Los 20 Mejores Temas de Televisión

¿Según quién? Según yo, claro. Creo que estoy calificado para realizar una lista de este tipo por un par de poderosas razones. Y no son las que están pensando, zafios y vulgares lectores:

  1. A lo largo de mi pachorruda vida he visto más televisión que toda la familia Simpson junta, y…
  2. También he desembolsado una considerable cantidad de dinero adquiriendo toda clase de discos con temas musicales televisivos. En efecto, lo que ustedes escuchan de manera gratuita desde que la tele es tele, yo he pagado por conservar de manera permanente. Patético, lo sé, pero al menos me ha dado material para el post de hoy.

El criterio es simple: son melodías y canciones evocadoras, geniales, chiflables o tarareables (lo siento, Six Feet Under y Dexter, sus espléndidos temas no aplicaron). Un buen tema te hace sentir que la tele, cuando quiere, puede ser muy cool, y te emociona por lo que está por venir. Por eso elegí temas de series que respeto, y que llegué a ver personalmente en algún momento. Y recuerden: estamos hablando de los temas musicales solamente, ya escribiré un post dedicada a las mejores entradas de series de TV. Bueno, no se hable más. De atrás para adelante:
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“Te amo con todo tu riñón…”

Me dejó perplejo (o aperplejado, como prefieren designarme muchos de ustedes) la noticia de que el comediante chicano George López se está divorciando de su esposa Ann Serrano, con quien tiene una hija, después de 17 años de matrimonio. Ah, otro detalle: ella le donó el riñón que le fue transplantado en 2005.

Es fácil ser cínico y burlón cuando se burlan los famosos, pero el Sr. López acaba de situar la vara muy alta en esta ocasión. ¿Por dónde empezar? ¿Por el hecho de que pese a que el divorcio es, según la pareja, de común acuerdo y que seguirán siendo socios de negocios? ¿El decir “socios de negocios” incluye al mentado riñón? Yo creo que sí, pues sin dicho riñón, George no hubiera podido hacer más negocios. Es más, no hubiera podido hacer prácticamente nada.

Digamos, entonces, que cuando Ann decidió donarle el riñón a su averiado marido, en realidad estaba realizando una arriesgada pero calculadora decisión mercantil. Estaba invirtiendo a futuro, básicamente, al permitir que la máquina de generar ingresos para la familia siguiera funcionando. Claro, esa decisión no fue fácil, y la abnegada esposa se enteró de primera mano de esa parábola que explica los conceptos de “involucrado” y “comprometido” con un desayuno de huevos con tocino: la gallina estuvo involucrada, pero el cerdo estuvo comprometido con el proyecto en cuestión.

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¿Eres tú, Lorena?

Hace unos días tuve un bizarro episodio vía Twitter. Como soy medio maniático de los números redondos, comencé a prestar inusual atención a la inminencia de sumar mi follower número 1600. Si quieren interpretar este párrafo de apertura como una presunción de mi parte, por supuesto que pueden (y deben) hacerlo. Mi trabajo me ha costado inventar nuevas estupideces para captar la atención de la tuitósfera. Pero no nos desviemos…

Al fin llegó el momento: 1599 followers. Recibí una alerta en mi correo, informándome de que la persona (o entidad comercial disfrazada de bot) número 1600 había caído en las redes. Pero el nombre de esa persona fue el que me sacó por completo de la jugada, como a Carlos Vela. El nombre me era familiar, pero no se trataba de un amigo o de alguien enlazado a mi por parentesco. No, el nombre de mi follower 1600 es el de Lorena Meritano.

A lo mejor a muchos de ustedes ese nombre no les dice nada, y no me extrañaría. No son el demográfico, creo, que debería estar al tanto del apelativo en cuestión. Y yo tampoco. Seamos honestos, en toda mi vida no he visto más que cuatro telenovelas, y la última de ellas (Demasiado Corazón allá por 1996, creo) la agarré a medias durante una mala época en mi vida donde ni siquiera podía darme el lujo de tener servicio de cable básico. Y Lorena Meritano, por si no lo saben, se hizo famosa principalmente por salir en telenovelas. Sigue leyendo

El temor y el respeto

Mi papá estaba hablando el otro día de su gran ilusión por hacer un prolongado viaje en motocicleta a través de México. “Lo malo es que no tengo con quién ir…” Y es cierto: sus amigos “moteros” o están semi retirados o ya se fueron al otro vecindario. Y sus hijos, tristemente para él, no salieron aficionados a andar por la vida sobre dos ruedas y con el escape abierto. El de la moto, pelmazos.

No es que no nos guste. En mi caso particular, la moto me crea una curiosa fascinación, pero tampoco me permite disfrutarla a fondo. El mayor de los hermanos de mi papá, mi tío Pepe, murió en un accidente de motocicleta a finales de los 70. El incidente me dejó un cierto temor muy marcado hacia estos vehículos, y desde entonces no ha cedido lo suficiente.

Por si fuera poco, los dos hermanos que le siguen a mi papá también se pegaron, cada uno por su lado, soberbios madratxos en motocicleta, mismos que les pusieron en grave riesgo físico. Uno de ellos conducía una motocross allá por el desierto de Matehuala, en San Luis Potosí, y salió despedido por los aires para aterrizar de cabeza en el lecho de un río seco. La conmoción cerebral subsecuente le dejó secuelas hasta nuestros días, con el agravante de que mi papá y un amigo venían con él en ese mismo recorrido y vivieron el viacrucis con el sentimiento de culpa del que sale bien librado del follón.

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Fotos del montón…

Hoy se me acabó el tiempo para escribir e ilustrar el post que tenía planeado subir, pero en vez de dejarlos chiflando en la proverbial loma y en aras de retomar el ritmo de posteo a uno diario, me embarqué en una breve búsqueda por las fotos guardadas en mi teléfono. No tienen orden ni concierto, no hay tema unificador y la mayoría de ellas no sé ni porqué fueron tomadas en primer lugar (o guardadas, para el caso). Pero las quiero compartir con ustedes, para que comprueben de una vez por todas que mis insulsos escritos son aún preferibles a mis insulsas dotes como artista de la lente. Aquí van, para su deleite (esper0)…

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Mi inútil boicot…

Pese a que soy Parkingopochtli, Dios de La Estacionada (ver el punto 2 de este post), tengo una relación de profundo odio por los estacionamientos públicos. En la Ciudad de México son tan inevitables como el esmog, el ambulantaje y las declaraciones idiotas de Marcelo Ebrard, así que la resignación es lo único que nos queda. Pero de que hay tela de donde “rantear”, la hay…

Hoy aproveché de pasar a un conocido centro comercial donde hay una enorme sucursal de Telmex con cajeros automatizados para pagar el teléfono. Mi rutina habitual para este lugar era simple: estacionarme, correr al cajero, pagar de volada y abandonar el lugar antes de la expiración de los 15 minutos de tolerancia. En este proceso he descubierto algo curioso: esos 15 minutos no son reales. Según mis cálculos y experimentos previos, hay una discrepancia de dos o tres minutos entre el tiempo mostrado en tu boletito al ingresar al estacionamiento y el reloj que marca la salida del mismo. De esta forma no cuenta para nada el pensar que estás dentro de la llamada “tolerancia”, pues es un periodo de tiempo ficticio y aleatorio.

Ya me había quejado un par de veces con los operadores del estacionamiento a este respecto, amenazando incluso con acudir a instancias oficiales (Profeco, pues) si no se corregía esta injusticia. Lo que descubrí el día de hoy, con profunda tristeza, es que la solución que tomaron fue mucho más drástica: ya no hay tiempo de tolerancia. Así pues, resté 15 pesos  obligatorios adicionales por concepto de estacionamiento a un proceso que solía ser gratuito.

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El Hombre Sin Nombre

Sergio Leone se equivocó, la película debió llamarse "El Malo, El Feo y El Grandísimo Hijo De Su Madre Que Le Partirá El Alma A Ambos"

Nota del Toño: Si este texto te suena demasiado familiar, probablemente leíste la versión del mismo que escribí en Paiki hace un año y medio. Como ese post está desaparecido en el ciberlimbo, decidí escribir una versión nueva en homenaje a mi actor favorito. Digamos que me estoy fusilando a mi mismo…

Volví a ver Gran Torino hace unos días, y por supuesto que me hizo recordar a ese ícono con patas y cara de maldito que representa al último símbolo del Hollywood de los monstruos sagrados, de los tiempos en que la grandeza de las estrellas se medía en inmensas pantallas de Cinemascope, más no en ver que “ingenioso” mashup nominal se le ponía al ligarle sentimentalmente con otra celebridad. ¿Escucharon eso, Brangelinas, Beniffers y Tomkats del mundo?

Si me han leído en este blog, en Twitter o en cualquier revista donde he dejado plasmada mi cochambrosa prosa saben de mi idolatría rayana en el homoeroticismo por Clint Eastwood. Todo indica que la mentada Gran Torino, con su enorme interpretación de un Walt Kowalski quien parece un destilado añejo y avinagrado de todos los inmortales malaleche que Eastwood cultivó a lo largo de su trayectoria histriónica, será la última actuación protagónica de este coloso del cine. Si ése es el caso, bien. Es salir por la puerta grande, y echarle cerrojazo a una carrera tan legendaria como brillante.

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Mi Bicentenario

Sería más fácil ser cínico. Unirme a las miles, millones de opiniones que dicen que no hay nada digno de celebrarse, que afirman que sentirse felices u orgullosos en esta conmemoración equivale a “seguirle el juego al mal gobierno”, que piensan que todo debería ser nubes negras en el estado de ánimo para hacer juego con economías maltrechas, narcos, crimen, corrupción, desastres naturales y demás sobadas circunstancias de pesadumbre.

Yo hoy decidí no ser infeliz. Y no es porque Televisa me lo haya inculcado con sus anuncios de patrimonios naturales y culturales, o porque crea que Felipe Calderón tiene la razón y todo lo haga bien. Creo haber desarrollado un criterio mucho más amplio que eso, y pese a lo que muchas voces en la tuitósfera pretendan diseminar, un segmento considerable de la población tiene la capacidad para pensar de manera similar. Sigue leyendo

Hoy Es Mi Fiesta…

Hoy es mi fiesta. Otra vez.

Hoy me alegro porque mi fiesta dura un buen rato, hasta que concluye el Pro Bowl, ya entradito el año que viene.

Hoy me coloco la gorra roja con el logo de una S y una F encimadas, y me siento más sabio para la estrategia tan sólo por eso.

Hoy escucho a mi hija gritar “¡FUMBLE!” y me enorgullezco cuando reconoce los logotipos de los 32 cascos como si estuviera recitando La Ilíada de memoria.

Hoy voy a celebrar cuando un hombre le provoque a otro la clase de dolor físico que el resto del mundo experimenta sólo cuando es embestido por un carro de supermercado cargado con martillos.

Hoy empiezo a planear mi agenda social en torno a días que no sean domingo, lunes y jueves por la noche, más uno que otro sábado.

Hoy siento una particular clase de repudio hacia personas a quienes aprecio como hermanos, tan sólo porque lucen estrellas azules en su ropa o porque ondean toallas amarillas.
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Esas absurdas manías…


Mi abuelo materno era apodado (por su propia prole, de hecho) “Manías” Valdés. Era un señor muy serio, quisquilloso y de naturaleza privada, cosas tres que parecen favorecer la aparición de sutilezas de carácter que se podrían llegar a calificar de “inusuales”. Así era su personalidad, ni hablar.

Lo que es claro es que todos (no sólo los que ostentamos un Valdés entre nuestros apellidos) tenemos nuestras propias manías. Es algo que hay que celebrar mientras no afecte nuestro accionar diario, pues acaban de conformar una gran parte de lo que nos distingue como individuos. Y yo, claro está, tengo mi buena tanda de manías. Como no me gusta gastar en psicólogos para que me digan si son normales o no, mejor las comparto aquí con ustedes:

  • No me atrevo a consumir alimentos que hayan excedido su fecha de caducidad por más de tres días.
  • Le tengo miedo a los mimos.
  • No soporto ensuciarme las manos al comer. He llegado incluso a ponerme guantes quirúrgicos (comprados a granel) para comer tacos de suadero.
  • Siempre me robo algo, por insignificante que sea, de cualquier lugar de trabajo durante mi primer día. Si mi actual jefa está leyendo esto: fueron dos lápices y una goma de borrar con forma de manzanita. Perdón.
  • Me fascina el olor de los cerillos, pero me da pena encenderlos en público por el hecho de que la gente piense que lo hago para “enmascarar” algún aroma de índole gástrica.
  • Me encanta meterme a nadar en una alberca cuando está lloviendo. Sigue leyendo

Mi Gay Favorito

En un par de mesecitos más se conmemorará el décimo noveno aniversario del petateamiento trágico de Farrokh Bulsara. Claro, todos lo conocíamos simplemente como Freddie Mercury. Su demoledora presencia sobre el escenario roquero dejó, tras su deceso, un vacío imposible de llenar. Se le extraña, y es decir poco. Ayer hubiese cumplido 64 años.

Yo les he confesado varias veces que uno de mis primeros idilios musicales fue con Queen. Esa banda lo tenía todo: podía ser épicamente atronadora como en Tie Your Mother Down o Dragon Attack, o tan teatral como en Somebody To Love y Don’t Stop Me Now. Recordar lo que sentí la primera vez que recorrí Queen II, A Night At The Opera o The Game es volver a la era en la que el ritual de descelofanear un LP (Rock 101 dixit) constituía una comunión orgásmica donde la aguja de un tocadiscos revelaba sonidos que la mentalidad infantil apenas comenzaba a procesar, despojándose de la inocencia con cada armonía coral y cada riff inconfundible de la guitarra Brian May, quien lucía uno de los mejores peinados afrocaucásicos de la historia.

Pero lo cierto es que recordar a Queen es recordar a Mercury. Nadie llenaba el escenario como él. La banda era discreta, anónima hasta cierto punto. El mentado May, Roger Taylor y su voz rasposa como la tarola de su bataca, John Deacon con su pinta de aprendiz de estilista… los tres eran brillantes, virtuosos y plenos de talento, pero finalmente cedían el paso a la exuberancia y a la presencia de Mercury. Y hacían bien.
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El Talentoso Sr. Buitrago

Estimadas Finísimas Personas: es obvio que ustedes visitan y disfrutan este humilde y chambeador blog por el hecho de encontrar gracia en las frecuentes menciones de pipí, popó y demás fluidos corporales, estén o no relacionados con alguna historia acerca de Michael Jackson. Sin embargo, no todo es levedad e intrascendencia en nuestro pequeño universo. También hay lugar para las artes, y ustedes pueden ayudar muchísimo a un amigo artista por este medio…

El artista en cuestión es mi cuate del alma Mauricio Buitrago. Además de haber servido como Director de Arte de Men’s Health durante mi etapa en Miami, cosechando infinidad de merecidísimos elogios por parte de socios, colegas y lectores, Mauricio es una de esas almas inquietas en materia creativa que no dejan de sorprender con ideas originales. Hace poco comenzó a realizar un proyecto de arte que llama muchísimo la atención, pintando cubos de madera con distintos colores para formar estos atractivos cuadros con efecto “pixelizado”.

Artividad: un proyecto ocupacional efectivo y muy grato a la vista.

Pero eso no es todo, Mauricio está participando en una iniciativa para llevar talleres artísticos con su método a ciudadanos de la tercera edad. Esto es mucho mejor terapia ocupacional que, por ejemplo, quejarse del estado del tiempo y manejar estorbosos y añejos Cadillacs de manera riesgosa por las calles de Miami. Ancianitos con pinceles en mano son mucho menos peligrosos para la sociedad que ancianitos detrás del volante de un ocho cilindros, por razones obvias. Sigue leyendo