Finísimo Podcast 25 – El Nel

¡El Finísimo Podcast vuelve! Así es, después de unos mesecitos en los que se destartaló una importante pieza del mixer USB, estamos listos para reanudar la producción de La Radio del Iméil.

En lo que retomamos las grabaciones regulares, les dejo un podcast de emergencia. Tenía desde hace un rato en el archivo la presentación en sociedad de mi Finísimo Hermano, El Nel, célebre sibarita y frecuentador de changarros de antojitos, jochos y similares. Después de degustar una pasta preparada por él mismo y de bebernos una botellita de buen Rioja, nos pusimos a conversar sobre puras idioteces. Pero al menos encontrarán aquí la receta de la pasta, así que no todo será perdedera de tiempo.

El link directo para la página del Finísimo Podcast 25 – El Nel.

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Finísimo Podcast 25 – El Nel (Parte 1 de 1, 52:09, 71.7Mb)

Estupideces de millonarios

Charles Foster Kane (Orson Welles), uno de mis millonarios excéntricos favoritos en la historia del cine

Pese a mis ambiciosos planes de juventud, aún no soy millonario. Lejos de serlo, de hecho. Esto me frustra, pero parte de mi se alegra. Y es que aunque me considero una persona relativamente sensata en cuanto a las cosas en las que gasto dinero, es muy probable que volverme rico provocaría en mi la clásica distorsión de la realidad que orilla a los billetudos del mundo a gastar en cosas francamente estúpidas. He aquí una breve lista de ellas:

COLECCIONAR ARTE

Uno que otro cuadro para animar la salita de estar no está mal. ¿Pero qué necesidad hay de comprar Los Girasoles de Van Gogh o alguna de las pachequeces de Damien Hirst? Y lo peor es que suelen pagar decenas de millones de dólares por obtener algo en propiedad que, de todas formas, acaba en calidad de préstamo a los museos y galerías del mundo. Por si fuera poco, casi todo el arte que adquieren los millonetas es en calidad de inversión (lo que devalúa automáticamente la intención de compra desde el punto de vista artístico) o simplemente porque está de moda.

Si yo tuviera dinero para aventar pa’ arriba, más bien procuraría gastar la lana en obras de arte chafas, pero con potencial de convertirse en una corriente artística apreciada o valorada gracias a que yo la comisioné. Ya saben, como los mecenas renacentistas, que simplemente le deban dinero y manutención a los artistas de la época para dar rienda suelta a su creatividad. ¿Que se me antojó un cuadro de Barack Obama desnudo blandiendo una espada mientras monta un unicornio, flanqueado por Josef Stalin y el Dr. Gregory House? ¡Listo! A comisionar el cuadro con algún artista en vías de desarrollo y a esperar que los críticos aprecien mi visión.

No sólo es arte, es todo un tema de conversación mientras degustas Scotch Single Malt y tragas puñados de caviar...

HACER CENAS Y COCTELES DE BENEFICENCIA

No estoy en contra de que los millonarios hagan obras de caridad con su lana, de ninguna manera. Aunque le quitan responsabilidad al gobierno a la hora de echarle la mano a los necesitados, de todos modos es algo bastante apreciable, pues si no lo hicieran el mundo estaría peor de xodido. Claro, mucha de esta caridad y estos donativos se hace para deducir impuestos o simplemente para pararse el cuello. No estoy en contra de lo primero, pero lo segundo si es bien naco. Si mañana voy a la iglesiame dejan entrar a la iglesia… logro colarme a una iglesia sin ser consumido por las llamas enviadas por el papá del Beibi Yisus y se me ocurre dejar caer diez mil pesos en la canasta de las limosnas {PAUSA DRAMÁTICA EN LO QUE SE ME PASA LA RISA}, de seguro considerarían de mal gusto que yo me parara en mitad de la congregación para decir “¿Saben cuánto acabo de dar de limosna? ¡Diez mil varos, bola de xodidos! Ahora díganme todos que soy muy generoso, muy guapo y que me voy a ir derechito al cielo.”

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Todos amamos las conspiraciones

Esta foto del alunizaje pudo ser una fabricación. La clave: la falta de destellos estelares en el fondo...

Me puse a revisar la avalancha de correos que me llegó durante mi fin de semana desconectado de Internet, para descubrir por enésima vez que un amigo, visiblemente exaltado por el impactante hallazgo, me envió un link respecto a las revelaciones con respecto a los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001. Pues sí, de terroristas nada: todo fue un plan de los gringos. Dejen me echo una dormidita y les cuento…  ZZZZZZzzzzzz…..

Ya desperté. Disculpen que no empiece a echar espumarajos por la boca y a desgarrarme las vestiduras al enterarme de tamaño atrevimiento por parte de nuestros cínicos vecinos del norte. ¿Cómo pudieron los méndigos gobernantes de EEUU, auxiliados por la CIA, los banqueros judíos y un sinnúmero de truculentos cómplices, intentar engañar a la opinión mundial respecto a lo sucedido en ese fatídico día, echándole la culpa al pobre Osama Bin Laden? ¿Desconocen, acaso, la vergüenza? Además de todo se vieron muy obvios plantando explosivos en las torres del WTC y/o disparándole misiles con sus aviones F-16 al Pentágono, simulando un ataque de supuestos Talibanes. ¿Nos toman por idiotas?

Posiblemente. Pero no son sólo los mentados gobernantes gringos, la CIA, los judíos y demás villanos quienes nos toman por idiotas. También nos estamos dejando llenar la cabeza de pendexadas gracias a la agenda de quienes cultivan, engrandecen y difunden las teorías de conspiración.

¿Terrorismo musulmán o ataque alienígena?

Es claro que vivimos en una época donde la incredulidad reside en ambos lados de una balanza que da constantes bandazos entre la verdad pura y la farsa inverosímil. Hace unos ocho años, los medios reportaron que la tecnología había llegado a un punto tal que era perfectamente viable el manipular transmisiones de video en vivo para insertar objetos, personas y, por supuesto, situaciones prefabricadas en la computadora. El mensaje fue claro: ya ni siquiera puedes creer en lo que estás viendo en estos momentos.

Apliquemos la lógica: si en uso casero podemos usar Photoshop, ProTools, After Effects y qué sé yo cuantas otras aplicaciones para distorsionar la realidad, ¿de qué no serán capaces las altas esferas tecnomilitares con sus workstations que hablan en teraFLOPS y que pueden insertar a Gina Montes bailando La Carabina de Ambrosio en medio de una conferencia de prensa en la Casa Blanca, sin que nadie pueda percibir el engaño visual?

Pero de ahí a que nuestra capacidad de asombro pueda mangonearse con la facilidad con que se le quita un  dulce a un niño debería existir un largo trecho. Malas noticias: no lo hay. Parece mentira que estemos mucho más dispuestos a creer el primer documentalillo subversivo que algún desempleado ingenioso subió a You Tube que a utilizar la lógica y el criterio educado.

Y es que las conspiraciones suelen ser mucho más atractivas que la versión oficial para las mentes ociosas. Conozco personas con brillantes carreras universitarias que creen con fervor religioso en el hecho de que el alunizaje norteamericano de 1969 fue un montaje cinematográfico (dirigido por Stanley Kubrick, por si fuera poco). Me enfrasqué una vez en una discusión rayana en el absurdo con un politólogo con un par de libros en su haber (de una editorial toda pinche y amarillista, pero editorial al fin) quien estaba dispuesto a meter las manos al fuego por la teoría de que las Torres Gemelas habían sido tumbadas por un escuadrón del Mossad israelita. Y no quiero entrar en honduras respecto a un pariente cercano que, pese a ser considerado un individuo brillante por muchos de quienes le hemos tratado, jura y perjura que más de la mitad de los gobiernos del mundo están en manos de extraterrestres. Quisiera estar bromeando.

Illuminati. Secuestros y autopsias alienígenas. El Protocolo de los Sabios de Zion. Las armas de destrucción masiva de Saddam. Courtney Love como autora intelectual de la muerte del Cuco Bein. Osama. Elvis. Kennedy. Michael Jackson. Area 51. Marisa Tomei recibiendo un Oscar por error. Francmasones y Rosacruces. Cátaros y Templarios. Ustedes mencionen cualquier evento histórico y a cualquier personaje de renombre, y verán que todos son susceptibles de contar con su propia mitología conspiratoria. ¿Estamos tan necesitados de creer en algo, por disparatado que suene?

Ese Vicente Fox Mulder sentó un mal precedente...

La crisis de credibilidad de nuestros medios es una señal muy clara de que algo no anda bien. Sólo así podemos entender que hordas de ignaros le crean más a un video pixelado de ovnis que se encontraron en la red que a las declaraciones de sabios como Stephen Hawking, por ejemplo. O a un documentalito armado en una PC casera por un ocioso, sin fuentes fidedignas ni datos concisos, frente a volúmenes de estudios científicos fundamentados hasta el cansancio. Sí, es preferible pensar que al Jefe Diego lo agarraron unos católicos de ultraderecha como castigo por andarse comiendo a una quinceañera que analizar el trasfondo político y las posibles implicaciones de su secuestro bajo una óptica sensata y bien informada. Lo malo es que las opiniones, como el ombligo, son algo que todos tenemos. Y en la era de las redes sociales, también son algo que TENEMOS que compartir y divulgar en todo momento.

Me entretiene analizar algunas de las conspiraciones más sobreanalizadas, como la muerte de Kennedy. Dejando de lado a Oliver Stone, sí es muy factible encontrar infinidad de cabos sueltos en la historia de Lee Harvey Oswald como asesino solitario. Pero de ahí a afirmar que a Kennedy le da el tiro de gracia el chófer de la misma limusina que le conducía por Dallas hay un enorme valle que no pretendo cruzar. ¡Ah, pero cruzarlo es tan divertido! Mirar los rostros de asombro a quienes revelas esa actitud sospechosa, esa dudosa silueta cuando congelas un cuadro de la imagen, ese asesinato de un testigo clave en circunstancias misteriosas… De pronto nos sentimos fiscales especiales, investigadores audaces, mentes sedientas de verdad. Eso nos gusta.

Mucho antes de que Fox Mulder colgara un póster con un borroso ovni volando sobre un campo, enmarcado en la frase I Want To Believe, se nos había despertado esa inquietud por negarnos a aceptar la primera versión de los hechos. No es difícil entender el porqué, cuando una prolongada indagatoria (incompetente, pero exhaustiva) nos dice que una niña secuestrada realmente se asfixió con las cobijas de su propia cama sin que nadie notase la presencia de un cadáver en descomposición durante una semana. Así es fácil entrar en dudas. Pero seamos honestos: lo que nos incomoda de la verdad es que nunca es tan entretenida como lo son nuestras conspiraciones. Y mientras la imaginación humana supere a la triste y cansada realidad, podremos seguir convencidos que las elucubraciones, las hipótesis descabelladas y hasta las dudas legítimas durarán por muchos años más.

Somos los exploradores

El Toño luciendo su ropa para acampar...

Todo mundo necesita darse un respiro. Y su Finísimo Servidor no es la excepción. En esta ocasión mi respiro llega en forma de un ocupadísimo fin de semana en compañía de mi Finísima Heredera Universal, Natalia, quien exigió acudir con sus compañeritos de clase a un campamento. Su primer campamento, de hecho. Y el primero para mi desde… eh… 1984, creo.

En mi papel de papá acompañante, no seré precisamente el individuo más requerido para sobrevivir en la agreste naturaleza. Toda la infraestructura campista está a cargo de la compañía que organiza esta clase de experiencias para las diversas escuelas donde se ofrece el servicio. No tendré que levantar una tienda de campaña, ni iniciar una fogata frotando unas varas secas, ni siquiera matar jabalíes u osos polares para la cena, como en Lost. No, aparentemente tendré que cantar, animar a mi hija en diversas competencias donde “todos son ganadores” y checarle el azúcar. O sea, básicamente lo que hago siempre que salgo con ella el fin de semana.

Pero claro, la parte que requerirá mayor concentración, disciplina y paciencia será la de estar aislado de la compu y el Interné. No, no llevo el iPhone. Ni la laptop. Ni un móndrigo Gameboy para cuando me asalte la ansiedad del gamer. Llevo una baraja y un libro. A la antigüita, perros. No es afán de probarme nada a mi mismo, simplemente quiero recordar un poco lo que era prescindir de tantas artimañas modernas para distraer la mente. Sé que no me aburriré, pues mi hija es capaz de entretenerme con sus tonterías tanto o más que lo que yo puedo entretenerle con las mías. Los organizadores del campamento tienen toda clase de artefactos para comunicarse de emergencia con las instancias adecuadas, así que voy bastante tranquilo por ese lado.

Y lo que más espero de este viaje es recordar mis previas experiencias en el mundo del campismo, para beneficio de los Finísimos Lectores. Son variadas, plenas de ineptitud y de infortunio, lo que no me hace desear repetirlas como experiencia de vida pero que sin duda las convierte en buen material para el entretenimiento de las Finísimas Personas que muestran reiteradamente su fidelidad a este modesto blog.

Así pues, les encargo el changarro algunos días. Si comentan y su comentario no aparece por estar en moderación, no empiecen de nenas diciendo que ya han sido banneados y qué sé yo qué más sandeces (¡Saludos, Sotorpe!). Lo que ocurre es que probablemente estaré ocupado matando a un oso Grizzly con mis propias manos, con el fin de proteger a mis compañeros de campamento. Agradezco de antemano su comprensión, y les garantizo que todo volverá a la normalidad el lunes próximo. A menos que el Grizzly gane. Pero es poco probable…

Esa innecesaria necesidad

Ni el Almirante Ackbar puede resistir un buen frapuccino...

Ustedes bien saben cómo me gusta criticar a Starbucks. Bueno, ustedes bien saben cómo me gusta criticar TODO, pero también a Starbucks. No puedo negar lo que representa: un gran conglomerado global, opresivo en su avance sobre el mercado, instaurando una dependencia en nuestros hábitos de consumo rayana en la drogadicción. Y aparte es caro, eso ni para qué discutirlo.

Pero no puedo vivir sin él.

Antes de irme de México viajaba con mucha regularidad al extranjero (una vez al mes, en promedio). Starbucks se convirtió pronto en una especie de hogar fuera de casa. Sabía que donde estuviere, podía contar al menos con una bebida cafeinada (indispensable para quienes, como yo, no pueden dormir a bordo de un avión) que sabía exactamente igual en cualquier establecimiento del mundo donde fuera adquirida.

Este es el fenómeno que venden muchas de las grandes cadenas (además de la conveniencia), la familiaridad con sus productos. Nadie se mete a un Burger King en busca de la mejor hamburguesa de su vida. No, el paladar está en segundo término. Lo que importa es la consistencia. Esa Whopper con queso, preparada de acuerdo a nuestro gusto personal (sin jitomate y con doble mostaza, en mi caso) es siempre igual. Tampoco creo en esas jaladas de decir que un Burger King hace hamburguesas más sabrosas que otro. Todos tienen el mismo proveedor, las mismas máquinas que se encargan del preparado y los mismos empleados descerebrados que nos sirven mal la orden. Pero el producto final es el mismo. Consistencia, vamos.

Mi desencanto con otros cafés en víspera de la entrada de Starbucks en México se refería precisamente a la consistencia. En el centro de Tlalpan hay un popular café que, en repetidas visitas, lo mismo te servía el espresso quemado que verde, aguado o amargo. Y de vez en cuando estaba delicioso, pero no me interesaba jugar a la ruleta cada vez que me sentaba a degustar un ardiente y estimulante brebaje en tacita corta. Y por eso me aficioné a Starbucks.

Los últimos seis meses en México los pasé visitando el Starbucks de Las Águilas, uno de los primeros en abrir en nuestro país, de camino a la oficina. Y ya en Miami, alternaba mis visitas a la popular cadena con frecuentes dosis de café cubano, uno de esos deleites que facilitan la adaptación a un país extranjero. Ahí mi elección cafetera se ceñía al antojo diario, pero las visitas al Starbucks siempre fueron celebradas. Y en los años que llevo regalándoles dinero a manos llenas frecuentando sus establecimientos, jamás he tenido que devolverles un café por estar mal preparado. No sé si tengo suerte o si sus estándares y procedimientos simplemente funcionan.

¿Me duele el codo al analizar lo que he gastado en lattes, chais, macchiatos y espressos? Algo, sí. Y eso sin añadir la ocasional galleta, algún scone o hasta una de sus intensas latitas de DoubleShot. Pero no puedo negar que cuando entro en un Starbucks, generalmente busco satisfacer una necesidad, real o imaginada, y que siempre se ve satisfecha. Aún no creo que sus productos valgan lo que cobran por ellos, pero también hay que decir que encontrar algo confiable en un mundo donde todo tiende a fallarnos tiene su mérito. Voy por un cafecín, nos vemos…

A la sombra del Coloso

Este domingo me regalé un pequeño placer que ya casi había olvidado. A eso de las 10 de la mañana, aprovechando que el resto de la familia se desperezaba frente a la tele, me fui caminando desde la casa hasta las inmediaciones del Estadio Azteca.

Recuerdo que de pequeño me divertía escuchar a los comentaristas deportivos de la época refiriéndose al monumental estadio como El Coloso de Santa Úrsula. Pese a que soy hincha de los Pumas desde que tengo uso de razón, mi vida siempre ha estado ligada al Azteca. Mi papá conoció a Enrique Borja a través de un amigo común, y de chavitos nos enroló a mi hermano y a mi en la escuela de fútbol del Club América a sugerencia de la esposa del ex goleador.

Yo recuerdo haber hecho algo de berrinche, pues quería jugar en Pumitas, pero un padecimiento respiratorio me lo impidió. Pumitas jugaban en canchas que eran, para ser honestos, pura tierra y polvareda. El América tenía canchas con pastito recién regado y pleno de verdor. El otorrinolaringólogo tuvo la última palabra, así que fui brevemente del América, aunque fuera sólo por portar la camiseta un par de veces a la semana.

Mi equipo se llamaba Barracudas, y nuestro uniforme era la albiceleste de la selección argentina. ¡Qué uniforme! Con mis tachones Adidas firmemente calzados, me sentía  el hijo ilegítimo de Mario Kempes. Una vez nos tocó ir al Estadio Azteca a un evento, y hay que confesar que fue una experiencia sin par. El Azteca es un monstruo, cavernoso e imponente desde cualquier ángulo. Colosal, obviamente.

La casa de mis padres está a escasas doce cuadras del Estadio. De niño solía escaparme en la bicicleta para admirarlo desde afuera. Tuve la fortuna de que la amistad de mi papá con su influyente amigo-que-también-era-amigo-de-Enrique-Borja  nos ganara frecuentes invitaciones a palco, y ahí se fincó mi amor incondicional por el fútbol. Fui a ver al Boca Juniors cuando se enfrentaron a Los Cremas por la Copa Interamericana. Le eché porras al Atlético Español, antes de que mi papá les diera la espalda como uno de sus pocos aficionados restantes y que se tuvieran que convertir en el Necaxa. Y cuando el palco lleno de americanistas animaba a Reinoso, a Toño de la Torre y al Chocolate García en esas ocasiones en que mis Pumas iban de visita, yo me desgañitaba por Cabinho, por La Cobra Muñante y por un chavo habilidoso y entrón llamado Hugo Sánchez.

Cuando llegó el Mundial de 1986, admiré al Azteca en su máxima expresión. Un estadio entero gritando porras a un mismo equipo es algo que tiene que vivirse, pues no hay palabras que le hagan justicia a la experiencia. Cuando no conseguí boletos para ver al Tri en el estadio, me gustaba cortar el audio de la tele en cuanto caía gol de México, pues al asomarse por la ventana de la sala de estar uno lograba escuchar el rugido de la afición viajando hasta nuestro hogar.

Hasta mis Niners han jugado en el Azteca...

En el estadio he presenciado juegos de la NFL, conciertos y hasta una carrera de coches (será otro post). Y no deja de sorprender en ninguna de sus diversas facetas. Pero el placer de recorrerlo desde el exterior sigue siendo emocionante, aunque en otra diversión. Me encanta ver las caras de quienes descienden de camiones, microbuses, taxis o del tren ligero, emocionados por entrar a un juego. Este domingo vi a infinidad de aficionados ataviados con los colores nacionales. Rostros pintados, casacas verdes, blancas, rojas y las nuevas de color negro. Banderas y banderines. Matracas, cornetas, sirenas de aire. Ver gente es un pasatiempo al que no se le da la debida importancia, pero ver gente llegando a un estadio es aún mejor.

Me di un festín visual como los que acostumbraba darme en mis épocas de niño en bicicleta. Al regreso paré en el puesto de barbacoa de Don Arturo para llevarle el desayuno a los míos. Doña Meche me regaló un taco en lo que me despachaban los consomés. Muchos aficionados paraban a almorzar bajo la lona roja antes de meterse a ver un juego más. Seamos honestos, fue un juego más. Pero aún los juegos desprovistos de mayor trascendencia cobran otra dimensión en el Azteca. Apuré el taco de cortesía, tomé mi pedido bajo el brazo y recorrí unas cuadras más hasta llegar a la casa.

Hay muchas cosas que me han decepcionado o entristecido al volver a México después de una larga ausencia. El Estadio Azteca no es una de ellas. Sigue imponiendo, sigue siendo mi punto de referencia. Me recuerda la secundaria, la prepa y la universidad, pues cuando se organizaba la ida siempre ofrecía mi casa como estacionamiento. Y no tanto por aliviarles el tiempo y el dinero de la estacionada a los cuates, sino para poder recorrer esa docena de calles que me separan de su gris estructura. Recuerdo haber aprendido a manejar en su estacionamiento, comprado boletos de reventa debajo del puente que conduce a Acoxpa, coreado goles y más goles en su resonante interior.

Pero el mejor recuerdo siempre es el de observarlo en privado, en silencio. Hay algo de reverencia para El Coloso. Su historia y la mía existen en una extraña comunión. Nunca seré fan de los equipos que le consideran su hogar, eso es indiscutible. Y es que no es el hogar del América, como no lo fue del Necaxa, del Atlante o del Cruz Azul en algunas épocas. Es el hogar de muchos de mis recuerdos más gratos, eso sí. Por dentro y por fuera. Así que le seguiré visitando de vez en cuando, sólo para acordarme que ahí están guardados esos momentos.

La noche que mi abuela NO mató al señor Castro

La siguiente anécdota es cien por ciento verídica. Espero les guste.

Allá por 1956, mi abuela (Conchis, finada) estuvo a punto de matar a un hombre. Justificadamente, pero de todas formas hubiera sido una gran tragedia si se hubiese animado a jalar el gatillo. Aunque, paradójicamente, también el hecho de no haber jalado el gatillo constituyó una gran tragedia.

Mis abuelos maternos vivían en una vieja casona en la zona centro de la ciudad de Toluca, sobre la calle de Juárez. La casa tenía dos pisos, con grandes ventanales y balcones de herrería que miraban a la calle. En ese entonces mi abuelo tenía una fábrica de jabones en la ciudad de Puebla, así que pasaba de lunes a jueves supervisándola y regresaba el fin de semana con su familia en Toluca.

Durante aquellas ausencias, mi abuela se quedaba sola en casa cuidando a cuatro niños: mi tía Maru (†), los gemelos José Manuel y Lourdes (mi mamá) y mi tío Luis, cuyas edades oscilaban entre los 9 y los 2 años. Los tiempos no eran ni con mucho tan inseguros como hoy en día, pero mi abuelo había peleado en la Guerra Cristera y sabía de lo que son capaces los seres humanos en un momento de ofuscación, así que había instruido concienzudamente a su esposa en el manejo de una monumental escopeta de cacería.  “Si alguien intenta meterse a la casa, tú dispárale sin pensarlo dos veces, ¿entendido?”, era la consigna que le hacía a mi abuela cada vez que partía a supervisar el negocio jabonero.

En una de tantas ausencias, mi abuela escuchó un ruido extraño cerca de la ventana de su habitación. Era casi la medianoche. Se incorporó y alcanzó a distinguir una sombra extraña ascendiendo sobre el balcón, dibujada tenuemente sobre la cortina gracias a un modesto farolito que proporcionaba algo de iluminación a la calle. Acorde al mandato de mi abuelo, tomó la escopeta y salió del cuarto. La idea de mi abuela era asomarse por el balcón de una habitación contigua (la del cuarto de costura), para poder sorprender al malhechor en el acto de internarse al domicilio.

Al asomarse sigilosamente por la ventana del costurero, mi abuela pudo comprobar que, en efecto, un hombre corpulento se había encaramado al balcón de la recámara principal. Con tan sólo tres o cuatro metros de distancia entre ella y su objetivo, levantó el cañón de la escopeta y apuntó hacia el infractor. Pero ahí le entró la duda. El hombre venía bien vestido. Y no estaba intentando meterse a la casa. Por el contrario, al parecer estaba intentando medir el salto hacia el balcón de la casa de al lado. Con voz de mando (mi abuela era brava, cuenta la leyenda), gritó un clarísimo “¡Alto o disparo!”
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Viajar en el tiempo

Agujeros de gusano: ¿Forma de saltar hacia el pasado o al futuro?

La semana pasada me sorprendió encontrar una nota periodística donde Stephen Hawking, considerado como uno de los seres humanos más inteligentes sobre la tierra (si no es que el mero mero) afirmó de pronto que la reiterada premisa de viajar en el tiempo no tiene porqué considerarse imposible.

Stephen Hawking, versión Los Simpsons

El viaje en el tiempo, si bien explorado hasta el cansancio por la literatura, la tele y el cine, ha constituido una eterna quimera para la comunidad científica. Desde que el aguafiestas de Einstein proclamó que viajar en el tiempo era virtualmente imposible, el concepto de trasladarnos a otras épocas en el pasado para matar a Hitler antes de su ascenso al poder, avisarle a Kennedy que unos hombres armados le acechaban en Dallas o convertirse en el protector de Bill Gates durante la escuela primaria para evitar que lo zapearan por nerd se tornó en una de tantas cosas que pertenecen al baúl de los imposibles, junto con los dentistas sin dolor y la vacuna contra la estupidez.

Ah, pero los científicos de pronto están cambiando de tono. Bueno, Hawking lo está haciendo. Ahora resulta que hay tres posibles vías para poder convertirnos en viajeros en el tiempo, y ninguna de ellas implica un DeLorean:

1. Meternos en un agujero de gusano. Antes de que se pongan a escarbar en el jardín, va la aclaración: por “agujeros de gusano” Hawking se refiere a esos túneles diminutos que aparecen y desaparecen sin ton ni son en lo que los astrofísicos conocen como “espuma cuántica”. Pese a que dichos agujeros miden mil millones de billones de una billonésima de centímetro (cifra que me late que se están sacando de la manga para que no los xodamos con más preguntas), si la ciencia descubriese como hacerlos más holgaditos en teoría se podría viajar entre dimensiones de tiempo y espacio. Claro, esto limita el viaje en el tiempo al futuro, y no al pasado, pero aún así la idea está cool. Pero siendo realistas, los científicos todavía no pueden perfeccionar las dimensiones de aparatos de aire acondicionado, asientos de estadio o supositorios, así que no tengo muchas esperanzas de que hagan avances rápidos para permitirnos viajar con comodidad por un agujero cuántico. Tache, pues.

2. Los agujeros negros. Voy a hacer una pausa de 30 ó 40 segundos para sus risitas malpensadas. ¿Ya se desahogaron? Bueno, sigamos adelante: los agujeros negros que se forman en el universo por distintas razones (colapso de supernovas, liberación de antimateria, obras públicas masivas para inflar el presupuesto del DF, etcétera) son capaces de absorber todo lo que les rodea, incluyendo luz y energía, así que por lógica el tiempo absorbido a través de ellos podría moverse a una velocidad distinta en su interior. Es el rollo que vemos en pelis como El Planeta de los Simios, donde para los astronautas pasan tan sólo unos años en el espacio, pero a su regreso se encuentran conque ya sólo sobreviven los nietos de sus propios nietos. El tiempo y el espacio son dimensiones que no hemos explorado debidamente, y al parecer sólo Hawking se ha preocupado por darles su checadita y ver qué se puede hacer con ellos (aparte de perder el primero jugando Xbox o reducir el segundo comprando un Hummer). El caso es que meterse a un agujero negro suena tan peligroso como tragar mariscos en el Distrito Federal, así que al parecer ésta es otra astuta maniobra del sabio Hawking para apantallarnos con cosas que nadie puede desmentir por su alto riesgo a la hora de la comprobación. Es como si mañana nos saliera conque la mejor manera de domesticar a un tigre de bengala es untarle un chile habanero en el recto durante un par de horas. ¿Cómo probar que no es cierto?

Acelerador de partículas. A la izquierda, con casco: acelerador de pedales de bici.

3. Viajar un poquito menos rápido que la velocidad de la luz. Ahora ya suena más factible la cosa (sí, claro). El acelerador de partículas LHC construido en Suiza hace unos meses es capaz de producir velocidades a nivel subatómico muy cercanas a la mentada velocidad de la luz, así que todo es cosa de convertir dicho armatoste (que mide como 30 kilómetros de largo) en un motor para nave espacial. Después de eso y de echarle bastante gasolina (Premium, me imagino) ya lograríamos velocidades capaces de hacer que el tiempo a bordo de la nave corriese más lento que la rotación de la tierra, y eso nos haría viajar en el futuro. ¿Para qué? Bueno, esa es cocaína de otro cartel, pero lo interesante es que se puede. Lo dice Hawking, no Toño, así que saben que es cierto.

Ahora bien, ¿qué harían ustedes si pudieran viajar en el tiempo? ¿Verificar si a humanidad descubrió la cura contra el cáncer? ¿Recetarse las secuelas de Avatar para poder ser los primeros en un blog que la trama es bien pendexa pero los efectos están chidos? ¿Ver si el Cruz Azul volvió a ganar un título? He aquí la gran incógnita, Finísimas Personas. Porque si bien las mentes más sabias sobre la tierra pueden vaticinar que algún día lograremos explorar el futuro como quien se explora los rinconcitos bajo la ducha, ni sus cuantiosos intelectos pueden descubrir qué nos mueve a los seres humanos comunes a desear un viaje a través del tiempo. Cada quién tendrá sus razones, y eso es lo interesante de este científico y bien investigado post. Me muero por escucharlas, por cierto…

Ficcionario Nakipédico® de Finísima Persona™, Vol. 1

No soy un hombre de muchos talentos, pero recientemente he descubierto que se me facilita distorsionar el lenguaje. Claro, tampoco voy a entrar en discusiones sobre si es o no un talento en darle en la Matrix a algo tan esencial como la comunicación humana a nivel verbal y escrito, pero uno se agarra de donde puede. Tampoco estoy esperanzado a descubrir una vacuna contra la caries o algo igualmente trascendental, así que modificar el léxico común es débil esperanza para hacerme famoso algún día. Ni modo.

El problema es que hasta el día de hoy no se me había ocurrido comenzar a recopilar esos neologismos y demás vocablos que pueden enriquecer la lengua tal y como la conocemos. Me siento particularmente orgulloso de haber inventado términos como vampiruja o McMadas, pero de poco sirve si no difundimos su uso a lo largo y ancho del globo.

Se acabó. Damas y lo que pasa por caballeros que leen este blog: les presento la primera entrega oficial del Ficcionario Nakipédico® de Finísima Persona™. Ahí le iremos sumando entradas…

Anaconismo. Expresión vulgar o naca que ha caído en desuso con el paso del tiempo. Ej: El tarado de López Obrador se sigue refiriendo a la gente bien como los “pipiris nais”, es una expresión total y absolutamente anacónica.

Soy un Bastarbuck sin Gloria... pero con latte!

Bastarbucks. Dícese de aquellas personas que se limitan a consumir café y productos derivados tan sólo en una conocida cadena global que ostenta una sirenita en su logotipo. También aplicable al barista y al resto del personal que trabaja en dicha cadena. Ej: Mis primos se creen muy exclusivos porque cometen la pendexada de pagar $70 pesos por un café que vale la tercera parte en cualquier otro lado, los muy bastarbucks.

Bazbazear. Balbuceo incoherente que pretende aportar explicaciones sobre asuntos criminalísticos, pero que termina por dejar aún más dudas entre sus escuchas y a presentar al emisor como un pobre idiota. Ej: El procurador del Estado de México se la pasó bazbazeando en la conferencia de prensa, pero a final de cuentas sigue sin aclarar quién se echó al plato a la pobre niña.

Condestarianismo. Régimen que restringe el consumo de alimentos y bebidas a un cierto barrio de moda. Ej: Podemos echarnos unos tacos en El Tizoncito, pero acuérdate de que sea en el que está entre las calles de Tamaulipas y Campeche, pues Camille y Tenoch ya se hicieron Condestarianos. Sigue leyendo

Jornada Corrupta

Tranquilos, no voy a comenzar a politizar el blog tirándole pedradas a un periódico de izquierda. El título de este post se refiere al día que experimenté hoy, diez de mayo, día de las madres en territorio mexicano. Simplemente una viñeta más de lo que representa México hoy por hoy.

Los últimos días no han sido fáciles. Una carga de trabajo irregular (entiéndase por ello de peticiones a horas y días inusuales y con plazos de entrega prácticamente irreales), un sinfín de trámites burocráticos que, por razones que no vienen al caso mencionar aquí, tuvieron que ejecutarse todos dentro de una misma “ventana de tiempo”, la muerte de uno de los gatos de casa de mis papás (¡Tiger, te nos adelantaste!) y varios compromisos sociales y familiares se conjugaron para sacarme de un ritmo que había sido razonablemente estable.

Pero el lunes fue el colmo. Mi papá se ofreció a acompañarme a la delegación de Iztapalapa para tramitar mi pasaporte mexicano, así que partimos hacia lo que fueran los dominios del infame “Juanito” en punto de las 7 de la mañana. Todo el drama de mi pasaporte se remonta a mi apresurada y atolondrada salida de Miami. En el caótico proceso mudancero se me extravió el mentado documento dentro de alguna de las noventa y tantas cajas de cartón que ahora reposan entre el resto de mis pertenencias, dentro de una apacible bodega del área de Doral. El Consulado de México me expidió un documento para salir del país, a sabiendas de que tendría que reponer el dichoso pasaporte una vez en México. De momento no me pareció lo más grave del mundo, pero hoy me enteré de mi error.

El trámite de reposición por extravío es una auténtica danza de resistencia. La página de Internet de la SRE me proporcionó una información y unos requisitos, el servicio telefónico para agendar cita en el módulo de expedición me dio otros más, la persona que se rehusó a atenderme en el módulo perteneciente a Tlalpan le sumó algunos requerimientos más y los empleados del módulo de Iztapalapa también aportaron su granito de arena en mi ojo de contribuyente. El caso es que ni internet, ni teléfono, ni Tlalpan ni Iztapalapa fueron capaces de facilitarme la información completa de lo que tenía que hacer para recibir tan ansiado documento.

Mi solución fue acosar (no sexualmente) al titular de este último módulo, prácticamente obligándolo a jurar sobre la Biblia que yo sería atendido si presentaba todos los documentos que en ése momento me estaban exigiendo. Al asentir, mi papá y yo nos lanzamos como tapón de sidra a la oficina del Ministerio Público más cercana para tramitar un acta de extravío. No voy a repetirles el eterno proceso que tuve que efectuar para obtener la dichosa acta, pero debe bastarles saber que involucró esperar a lo tonto en una banca de plástico (no porque no nos pudieran atender, sino como medida dilatoria para animarnos a “agilizar los trámites” con un billetito de por medio), sacar más y más fotocopias, presenciar el curioso saqueo de los bienes que se encontraban almacenados dentro de una camioneta accidentada y ver pasar un desfile casi infinito de tortas de tamal, molletes, órdenes de huevos revueltos a la mexicana, jugos y licuados varios para alimentar a las huestes de la burocracia. Sigue leyendo

Mi Memoria Inútil

Poseo una memoria excepcional. No les estoy presumiendo, es sólo una característica de algunos miembros de mi familia que tuve a bien heredar. Tener una buena memoria es bueno, porque ayuda muchísimo para pasar por inteligente sin necesidad de serlo. También suele tonificar el ego de cuando en cuando, en especial cuando hay reunión familiar y, como suele suceder en familias que recurren a las remembranzas para no comenzar con recriminaciones, surge la duda relativa a algo sin importancia y se decide: “Preguntémosle a Fulano, es la enciclopedia de la familia”.

Bueno, Fulano soy yo. A mi me toca decirles cómo se llamaba el actor bigotón que siempre salía bigotón en sus películas menos en la película de El Padrino 2 donde interpreta a Clemenza cuando era joven (Bruno Kirby), cuánto midió la serpiente de cascabel que matamos en el patio de la casa de mis abuelos allá por 1989 (1.67 mts), cuántos hermanos Gibb (Bee Gees) se han muerto (dos, Andy y Maurice) o cuál era el nombre completo de Batata, ese que jugaba en el América allá a principios de los 80 (Nilton Pinheiro DaSilva). Y nunca le he ido ni le iré al América, que conste.

Esta memoria, rayana en poder mutante de talla Marvel, me hace siempre extremadamente popular cuando jugamos Maratón en equipo o participamos en cualquier concurso de trivia. Pero en el fondo se vuelve engorrosa. El día que te falla, más vale que no sea en presencia de otros: te voltean a ver con una extraña mezcla de lástima y desdén, algo así como pensar “a este güey le ha de estar dando Alzheimer prematuro” y “mmmta… ¿éste es el cabrón de la súper memoria? Estamos jodidos”, pero al mismo tiempo.

Y lo que más odio es que mi memoria no es tan selectiva como yo quisiera. Claro, me encanta saberme de memoria todas las letras de las canciones de Marillion pertenecientes a sus primeros seis discos en estudio, pero por más que lo intento no logro olvidar la letra de Aserejé. Recordar de memoria 114 números telefónicos distintos parecería muy útil, hasta que te das cuenta de que más de la mitad de los mismos ya no existen (o las personas que los tenían ya se murieron) y que puedes guardar todos los números que se te antojen en la memoria del teléfono mismo, así que tu memoria propia sale sobrando. Y pese a lo cool que creas que es recitar diálogos de película de memoria, ¿Para qué caraxos quieres recordar frases de Deuce Bigalow: Gigoló por Accidente?

El alcohol no está funcionando para borrar las partes inútiles de mi memoria, antes de que empiecen con sugerencias. A juzgar por los golpes que me he dado en la cabeza, tampoco hay solución a base del traumatismo craneoencefálico. Mi preocupación al respecto es que todas esas estupideces que están ocupando espacio podrían servir para mejores fines, o como espacio de reserva cuando empiece a ponerme senil (en cuatro o cinco años, al paso que voy). Mientras encuentro la forma de borrar estos datos estorbosos, o en lo que la ciencia nos permite implantarnos ranuras para expansiones cerebrales de RAM, he aquí una lista de algunas de las estupideces que nada más están haciendo bulto en mi sesera, y que no sirven para maldita la cosa. Me siento como el Rain Man de las pendejadas:

  • Los órdenes al bat de la Serie Mundial de béisbol entre Yankees y Dodgers de 1981.
  • Las capitales del mundo. Todas. Ahí va lo peor: puedo identificar como el 80% de los países nada más por su silueta.
  • Los nombres de todos los discos que grabó Frank Zappa.
  • Los títulos de todos los libros de Astérix, junto con los nombres de todos los galos y de las guarniciones romanas que rodeaban la aldea.
  • Las placas de todos los coches que ha tenido mi papá desde 1976 a la fecha. Ojo, sólo las de coches de mi papá. Ni siquiera me sé mis propias placas.
  • Todas las letras de Sabina.
  • Los números de mis últimos 3 pasaportes, el de mi cartilla del servicio militar, mi número de Social Security y el de mi hija, el número de cuenta de la universidad (salí en el ’94) y los de mis 4 tarjetas de crédito y débito.
  • Mi número de empleado de Telerrisa (salí de ahí en el 2007… y sólo te lo pedían una vez al año, si acaso).
  • El plantel titular de la selección de Polonia en el Mundial de España 1982
  • Todas las letras de The Smiths.
  • La quinteta titular, el entrenador y algunos de los jugadores de banca de todos los equipos de la NBA.
  • Los nombres de las hamburguesas dinosáuricas que vendían en Burger Boy.
  • El Código Morse.
  • Las letras de The Wall y Dark Side Of The Moon de Pink Floyd.
  • Suave Patria, de López Velarde.
  • Todos los personajes de Los Simpson y South Park.
  • Los nombres de las payas de desembarco, los códigos de identificación Aliados, los generales y estrategas a cargo de la invasión de Normandía y el verso en francés que se transmitió por radio para indicar a las fuerzas de la resistencia que El Día D estaba en marcha.
  • Ezequiel 25:17.
  • Los nombres de todos los presidentes de México.
  • La filmografía entera de Brendan Fraser.
  • La receta de la paella que hace mi papá.
  • Los ganadores de todos los Super Bowls.
  • El disco Mis Albures de Chava Flores.
  • Los nombres de las 42 mascotas que han pasado por casa de mis papás, incluyendo aquellos que llegaron cuando yo ya vivía en Miami y a varios que nunca llegué a conocer.
  • Los episodios de las primeras 3 temporadas de Los Backyardigans.

Y por supuesto:

  • El Contra Code.

Ustedes estarán de acuerdo que la utilidad de tener estos conocimientos presentes en todo momento es prácticamente nula. No es como si a cada rato me detuvieran por la calle los productores de programas de concurso para ofrecerme casas, autos y viajes a Europa si les logro recitar el discurso del día de St. Crispin de Enrique V. Reitero, saber estas cosas en la era del WiFi, Google y Wikipedia es casi tan práctico como poder meter plátanos de vuelta en su cáscara. Pero ni hablar, alguna vez le comenté a un amigo que, de existir un Dios, le reclamaría el haberme “bendecido” con el Don de la Eterna Pendejada. No me acuerdo de lo que me contestó… así que seguro era algo realmente importante.

Chilangos acalorados

Mayo está aquí. Y esto sólo quiere decir una cosa en la capital mexicana: La Chilanguiza en pleno se reubicará como el mismísimo centro del mundo, anunciando a los cero vientos (porque el aire nomás no está soplando por acá) que está haciendo un calor infame.

Yo me considero un embajador capitalino bastante decente. Por ello entiéndase que no ando pregonando las múltiples “ventajas”, reales o no, que tiene el Distrito Federal con respecto al resto del país. Sé que hay mucho odio, frecuentemente irracional, de parte de la provincia hacia el chilango promedio, así que intento en toda consciencia el contribuir a disipar la idea de que todos los DeFeños somos unos pesados y arrogantes entes incapaces de mostrar un módico de humildad y admiración ante nuestros compatriotas fuera de la capital.

Pero luego llega mayo y entiendo porqué de pronto a la provincia le cuesta tanto tragarnos. Y es que cuando comenzamos a quejarnos como viejas mitoteras respecto a las elevadas temperaturas que se viven en la capirucha es como si se nos olvidara que el resto de México también conoce el termómetro.

El Regente Playero

El MásLelo Ebrard se apresura para producir un “semáforo” para “alertar a la población de la capital” sobre los efectos nocivos que “el calor extremo puede producir en sus personas durante esta temporada”. Gracias, señor regente. Jamás se me hubiera ocurrido pensar a mi solito que si me quedo a dormir la siesta en un coche estacionado al rayo del sol, con los vidrios arriba y sin aire acondicionado, mi transformación subsecuente en Mixiote Humano puede acarrear consecuencias de salud serias. ¿Quién lo hubiera dicho? ¡Con lo mucho que me fascina conciliar el sueño dentro de un baño sauna!

Cuando escucho a mis compinches capitalinos mentando madres porque el termómetro marca 31º C me explico porqué la gente de Guaymas, Perote, Tuxtla Gutiérrez, Casas Grandes, Matehuala y Chilpancingo nos considera lo peorcito que tiene esta nación. Y no creo que sea porque nos tachen de blandengues ante la ola de calor, pues todo el mundo tiene derecho de sentirse a disgusto cuando el sudor hace que se nos pegue la ropa y que andemos con sed de recién levantado en Enero 1. El rencor me imagino que viene porque pensamos que ése calor es noticia, cuando la mayor parte del resto del país lo sufre en igual o peor medida.

Los termómetros tienen que marcar temperaturas francamente infernales en la provincia para ameritar mención en las noticias nacionales. Estamos hablando de romper récords caniculares y no bromas. ¡Ah, pero que no pase de 30 grados en el DF porque ahí sí hay que lanzar campañas de concientización, revelar estadísticas sobre calentamiento global y retirar sanciones a los chilangos que se metan a las fuentes!

Un pequeño consejo para el enésimo capitalino… no, capitalino no, “chilango”, en su entonación más despectiva, que me llegue con el original comentario respecto al calor reinante: cállate. Por favor, cállate. Es en serio. Este calor existe en ésta época desde que tengo memoria, tanto en el DF como en el resto del país. Sí, cuando llegan las lluvias baja un poco. Sí, el calor húmedo del principio de las lluvias también está del caraxo. Pero eso es cierto en todos lados. No somos especiales. No hay que buscar explicaciones complicadas de porqué está tan caluroso el clima por acá. Es normal. ¿Sabes cómo suenas ante la provincia cuando te quejas del calor? Igual que como sonaría un turista quejándose de la comida en Somalia cuando hay gente muriéndose de hambre afuera del hotel.

Perdonen que el post de hoy haya sido tan quejumbroso pero me pone de malas la insensibilidad de la gente. Bueno, la insensibilidad y la ignorancia de la gente. Y también el pinchi calor, está bien grueso…