Si están leyendo esto…

…quiere decir que no regresé a tiempo a casa para desactivar mi Post Automático de Emergencia™, programado para aparecer a esta hora. Hay tres motivos posibles:

  1. Fui emboscado por un grupo paramilitar en territorio Triqui y balaceado sin piedad. Estoy muerto. O…
  2. Sigo formado en el módulo de pasaportes de la Delegación Iztapalacra. Estaré muerto al intentar abandonar los dominios de Carla Brugada. O…
  3. Estoy agarrando una briaga marca Henry Chinaski. Aún no estoy muerto, pero lo estaré al cabo de 5 ó 6 horas más. Recen por mi.

Postearé algo el fin de semana, pues. Besos.

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ARCHIVO MUERTO: La Dura Realidad

Notiux del Toñiux: Mil gracias al buen @aeleaene, quien tuvo la gentileza de escanear la revista Conozca Más donde apareció esta columna, cuyo archivo extravié en una desafortunada avería de disco duro. Fue escrita durante el boom de los reality shows en México, y creo que me sirvió para generar una tónica en columnas similares que he escrito posteriormente. Los lectores de CM de aquella época me comentan que los lectores se dividieron marcadamente su aparición: unos querían verme muerto y otros nada más despedido. En todo caso, para los tres pelaos a los que sí les gustó el estilacho… aquí tienen la versión Director’s Cut.


La Dura Realidad

Aprovechando la popularidad de los rialitichous, he decidido hacer de esta columna un fiel retrato de la realidad cotidiana en el apasionante mundo de los columnistas freelance: intriga… pasión… misterio…

07:00. Suena el radio-despertador, Estéreo Sirvienta y Siete Siete anuncia cinco cañonazos en línea. Hora de levantarme a correr y al gimnasio.
07:00.17 Sí, claro.
10:23. Mi escultural esposa, una sueca que modela lencería, me despierta con un húmedo beso, mientras la amante oriental de ambos succiona delicadamente los dedos de mis pies, en una clara invitación erótica al placer desenfrenado.
10:24. Me quito las lagañas de los ojos y descubro que no estoy casado con una sueca, ni tengo una amante oriental. Vivo en un depa de interés social, el gato del vecino volvió a meterse por la ventana abierta del baño y está lamiendo mis pies con su áspera lengua. Esto merece un escarmiento…
10:25. El gato me pone como santocristo al intentar escarmentarlo. O sea que de placer desenfrenado ni hablamos…
10:41. Desayuno de poder: media lata de chilorio frío (no hay gas) y un tabaco. Listo para enfrentar el día.
10:58. Después del opíparo desayuno, baño vaquero (no hay gas, ¿recuerdan?). Una servitoalla astutamente humedecida y repasada por las “zonas desmilitarizadas” me revitaliza.
11:26. Ya hay gas. Y acidez. El chilorio surte efecto antes de lo esperado. Mastico un pedazo de tortilla quemada, esperando mitigar la ira de la bestia.
11:35. Ahora sí, listo para sentarme al teclado de la compu para escribir la columna de Pan y Circo, parte seminal de Circo, sección medular de la revista Conozca Más. De nada, Sol, Alfredo. Espero mi chequecín. Y dejen de ofrecerme pago en números atrasados.
11:36. Nel, sin mi cafecito no puedo arrancar.
11:37. ¡Me lleva la c******a! ¿Ahora cómo caliento el café? ¡P****e compañía de gas! Sigue leyendo

Premios Gastronómicos Lo Más Pior 2010

En materia de consumo, tratándose de alimentos o bebidas, nos encanta el juego de los favoritos. Los lectores de este blog saben que para mi la cerveza es Guinness, los tacos de suadero son los de Tacos Charly y la paella es la de mi papá, punto final. Estoy abierto a la discusión, claro, pero difícilmente puedo ceder en mi apreciación. Creo que ustedes deben ser igualmente celosos a la hora de defender sus propios favoritos personales, pues es sintomático de la naturaleza humana.

¿Pero qué hay de lo peor? ¿Tienen memoria para ello? Curiosamente nos acordamos frecuentemente de lo bueno, pero lo malo no nos viene a la mente con tanta facilidad, y menos cuando se trata de hacer comparaciones. Vamos, he participado de mil discusiones respecto a dónde se mezcla el mejor martini, qué tortería debería residir en el Olimpo y qué servicio restaurantero te hace sentir jeque árabe, pero nunca he defendido encarnizadamente ante mis amigos mi postura respecto a dónde preparan los peores chilaquiles sobre el planeta.

Esto cambiará ahora mismo. He aquí unas cuantas historias de terror, asco, desilusión y ausencia total de deleite culinario y etílico. Espero las suyas.

EL PEOR TACO DEL MUNDO… No, no fue en Taco Bell. Sé que muchos dicen que dicha cadena de comida rápida Tex-Mex fabrica los peores tacos en la historia de la humanidad. Lejos de ello. El taco de Taco Bell puede ser una versión desvirtuada de nuestro tradicional taco, pero no es tan incomible como algunos de los tacos que he tenido la desgracia de probar. Y todos tienen anécdotas de espantosos tacos vendidos bajo dudosas condiciones de higiene, pero la mía ocurrió en un establecimiento formal, que incluso llegó a tener sucursales debido a su éxito. Sigue leyendo

5 Pequeñas Grandes Tragedias

Resulta obvio que la vida moderna no es nada fácil de sobrellevar. Además de abrumarnos por la crisis económica, la inestabilidad laboral, las presiones sociales, el colapso ecológico, la proliferación del crimen, la intolerancia racial, el extremismo religioso y el inevitable estreno de otra película de Julia Roberts, sufrimos innecesariamente por vivir cotidianamente con una serie de tragedias menores que nos acechan a cada paso.

En el gran esquema de las cosas, ninguno de estos eventos deberían parecernos graves, pero por alguna u otra razón tendemos a magnificarlos y a convertirlos en sucesos que nos arruinan el día, o al menos nos ponen de malas al punto de que nos sabotean el resto de la jornada. Deberíamos ser más inteligentes y aprender a sobreponernos ante su aparición, pero al menos yo debo confesar que mi buen juicio nada más no me da para superar estas tragedias cotidianas. Sólo enumeraré cinco, para empezar, pero seguro ustedes comparten conmigo al menos una de las siguientes:

La chacha perdió el control remoto de la TV. Cuando uno es el que extravía el dichoso control remoto no pasa de una autorecriminación recurrente que nos grita a la cara el desmadre reinante en casa. ¡Ah, pero que no sea la resignada fámula quien se encargó de ubicarlo en un lugar que no nos resulta familiar o lógico, porque entonces sí se arman Los Zetas contra La Familia! Mentamos madres y abuelas, echamos espuma por la boca y juramos que la vamos a correr nada más vuelva a aparecer su trenzuda figura por la casa. Y obvio, cuando llega la hora de la verdad el reclamo se queda en un “Mira, Itziar Ludmila, ya te pedí que no me muevas las cosas de lugar, por favorcito…”, pues pronto razonamos que no hay extravío de control remoto que justifique el tener que limpiar nuestro propio mugrero sin ayudo de terceros. Y de todos modos no había nada bueno en la tele…

"¿Y mis comedias, TiVo?"

No se grabó Lost. Retiro lo dicho respecto a la ausencia de cosas que ver en la tele. Cuando ponemos nuestras neuronas a trabajar en ese intrincado proceso de que se grabe nuestro programa favorito, ya sea en arcaico videocassette o en el TiVo a prueba de idiotas, no hay mayor decepción que sentarnos ante la pantalla y no ver lo que esperábamos. Y ocurre mucho más seguido de lo que podría sugerir nuestra modernidad y múltiples avances en el frente electrónico. Cuando no la jeteamos en la programada de la video al olvidar la especificación de hora entre AM o PM, resulta que no había suficiente espacio en el VHS, o la grabación de TiVo se cortó antes del final… o simplemente se fue la luz y toda la programación se tomó el vuelo sin escalas al caraxo.

Mi orden en el AutoMac está mal. La incompetencia del sector servicios nos puede llevar a cometer locuras fuera de toda lógica, pero aunque tomemos las cosas con algo de frialdad, no podemos sino maldecir a nuestra suerte cuando descubrimos que nuestra hamburguesa, específicamente ordenada sin cebolla y con mucha catsup viene exactamente al revés, con doble cebollita y ni un mísero sobrecito de condimento para enmendar la pifia. Claro, porque la diferencia al paladar entre un pedazo de carne de ínfima calidad, cocinado en un microondas y saturado de sodio varía enormemente con la sola omisión de un ingrediente (activen su detector de sarcasmo si la frase anterior no les parece coherente). La culpa realmente es de nuestras expectativas, por ordenar una Cajita Infeliz y esperar un banquete preparado por Gordon Ramsey.

Cambió el horario y me tengo que levantar una hora antes. Entre cambios de horarios de verano e invierno ocurre el curioso fenómeno de un aumento del 7247% en escuchar el mismo reclamo de TODO el mundo: “Esto de levantarse una hora más temprano/más tarde no me acaba de gustar, nunca me acostumbro”. Por supuesto que las quejas son más frecuentes y hartantes cuando el dichoso ajuste horario nos obliga a despertar más temprano, pero es un simple hábito que se resolvería fácilmente si no actuásemos como si este año es la primera vez que ocurre. Creo firmemente que el problema no está en que no nos guste el cambio de horario. Al contrario, nos gusta porque nos permite tener algo más en común para quejarnos y tener conversaciones idiotas en el elevador con perfectos extraños cada vez que nos sorprenden bostezando descaradamente.

Se acabó la batería de mi iPod/celular/laptop/juguete sexual/control de Xbox porque se me olvidó dejarlo cargando anoche. Sin comentarios. Digamos que pocas cosas duelen más que dejar caer el peso de nuestro propio orgullo sobre la espada de nuestra estupidez. Y ni te preocupes por buscar el cargador para el coche, también se te olvidó sobre la mesita de noche. Junto con tu cartera, probablemente.

Esto es sólo el principio de las pequeñas derrotas que me arruinan el día. Y pondría más, pero tan sólo recordarlas me amarga innecesariamente la existencia. ¿Cuáles son las de ustedes, Finísimas Personas?

En un momento, ¡regresamos!

Brevísimo post, con noticias varias:

  • De momento estamos pasando por dificultades técnicas en casa, básicamente porque sucumbí a la tentación de cambiar la velocidad de mi internet de Cablevisión, de 2Mb/s a 6Mb/s. Claro, me pasó lo que a Ícaro (“A la BatiWikipedia, Robin!”) y la ambición fue mi condena. Durante la transición surgieron los clásicos “problemas técnicos” que ningún técnico puede explicar de manera coherente, así que mi conexión está más lenta que el caballo del malo. ¡Paciencia! Eventualmente les contaré si valió la pena escudriñar los límites de la máxima velocidad internáutica o si debí conformarme con mis 1.5 Mb/s (reales) que tenía antes de este jolgorio.
  • En el renglón de excelentes noticias: apenas estamos a 26, y ya rebasamos el número de visitas del mes anterior, el de mayor audiencia en la historia de Finísima Persona. Todo este éxito se debe a ustedes, así que dénse colectivamente unas palmaditas en la espalda y un pellizco en la pompi, pues se merecen eso y todo mi agradecimiento, que no es poco. ¡Buen trabajo!
  • Esta semana les anticipo que los posts serán más bien breves, y los subiré al caer la noche. Tengo muchísimas entregas de trabajo y coincidieron tres trámites de visa y documentación oficial en estas mismas fechas. La xoda será intensa para su seguro servidor, pero habrá material para que se distraigan de lo mal que está el resto del país y del mundo.
  • Como mero dato de trivia: al parecer los posts que les generan más opiniones son donde pueden verter su odio hacia las cosas que les rodean. Esto es una forma muy velada de decirles que habrá próximamente una segunda parte de mi catálogo de odios, así que podrán seguir desahogándose.
  • En este Starbucks (el que está enfrente de la UIC) hacen un Chai Latte bastante mediocre, pero la concurrencia femenina es bastante agradable a la vista. Y justo enfrente del café hay una gasolinera y un hotel de paso, así que el lugar reúne todas las necesidades básicas del hombre moderno en un espacio muy reducido.
  • El Grano creció descomunalmente, y justo cuando pensé que estaba por reventar… se empezó a “desinflar” solito. Ahora me queda un punito rojo en la punta de la nariz y al tocar el área hay una ligerísima inflamación, pero cero drama. No sé de qué estoy más agradecido, si de la magnífica capacidad de recuperación que poseé mi epidermis o de no haber tenido que recurrir a sus “remedios” arcaicos y posiblemente dolorosos.
  • Ya vi el nuevo trailer de Crepúsculo: Eclipse. Sé que sonará raro, pero les juro que estoy más emocionado por la perspectiva de ver esa película de popó que por Iron Man 2. Soy patético, lo sé.
  • Se les quiere y se les admira. Besos.

¿Hierba mala o hierba buena?

Anoten a Mary-Louise Parker entre las cosas buenas que nos ha generado la mariguana últimamente...

Tengo que agradecerles una vez más la fenomenal respuesta que han tenido hacia el blog últimamente. Al parecer les sigo causando gracia, algo que me da mucho gusto. Pero entre los mensajes, comentarios y mails que recibo he notado un cierto patrón común, preguntando específicamente de dónde extraigo inspiración para mis escritos. Y en más de una vez he escuchado la insinuación de que dicha inspiración proviene de la mostaza, cola de lión, mota, zacate inglés, coliflor tostada, pastito vacilador, cigarrito fiestero, chiquiador pa’ las reumas, epazote de la risa, mois, ensalada rasta, porro, cannabis (indica o sativa) o cualquier otro término asociado con la mariguana.

Siento decirles que no. La verdad es que puedo entender de dónde viene la identificación. Después de todo he comprobado (no en carne propia, sino a través de terceros) que mi humor suele ser bien recibido por quienes participan del ritual de la verde. Pero no, Finísimos Lectores. Mi humor es natural como la hierba misma, pero no proviene de ella. ¿Pero por qué no?
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El Grano

En primer plano, El Grano. Detrás de él, El Toño.

Hoy no aguanto la nariz. Y con toda la razón. Desperté con un curioso dolor en la cara, y me imaginé que era de ser tan guapo, como dice la rola de Los Inhumanos. Pero no. El Grano se apoderó del punto más pronunciado de mi nariz de chilito relleno y empezó a crecer como los rumores de que Luismi se había petateado.

Claro, los mentados rumores se fueron apagando al poco rato de su aparición. No así El Grano. Oh, no. Lo que en la mañana era un dolor similar a haber recibido un escolar garnuchazo, ahora alcanza proporciones similares a estar pariendo un tuna pitahaya por vía nasal.

Nunca fui un adolescente barrudo, así que no sé muy bien cómo lidiar con fenómenos cutáneos de esta especie ahora que me encuentro en el umbral de la vejez senil. Sé que me duele, y punto. Y sé que está destinado a crecer todavía más, con el consiguiente aumento de dolor para la henchida epidermis que aún no lo deja madurar en plenitud.

El problema de El Grano no es precisamente estético. Si saliera a cuadro en TV para ganarme la vida, seguramente sería una tragedia profesional, pero no más allá de la solución que una discreta aplicación de maquillaje es capaz de brindar. Es obvio que la solución del maquillaje está descartada, pues mi problema tiene que ver con dolor, no con ganar el certamen para Reina de la Primavera.

Lo peor del asunto es que una protuberancia de esta índole provoca toda clase de recomendaciones por parte de cualquier hijo de vecino que se topa contigo:

  • “Pónte pasta de dientes, eso siempre le funcionaba a mi primo”
  • “Compresas de agua caliente, nunca fallan”
  • “Calienta una toalla sobre vapor de agua y úntale un poco de mostaza, eso abre el poro y deja salir la infección”
  • “Esteriliza un alfiler y dále un piquetito. Al principio te va a doler de a madres, pero en unos segundo se pasa a medida que la sangre escurre y se desinflama todo”
  • “Tengo un primo que se los quita con jabón de cacahuananche”
  • “Frótalo con tantito carbonato, eso no falla”
  • “Windex” (esa fue de una pendeja que hizo su broma “muy actual” de la pinche peli Casarse está en griego).
  • “Hay una pomada de vitamina A y ácido ascórbico que funciona muy bien, pero te la tienes que quitar en el momento justo, porque de lo contrario te quema la piel”
  • “Pon a hervir una olla con agua, añádele unos eucaliptos y cuando esté el vapor a todo, acerca la nariz al agua lo más que aguantes”

En resumen, nada más faltó el imbécil sugiriendo mojar el grano en gasolina y arrimarle un cerillo encendido. Y cabe añadir que todos los remedios son garantizados por sus emisores, quienes por alguna razón nunca pueden explicar científicamente el porqué afirman que funcionan. A lo mucho dicen que “así son los remedios caseros”. Y yo mientras tanto sigo con El Grano gigante y enrojecido adornando mi cara de imbécil, esperando que otro pendejo más venga a hacer un chiste alusivo a un reno navideño. ¡Qué ocurrente! ¡Sólo me han llamado Rudolph 72 veces desde que salí de casa! ¡Deberías trabajar haciéndole monólogos a Adal!

Bueno, Finísimos, disculpen que el post de hoy no haya sido tan elaborado como el de ayer, pero creo que El Grano es el culpable. Sospecho que está absorbiendo parte de mi cerebro, atrofiado por el alcohol y la edad avanzada, para convertirse en una entidad propia, con funestos planes para eventualmente madurar como organismo independiente y consumirme del todo, antes de emprender una sangrienta campaña para apoderarse del mundo…

O a lo mejor es un barro común y corriente, vulnerable al Clearasil. Mañana lo averiguaré.

Finísimo Léxico 2.0

Si han sido lectores habituales de Finísima Persona sabrán de mis múltiples intentos por renovar el lenguaje coloquial y el léxico que usamos cotidianamente. Es penoso que, en pleno siglo XXI, sigamos utilizando expresiones y frases más añejas que la fe bautismal de Fey.

Renovarse o morir, digo yo. ¿A alguien le extraña que nuestras leyes sean tan ineficaces si no nos molestamos siquiera en darles una pulidita renovadora de vez en cuando? Y no me refiero tan sólo a las enmiendas constitucionales que nuestros políticos elucubran cada vez que se les da la gana jalar agua para su molino (más sobre esto en breve). A mi me da pena que se contemple pena de muerte para el “salteador de caminos” (en serio, está en la Constitución) y no, por ejemplo, para los tetos que me invitan cada dos minutos a seguirlos en Twitter o me dejan de seguir ellos.

Así pues, vamos a actualizar algunas frases coloquiales…

VIEJA FRASE: Jalar agua para su molino.

Para empezar ya nadie tiene molino en su casa, ni de viento ni impulsado por agua. Ridícula expresión.

NUEVA FRASE: Jalar WiFi para su internet.

Mucho más actual, claro, pero aparte muestra perfectamente la actitud ventajosa que todos mostramos al detectar a algún incauto que no le ha puesto contraseña a su red inalámbrica.

VIEJA FRASE: No me calienta ni el sol.

Una expresión políticamente incorrecta en la era del calentamiento global, o ahora que los riesgos de que una nube de ceniza volcánica nos bloqueé al Astro Rey son más patentes que nunca.

Megan Fox: Tímida, ella.

NUEVA FRASE: No me calienta ni Megan Fox.

Siendo honestos, no importa si eres hombre o mujer: el no sentir que algo se te irriga sanguineamente al ver a la prima paterna en segundo grado de Vicente Fox (¿no sabían?) es inadmisible. Si no te calienta la Fox estás muerto (o muerta). O a lo mejor prefieres calentarte con este guey…

Para las Finísimas Lectoras que luego se quejan de que no hay fotos para ellas. Y para algunos Finísimos Lectores, ¿porqué no?

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Alegatos de mis gatos…

Siempre fui fan de los perros, desde chavito. Y perros nunca faltaron en mi casa. En un futuro dedicaré un post entero a la raza canina, pues ocupan un lugar preponderante en mi vida. Pero en estos días mis papás salieron de viaje, y nos encargaron a mi hermano y a mi estar pendientes de sus gatos.

Lejos de lo que reza el saber popular, una casa de perros y gatos no está permanentemente hundida en pleitos, corretizas, mordidas y arañazos. Al menos no en casa de mis padres. Salvo en el caso de un par de afortunados canes, los perros han vivio en el exterior de la casa y los gatos en el interior. Cuando alguna de las razas se aventura demasiado en terrenos de la otra, puede haber ladridos o maullidos de advertencia, pero no hay francas hostilidades. Reina una extraña armonía.

Todo empezó hace unos 14 años, con la llegada de Gato. Una de las múltiples gatas que vivían en casa de los vecinos se saltó hacia el tejado que daba a nuestro patio, y depositó sobre las tejas a un gatito recién nacido, con los ojos aún cerrados y todo el rollo. Mi mamá escuchó sus maullidos durante un rato, sin saber qué hacer. Al cabo de una hora, aproximadamente, la gata regresó por su cría.

Al día siguiente se repitió el espectáculo. La gata dejó al gatito sobre las tejas y desapareció… para no volver. Me imagino que aplicó la clásica de ir por cigarros a la esquina para endosarnos al producto de sus calenturas. En fin, el sol se ocultó y comenzaron a caer las primeras gotas de un aguacero. Mi mamá corrió a pedirme que le ayudara a subir al tejado. Rescató al gatito y lo metió en la casa. Y obviamente nos quedamos mirándonos mutuamente, sin saber qué hacer con esa extraña criatura.
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¿Hay o no hay post?

Rubik para webones como un servidor...

Seguro ya están entreteniendo ideas descabelladas respecto a la razón por la que aún no he subido post nuevo…

“¡Pero si Toño nos prometió un post al día hace poco más de un mes!”

“¿Cómo pudo atreverse a engañarnos de esa manera, y tan pronto?”

“¿Acaso no conoce la verguenza este zángano falsario?”

“¡Hay que quejarnos a la PROFECO o a su equivalente bloggero!”

“¡Yo se los dije, este guey es un fraude!”

Y así, ad nauseam. Y no les faltaría razón. Pero déjenme comentarles varios detalles. El primero es hacerles notar que el día, tal y como lo conocemos, consta de 24 horas. A menos que sean burócratas, pues en esos casos el día (al menos el de índole laboral) es muchísimo más breve. En algunos casos hasta se le puede contabilizar en meros minutos. Pero no así el día de este bloggero. Si les prometí un post al día, entre semana, deben esperar hasta las 23:59:59 para ver si cumplí o no con lo pactado. De lo contrario, nada más me hacen sentir carrereado, y hacerle al chicotito siempre ha sido la peor fórmula para estimular mi productividad.

Ahora bien, hablando de “promesas”: digamos que no “prometí”, sino que “manifesté mi firme intención de cumplir” con esa agenda de posteo. A veces he posteado en fin de semana si sé que el lunes me va a ser difícil hacerlo. Pero no creo que el mundo se vaya a acabar si de pronto se me ocurre dejar de postear un día. Creo, por otra parte, que el mundo se va a acabar por la furia desencadenada de Aulë, el Ainur (“¡A la BatiWikipedia, Robin!”), quien está causando todos los temblores y volcanes de estos últimos días. Y ustedes echándole la culpa al pobre Beibi Yisus. Pero no divaguemos, mi intención de cumplir es meramente un propósito, no es un contrato de ninguna especie.

Pero… ¿realmente no hice nada por el blog el día de hoy? ¿Están seguros? Digamos que a veces Finísima Persona semeja a un desfile de modas: uno ve a las modelos perfectas deslizándose por la pasarela, pero la chamba ardua e intensiva ocurre fuera de la vista del público, tras bambalinas. Como esta comparación me salió más gay que un guionista de Sex And The City, lo pondré más claro aún: Hay cosas nuevas en el blog, pero no necesariamente son un post. Y aún así requirieron el tiempo y el esfuerzo de un post. ¿Entienden por dónde va la cosa?

Así que si vemos las cosas con frialdad, ustedes son quienes me deben una disculpa a mi. Resulta que aquí está su Toñejo, chambeando como golfa de cuartel para que ustedes encuentren cosas nuevas en Finísima Persona… Y nadie se da cuenta. Nadie me dice un “buen trabajo, imbécil”. Nadie nota que está todo más barridito y limpio que de costumbre. No sé para qué me mato trabajando por ustedes. Ya me lo decía mi madre: “No debes unir tu vida a esos ingratos, que te tratan como a la gata”. Pero aquí está una uno de necio, buscando la apreciación mínima de parte de quienes más visitan este lugar. Yo soy la víctima, ya no me queda ninguna duda.

Pero no sientan lástima por mi. No pretendan arreglar todo mandándome un ramito de flores arrancadas de la jardinera del banco y unos pinchurrientos chocolates rellenos de coco. Mucho menos con un rompopito y rosas. ¡Qué descaro! No pido más que un poco de atención, ¿y ésto es lo que recibo? Exigencias y malos modos para que haga todo a la carrera. ¡Pues se acabó! ¡Búsquense un bloggero que les haga todo de buen modo y sin que ustedes lo pidan! ¡Yo me largo a casa de mi madre! Ya me llorarán, ingratos.

Vale madres, por estar armándoles drama ya salió un post. Y yo que los quería dejar en blanco. Ni hablar, será otro día. OK, todo este choro es para avisar que ya hay una página de Finísimo Podcast debajo del logo de Finísima Persona, que también es nuevo desde hace 4 días (gracias por no decir nada, ojetes). Además de las instrucciones detalladas para bajar el podcast por todas las vías posibles, les pido a los que se suscriban que dejen comentario en la iTunes Store y que califiquen el podcast (con 5 estrellitas, si no es mucha molestia).

Bueno, espero tener mañana completo el material que realmente quería subir hoy. Creo que les va a gustar. ¡Duerman bien, Finísimos!

¿Fortuna? Aquí no vive…

¡Me honraron con las llaves de la ciudad!

No es que me queje, pues sería muy malagradecido con una vida que me ha dado tantas cosas geniales, desde familia y amigos a quienes adoro hasta una profesión que me permite vivir bien y tener tiempo libre para invertir en este blog. Pero hay algo que sí me extraña. Y es que nunca gano nada.

No soy adicto a comprar billetes de lotería, pero cuantas veces lo hago no he ganado ni reintegro. Del Melate, ni se diga, creo que lo más que atiné fueron dos de los seis números. Y la Florida Lotto, donde compraba números siempre que la bolsa pasaba de los 10 millones de dólares, siempre me trató como su perra carcelaria.

¿Rascar billetitos? Déjenme decirles que pasé brevemente por esa etapa, animado por cantidades de historias en noticiarios que hablaban de algún iluso que nunca había comprado un billete de lotería y la primera vez que lo hizo se llevó el premio. Una vez salió en la tele un guey que se sacó 50,000 dólares, y cuando fue a la misma tienda a recrear el suceso para las cámaras, se sacó otros 50,000. Vamos, la Diosa Fortuna no puede ser tan desigual, ¿o sí?
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“¡Mi arma y mi placa!”

¿Despedido? Recétate "Office Space" y mira al mundo con otros ojos...

Ayer me enteré que un grupo de personas muy cercanas a mi fueron víctimas de un despido masivo. De golpe y porrazo, les avisaron a mediodía que ése era el último día que se presentarían a trabajar. Se siente gacho, la verdad. Una sola vez me he topado con el momento amargo de que me digan: “¡Llégale!”, pero con esa me bastó, así que entiendo perfectamente el mal rato por el que pasan estos desafortunados camaradas.

Hoy en día no es extraño ser despedido de una chamba. Es curioso, pero en los tiempos de nuestros abuelos parecía que todo mundo tenía el mismo trabajo durante toda su vida. Saltar de empresa en empresa era tan mal visto como emplear el dinero de los viáticos en pagarse prostitutas. Y sin embargo ahora la inestabilidad parece ser la norma. Un día estás aquí, mañana estás reuniendo tus pocos objetos personales en una caja de cartón, en busca de otro cubículo donde asentar tu nalgamen.

En mis momentos de frustración editando Men’s Health (porque los hubo, como en casi cualquier trabajo) solía sentarme a imaginar con mis colegas las iniciativas a tomar en caso de ser víctimas de un despido. Un escenario común de sabotaje era el de la idea de cambiar los títulos de portada con la revista entrando a impresión. Algo así, más o menos… Sigue leyendo