Mi inútil boicot…

Pese a que soy Parkingopochtli, Dios de La Estacionada (ver el punto 2 de este post), tengo una relación de profundo odio por los estacionamientos públicos. En la Ciudad de México son tan inevitables como el esmog, el ambulantaje y las declaraciones idiotas de Marcelo Ebrard, así que la resignación es lo único que nos queda. Pero de que hay tela de donde “rantear”, la hay…

Hoy aproveché de pasar a un conocido centro comercial donde hay una enorme sucursal de Telmex con cajeros automatizados para pagar el teléfono. Mi rutina habitual para este lugar era simple: estacionarme, correr al cajero, pagar de volada y abandonar el lugar antes de la expiración de los 15 minutos de tolerancia. En este proceso he descubierto algo curioso: esos 15 minutos no son reales. Según mis cálculos y experimentos previos, hay una discrepancia de dos o tres minutos entre el tiempo mostrado en tu boletito al ingresar al estacionamiento y el reloj que marca la salida del mismo. De esta forma no cuenta para nada el pensar que estás dentro de la llamada “tolerancia”, pues es un periodo de tiempo ficticio y aleatorio.

Ya me había quejado un par de veces con los operadores del estacionamiento a este respecto, amenazando incluso con acudir a instancias oficiales (Profeco, pues) si no se corregía esta injusticia. Lo que descubrí el día de hoy, con profunda tristeza, es que la solución que tomaron fue mucho más drástica: ya no hay tiempo de tolerancia. Así pues, resté 15 pesos  obligatorios adicionales por concepto de estacionamiento a un proceso que solía ser gratuito.

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El Castigo

"¡Esto te va a doler mucho más a ti que a nosotros, Junior!"

Natalia se portó mal. No ahondaré mucho en la falta cometida, porque no viene al caso. Tratándose de una hija proveniente de semejante padre, es obvio que la razón de mi descontento hacia su proceder puede atribuirse al abuso de poder, la ingesta de algún alimento o bebida que no estaba autorizada a consumir, ruptura de juguetes, abuso de enseres electrodomésticos, incineración de insectos, extorsión o falseo de declaraciones. O todo lo anterior.

No obstante su herencia criminal, se impone un castigo. Y ahí es donde entramos en terrenos delicados. Hay muchas escuelas de pensamiento respecto a cómo se debe criar a los hijos, pero en materia de correctivos parece que la sociedad se divide en dos grandes grupos: los padres de la nueva era, Montessorianos y pacifistas, que se inclinan siempre al diálogo y a la conciliación. Y por otro lado, aquellos que recuerdan el cinturón paternal como una dolorosa pero efectiva herramienta para que los niños aprendan a alinearse por la vía correcta.

Ambos bandos están obviamente influenciados por lo que vivieron en carne propia cuando eran niños y se portaban mal. Aquí también hay división, pues los papás a quienes les recetaron sendas sesiones de castigo físico suelen comulgar con esa idea o rechazarla violentamente por las duras memorias presentes en la psique. No voy a proceder a hacer burla y mofa del abuso a menores, no se apuren (aún tengo un mínimo de conciencia, amigos), pero sí debo decir que la cuestión no es todo lo blanca ni todo lo negra que puede aparentar debido al divisionismo existente respecto al castigo.
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