Hablar en Público: Ese Asesino Silencioso

Hoy por la mañana, mi hija (Natalia, 7 años) impartió una conferencia magisterial para sus compañeritos de 2o.B. Bueno, si podemos considerar una “conferencia magisterial” al acto de hablar durante 3 minutos y 14 segundos sobre galletas. El tema es lo de menos, pero es perfectamente explicable para alguien que padece diabetes, además de que mi hija eminentemente sabe que los niños de su edad son mucho más receptivos a las variedades de confecciones horneadas que, digamos, a la situación actual de Libia, Egipto o Argelia. Natalia conoce a su audiencia, vamos.

El caso es que lo hizo muy bien. Habló con soltura, planteó preguntas al final para involucrar a la concurrencia y sólo se equivocó al decir que una forma de evitar que las galletas se peguen al hornearse es cubrir la charola o molde con mantequilla o “papel higiénico” (era “papel pergamino” en el original). Básicamente se desenvolvió con la soltura necesaria para comunicar su mensaje, y no pasó al frente hecha un manojito de nervios con trenzas y falda tableada.

Yo, claro está, me sentí de lo más orgulloso. Pero no por la conferencia en sí, que no me dijo nada nuevo sobre las galletas (miren, es mi hija, pero hay que ser objetivos), sino por el hecho de que va por buen camino para vencer ese célebre temor que aqueja a muchos seres humanos: hablar en público.

A mi me sorprende la estadística que reporta al acto de hablar en público como el temor social más común y manifiesto en el género humano. Me asombra aún más enterarme que el 92.7% de la humanidad padece de dicho temor. Y me desconcierta todavía más que ustedes crean que todas las estadísticas que cito en mi blog tienen alguna base científica real, pero no nos desviemos del tópico: la gente tiene miedo de hablar ante el escrutinio de más gente, y nadie hace nada por resolver este terrible azote de nuestra psique. Sigue leyendo

El Castigo

"¡Esto te va a doler mucho más a ti que a nosotros, Junior!"

Natalia se portó mal. No ahondaré mucho en la falta cometida, porque no viene al caso. Tratándose de una hija proveniente de semejante padre, es obvio que la razón de mi descontento hacia su proceder puede atribuirse al abuso de poder, la ingesta de algún alimento o bebida que no estaba autorizada a consumir, ruptura de juguetes, abuso de enseres electrodomésticos, incineración de insectos, extorsión o falseo de declaraciones. O todo lo anterior.

No obstante su herencia criminal, se impone un castigo. Y ahí es donde entramos en terrenos delicados. Hay muchas escuelas de pensamiento respecto a cómo se debe criar a los hijos, pero en materia de correctivos parece que la sociedad se divide en dos grandes grupos: los padres de la nueva era, Montessorianos y pacifistas, que se inclinan siempre al diálogo y a la conciliación. Y por otro lado, aquellos que recuerdan el cinturón paternal como una dolorosa pero efectiva herramienta para que los niños aprendan a alinearse por la vía correcta.

Ambos bandos están obviamente influenciados por lo que vivieron en carne propia cuando eran niños y se portaban mal. Aquí también hay división, pues los papás a quienes les recetaron sendas sesiones de castigo físico suelen comulgar con esa idea o rechazarla violentamente por las duras memorias presentes en la psique. No voy a proceder a hacer burla y mofa del abuso a menores, no se apuren (aún tengo un mínimo de conciencia, amigos), pero sí debo decir que la cuestión no es todo lo blanca ni todo lo negra que puede aparentar debido al divisionismo existente respecto al castigo.
Sigue leyendo