PAULINAZO RELOADED: Mutaciones Textuales

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N. del T.: Ya les he platicado en otras ocasiones del grupo literario del Planeta Paulina. Hemos decidido revivir la tradición de nuestras reuniones (Paulinazos) y de proponernos nuevos ejercicios para desoxidar la pluma (¿teclado?). Aquí subiré periódicamente los resultados de dichas experiencias.

En esta ocasión, la “tarea” que nos dejamos hacer consistía en iniciar un texto en un género específico y “transformarlo” en otra cosa durante su avance, intentando hacerlo de una forma sutil y ágil sin romper la narrativa.

La idea da para muchas posibilidades: crítica de arte que muta en poesía, cuento corto de terror que se vuelve guión de un sitcom, receta de cocina que acaba en ensayo politico… en fin, es para divertirse un rato y para explorar transiciones. Aquí van dos ejemplos. El primero es el mío, una misiva de aplicación para un trabajo que se vuelve crónica deportiva, con la peculiaridad de que el inepto autor muestra una creciente erudición (llena de clichés, eso sí) al entrar a su “zona de confort”. Y en segundo término leerán a mi admirado Paco López, quien inicia con poesía erótica de altos vuelos y opta por degradarla en un vulgar pitch entre realizadores pretenciosos.

Esperamos sus comentarios. La propina es voluntaria. Comencemos con: Sigue leyendo

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Fotos del montón…

Hoy se me acabó el tiempo para escribir e ilustrar el post que tenía planeado subir, pero en vez de dejarlos chiflando en la proverbial loma y en aras de retomar el ritmo de posteo a uno diario, me embarqué en una breve búsqueda por las fotos guardadas en mi teléfono. No tienen orden ni concierto, no hay tema unificador y la mayoría de ellas no sé ni porqué fueron tomadas en primer lugar (o guardadas, para el caso). Pero las quiero compartir con ustedes, para que comprueben de una vez por todas que mis insulsos escritos son aún preferibles a mis insulsas dotes como artista de la lente. Aquí van, para su deleite (esper0)…

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A la sombra del Coloso

Este domingo me regalé un pequeño placer que ya casi había olvidado. A eso de las 10 de la mañana, aprovechando que el resto de la familia se desperezaba frente a la tele, me fui caminando desde la casa hasta las inmediaciones del Estadio Azteca.

Recuerdo que de pequeño me divertía escuchar a los comentaristas deportivos de la época refiriéndose al monumental estadio como El Coloso de Santa Úrsula. Pese a que soy hincha de los Pumas desde que tengo uso de razón, mi vida siempre ha estado ligada al Azteca. Mi papá conoció a Enrique Borja a través de un amigo común, y de chavitos nos enroló a mi hermano y a mi en la escuela de fútbol del Club América a sugerencia de la esposa del ex goleador.

Yo recuerdo haber hecho algo de berrinche, pues quería jugar en Pumitas, pero un padecimiento respiratorio me lo impidió. Pumitas jugaban en canchas que eran, para ser honestos, pura tierra y polvareda. El América tenía canchas con pastito recién regado y pleno de verdor. El otorrinolaringólogo tuvo la última palabra, así que fui brevemente del América, aunque fuera sólo por portar la camiseta un par de veces a la semana.

Mi equipo se llamaba Barracudas, y nuestro uniforme era la albiceleste de la selección argentina. ¡Qué uniforme! Con mis tachones Adidas firmemente calzados, me sentía  el hijo ilegítimo de Mario Kempes. Una vez nos tocó ir al Estadio Azteca a un evento, y hay que confesar que fue una experiencia sin par. El Azteca es un monstruo, cavernoso e imponente desde cualquier ángulo. Colosal, obviamente.

La casa de mis padres está a escasas doce cuadras del Estadio. De niño solía escaparme en la bicicleta para admirarlo desde afuera. Tuve la fortuna de que la amistad de mi papá con su influyente amigo-que-también-era-amigo-de-Enrique-Borja  nos ganara frecuentes invitaciones a palco, y ahí se fincó mi amor incondicional por el fútbol. Fui a ver al Boca Juniors cuando se enfrentaron a Los Cremas por la Copa Interamericana. Le eché porras al Atlético Español, antes de que mi papá les diera la espalda como uno de sus pocos aficionados restantes y que se tuvieran que convertir en el Necaxa. Y cuando el palco lleno de americanistas animaba a Reinoso, a Toño de la Torre y al Chocolate García en esas ocasiones en que mis Pumas iban de visita, yo me desgañitaba por Cabinho, por La Cobra Muñante y por un chavo habilidoso y entrón llamado Hugo Sánchez.

Cuando llegó el Mundial de 1986, admiré al Azteca en su máxima expresión. Un estadio entero gritando porras a un mismo equipo es algo que tiene que vivirse, pues no hay palabras que le hagan justicia a la experiencia. Cuando no conseguí boletos para ver al Tri en el estadio, me gustaba cortar el audio de la tele en cuanto caía gol de México, pues al asomarse por la ventana de la sala de estar uno lograba escuchar el rugido de la afición viajando hasta nuestro hogar.

Hasta mis Niners han jugado en el Azteca...

En el estadio he presenciado juegos de la NFL, conciertos y hasta una carrera de coches (será otro post). Y no deja de sorprender en ninguna de sus diversas facetas. Pero el placer de recorrerlo desde el exterior sigue siendo emocionante, aunque en otra diversión. Me encanta ver las caras de quienes descienden de camiones, microbuses, taxis o del tren ligero, emocionados por entrar a un juego. Este domingo vi a infinidad de aficionados ataviados con los colores nacionales. Rostros pintados, casacas verdes, blancas, rojas y las nuevas de color negro. Banderas y banderines. Matracas, cornetas, sirenas de aire. Ver gente es un pasatiempo al que no se le da la debida importancia, pero ver gente llegando a un estadio es aún mejor.

Me di un festín visual como los que acostumbraba darme en mis épocas de niño en bicicleta. Al regreso paré en el puesto de barbacoa de Don Arturo para llevarle el desayuno a los míos. Doña Meche me regaló un taco en lo que me despachaban los consomés. Muchos aficionados paraban a almorzar bajo la lona roja antes de meterse a ver un juego más. Seamos honestos, fue un juego más. Pero aún los juegos desprovistos de mayor trascendencia cobran otra dimensión en el Azteca. Apuré el taco de cortesía, tomé mi pedido bajo el brazo y recorrí unas cuadras más hasta llegar a la casa.

Hay muchas cosas que me han decepcionado o entristecido al volver a México después de una larga ausencia. El Estadio Azteca no es una de ellas. Sigue imponiendo, sigue siendo mi punto de referencia. Me recuerda la secundaria, la prepa y la universidad, pues cuando se organizaba la ida siempre ofrecía mi casa como estacionamiento. Y no tanto por aliviarles el tiempo y el dinero de la estacionada a los cuates, sino para poder recorrer esa docena de calles que me separan de su gris estructura. Recuerdo haber aprendido a manejar en su estacionamiento, comprado boletos de reventa debajo del puente que conduce a Acoxpa, coreado goles y más goles en su resonante interior.

Pero el mejor recuerdo siempre es el de observarlo en privado, en silencio. Hay algo de reverencia para El Coloso. Su historia y la mía existen en una extraña comunión. Nunca seré fan de los equipos que le consideran su hogar, eso es indiscutible. Y es que no es el hogar del América, como no lo fue del Necaxa, del Atlante o del Cruz Azul en algunas épocas. Es el hogar de muchos de mis recuerdos más gratos, eso sí. Por dentro y por fuera. Así que le seguiré visitando de vez en cuando, sólo para acordarme que ahí están guardados esos momentos.

VOTO NULO: Mascotas Mundialistas

Cantona... COOL!

Cantona... trés COOL, mais non?

Ya calificamos al Mundial de Sudáfrica. Podemos garantizar que en el 2010, al menos, el mundo seguirá girando. O al menos lo hará hasta que concluya la participación de México en dicha gesta (que de acuerdo a experiencias pasadas debe ser hasta el primer partido de la segunda ronda).

Como nunca es demasiado temprano para comenzar el hype panbolero, hice algo que seguramente otros han hecho ya en infinidad de ocasiones: clasificar a detalle todas las mascotas mundialistas que han existido hasta nuestros días. ¿Cuál es el ángulo original para ti, Finísimo Lector? Me imagino que ninguno. Pero era postear esto o una foto de la mugre acumulada en mi ombligo durante el reciente fin de semana, en que Marcelo Ebrard decidió dejar la colonia sin agua corriente.

Okei, okei, algo original: además de desglosar los puntos a favor y en contra de cada mascota, he decidido calificarlas de acuerdo a qué tan cool son. Y como Eric Cantona es el futbolista más cool de quien tengo memoria reciente, dicha escala se medirá de 0 a 10 Cantonas. En fin, entremos en materia. Cronológicamente, de atrás pa’lante:

66_worldcupWillieWorld Cup Willie (Inglaterra, 1966)

¿Qué es? Un león, ataviado con una casaca luciendo los colores de la Union Jack (bandera del Reino Unido), o alternativamente los de la selección inglesa.

Lo bueno. Simpaticón, nada amenazador. Los niños no lloran si les regalas uno de peluche, a menos que sean unos auténticos tetos de los que sufren robo de lunch escolar cada día a manos de sus compañeritos. Tiene el honor (dudoso, claro), de ser la primer mascota oficial en la historia de las copas del mundo.

Lo malo. En el fondo, resulta aburridón. Por lo menos es mucho menos entretenido que los leones de la vida real, famosos por devorar gacelas, búfalos africanos y turistas demasiado confianzudos.

Lo estúpido. La fijación inglesa con los leones. Lucen tres en el escudo de su selección. Los encontramos por todas partes en los monumentos ingleses. Un poco absurdo, si tomamos en cuenta que el león no es una especie endémica de las islas británicas. Hubiera sido más honesto usar un animal local, como el zorro, la urraca o Liam Gallagher.

¿Qué tan cool es? 7 Cantonas. Tiene un cierto encanto vintage y un trazo ingenuo que obra en su favor.

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