede pedir a la vida?

Mi gusto personal por hablar en el radio, escribir en revistas o postear idioteces en este blog no tiene un móvil de celebridad tras de sí. Es puro gusto, la verdad. Vamos, si estuviera pensando que es mi pasaporte a la inmortalidad, creo que postearía diario, para empezar.

¿Podría encariñarme con la fama barata, con los 15 minutos que mencionaba Warhol? Creo que sí. Soy tan humano y tan débil como el que más. Por eso mejor me regocijo con mi fama actual (casi nula), y con el aire de superioridad que me asalta cuando veo a mi hija de seis años mirándome, segura en el saber de que, al menos hoy, su Papá no va a dispararla en un globo hacia el firmamento. Aunque me lo pida llorando, la muy manipuladora.

–== AVISOS Y NOVEDADES ==–

  • El jueves por la mañana termino de editar y mezclar el Chilaquilcast con Pacasso Almaraz y Oliver Meneses, así que lo subiré en MegaUpload y MobileMe durante el día. Creo que el fin de semana también estará disponible este “chou” (y el resto de los Finísimos Podcasts) en iTunes, si mis experimentos salen bien.
  • Hablando de fama y cómo le va llegando a los que le echan ganas, Ivonne (nuestra modelo-lectora-emprendedora-Finísima Amiga) escribió para dar gracias al Beibi Yisus por haber salido en su primer video clip, con los norteñísimos del Grupo ConTODO y su sencillo “Dos Amantes”. Aunque no es mi clase de música, me divertí como apache marigüano con la rola y la historia. ¡Y taconéyele, pelao! Recuerden que los comentarios soeces para la Finísima Modelo serán castigados con el largo brazo de la caballerosidad disfrazada de censura.
  • El jueves en la noche se graba el primer SuaderoCast™. El Pollo Dávila nos acompaña con sus sesudas reflexiones sobre la era de la información que está chutándose a los periódicos del mundo y obligándonos a buscar la información en Internet, todo ventilado al calor de los Tacos Charly y su endemoniada salsa.
  • El fin de semana habrá anuncio importante en Finísimos Miembros. Estén pendientes…

Toño VS. El Doctor, Parte I: Los Análisis

LleneEsto

El otro día leí una estadística aterradora en una revista: el 75% de las enfermedades mortales para el hombre podrían evitarse si tan sólo acudiéramos a hacernos examenes médicos anuales. También dijeron en la tele que el 94% de las estadísticas en revistas son inventadas, pero ¿quién tiene tiempo para preocuparse por nimiedades estando la vida de por medio? Para acabarla de amolar, comencé a echarle cuentas para estimar cuando fue la última vez que recurrí a un galeno con el fin de evaluar mi estado de salud, y descubrí que fue en aquella desafortunada ocasión en que conocí a una chava en un bar de la colonia Agrícola Oriental y desperté en un hotel garaje de la carretera a Pachuca, dentro de una tina con hielitos y con una sospechosa cicatriz de sutura en las inmediaciones de lo que era mi riñón izquierdo. Por cierto, vieja, si estás leyendo esto, de lo último que me acuerdo es que la susodicha me estaba vendiendo una membresía a un club hípico, así que no pienses mal.

Así pues, opté por tomar una decisión sensata y responsable, sometiendo mi físico de Adonis retirado a una auscultación profunda, capaz de revelar si alguno de mis órganos puede estar a punto de colapsarse como construcción de Santa Fé. Aquí comienza la reseña de mi misión:

Día 1
5:30 AM –
Suena el despertador. Tengo una hora y media para bañarme, vestirme y llegar al laboratorio a la cita de las 7:00 AM, para que rinda el día.

5:30.2 AM – Apago el despertador, pues quiero regresar al desenlace de mi sueño donde mis habilidades para bailar break-dance salvan al barrio de un desalmado millonario, que quiere convertir el parque público en un complejo de oficinas.

9:40 AM – Se me pegaron las sábanas. Tomo nota de ello, pues no descarto que dormir de más sea síntoma de alguna posible enfermedad grave, y no de padecer de “huevos largos” como asevera mi mujer, que ni doctora es. Inculta. Bueno, es obvio que no llego ya al laboratorio a las cita de las 7:00 AM, así que tendré que esperar hasta mañana.

Día 2
5:30 AM –
Suena el despertador. Tengo una hora y media para bañarme, vestirme y llegar al laboratorio a la cita de las 7:00 AM, así que prendo la tele para espabilarme.

5:32 AM – ¿Por qué sigo bajando pornografía de la lentísima internet cuando puedo disfrutar de toda la sensualidad y el erotismo de las chavas que dan el reporte del tiempo en los noticieros? Además es gratis. Ya me estoy espabilando. Bueno, digamos que partes de mi lo están haciendo.

5:34 AM – Chin. Se acaba el reporte del tiempo. Empiezan las noticias financieras.

10:14 AM – Creo que otra vez se me hizo tarde. Tengo que cambiar de estrategia para mañana. Tomo nota: “Las fluctuaciones de los mercados bursátiles producen somnolencia extrema en el paciente”. Espero que la ciencia médica esté a la altura de este extraño mal.

Día 3
5:30 AM –
Suena el despertador. Tengo una hora y media para bañarme, vestirme y llegar al laboratorio a la cita de las 7:00 AM, así que prendo la tele para espabilarme y me levanto a hacerme un cafecito.

5:34 AM – ¿Dónde guardará mi mujer el café?
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