Alex Peligro™ en… No Hay Tiempo Para Explicaciones

N. del T.: Un nuevo episodio en la eterna saga de Alex Peligro, defensor de las causas perdidas, súper agente secreto, luchador de la libertad e instructor de macramé certificado.

“Creo que tenemos una cita a ciegas con el destino,
y parece que ordenó la langosta”

— The Shoveler, Mystery Men

Llovía. Cada gota de fría precipitación rasgaba las almas de los hombres templados en el clima agreste de muchos febreros pluviosos. Pero aquél febrero se adivinaba como el peor en muchos años, sus aires helados portadores de crueles granizos y peores augurios. Y los hombres temblaban, no tanto por el frío, sino por la incertidumbre de las horas venideras, mientras esperaban convocados en torno a aquel gran cedro ceremional la llegada de un líder que infundiera valor, sí, pero también propósito en sus corazones montañeses.

— ¿Y a quién estamos esperando? ¿No deberíamos dejar de perder el tiempo y ponernos a trabajar?

Los adustos semblantes volvieron sus miradas férreas en dirección a la voz que había osado rasgar el momento de solemnidad. Mauro, con su habitual discurso de descalificación hacia todas las iniciativas de emergencia, miraba de vuelta hacia los rostros que le dedicaban mudo reproche. Uno de los montañeses escupió el suelo con desdén, sin apartar la vista de quien osaba poner en duda la improvisada reunión. Pero Mauro insistía:

— Digo yo, es que no le veo el caso a estar aquí parados, empapándonos como idiotas, en lugar de poner manos a la obra.

Amparado por la cortina humana, uno de los fieros hombres buscó instintivamente la empuñadura de su cuchillo de caza, desenfundándolo y dando un paso en dirección al insolente Mauro. Una mano rugosa y manchada por la edad, sin embargo, le detuvo en su avance homicida. El hombre volvió la vista y descubrió al Viejo Ezequiel, quien en silente ademán le obligóa a reenfundar el arma y a volver a ocupar su sitio entre la turba. El decano del lugar, con ese andar reposado que otorgan los años de hacer vereda por el espeso bosque, avanzó hacia Mauro, quien seguía recorriendo al grupo con la mirada alerta, tanto en busca de consenso como detectando a algún otro agresor espontáneo.

Una sonora bofetada sacudió el rostro y la concentración de Mauro. El Viejo Ezequiel tronó por encima del rumor de lluvia escurriéndose entre el follaje:

— ¡Pobre tonto! ¡Ingenuo! ¡Charlatán! — el vigoroso anciano le reprendió con dureza, echando mano de la riqueza verbal que los cantares ancestrales habían heredado a su pueblo. — Crees saberlo todo,¿no es así? ¿Crees ser lo suficientemente bueno para mandar? Es eso, ¿verdad?

Mauro respondió, aún aturdido por el impacto de la pesada mano de quien alguna vez fuera el mejor leñador de los Bosques Septentrionales. Pese a la enorme cantidad de años a cuestas, el Viejo Ezequiel aún conservaba la fuerza que le permitía derribar hasta media docena de abedules por jornada. Una excusa empezó a brotar entre tartamudeos de los labios de Mauro, mismos que empezaban a dejarle ese resabio dulzón de sangre fresca:

— N… no… lo que sucede es que… bueno… me parecía mejor idea empezar sin… sin… — apuró un trago de saliva mezclada con sangre, que le provocó algo de náusea pero le permitió concluir la idea que flotaba, incómoda como un huésped sin invitación, por encima de la improvisada asamblea de torvos individuos. — Sin… él.

La colectividad reunida en torno al gran cedro ceremonial dejó escapar un simultaneo aliento de incredulidad que, onomatopéyicamente expresado, sonaría así como a “¡Gasp!”. Otra onomatopeya, un fuerte “¡Slap!” acalló la primera exclamación, provocada por la nueva bofetada que el Viejo Ezequiel propinaba a Mauro, quien esta vez rodó por el suelo a los pies del poderoso anciano. La voz de la experiencia volvió a tronar por encima de lluvia y viento:

— ¡Rata de dos patas! Parece mentira que tengas la osadía de atreverte a aventurarte a inferir una sugerencia así. ¿Me estás oyendo, inútil? — Ezequiel barrió con la vista al derribado, y añadió con desdén:

— Mírate. Arrastrándote por el suelo como la serpiente que eres… no mereces siquiera que el águila de la libertad te devore.

Un murmullo de aprobación recorrió a la turba, coincidiendo en la pusilanimidad de Mauro pero sobre todo apreciando la frase de Ezequiel, que la verdad había sonado bastante bonita.

Mauro se enjugó la sangre que ya desbordaba sus labios y escurría hasta el mentón, desde donde pendía una gota solitaria en precario equilibrio, como una roja cereza madura a punto de caer del árbol. Se puso de pie, sintiendo el peso de las miradas sobre sus espaldas pero queriendo recobrar algo del terreno desandado.

— No quería ofender a nadie… ni poner en duda, pero… bueno… es que ya sabemos lo que hay que hacer y… el tiempo es oro — con cada frase, Ezequiel se acercaba más a Mauro, quien daba breves pasos hacia atrás sin perder de vista el bastón que el viejo empezaba a blandir amenazadoramente. — Y quizá podríamos, no sé… ir adelantando algo…

Fue interrumpido por un alarido de furia del viejo leñador, quien alzó su bastón sobre la cabeza y se preparaba a asestar un golpe definitivo. Mauro cerró los ojos instintivamente, sabiéndose acorralado por los cuerpos en derredor suyo y en espera del porrazo mortal. El zumbido del bastón bajando sobre su rostro a gran velocidad se cortó de súbito… antes de ocurrir impacto alguno.

Mauro abrió un ojo. Luego, el otro. Recobrando poco a poco el control de su esfínter, vio ante sí la punta del bastón. Una poderosa mano, toda llena de dedos, había detenido el golpe a un par de centímetros de su destino final. Las venas saltadas sobre los músculos del brazo pegado a dicha mano gritaban desgarradoramente el esfuerzo al que habían sido sometidas en sólo un par de segundos, y se destacaron un poco más a medida que forzaban el bastón hacia abajo, lejos de Mauro. Este se volvió a encarar a su salvador, sabiendo de antemano que se trataba de alguien para quien el miedo no era más que una vieja y cansada fábula. Alguien para quien la aventura era el pan, el riesgo la mantequilla y el peligro… bueno, el peligro no era más que deliciosa jalea de chabacano para coronar un postre con dulce sabor a muerte.

Alex Peligro había llegado justo a tiempo.

De súbito el bosque calló su sinfonía tormentosa. El cerco de fieros montañeses, acostumbrados a matar un oso a mano limpia como simple rito entre la adolescencia y la juventud, admiró la figura del recién llegado abriendo su centro poco a poco. El centro del cerco, no del recién llegado, claro. Hasta el Viejo Ezequiel, cegado hacía unos instantes por la rabia ante tanta insolencia, bajó mansamente el bastón y retrocedió un poco. El rubio visitante, pese a estar ataviado con un burdo traje montañés igual al de los presentes, sobresalía de entre la gavilla como una magnífica espinilla en la frente de una Reina de la Primavera. Al fin sonó su voz autoritaria, magnífica… con personalidad:

—  Que nadie toque a este hombre.

Mauro sintió una curiosa mezcla de alivio y temor al notar que Alex Peligro se refería a él. Siempre era bueno contar con un defensor ante la amenaza de un linchamiento, tan común en aquellos agrestes lares. Pero en ocasiones así, hubiera sido preferible pasar desapercibido.

Ezequiel se animó a hablar ante la amenaza, cuidando muy bien sus palabras para no incomodar ni un ápice al rubio defensor de la justicia:

— Perdone, señor Peligro, pero este hombre estaba hablando mal de usted a sus espaldas.

La muchedumbre respaldó con otro murmullo la aseveración del anciano, pero Peligro volvió a acallarlos alzando la apolínea mano y haciéndose oír nuevamente:

—    ¡Eso puede esperar! En este momento no hay tiempo para explicaciones.

Alex Peligro tomó de súbito el hacha que empuñaba uno de los hombres en el cerco, y con un certero mandoble derribó un pirul adyacente. La fuerza titánica del hachazo hizo caer el árbol con un estrépito fenomenal, dejando como único vestigio de su grandeza un tocón de superficie plana. Peligro soltó el hacha, echó mano al bolsillo interior de su casaca y extrajo un papel meticulosamente doblado, que procedió a desdoblar sobre la improvisada “mesa” que había creado segundos antes, tras haber demostrado una vez más sus enormes recursos mentales y su prodigiosa fuerza. Haciendo un ademán que invitaba a los reunidos a acercarse, Peligro empezó a dar órdenes y a señalar puntos clave en el mapa desdoblado sobre el tocón:

— Esta es nuestra situación, señores: necesito que una docena de hombres se sitúe en los caminos que llegan al pueblo por el sur, por el norte y por el noreste. Cuatro hombres apostados en cada camino, pertrechados con hachas, rifles de caza… cualquier cosa que pueda darles ventaja sobre un enemigo. Nadie entra al pueblo y nadie sale de él. ¿Qué es lo que acabo de decir?

Peligro señaló a un joven leñador novato, no podía tener más de 13 años, a juzgar por sus insignificantes barbas que apenas le llegaban a la mitad del pecho. El bisoño no titubeó al responder:

— Nadie entra al pueblo y nadie sale de él.

Alex Peligro mesó brevemente los desaliñados cabellos del jovenzuelo, quien le devolvió el gesto de amabilidad con una desdentada sonrisa manchada de tabaco.

— Quiero que están alertas en todo momento. El enemigo no va a tener contemplaciones a la hora de cortarnos el cuello, así que prefiero verlos muertos antes de verlos mal preparados, ¿Me entendieron?

El resonante “¡Sí!” que escapó a coro de las montañesas gargantas ahogó el rumor de la llovizna, hizo volar una parvada de cuervos posados en los ramales altos y resonó por el valle con la fuerza de mil alarmas vehiculares en la madrugada de un domingo. Peligro reanudó sus instrucciones:

— Muy bien, no esperaba menos de ustedes, montañeses. Este es el punto “X”, el atrio de la iglesia. Estableceremos un perímetro de 6 kilómetros en torno al mismo, patrullado con grupos de media docena de voluntarios con armas cortas, y baterías de apoyo a intervalos regulares de 600 metros. Nada debe franquear ese perímetro: ni un hombre, ni un vehículo. Nada. Si una mosca se atreve a volar entre los grupos de patrulla quiero saber quién la envió, cuáles son sus intenciones, qué excrementos consumió en el trayecto y qué marca de pasta de dientes usa. No estamos lidiando con improvisados, señores. Ellos son profesionales. Pero nosotros contamos con una ventaja: tenemos una causa por la cual ofrendar nuestras vidas.

Tres hurras espontáneas hicieron vibrar el último confín de los Bosques Septentrionales, ahuyentando el ganado, cimbrando los cimientos del pueblo cercano y desbordando una represa a 22 legüas de distancia. Mauro no gritaba, sólo meneaba levemente la cabeza mientras Peligro proseguía:

— Ahora voy a pedirles algo muy difícil. Si alguno de los presentes no está de acuerdo con lo que voy a proponer, puede irse. Pero recuerden que cuando el mal nos acecha, los hombres fuertes tienen que tomar decisiones duras.

Ningún músculo se movió. Sólo la cabeza de Mauro seguía en su vaivén de incredulidad, pero para estas alturas nadie le prestaba atención. Peligro respiró profundamente y dejó oír sus temidas palabras:

— Lo primero que esperan nuestros enemigos es hacerse con nuestras propiedades, vejar nuestros hogares y mancillar el honor de las mujeres a su paso. Créanme, lo he visto con mis propios ojos antes, es algo que nadie que posea alma es capaz de olvidar. Por eso debemos sabotear sus esperanzas e impedirles avanzar bajo sus propias condiciones.

Una pausa dramática permitió a Peligro sacudir las memorias de batallas pasadas y seguir hablando. A lo lejos, se escuchó la caída de un alfiler.

— Todo hombre que posea casa, hogar y familia debe retirarlos de esta zona. Reúnan todo el dinero y los bienes que puedan permutarse por capital y almacénenlo en un lugar secreto, el llamado punto “S”. Acto seguido, quemen sus propiedades y sacrifiquen al ganado. ¡Que el enemigo no halle más que ardientes rescoldos dónde esperaba hallar posada y restitución!

— ¡Propongo a Alex Peligro para que decida cuál será el punto “S” para guardar nuestros bienes! — dijo Gregorio, el tabernero local, ahogado por la emoción del momento y la media botella de aguardiente que había consumido para darse valor en esa hora desesperada.

— ¡Alto, alto! Es un honor, pero no creo poder corresponder tanta confian…

Peligro no pudo terminar la frase. La moción fue secundada en instantes y los montañeses profirieron nuevos hurras en apoyo a la designación de su nuevo tesorero. Aquel humilde paladín de las causas nobles reanudó el sombrío discurso:

— Quienes tengan hijos pequeños o padres ancianos capaces de empuñar algún arma, reúnanlos en la plaza principal al filo de la medianoche. Vamos a necesitar toda la ayuda posible y aún así es posible que nos derroten, pero creo que todos estamos de acuerdo en que vale la pena morir por lo que más queremos. ¿Por qué vale la pena morir, Galvadio?

— ¡Por lo que más queremos, Alex Peligro! — Galvadio respondió con el ánimo flotando en las nubladas alturas. Murmullos de asentimiento.

— Por último, las mujeres. Esposas, prometidas, hijas mayores de 18 años, todas serán guarecidas en la posada de Don Sóstenes. Este es el punto que denominaré como punto “G”, donde llevaremos a cabo la parte medular de nuestro plan para desmoralizar al enemigo.

–– ¿En qué consiste el plan? –– Fue la única pregunta que hizo el atribulado Mauro, preocupado por el destino de su núbil esposa.

— Muy simple: en robarles la iniciativa a nuestros enemigos, vejándolas y abusando de ellas antes de que ellos puedan hacerlo. ¡La sorpresa nos favorece, compañeros!

–– ¡Tres hurras para Alex Peligro, salvador de nuestro honor y nuestras tierras! – Exclamó un entusiasta leñador, animado por esa particular iniciativa.

— ¡Un momento!

Todos los presentes voltearon para mirar a Mauro, quien se veía desencajado, fuera de sí.

— ¿Qué soy el único que se da cuenta de que algo anda mal? ¿Qué enemigo? ¿Qué puntos? ¿Qué pasa? ¿Qué no recuerdan por qué nos reunimos aquí en primer lugar? ¡Íbamos a sacar al asno de la Viuda Gudiño que cayó dentro de la noria! ¿De qué enemigos habla este tipo? ¿Quién lo invitó a venir aquí?

— ¡Linchadle! — El grito común de la leñadumbre enardecida se unió a la acción de derribar a Mauro por los suelos, destrozarle a hachazos y arrojar sus carroñas ensangrentadas a los fieles perros que deambulaban en torno a sus amos.

— Que ese triste ejemplo nos sirva de lección a todos — sentenció Peligro, quien no había participado en la ejecución, pero se sabía impotente para detener el ímpetu valeroso de la improvisada milicia — Quienes no están preparados para beber del cáliz del sacrificio no deben comulgar con el resto de la congregación.

— ¡Seis hurras por Alex Peligro! — Arengó el Viejo Ezequiel, a sabiendas de que le debían tres hurras previas al prócer. La sangre fresca del inconforme Mauro pintaba su bastón de tintes carmín.

— ¡No! — La voz de Alex detuvo la inminente exultación. — Seis hurras… por la libertad.

Los montañeses gritaron de gozo, animados por la presencia de un líder que, por algún hado de la bienaventuranza había acertado pasar por la región días antes, dejando tras de sí la estela de la justicia y el bullir de la esperanza en los corazones curtidos por el tiempo y la dureza de los elementos.

— Ahora no hay más tiempo que perder. Centinelas aquí y aquí… voy a necesitar un arma. ¡Elías, dame tu arma! No te preocupes, te la devolveré cubierta de gloria y empapada en sangre de vencidos. Coloquen sus bienes en el punto “S”, y empiecen a bañarlos con petróleo, pues los quemaremos al caer la noche. ¡La hoguera infundirá miedo en sus corazones! Montaremos guardias de dos horas, yo tomaré la primera mientras ustedes recuperan fuerzas… las van a necesitar mañana cuando el aquelarre se desencadene. Pipo, encárgate de hacer un recuento de los suministros, si la suerte nos sonríe quizá tengamos lo suficiente para resistir un par de semanas, tres a lo mucho. Después de eso… que Dios se apiade de nosotros. Quizá tengamos que recurrir a devorar los cadáveres de los caídos. Pero todos sabíamos que ese día iba a llegar, nadie debe vacilar a la hora de la verdad. Recuerden: no hay enemigo pequeño. No disparen hasta no ver el blanco de los ojos. Si un hombre cae, el que quede en pie debe tomar su arma. Milton, toma esta carta, envíala a casa si algo me sucede. Cavaremos una zanja en torno a este granero y verteremos en ella el contenido de las letrinas, eso los mantendrá a raya. ¿Elías, dónde está tu arma? No desperdicien munición en acabar con los heridos, liquídenlos con armas blancas. Aseguren cada disparo… El Museo de la Leña queda clausurado hasta nuevo aviso, ahora será convertido en enfermería… ¿Elías, llamas a este pedazo de chatarra un arma? Más agilidad, muchachos… puedo olerlos a medida que se acercan a nosotros. ¿Elías, cuál es la capital de Madagascar? Muy bien, muchacho, muy bien. Aprendan a estar preparados para todo, ¿me oyeron? ¡PARA TODO!…

¿CONTINUARÁ?

Anuncios

14 comentarios en “Alex Peligro™ en… No Hay Tiempo Para Explicaciones

  1. q mas y todavia le pones continuara jajaajajja muy bueno,como me he reido la neta muchas frases epicas lastima q matan a mauro, pero sera una invacion de piojos el enemmigo ,,,,,,,,,,,,,,,,,,,

  2. Ya no hay hombres como Alex Peligro. Sepámonos inferiores a tal osadía, sagacidad, supremacía estratégica e incomparable valor ante el peor de los enemigos: lo desconocido. Así quede escrito en nuestros epitafios: somos remedos del hombre al que llamaban Peligro.

  3. Jejeje, mi estimado, estás extendiendo al máximo al maldito del Alex Peligro. ¡Qué tiempos aquellos cuando intercambiábamos literatura y estupideces en el Planeta Paulina! Chale, estamos rucos. Sigue así mi estimado Cien Perros. Por cierto, Toñolele y público que frecuenta este espacio, les comento que el Aquiles, mi alter ego, ha publicado un nuevo post en su lugar, jejejeje. Los invito a pasiarse por el sitio y hacer los comentarios de rigor. Célula. Saludos mi coño.
    http://comosifuerabradpitt.wordpress.com/

  4. jajajaja Gavilan o paloma, Paquita la del Barrio, el control de Esfinter “una mano llena de dedos” me sonó a la canción pendeja de Kairo de “…con su sonrisa llena de dientes… ponme la multa…” jajajajajaja que pendejada

    Onomatopéyicamente “CLAP CLAP CLAP CLAP CLAP!!”

    Yo me imagino a Chanoc. FAIL

  5. Ese Alex Peligro si es un verdadero líder y no intentos, las frases que utilizaste de canciones muy conocidas estan de lujo, me encantan tus post, me hacen el día jajaja.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s