Del Pelón al Chicarcas: Ensayo innecesario sobre El Apodo

El padrote de Sawyer en "Lost", pensando un nuevo apodo...
El padrote de Sawyer en “Lost”, pensando un nuevo apodo…

Puede ser ingenioso, hilarante, cruel, obvio, caritativo, sardónico, merecido, inmerecido, sarcástico, complicado, temporal, estigmatizante, legendario, transitorio, lapidario, incongruente, hereditario y recurrente.

Puede trascender a quien lo lleva a cuestas, al grado de borrar todo rastro de su personalidad para verla reducida a una mera asociación de conceptos.

Puede llevarse con orgullo o arrastrarse como una condena.

Señoras y señores: el apodo.

Es tan difícil explicar su espontaneidad como es críptico el develar su proveniencia (en los casos del buen apodo, claro). Pero lo más interesante es cuestionar su origen como forma de identificar al prójimo. ¿En qué momento surgió un iluminado ser humano quien, aburrido de dirigirse a alguien por su nombre de pila, decidió asociarlo con algún objeto, condición o símil de astuta semejanza? ¿Quién fue ese pionero? ¿Dónde está su estatua, para llevarle homenajes y coros de escuela privada? ¿Cómo se llamó ése genio?

Y lo más importante, ¿cómo le decían?

Porque eso sí, el que pone apodos se tiene aguantar cuando se los pongan.  Y hay que estar preparados para lo que venga, pues no sabemos quién ni con qué intenciones nos va a poner un mote que puede pasar de largo por nuestra existencia o quedarse estacionado de por vida como una cicatriz profunda.

Pero vamos por partes. Este sesudo ensayo está dividido en varias partes, que procedemos a diseccionar:

En primer lugar, el apodo es comodidad. Podemos olvidar fácilmente un nombre, pero la asociación mental que hacemos vía el apodo es, frecuentemente, la base del mismo. Yo estuve brevemente asociado con un tipo a quien conocí mediante un amigo común, y después tuve tratos telefónicos y en persona con él durante seis meses, aproximadamente. Se quedó a cenar en casa de mis papás en un par de ocasiones. Incluso fue a uno de mis cumpleaños. El problema es que ahora no puedo recordar su nombre ni a tiros, pero sí sé que el amigo mutuo y yo nos referíamos a él como El Dr. Zedillo. Y sí, había un parecido grande entre este socio y el ex presidente mexicano. Y si su nombre real no vuelve a mi mente, y si él no vuelve a aparecer en mi vida, se irá a la tumba (tanto a la real como a la de mi memoria) con ése apelativo.

Y de ahí la comodidad. No es necesario recordar si Fulano o Sutano escribe su apellido con “s” o con “z”, si es licenciado o nada más pasante, si tiene nombre compuesto o si es tocayo de alguien más. Basta saber que lo podemos clasificar como El Viejo, El Panzón o El Tacuche para identificarlo antes terceros y de forma privada en nuestra mente.

Claro que el problema viene después, al intentar entablar una conversación con dicho ser y darnos cuenta de que sólo nos viene a la mente el apodo. Y es que a menos que la persona se haya identificado a sí misma con un sobrenombre, es imposible dirigirnos a ella con respeto usando nombres asumidos.

“¿Qué tal, Toño, cómo te ha ido?”

“Bien, gracias… eh… brother

Por cierto, ya saben que si me encuentran en algún sitio y me refiero a ustedes como brother… Bueno, mi memoria ya no es lo que era, ¿estamos? Y para las mujeres la equivalencia es algo súper naco como “muñeca”, “bombón”, “belleza” o “su majestad”. A menos que sean rubias, en cuyo caso siempre serán “Güera” o blondie.

Hoy, en plena era del Facebook, he aceptado como amigos a decenas de personas cuyos nombres y/o crípticas fotos no me suenan familiares, y me he dado cuenta de lo importantes que resultan los apodos para facilitar la convivencia humana. Sólo así puedo explicar cómo resultó que me hice “amigo” de Las Focas: un par de viejas bigotonas, prietas y resbalosas cuyo contacto social evité constantemente durante mi época estudiantil y que ahora han resurgido en mi vida, mandándome mensajes donde expresan añoranza por esos buenos tiempos de cuatitud extrema (en sus memorias, al menos).

Por eso me gustaría una aplicación que permitiese buscar personas mediante el puro apodo. Lo digo porque no recuerdo bien los nombres y/o apellidos del Concho, La Cotorra, El Doro, El Carnitas, El Patole, Montaro, El Kampuchea, La Detective McCall, Las Uvas, El Judicial, La Sacarina, El Huevo, Doña Furibunda, La Langosta, La Flaca (’85-’86), El Asesino del Lacito, B. B. Kuino, El Maestrín, El Maní, Mr. Shotgun Gracias, La Flaca (’91-’93), La Tumbahombres y Monsieur LeNac. A algunos quisiera contactarlos. A otros, evitarlos. Pero de cualquier forma mi único recuerdo se reduce a un apodo, y eso no ayuda en tiempos modernos.

Y ni siquiera estoy contando con que estas gentes hayan mudado de apodo, o lo hayan romanceado drásticamente. Es más, vamos a explicar estos y otros conceptos:

Muda: Simplemente, cambiar de apodo. El apodo más fuerte despoja al apodo débil y hace presa del individuo. Tan sencillo como tu amigo que era El Cuatro Ojos y ahora es El Panzón, porque se hizo cirugía Lasik pero a la vez se entregó a la molicie y a la pachorra extrema. O el Cuatro Ojos que se hace el Harry Potter para estar a tono con la cultura pop del momento.

Romanceamiento: Descomposición gradual de un apodo. Mi amigo Pepe Campa cuenta con varios ejemplos entre sus añejísimas amistades, pero el mejor ejemplo ilustrativo en tres pasos es el de su cuate, de apellido Quevedo, que fue apodado El Quepedo en primera instancia, pero ahora es conocido como El Quepez. Algún día tengo que pedirle que me recuerde cómo convirtieron a su amigo Iván en El Kalemao Do Brasil.

Transitoriedad: Es una condición del apodo que sólo aplica debido a ciertas circunstancias, que pueden ser geográficas (El Zar de Todas Las Tacubayas ostentó ese nombre hasta que se mudó a Olivar de Los Padres), sociales (El Solterón se casó) o físicas (La Reata con Nudo dio a luz y volvió a ser conocida como La Flaca), entre otras, pero en el fondo indican que el apodo inicial tiene que mutar en uno nuevo por causas mayores.

Herencia: Así como los luchadores se van pasando la máscara y la identidad de generación en generación, ciertos apodos también constituyen una herencia en algunos casos. El infortunado hijo del Pompis Face pasa a ser el Pompis Face Jr., Canuto tiene que conceder el hecho de que su vástago sea conocido como Canito… Y ni qué decir del pobre Cacotas, o de su hijo el Caquitas.

Mutación: El apodo en sí no cambia, pero sí su asociación. Mi amigo Leonardo tenía una chamarra de náilon negra con forro verde clarito, y rápidamente fue bautizado como El Aguacate. La chamarrita dio guerra, pero a fuerza del uso desapareció. Años después me enteré que le seguían apodando El Aguacate, pero supuestamente era por ser “serio por fuera, maduro por dentro”. Uno nunca sabe a qué va a llevar un inocente apodo: en este caso, llevó a un designio más noble y orgulloso. ¡Salve, Aguacate!

Proliferación: Es cuando el apodo se hace tan común y popular que ya no sirve para identificar a nadie. Ocurre en climas faltos de originalidad e inventiva.

Este último concepto nos lleva a hablar de la necesidad de ser originales con el apodo. Todos los que hemos estado al menos diez kilos por arriba de nuestro peso ideal hemos ostentado el apodo de El Gordo, cosa que no es muy efectiva si en el grupo de amistades o conocidos surge otro gordo. De súbito, el apodo confunde en vez de facilitar la identificación del apodado. Por eso tuve que conceder la genialidad de uno de mis cuates (todavía no sé si fue El Zorro o El Chama) cuando fui bautizado como El Coloso de Santa Úrsula (entonces vivía en casa de mis papás, cerca del Estadio Azteca). Dicho apodo, alusivo a mi situación geográfica y a mis propias dimensiones físicas, incluso me acompañó brevemente durante mi época como El Coloso de Santa Fé (cuando viví en Contadero). Aplausos, señores. Ya perdí el apodo, pero tuvo su momento en el estrellato.

Por eso me desespero cuando mis calvos cuates son designados como El Pelón, cuando se les puede bautizar como La Gasolina (cada vez más cara), o el Cabeza de Rodilla, por ejemplo. Y si usan ciertos peinados estratégicos para ocultar la calvicie, se abren las posibilidades para El Quesillo Oaxaca, El Código de Barras, Lucas P. Lucas o El Melón Con Fleco. Y si ya de plano ganó El Pelón, por lo menos hay que acorrientarlo añadiéndole Sobastián, de las Ovaciones o Decentón.

También hay que recordar que no hay que exagerar la originalidad. A aquél amigo del Zorro a quien le faltaba una oreja se le pudo poner El Van Gogh sin ningún problema, o el Monoaural, pero a fin de cuentas El Tacita resultó más memorable por mera imagen visual. El Plano, hermano de un cuate de la prepa, flirteó brevemente con El Cóncavo, pero acabó siendo El Pompas de Paletero en Bajada (y después nada más El Paletero en Bajada). Piénsenlo, tiene lógica y gracia, pero al requerir de explicación se pierde algo de espontaneidad.

El Ojos de Pellejo Estrecho. El Agonías. El Chico Más Capaz. El Indio Vendepuros. Onán El Bárbaro. El Uffff. El Comochín. La Pesera. La Tapa de Pan. La Dálmata. El Tampax. Los Ibarranitos. La Tía Brocha. La Aceituna. Todos tienen historia y lógica, pero sólo algunos merecen la inmortalidad. Y algunos corren el riesgo de perderla por motivos asociados con la simple civilización y la evolución humana. Conocí a un pobre diablo aquejado de un rarísimo impedimento de lenguaje que fue bautizado como El Fax Entrante (¿recuerdan los ruidos que hace la conexión?). Otro tipo del Colegio México, con la cara plagada de acné, fue bautizado como El Conasupo, por ser un acaparador de granos (la razón está en Google, para los más jóvenes).

El ser aventurados o demasiado audaces respecto a la moda también puede condenar a ciertas personas a una cruel vida de apodos. Mi pobre hermano ha sido El Padrote de Balneario, El Agente de Zipolite, El Hijo del Primo del Santo, El Mesero del Sushi Itto, El Valet Parking, El Brokeback, El Mujercito y El Medias de Seda. Se hubiera llevado bien con un ex compañero de la chamba, El Hombre del Gazné.

También tengo la teoría de que ciertos grupos entran al gusto popular del mexicano no tanto por mérito artístico, sino porque hay una afinidad en cuantro los identificamos con nuestros arquetipos apodísticos. Los Smashing Pumpkins nunca fueron la banda más accesible de la era del grunge, pero estaban encabezados por El Pelón, El Chino, La Güera y El Abuelo. Así que el triunfo les esperaba por designio. Si hubieran tenido a La Chaparra y al Gordo en el elenco les aseguro que acababan naturalizándose mexicanos y todavía estarían de gira en palenques y ferias regionales.

Yo he sido El Perro (Sempere=Semperro), El Churumbel Jr. (gracias, Jefe), El Caché Toño (díganlo rápido) y Toñolele (por el mechón de canas en el copete), y me he tenido que resignar pues he bautizado al Hombros de Peperami, al Cagüamo (que hoy ya es el DJ K-Wis), a la Rebanada de Kiwi, al Químico y al Queso de Puerco. Dando y dando. En el fondo el apodo democratiza y equilibra. Nadie está exento de caer en sus redes.

Mi momento epifánico sobre este último punto llegó en el último semestre de la carrera, cuando una maestra nueva se animó a pasar lista en un salón que llevaba prácticamente 3 años de convivencia semiforzada. La maestra, con la mejor de las intenciones, le preguntaba a cada uno cómo prefería que le llamasen (“OK, María de Lourdes… ¿te dicen María o Lourdes”). Claro, el Coro Griego de las últimas filas se adelantaba en cada caso soltando el apodo en turno. La maestra amenazó con empezar el semestre con duras represalias si no paraba la burla a los compañeros. Y entonces surgió la magia…

Uno por uno, todos los miembros del salón reveló su apodo como elección de nombre para el resto del curso. No hubo labor de coherción de por medio. No hubieron amenazas. De hecho, todos empezamos a reírnos in crescendo con cada nuevo apodo: “Me llaman El Chatis… yo soy La Ñora… El Chavo… La Canica… Escoria… El Burro”. Parecía que estaban cantando una versión más cruel de la tradicional Lotería. Al final de la hora, el grupo entero tenía una identidad única. Presidiaria y corriente, sí, pero única.

Así que nunca desperdicien la oportunidad de apodar, o ser apodados. Es un acto de pertenecer. Y si es bueno, compártanlo por acá, no sean envidiosos. Total, es de cariño, ¿o no?

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ARCHIVO MUERTO: “Por El Tubo”

N. del A.: Este es otro texto proveniente del Club Literario de Miami, que surgió de la casualidad (meter la mano a la urna y sacar un papelito al azar que asigna un tema a desarrollar por escrito) y se convirtió en un favorito personal, por múltiples motivos. Mi tema, “Kaleidoscopio”, fue invención de Junelly Rojas, distinguida personalidad del mencionado Club. Desde este humilde blog le mandamos saludos y dedicatorias, en espera de que se de una vuelta un día de estos entre las Finísimas Visitas.

kaleidos

POR EL TUBO

Por El Toño (Sempere)

“And when you’re seeing things

then your feet don’t touch the ground

‘cause when you’re falling

I can’t tell which way is down”

Afro-Celt Sound System – When You’re Falling


Doy media vuelta y están ahí, formándose ante mis ojos. Predominan los tonos amarillos y los destellos dorados, de amaneceres sobre la arena escuchando olas que rompen en torno al muelle. El ruido de cristales chocando entre sí suena a hielos cayendo sobre el cristal de un vaso, entrecortado con el gemido agudo que dejan escapar al recibir el baño de Campari. Es mañana de verano, quizá en Acapulco durante los setenta.

Mis ojos se ajustan a la escasa luz que ilumina la brevedad del túnel. Entre los pálidos destellos matinales se adivinan tintes rojos que describen ambiciosas figuras. Así, rojo sobre dorado, Campari sobre jugo de naranja, amargo sobre dulce, es el primer color y el primer sabor de algo que es desconocido, y sin embargo agradable. Un aperitivo apacible, un sobrino curioso, una mirada de reproche de mi madre, que aún así se divierte con el cuadro.

El breve filón azul que corta este horizonte imaginario será, pues, el Pacífico. El Pacífico tiene un nombre mal aplicado. Enciende tempestades, alberga tiburones, devora embarcaciones. Su oleaje ha ahogado a más de uno tan sólo esta semana, y aún así nos bañamos en él, gozamos en él, gritamos en él. El Pacífico es nuestra aventura y nuestro primer amor, revolcándonos en su espuma cuando nos pesca distraídos.

El Pacífico ha tallado los cristales de botellas rotas y los ha convertido en preciadas joyas cuyo valor es sólo estimable en su hallazgo, a medio enterrar sobre la arena, súbitamente al descubierto gracias a la resaca y a la bajamar.

El Pacífico huele a sal y a la peste de un cangrejo muerto el día de ayer. Mi Tío Pepe mató al cangrejo en lucha cuerpo a cuerpo. Lo vi con mis propios ojos, mientras le seguíamos superficialmente desde el bote con fondo de cristal. Este cristal es de un solo color: fondo marino. Para mi no hay lucha más encarnizada. Para él, no hay más sobrino que yo.

Media vuelta más y todo se fue. Hay rojos, sí, pero no son de Campari. Me imagino que son rojos de sangre. Sangre del cangrejo que recibió el corte con el cuchillo de buceo. Pero más aún sangre imaginaria en una camilla igualmente imaginaria. Sé que me dicen que mi Tío Pepe se fue al cielo, pero yo veo que no es así. Lo veo en mi padre y su rostro que grita el haber perdido una gran parte de sí mismo. Lo veo en mi madre, que se ahoga mintiéndonos para no lastimarnos. Lo veo en mi abuelo, que sobrevivió una guerra para vivir una batalla mil veces más agónica. Lo veo en mi abuela, y quisiera no verlo.

El rojo carmín choca con el púrpura como en un atuendo eclesiástico, pero este día es más luctuoso que en otras ocasiones. Las cuentas negras son perlas en un rosario. La misa es triste y prolongada. Para nosotros no habrá más historias, aventuras o recuerdos. El Pacífico, el Caribe, el Mar de Cortés. Todos se amalgaman en un único recuerdo, en una imagen idílica, pero no por ello falsa. Las cuentas negras ruedan por los bordes y son un par de ojos que nos miran fijamente, nos exigen atención.

Media vuelta para olvidar. Los rojos se han ido pero quedan los púrpuras y una curiosa colisión de estrellas amarillas sobre fondo blanco, y triángulos verdes entre copos color de rosa. De la playa al bosque. Del Pacífico al Velo de Novia, el mítico torrente que ha ido tornando las frías y angulares rocas grises en pulimentados almohadones de musgo húmedo. El olor es de coníferas, vapor de agua y tierra mojada. La tarde empieza a nublarse. Hoy subiremos el sendero que asciende por La Peña, maldiciendo los truenos en el horizonte que amenazan con poner fin temprano a nuestra humilde hazaña. Las cuentas y cristales que chocan entre sí son ruidos de guijarros que se desprenden con cada pisada. Estas son nuestras vacaciones ahora que la playa trae tan amargos recuerdos.

La Peña no es muy alta, pero desde su cumbre se puede tocar el cielo. A la izquierda está el pueblo, al centro las aguas de la presa, a la derecha la ladera que lleva a otra montaña más alta, desde la cual vuelan hombres asidos a precarias Alas Delta. Hang-Gliders, les llaman los gringos que se reúnen a beber ampolletas de Corona y a comer hongos azules en los portales de la plaza. A veces quisiera que uno de los voladores siguiera planeando más allá de las faldas del cerro, para dejarse caer en las frías aguas de la presa. Sus coloridas cometas humanas hundiéndose en la superficie color cobalto que refleja la tormenta en ciernes.

Media vuelta más, ¡y qué de luces! Veo explosiones policromas que lo mismo son fuegos de Santelmo emanados de químicas chimeneas que marquesinas sobre teatros de revista. Son brillantes, son geometría que se entrecruza formando patrones que hoy podríamos llamar fractales, para sonar modernos. Son juego de espejos en este túnel que me acerca a la ciudad que hace mucho no veo, pero que ya no existe. No existe como yo la recuerdo. Estos colores y estos aromas, estas texturas y estas personas ya no están. Viven aquí, en este pequeño tubo forrado en un papelillo metalizado de lo más común y corriente. Viven y mueren en su interior, con cada media vuelta, pero renacen y transportan a sitio distantes, sus viajes parecen no tener límite.

Si me preguntan si estoy viendo las estrellas con él, digo que sí. Pero también veo al niño que solía ser, y al niño que soy. Al de antes le parecía entretenido mirar a través de los reflejos. Al de ahora los reflejos le muestran gentes e instantes que no sabe cómo recordar sin atarlos a un sentimiento.

Así que media vuelta más.

Tan sólo media vuelta más.

Audaces Fortuna Juvat

(Noteja del Autorcejo: Otra breve historia desprendida de los archivos de La Muela del Juicio –Club Literario de Miami– en lo que me repongo las pilas y les actualizo el blog con material original inédito).

"¿Bueno? ¿Quiénalga?"

"¿Bueno? ¿Quiénalga?"

Río secamente, aflojo el nudo de mi corbata y echo a andar. A estas horas la vigilancia es laxa, el portero está preocupado por decirle adiós a las chicas guapas de la oficina que caminan claqueteando sus tacones sobre el mármol del vestíbulo.

“Adiós, te vas con cuidado, linda”

Clakiti-clak-clak-clak-clakiti-clak-adioooooooooossssss

“Ya a casita, ¿cierto? Te cuidas, niña”

Clak-clakiti-clakiti-clak-clak-clakiti-nos vemosssss

Ellas extienden los adioses como serpientes sibilantes. El viejo portero se ufana de haber obtenido una respuesta a su primitivo intento por cortejar a las incortejables, y aprovecho su breve instancia de triunfo para reentrar al edificio y caminar hacia los elevadores. No me ha visto. El plan marcha a la perfección.

Oprimo el botón que llama al elevador de servicio. Las puertas se abren. Me introduzco en él mirando a mi alrededor. Nadie se ha percatado de mi presencia. Sigo oyendo claqueteos de tacones y las prolongadas eses de los adioses. Me calzo la gorra firmemente. Las cámaras de seguridad no saben quién soy. Cuarto piso. Allá voy.

Tal y como anticipé, la oficina está vacía. Bueno, no del todo. Él sigue en su despacho. La luz mortecina que ilumina su escritorio baña con un tenue brillo azul el pasillo oscurecido. Escucho el golpeteo rítmico de sus manos sobre el teclado. Clik-clikiti-clik-clik-clik-clik. Muy trabajador. Muy responsable. Muy celoso de su deber.

Muy inocente. No sabe que estoy de vuelta.

Agazapado, recorro el pequeño laberinto de cubículos en un silencio casi absoluto, gracias al suelo alfombrado. Llego a mi lugar y me tiendo en el suelo. Desde aquí tengo una vista casi directa de su puerta. No lo veo a él, pero le escucho. Clik-clik-clikiti-clik. Listo. Sólo queda esperar.

El gorjeo electrónico de un teléfono me sobresalta, pero me tranquiliza el escuchar que la llamada es en su despacho. Toma el teléfono. Intento aguzar el oído para saber si está hablando de mi.

“Todo bien, Don Luis. No, yo sé que no es fácil. Sí, lo tomó con mucha entereza. Me extrañó un poco, a decir verdad. No, simplemente esperaba… ¿cómo decirle? Una reacción más exaltada. Ni se inmutó, la verdad. No, en estos términos: ‘estamos pasando por días difíciles, así que el retiro voluntario te convendría más que esperar a ver si salimos a flote o no en el último trimestre, porque ahí sí los recortes van a ser masivos’ y bla-bla-bla… Ni–se–inmutó. Hasta pensé que no me había entendido en un principio.”

Pues sí, está hablando de mi…

“Aceptó, a fin de cuentas. Mjá. Finales de este mes. Ya lo tienen preparado. De todas formas quisiera hacerle algo, una comida o algo de despedida. Sí, como quiera son 18 años ininterrumpidos. Pues no, pero no es cosa de ser popular o no, yo creo que al menos se ganó eso, ¿o no? No, usted no tiene que asistir, ni se apure. Si hay que convencer a gente para que vayan, yo me encargo.”

Así que convencer gente… ¿Quién le dijo a este infeliz que yo necesito de su caridad?

“De acuerdo, Don Luis. Yo le mantengo al tanto. No, no se apure. El negocio es así, ni hablar. Yo lo entiendo. Ya vendrán mejores días. No, ella lo sabe y está conmigo, y además no creo que me falten ofertas, de verdad. Esperemos que así sea. Se la agradezco, de verdad. No, no es culpa suya, Don Luis, faltaba más. Y ya sabe que estoy con usted de todas formas… Bueno. Gracias de nuevo. Aquí seguimos. Adiós.”

Clik.

¿Se está levantando? Sí, va al baño. ¡No puede ser! Pensé que se iba a tardar más en ir. Y ni ganas tengo. A ver si sale. Ya va por el pasillo, ya entró al bañooooo… ¡Corre tiempo!

De estar tendido en el suelo me pongo en cuclillas, y escucho un pequeño “pop” en mis articulaciones al incorporarme con rapidez. Libro los 8 ó 9 metros que separan la hilera donde está mi cubículo de la puerta del despacho del Licenciado. Me bajo la cremallera del pantalón y extraigo mi pene presurosamente. La orina no fluye. ¡Carajo! Apunto sin querer en dirección al escritorio, donde sus papeles, su agenda, el teclado de su computadora y la foto de su esposa y sus perfectos hijos me miran, sonrientes. Pero la orina no fluye. Echo un vistazo al reloj y calculo. Lleva unos veinte segundos en el baño. ¿Cuál es su tiempo récord? ¿48 ó 58 segundos? Lo que sea, me quedan otros veinte, como máximo. ¡Fluye, orina, fluye!

Nada, no puede ser. Tres semanas de preparativos, ¿y para qué? Noto el teléfono sobre su escritorio. El plan B. Tomo el auricular apresuradamente y lo froto vigorosamente contra mi ingle y entre las nalgas. Lo regreso con cuidado al receptor justo al escuchar el apagado rumor del agua que se descarga en el “toilet”. Con los pantalones a media asta doy unos saltos para salir del despacho, y me tiro pecho tierra sobre el pasillo alfombrado. Alcanzo a rodar sobre mi costado e introducirme en el cubículo de Pérez al escuchar el chasquido de la puerta del baño al abrirse. Permanezco inmóvil. El Licenciado camina pausadamente, silbando. Logro adivinar sus pisadas cercanas a donde estoy, pero no tiene ángulo visual para localizarme en mi escondite.

El breve rechinido de su silla mientras se sienta marca el final de la misión. Salgo de puntillas del área de cubículos, llego al pasillo de los elevadores, bajo por el elevador de servicio y estoy de vuelta en el vestíbulo. Me calzo la gorra aún más baja, y salgo del edificio musitando un hasta luego en dirección del portero, quien se encuentra dividiendo su atención entre un monumental sandwich de pollo y la sección de deportes. No me dirige la mirada.

De vuelta en el auto, me miro brevemente en el espejo retrovisor. El sudor perla mi frente. Mi respiración agitada se tranquiliza poco a poco. El alma vuelve al cuerpo. El plan no fue perfecto, pero logré pensar sobre la marcha y rescatar un triunfo de garras de la derrota. Enciendo la radio. Paul McCartney recita las últimas palabras de Picasso: “Beban por mi, que yo no podré beber más”. Río como no he reído en años.

La Vida Está en Otra Parte: Visita Recíproca

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Pagándole su amable colaboración al queridísimo malhechor que es El Jara y su blog De Mucho, Poco y de Nada, Todo… para que no diga que nos quedamos con el cambio.

En efecto, pueden darse una idea de mi creciente Catálogo de Odios Triviales visitando a mi brother from another blogger, y recuerden que en caso de empate los comments de visitante cuentan por dos.

Allá y acá nos vemos. Y no se olviden de checar el nuevo Paiki, ahora con fresco aroma a limón.