Trabajos de último recurso

Por otra parte, qué bueno que esta no es mi chamba...

Tengo la fortuna de trabajar haciendo lo que me gusta. Esto, de entrada, es un gran punto que se puede argumentar cuando uno se pregunta cómo es que a estas alturas de la vida no está casado con Ashley Greene ni proyectando la construcción de un ala nueva en la mansión para exhibir apropiadamente los Oscares, Premios Nobel y Botines de Oro cosechados en el ámbito profesional. No, tener ambiciones es bueno, pero el realismo suele ubicarnos rápidamente en lo que es tangible, y no quimera.

Pero siempre cabe la posibilidad de ponderar las otras opciones. No las que quisimos cultivar pero no pudimos por limitaciones obvias. A mi me hubiera encantado ser parte de un equipo campeón de la NFL, pero mis grandes conquistas en el terreno del fútbol americano se vieron truncadas a temprana edad por un cuadro de sinusitis aguda que forzó a mis padres a retirarme del deporte de las tacleadas, pues me entraban unas tapazones nasales de corredor bolsa encocainizado de tan sólo acercarme a los polvorientos campos donde entrenaban los Pumitas. Ese sueño acabó rapidito.

A lo que me refiero en este caso es a profesiones que yo podría desempeñar de no dárseme esto de escribir para ganarme la vida. Ya saben, áreas de desempeño donde las letras fueran tan sólo un requerimiento básico, como poder escribir mi nombre y firmar sobre la línea punteada. Así que echando a un lado la falsa modestia, hice una lista chambística objetiva para casos de emergencia. Uno nunca sabe cuando vayan a prohibir esto de escribir idioteces como modus vivendi

Cuando yo era niño, el ideal de vida era manejar un tráiler con un chimpancé copiloto. El sueño no muere...

TRAILERO. Manejar en la ciudad es horrible, reconozcámoslo. Odio treparme a un coche y no saber a ciencia cierta si la última Obra Monumental del Mejor Alcalde del Mundo me va a atrapar en el tránsito vehicular durante 3 horas para avanzar 857 metros. Pero manejar en carretera me gusta mucho. Ir de pasajero es horrible, pero llevar el volante te permite largos ratos de introspección y una apreciación singular por el paisaje que se descubre durante el traslado.

PROS: Familiarización con los mejores lugares de tragazón a lo largo y ancho de la república. Conocimiento de bares y antrillos de mala muerte pletóricos de cerveza aguada y mujeres ídem, pero ambas disponibles por un billete de 50 pesos (y todavía te dan cambio). El jefe no está xodiendo en el teléfono ni llamando a junta cada diez minutos. La oficina es reducida (la cabina del tráiler), pero el área de fumar es amplia (México). Tiempo de sobra para escuchar musiquita a gusto, siempre y cuando lleve mi iPod o mis CDs.

CONTRAS: Entre narcos, conductores imbéciles y pésimo mantenimiento, las carreteras de México se han vuelto más peligrosas que besar a Lindsay Lohan sin antes hervirla. La perspectiva de una diarrea galopante por consumir tacos de barbacoa ladradora cuando se conduce un vehículo de 6 toneladas no es muy halagueña. Si se poncha una llanta o se revienta un pistón, el espectáculo de ver a un mastodonte como yo llorando a la orilla de la carretera pues no sabe resolver el problema sería triste para todos. Y si llego a olvidar iPod y CDs… “La Rancherita del Cuadrante” me forzará al suicidio.

Yo sería bueno para dejar a la gente "en espera", por ejemplo...

SERVICIO AL CLIENTE. Tengo la paciencia del coach de dicción de Hugo Sánchez, así  que ponerme a escuchar las tribulaciones y trabas que encuentra el consumidor, casi a cualquier nivel, puede ser una opción viable no tan sólo como paño de lágrimas, sino también para resolverles el problema. O al menos para fingir que lo estoy resolviendo, y la percepción de la eficiencia es un 89% del éxito laboral.

PROS. No muchos, la verdad. Pero cuando le digo a alguien que todo su problema radica en haber llenado mal un renglón del formulario, o que su computadora no está conectada, o que su llamada es importante para la compañía, me siento más satisfecho de mi mismo que si hubiera encontrado la vacuna contra el herpes genital. Así de vano y superficial soy, inútil juzgarme.

CONTRAS. Pese a lo reconfortante y empático que puedo llegar a ser con viejitas que no saben llenar sus formas migratorias, amas de casa que no encuentran el pasillo de las toallas femeninas y chicas guapísimas que no saben conectar el DVD a la tele, creo poseer una pinta de mamón con aires de grandeza que saca de quicio al sexo masculino. Proyecto esa imagen de típico pinchi naco con un mínimo de autoridad que invita a la confrontación y al desafío. Es probable que mi salutación de “muy buenas, soy Antonio, ¿lo puedo ayudar en algo?” acabe degenerando en “si usted no posee la neurona necesaria para entender la diferencia entre coaxial y HDMI, tampoco merece poseer esta magnífica pantalla LED, nuevo rico de mierda”.

Deathaccino...

BARISTA. ¿Gusto por el café? Sí. ¿Facilidad para venderle un innecesario y sobrepreciado ‘panini’ al primer imbécil que se me ponga enfrente con intenciones de comprar tan sólo un vil cafecito americano? Mucha. ¿Actitud esnobista y displicente? Claro. ¿Personalidad arrolladora? De sobra. Este último punto nada tiene que ver con la labor, pero me gusta recordarles de vez en cuando que tengo una personalidad arrolladora.

PROS. Café gratis. Creo. Aquí necesito que algún empleado del Bastardbucks me diga si les cobran cada vez que se les antoja prepararse un Venti Fracassino Soya Doubleshot con crema batida, nuez moscada y huevo estrellado, o lo que sea la bebida de su preferencia. Pero bueno, si la empresa no aprueba esta clase de prestación, creo ser lo suficiente maduro para buscar la forma de robarles descaradamente, echándole la culpa a Doña Chonita, la señora que limpia los baños.

CONTRAS. No hay una Doña Chonita que limpie los baños en esta clase de magnas cadenas transnacionales que venden aguas negras con un madratxo de cafeína, así que lo más seguro es que me toque limpiar baños en algún momento. Y no hay nada, NADA para lo que yo esté menos capacitado que para trapear la pis de otros (excepto, quizá, reparar un tráiler averiado). Como tampoco sé nada de lo que es la mesura, mi consumo intensivo de espressos me provocará un infarto masivo al miocardio antes de que acabe mi turno.

¡Toma tu vegetarianismo, estúpido Dalai Lama!

PARRILLERO. Soy de habilidades culinarias limitadas (hablo de cocina, so puercos). Pero pónganme frente a media bolsa de carbón y un pedazo de rejilla metálica y soy capaz de prepararles viandas suculentas y besadas por flamígeros labios con la maestría del mismísimo Hades (que vive rodeado de llamas y me imagino es bueno para las parrilladas). Mis marinados, tanto secos como húmedos (sigo hablando de cocina, pandilla de marranos), pueden transformar una suela de sandalia en un banquete que alegra paladares y afloja agujeritos del cinturón. Bobby Flay es mi perra, vamos.

PROS. Carne, charcutería, volatería y caza preparados al fuego, en abundancia. Hasta las cosas más insignificantes e insípidas se hacen maravillosas cuando se les expone al fuego directo (con excepción del chayote, que es un abismo negro de la gastronomía). Operar una parrilla sin una cerveza en la mano es contra la ley, según sé. Y dominar el fuego a nuestro antojo es una de las cosas que nos distingue de especies inferiores.

CONTRAS. Lidiar con estúpidos hippies que dicen que quemar carbón es una afrenta a la Madre Tierra, o que fomenta los cancerígenos o alguna pendexada similar. Explicarle a los ignaros que una carne “bien cocida” no es carne, es una silla de montar salpimentada. Los inevitables y gastados chistes de la concurrencia cada vez que uno manipula un chorizo.

Diamond Joe Quimby, mi modelo a seguir en el servicio público...

POLÍTICO. Ustedes ya saben que puedo mentir como el mejor, así que la mitad de la chamba ya está hecha. Cuento con una fiel base de seguidores (¡SALVE, FINÍSIMOS!) capaces de funcionar como grupo de choque y línea dura a la hora de posicionarme favorablemente en el ámbito partidario. Mis discursos ponen a llorar a los hombres curtidos, a reír a los deprimidos crónicos, a luchar a los apáticos naturales y a suspirar a las chicas en general. Y jamás les robaré un centavo, ¿me escuchan? ¡Soy honrado a carta cabal!

PROS. Tengo a mi amigo Oliver para hacerme lucir bien en los pósters de campaña. Me gusta besar niños y asustar a los viejitos para que voten por mi o se los carga la txingada disfrazada de oposición. La gente confía en mi, y suele apoyar hasta mis iniciativas más imbéciles.

CONTRAS. Convivir gregariamente en eventos de proselitismo me crea conflictos por mi asquito a los gérmenes, así que dar manos y abrazar al electorado menos propenso a la ducha puede ser un problema. No quiero casarme con una actricilla con aspiraciones de Primera Dama. Tengo más esqueletos en el clóset que Christian Bale al final de American Psycho, así que mis enemigos políticos pueden develar escándalos graves con tan sólo invertir 14 minutos metiendo mi nombre en Google.

Bueno, de entrada estas son mis profesiones alternativas para las que puedo servir de algo a la sociedad. O a mis intereses egoístas, que es lo importante. Ustedes tendrán sus propias cualidades laborales que se apartan de lo que hacen hoy en día. Pero seguro no son tan interesantes como las mías… ¡y esa es mi promesa de campaña para ustedes, bola de mugrosos!

Esa innecesaria necesidad

Ni el Almirante Ackbar puede resistir un buen frapuccino...

Ustedes bien saben cómo me gusta criticar a Starbucks. Bueno, ustedes bien saben cómo me gusta criticar TODO, pero también a Starbucks. No puedo negar lo que representa: un gran conglomerado global, opresivo en su avance sobre el mercado, instaurando una dependencia en nuestros hábitos de consumo rayana en la drogadicción. Y aparte es caro, eso ni para qué discutirlo.

Pero no puedo vivir sin él.

Antes de irme de México viajaba con mucha regularidad al extranjero (una vez al mes, en promedio). Starbucks se convirtió pronto en una especie de hogar fuera de casa. Sabía que donde estuviere, podía contar al menos con una bebida cafeinada (indispensable para quienes, como yo, no pueden dormir a bordo de un avión) que sabía exactamente igual en cualquier establecimiento del mundo donde fuera adquirida.

Este es el fenómeno que venden muchas de las grandes cadenas (además de la conveniencia), la familiaridad con sus productos. Nadie se mete a un Burger King en busca de la mejor hamburguesa de su vida. No, el paladar está en segundo término. Lo que importa es la consistencia. Esa Whopper con queso, preparada de acuerdo a nuestro gusto personal (sin jitomate y con doble mostaza, en mi caso) es siempre igual. Tampoco creo en esas jaladas de decir que un Burger King hace hamburguesas más sabrosas que otro. Todos tienen el mismo proveedor, las mismas máquinas que se encargan del preparado y los mismos empleados descerebrados que nos sirven mal la orden. Pero el producto final es el mismo. Consistencia, vamos.

Mi desencanto con otros cafés en víspera de la entrada de Starbucks en México se refería precisamente a la consistencia. En el centro de Tlalpan hay un popular café que, en repetidas visitas, lo mismo te servía el espresso quemado que verde, aguado o amargo. Y de vez en cuando estaba delicioso, pero no me interesaba jugar a la ruleta cada vez que me sentaba a degustar un ardiente y estimulante brebaje en tacita corta. Y por eso me aficioné a Starbucks.

Los últimos seis meses en México los pasé visitando el Starbucks de Las Águilas, uno de los primeros en abrir en nuestro país, de camino a la oficina. Y ya en Miami, alternaba mis visitas a la popular cadena con frecuentes dosis de café cubano, uno de esos deleites que facilitan la adaptación a un país extranjero. Ahí mi elección cafetera se ceñía al antojo diario, pero las visitas al Starbucks siempre fueron celebradas. Y en los años que llevo regalándoles dinero a manos llenas frecuentando sus establecimientos, jamás he tenido que devolverles un café por estar mal preparado. No sé si tengo suerte o si sus estándares y procedimientos simplemente funcionan.

¿Me duele el codo al analizar lo que he gastado en lattes, chais, macchiatos y espressos? Algo, sí. Y eso sin añadir la ocasional galleta, algún scone o hasta una de sus intensas latitas de DoubleShot. Pero no puedo negar que cuando entro en un Starbucks, generalmente busco satisfacer una necesidad, real o imaginada, y que siempre se ve satisfecha. Aún no creo que sus productos valgan lo que cobran por ellos, pero también hay que decir que encontrar algo confiable en un mundo donde todo tiende a fallarnos tiene su mérito. Voy por un cafecín, nos vemos…

En un momento, ¡regresamos!

Brevísimo post, con noticias varias:

  • De momento estamos pasando por dificultades técnicas en casa, básicamente porque sucumbí a la tentación de cambiar la velocidad de mi internet de Cablevisión, de 2Mb/s a 6Mb/s. Claro, me pasó lo que a Ícaro (“A la BatiWikipedia, Robin!”) y la ambición fue mi condena. Durante la transición surgieron los clásicos “problemas técnicos” que ningún técnico puede explicar de manera coherente, así que mi conexión está más lenta que el caballo del malo. ¡Paciencia! Eventualmente les contaré si valió la pena escudriñar los límites de la máxima velocidad internáutica o si debí conformarme con mis 1.5 Mb/s (reales) que tenía antes de este jolgorio.
  • En el renglón de excelentes noticias: apenas estamos a 26, y ya rebasamos el número de visitas del mes anterior, el de mayor audiencia en la historia de Finísima Persona. Todo este éxito se debe a ustedes, así que dénse colectivamente unas palmaditas en la espalda y un pellizco en la pompi, pues se merecen eso y todo mi agradecimiento, que no es poco. ¡Buen trabajo!
  • Esta semana les anticipo que los posts serán más bien breves, y los subiré al caer la noche. Tengo muchísimas entregas de trabajo y coincidieron tres trámites de visa y documentación oficial en estas mismas fechas. La xoda será intensa para su seguro servidor, pero habrá material para que se distraigan de lo mal que está el resto del país y del mundo.
  • Como mero dato de trivia: al parecer los posts que les generan más opiniones son donde pueden verter su odio hacia las cosas que les rodean. Esto es una forma muy velada de decirles que habrá próximamente una segunda parte de mi catálogo de odios, así que podrán seguir desahogándose.
  • En este Starbucks (el que está enfrente de la UIC) hacen un Chai Latte bastante mediocre, pero la concurrencia femenina es bastante agradable a la vista. Y justo enfrente del café hay una gasolinera y un hotel de paso, así que el lugar reúne todas las necesidades básicas del hombre moderno en un espacio muy reducido.
  • El Grano creció descomunalmente, y justo cuando pensé que estaba por reventar… se empezó a “desinflar” solito. Ahora me queda un punito rojo en la punta de la nariz y al tocar el área hay una ligerísima inflamación, pero cero drama. No sé de qué estoy más agradecido, si de la magnífica capacidad de recuperación que poseé mi epidermis o de no haber tenido que recurrir a sus “remedios” arcaicos y posiblemente dolorosos.
  • Ya vi el nuevo trailer de Crepúsculo: Eclipse. Sé que sonará raro, pero les juro que estoy más emocionado por la perspectiva de ver esa película de popó que por Iron Man 2. Soy patético, lo sé.
  • Se les quiere y se les admira. Besos.