FINÍSIMA RECETA: FINÍSIMOS CAMARONES AL CARBÓN

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Animado por el éxito del podcast Gastronomicast en Junkie y por la interacción obtenida a través de mi regreso a colaborar activamente en un portal web, he decidido revivir una vez más, cuál mítico fénix, este blog olvidado de la mano de Elvis. ¿Y qué mejor que hacerlo con algo que les aporte algo nuevo a sus aburridas vidas y un poco de sabor a sus paladares afectados por Lonchibon? Venga una Finísima Receta. 

No hay motivo de queja: este platillo es de lo mejor de mi limitado repertorio. Cubre todos los requisitos de mamonaje que el que escribe acostumbra cultivar en su vida diaria. Logra impresionar a propios y extraños. Te permite lucimiento personal cuando recibes los elogios de quienes lo prueban. Sabe divinamente, gracias a que su ingrediente base ha sido besado por las llamas. Y más aún: hasta un simio mal entrenado podría preparar este manjar. Por eso es que hoy comparto (fanfarrias, redobles y coros angelicales)… ¡FINÍSIMOS CAMARONES AL CARBÓN!

“Pero Toño,” exclamarán muchos de ustedes con sus expresiones de limitado mundo, “los camarones se comen en cocteles con haaaaarrrrrrta salsa capsu, empanizados o en tortitas ahogadas en el mole de los romeritos navideños”. Claro, porque muchos de ustedes son unos pocopaseados y unos naquetes sin remedio. Pero los más sofisticados entre la plebe (ustedes saben quienes son) están al tanto de que los camarones, además de ser buenos como materia de albur, saben divinamente en otras preparaciones. Así que atención.

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Mommy Rotten

Hay algo que me inquieta sobremanera en el comportamiento de mi Finísima Familia, concretamente a nivel de mi madre y de mi hermano El Nel. Creo que tienen una extraña resignación a consumir alimentos echados a perder.

Me explico: en mi familia siempre ha existido un rechazo total y absoluto al desperdicio. Del lado de mi papá viene por el hecho de que mis abuelos pasaron las de Caín durante la Guerra Civil Española. Las condiciones de escasez, por no decir de hambruna, les pegaron duro a ambos abuelos. Cuenta la leyenda de que en los peores días, mi abuela se armó de valor y se robó un pollo de una granja vecina para alimentar a su familia, y que el trauma de matar al animalillo fue tal, que eso la orilló a rechazar el consumo de carne gallinácea por el resto de su vida.

Mi abuelo no la pasó mejor. Estuvo metido en un campo de concentración una vez que su bando perdió la contienda. La brutalidad de los vigilantes senegaleses, quienes acostumbraban robarles a los prisioneros la poca comida que llegaban a procurar, dio pié a que uno de los compañeros de barraca de mi abuelo Pepe fingiera haber sustraído una naranja de contrabando, envuelta en un pañuelo. Cuando uno de los guardias más malditos, un descomunal negro que hacía valer sus instrucciones a punta de culatazos, le quitó la “naranja” a aquel ingenioso gachupín, tuvo la mala fortuna de descubrir que dentro del pañuelo no había una jugosa fruta, sino una explosiva granada. Para que luego le cuenten a uno que dejarse llevar por la gula no necesariamente tiene malas consecuencias…

En fin, eso es por el lado paterno. Mi mamá, por su parte, es de esas personas predisupuestas a sufrir por todo el mundo y por todos los motivos. Ya les he contado de sus frecuentes rescates animales, convirtiendo la casa de mi niñez en una especie de ‘hospital de guerra’ para perros, gatos, aves, ardillas y algunos bichos cuya especie aún no nos queda del todo clara. Y con la gente es aún más sensible: continuamente desaparecen de la casa alteros de ropa, cajas y más cajas de despensa, enseres menores y toda clase de prendas y propiedades, casi siempre destinados a viejitos y viejitas, a niños indígenas que se encuentra pidiendo limosna en camellones o a simples extraños que ve “muy desarrapaditos” (su frase predilecta para explicar esas tendencias de Madre Teresa Región 4). Creo que hasta a algunos de mis amigos con más pinta de xodidos ha querido asistir con sus obras caritativas (no se ofendan, muchachos, es en buen plan). Sigue leyendo

Nuestros Chescos

Uno de los múltiples placeres de viajar implica degustar las bebidas locales. Cuando uno llega a la mayoría de la edad, la opción clara (u oscura) es disfrutar de las cervezas típicas del lugar que visitamos. Podemos tener nuestras marcas preferidas, pero el acto de beber “como los locales” nos hace sentirnos más a gusto cuando andamos deambulando por tierras extrañas.

¿Pero qué pasa cuando somos niños? ¿O adolescentes, imposibilitados para comprar (o limitados para apreciar) bebidas alcohólicas? Ah, ahí también hay opciones, puesto que nuestra hermosa República Mexicana goza de una apreciable variedad de refrescos regionales. Y a menudo el primer contacto de nuestro paladar con los mismos nos remite a recuerdos, algunos gratos y otros no tanto, de esas vacaciones o simples escapadas a otros rincones del mundo.

Por eso he aquí mi Top 5 de refrescos regionales. Compartan sus propias marcas, sabores y recuerdos en los comentarios, si son tan amables… Sigue leyendo

Toño en el Súper – Junio 2010

"Sección de carnes selectas, pasillo 4"

¡Nueva Finísima Sección! Así es, preocupado como estoy por los bolsillos de mis lectores, he decidido hacerles algunas recomendaciones para obtener más por su dinero a la hora de ir de compras al supermercado (o a la tienda de la esquina, para no andar de exquisitos). Se trata de compartir con ustedes cosas que son:

1. Fáciles de preparar y/o consumir.
2. Económicamente viables hasta para los bolsillos más xodidos.
3. Razonablemente agradables al paladar o de un gran uso práctico.

Obviamente no me cerraré a comestibles, aunque este rubro sí ocupará la mayoría de las recomendaciones. Vamos, podría recomendarles una marca especial de focos de 60 watts, pero no veo porqué tendrían que hacerme caso a mi por encima de alguna publicación especializada en el ramo. No, yo simplemente les compartiré cosas que me gusten o que pueden hacer sus vidas más fáciles. Comencemos:

OTTOGI RAMEN
¿Qué es? Sopa instantánea de fideos orientales.
¿Porqué hay que comprarla? Es de todos sabido que las sopas instantáneas son un gran remedio para solucionar el hambre de forma austera. Vamos, el crecimiento desmesurado de una empresa como Maruchan basta como prueba de lo anterior. Sin embargo, aún en este renglón hay enormes diferencias en cuanto a calidad. Después de haber probado todas las marcas ofrecidas por los grandes autoservicios de México, debo afirmar que Ottogi Ramen es el Nissan GT contra una legión de xodidísimos Tsurus. Sólo pones a hervir un poco de agua en una olla, le vacías los condimentos y los fideos, esperas cinco minutos y listo. Pero el sabor es lo que distingue a esta marca de todas las demás. Las variedades picantes son auténticamente estimulantes para el paladar, no como esas mugres sopitas que vienen con un poco de chile en polvo, una bolsita de Valentina o un méndigo condimento dizque de habanero que no es más que un irritante de tus papilas gustativas. No, Ottogi sabe lo que hace. Es lo más cercano a unos buenos noodles importados que puedes consumir, a un precio decente. Hay sabor pollo (no pica), res, mariscos y camarón (pican bastante)
¿Lo malo? No es tan portátil como otras marcas que vienen en vasito de unicel. Tiene suficiente sodio como para convertirte en una versión humana de Bob Esponja, capaz de retener cuatro veces su propio volumen en puro líquido. Sigue leyendo