Pasitas

He notado una extraña dinámica en casa de mis papás. Justo en la recámara principal, arriba de un mueble donde reposa la cafetera exprés (vicio de mis progenitores), se encuentra un enorme recipiente de pasas cubiertas con chocolate marca Kirkland. Kirkland es, por supuesto, la marca propietaria de la cadena Costco, ese descomunal almacén donde te venden productos a granel (pero siempre a precios bastante competitivos). El frasco de plástico con pasitas es, por lo tanto, muy grande.

La recámara de mis jefes no es precisamente un recinto de paz. Mi mamá entra y sale de ella todo el día en sus labores cotidianas. Es el lugar donde duermen y pasan la mayor parte del día los dos gatos que aún sobreviven la reciente oleada de decesos mascoteriles: Old Man Gatus (15 años) y Kittler (6 años). Y el baño de dicha recámara es el de acceso más conveniente en la planta alta de la casa, así que cuando está la familia “de confianza” presente, es casi seguro que haya tráfico peatonal enfrente del dichoso frasco de pasas.

Y todo el que pasa frente a las pasas opta por despacharse un puñado de las suculentas, dulces y deliciosas golosinas. Es inevitable, como aminorar la velocidad cuando circulas frente a un accidente, o como cuando recibes tu cheque de regalías actorales correspondientes a la popular serie de TV Two and a Half Men y decides gastártelo íntegro en prostitutas y ladrillos de cocaína. Natural y simple como eso. Sigue leyendo