Mis odios populares, Parte 1

La bebida oficial de Finísima Persona

He caído en la cuenta de que existen muchas cosas que gozan de enorme aceptación y popularidad entre la mayoría de la gente que me rodea, pero que yo nada más no trago. No voy a enlistar todas ellas en este post (simplemente no acabaría nunca), pero esto bastará para darles una idea:

Nunca tantos le han rendido tanto a tan mediocres...

1. Timbiriche. Voy a empezar diciendo que sí tuve infancia. Y debo hacer la aclaración pues cada vez que expreso mi total y absoluto desprecio por esta aberración “musical” emanada del encocainado cerebro de Luis De Llano, siempre me salen con el comentario de “ash, es que tú se ve que no tuviste infanciaaaaa…”.

Les tengo noticias: tuve una infancia tanto o más rica que la mayoría de ustedes (principalmente porque creo que la sigo viviendo). Simplemente no encuentro la relación entre dicha infancia y una enervante agrupación de escuincles sin talento para convertirse en una aún más enervante agrupación de adolescentes y adultos sin talento. Ahórrense los “es que Benny sí es muy buen músicooo…”, porque no es cierto. Thom Yorke es muy buen músico. Prince es muy buen músico. Les concedo que Benny sea un muy buen padre de familia, pues seguido nos lo encontrábamos con su vieja e hijaldra desayunando en Le Petit Cluny. Pero hasta ahí.

Timbiriche cantaban canciones estúpidas, la mayoría musicalizadas robándole descaradamente los riffs a artistas legítimos, y vendían el producto final como algo innovador, juvenil y divertido para la Generación Eres. Una bola de hijos de artistillas Televisos sin ninguna gracia ni trascendencia no puede ser responsable de resguardar mis recuerdos de la niñez y adolescencia. Punto. Si voy a otra boda donde el grupo musical de amenización decide interpretar el “popurrí Timbiriche” para beneplácito de los adultos presentes, vomitaré en la ponchera y la emprenderé a patadas contra la mesa de regalos. Están advertidos.

"Yo me comía a Belinda..." "¿Ah sí? Pues yo me comí cuatro goles estúpidos en la eliminatoria..."

2. La Selección Nacional. No me voy a “poner la verde” en este mundial, pese a la alburera insistencia de los medios masivos. No voy a subirme al vagón del hype y de la falsa esperanza de que “ahora sí nos vamos a colar a la final”. México tiene un fútbol profesional desproporcionadamente bien pagado en relación con el talento real de sus exponentes. Y la selección es uno de tantos opios distractores de la opinión pública, aunque nos pese. No voy a sufrir con la eventual derrota que nos deje buscando chivos expiatorios a izquierda y derecha, como tampoco me sumaré a los festejos en el Ángel cuando logremos una de tantas victorias irrelevantes (¿en serio creen que es meritorio tirarnos a las calles por cada punto cosechado en PRIMERA RONDA?).

Soy un aficionado a los deportes, en efecto, pero por lo mismo he aprendido que uno siente la pasión auténtica cuando se logra presenciar una auténtica exibición de talento puro, cuando lo cotidiano se vuelve especial, cuando una proeza atlética tiene lugar ante nuestros ojos. Y esta manifestación de algarabía se gana, no es gratuita. El orgullo por mi país tampoco está amarrado a lo que haga su selección futbolera. Recuerdo haberme sentido legítimamente emocionado por Ana Guevara y Alejandro Cárdenas cuando empezaron a cosechar triunfos en atletismo, pero fue porque vi en qué condiciones entrenaban en la Codeme. He visto prisiones con mejores dormitorios. Al comparar la infraestructura de este deporte con la que tienen en EEUU, Jamaica o Canadá, sobra decir que se ganaban cada porra y cada “¡Viva México!” que les echaban desde las tribunas. ¿Pero por el Tricolor? No, muchachos. Hará falta una genuina demostración de habilidad, dominio sobre la cancha y virtuosismo deportivo para lograr emocionarme, lo siento. Sigue leyendo

Anuncios