Son McMadas®: La Extraña Historia del Burger Avenger

Hace unos días dio la vuelta al mundo este video, donde vemos a una mujer inconforme con su orden en el acto de vandalizar un McDonalds…

La frágil damisela mostró su descontento en un par de ocasiones ante una hamburguesa con queso por debajo de sus estándares. Hastiada por la incompetencia del personal de cocina, solicitó el reembolso de su dinero, mismo que fue negado por el cajero. En represalia, la fémina levantó un recipiente con agua y vertió su contenido detrás de la barra de servicio. Prosiguió a derribar un contenedor con galletas, a arrojar una señal de piso resbaladizo contra un exhibidor y a derribar las tres cajas registradoras. El último acto motivó al empleado a amenazarla con llamar a la policía, una perspectiva que la animó finalmente a abandonar el lugar.

Por supuesto, las evaluaciones cortesía de los psicólogos con estudios en la Universidad Wikipedia no se han hecho esperar. Que si esta mujer podría tener un historial previo con miembros del personal de McDonalds. Que si hubo tensión racial de por medio. Que si el clima frío y el encierro prolongado en casa motiva comportamientos de esta índole. Bla, bla y una botanita de bla, en lo que llega la orden.

Yo comprendo, justifico y aprecio profundamente el accionar de la mujer del video. Y es que hay total empatía entre ella y yo. Nos une ese instante de hartazgo ante el mecánico accionar del sector servicios, incapaz de satisfacer las demandas más modestas del cliente menos exigente. Claro, cuando las demandas provienen de un cliente de pocas pulgas, en sus días difíciles o simplemente inmerso en el encabritaje extremo, la gota derrama el vaso con sorprendente rapidez.

Y es que… verán… yo he actuado así. Yo me he dejado llevar por mis emociones, cometiendo actos inexplicables de caótica venganza en un establecimiento de comida rápida.

Yo, Finísimos Lectores, fui alguna vez “El Burger Avenger”.

Todo comenzó hace como siete u ocho años. Un sábado por la mañana, mi esposa me pidió que la llevara al salón de belleza para cortarse el pelo (ella no podía conducir por razones que escapan de mi memoria). Ordinariamente hubiera accedido de buena gana a choferearla, pues acostumbraba darme una escapada a algún Sanborn’s cercano para ver revistas o discos en lo que despelucaban a mi señora. Pero en esa ocasión, estaba experimentando los albores de una cruda nivel 7.2 en la Escala de Drinker. La noche previa el tiroteo había sido intenso y prolongado, mezclando cervezas, whiskys variados y caldos de Rioja en un concierto etílico orquestado por unos buenos amigos.

Sólo que la Finísima Esposa no bebe una sola gota de alcohol. Bajo este insoportable estado de sobriedad, siempre ha sido incapaz de comprender los estragos de la resaca y sus repercusiones sobre mi personalidad habitualmente afable. Medio protesté ante la petición de llevarla, pero ya saben cómo son esas negociaciones matrimoniales. Acabé tomando el volante con ella de copilastre.

Eran casi las once de la madrugada cuando llegamos a su cita. Mi plan era el de quedarme en el auto, aparcado bajo la sombrita ofrecida por el rincón menos transitado del estacionamiento de aquella plazuela comercial cercana al Six Flag’s, misma que alojaba la estética en cuestión. Pero justo cuando ella bajó del coche, me dijo unas palabras que desencadenaron una serie de extraños acontecimientos:

“Oye, nos salimos sin desayunar… Tráeme algo, ¿no?”

El organismo del crudo no funciona de manera predecible. De hecho, suele ser altamente influenciable, quizá a causa de los remanentes de alcohol que aún corren por las venas del afectado y que terminan por oscurecer su buen juicio. Pese a que mi cuerpo me pedía dormir y descansar, la sola mención del desayuno activó mis jugos gástricos, enfrascándolos en cruenta batalla con el cóctel que aún chapoteaba dentro de mi estómago.

Tenía que comer algo. Pronto. Saqué el coche del estacionamiento y salí en busca de la papa…

Lo sensato hubiera sido recurrir a una fonda, un café de chinos o de perdida interceptar una bicicleta con tacos de canasta. Pero mi falta de familiaridad con la zona, restringido como estaba entre las pomadosas inmediaciones del Pedregal de San Ángel y el tráfico insoportable hacia Perisur y el Ajusco, me orillaron hacia un Drive-Thru. Un Auto-Mac, vamos, que es el término unitario que hemos elegido para designar todas esas ventanillas de servicio en el auto popularizadas por las cadenas de comida rápida, aunque no sean necesariamente McDonalds. En mi estado, temía hacer un numerito de crudo si mis pies abandonaban la relativa estabilidad del coche, así que me resigné a abandonar las esperanzas de unos picosos chilaquiles o unos tacos salseados sin ton ni son. McDesayunos, allá voy…

La McFortuna sería que se convirtiese en un puesto de birria...

El McDonalds más cercano a mi destino era el ubicado sobre Anillo Periférico Sur, a la altura de San Jerónimo. Sabía que mi mujer tardaría entre 40 y 45 minutos en el salón de belleza, que sumados al traslado me dejarían tiempo suficiente para desayunar mi Egg McHuevo y unas papas Jash Brauns en lo que ella estuviera lista. Me formé en el AutoMac, revisé rápidamente el menú y procedí a ordenar: “Dos McTríos de desayuno, plis, uno con jugo de naranja, otro con cerveza”.

No, ni ánimo de broma tenía, la verdad. Dos juguitos de naranja. Sólo recuerdo haber pedido muchos sobrecitos de cualesquiera fueran sus salsas más picosas con mi orden. Pero al terminar esta amable petición, me respondió la señorita detrás del altavoz:

“Ya no estamos sirviendo desayunos”.

En efecto, el reloj marcaba las 11:02 AM. Tuve un breve lapso de confusión, en el que mi cerebro simplemente no podía procesar el simple acto de encontrar un sustituto equivalente a lo que pensaba desayunar. Reitero, la mente del crudo también se ve afectada en su accionar, así que no lograba reemplazar los elementos del menú de desayunos con el del resto del día. Tras unos titubeos, en los que intenté recordar qué era lo que mi esposa pedía en McDonalds cuando llegábamos a comer ahí, al fin enuncié mi orden: “Un McTrío de hamburguesa doble con queso y otro de… de… ¿McFish, creo?”

McPez: más dañino que una cucharada de ántrax.

El caso es que me entendió. Repitió mi orden, corrigiendo mi aventurada hamburguesa con ingredientes marítimos (“McTrío de filete de pescado”) y proseguí a la ventanilla de pago. Me fueron entregadas las dos cocas con vaso sudadito de hielos, pagué lo de la orden y… a esperar.

“En un momento está su orden…”

Un par de minutos más tarde:

“Su orden está en un momento…”

Otra par de minutos después:

“Está en un momento su orden…”

Tres minutitos más pasaron, y casi estaba esperando la última variante de la frase, ahora estructurada Yoda-style: “En un momento, su orden estar… ¿Catsup en sobrecitos querer, hmmm?”

Pero no, la empleada en turno me dijo, con cara de exasperada:

“Oiga, ¿puede estacionarse allá adelante? Ahorita le llevamos su orden.” El impreciso uso de “ahorita” me empezó a preocupar. Eché un vistazo al retrovisor: ningún auto detrás de mi. “¿Te importa si me quedo a esperar aquí la orden? De todos modos no viene nadie en la fila.”

Hamburguesa doble con queso: aparentemente es complicada.

Mirada atónita de la empleada, como si le hubiera solicitado que me retorciera un pezón en lo que salían las hamburguesas. Primera lección, amiguitos: el sector servicios entra en modalidad “caos” cuando tienen que salirse siquiera tantito del script.

“Eh… no… no se puede… espere allá adelante, ahorita le llevamos el resto de su orden.”

“OK, ahora me muevo. ¿Sólo te puedo recordar que me des mucha catsup y mucha salsa picante con la orden?”

“Sí…” sin voltear a verme, por estar absorta contemplando un monitor suspendido del techo.

Avancé con el auto. En el interior del McDonalds, sólo dos mesitas ocupadas. Nadie ordenando nada. Y el AutoMac, vacío también. Pero me moví, al fin y al cabo.

Pasaron cinco largos minutos. Los ácidos estomacales despertaron abruptamente ante el aroma de grasas saturadas quemándose en las freidoras industriales. Aún nada de actividad o de clientes.

Yo seguía estacionado en batería, con las intermitentes encendidas, dentro de la zona de salida del AutoMac. En resumen, no estaba estacionado en un cajón del semivacío estacionamiento, pero tampoco hubiera afectado la salida de ningún vehículo que hubiera llegado a la ventanilla de autoservicio. Al menos este sitio me daba una perspectiva del interior del local. Mi mente empezó a entretenerse en imaginar el complicadísimo proceso de recalentar dos hamburguesas prefabricadas y colocar sendas cucharadas de papas a la francesa en sus recipientes de cartón…

“¿Puede proceder a mover su vehículo?”

Un elemento de vigilancia de estacionamiento, mal enfundado en un uniforme color camión materialista y luciendo una pasmosa semejanza con Jaimito El Cartero, pero rondando los 40 años, llegó a imponer su autoridad ante el pobre crudo tras el volante.

"Aquí está su orden fría e incompleta. Regrese pronto."

“Estoy esperando una orden. Está en un momento,” expliqué, recurriendo a la retórica del personal de McDonalds.

“Es que está estorbando.”

Nueva mirada hacia la fila del AutoMac. Más vacía que el cerebro de Enrique Garay.

“Pero no viene nadie.”

“Es que estorba.”

Inútil discutir ante alguien en inferioridad numérica, hablando de cromosomas. Moví el auto cuatro metros adelante. Vuelve el vigilante:

“Es que se tiene que estacionar…”

“Estoy estacionado. En batería. Y por atrás puede pasar otro coche, holgadamente…”

“Es que me regañan…”

Apelando a la lástima. Bien jugado, vigilante. Bravo. Decidí ahorrarle el supuesto regaño. Con el estacionamiento vacío, elegí un lugar que mostraba mi auto completamente en solitario frente a la ventanilla de entrega de comida del AutoMac. De esta forma, y aún atendiendo clientes, la mirada de la empleada en turno no podría evitar reconocer al cliente que aún esperaba el resto de su orden, casi diez minutos después de la primera promesa de entrega.

Pero no. Pasaron varios minutos más. Consulta al reloj. Entre los minutos de regreso y la eventual entrega del brunch (ya no desayuno), se acercaba la hora de ir a recoger a mi esposa.

De pronto sale del restaurante un empleado con una cara de pasmo total y una bolsa de McDonalds en mano. Evidentemente estaba buscando a un cliente del AutoMac que esperaba su orden. Y lo estaba buscando justo en el sitio donde yo había estado estacionado en batería, tan sólo un par de minutos antes.  El empleado mira el lugar ausente. Yo saco el brazo por la ventana, agitándolo frenéticamente para llamar su atención. No quiero hacer sonar la bocina del coche, pues el malestar de la cruda empieza a tomar proporciones Gomórricas. No hay éxito. El empleado mira la bolsa, el lugar vacío, la bolsa… Nunca se le ocurre que el auto que busca pueda estar en el único otro sitio lógico: el estacionamiento.

El empleado vuelve sobre sus pasos y entra de nueva cuenta al McDonalds.

Toño sufre. La cabeza está retumbando como si mi cráneo alojara un subwoofer durante la proyección de Transformers 2.

Vuelvo instintivamente la mirada hacia la ventanilla de entrega del AutoMac. No hay nadie. De pronto veo la silueta de la empleada, que aparece hablando junto al empleado de hace unos momentos. Ella asoma la cabeza en dirección al lugar donde ya no está mi auto (“Es que estorba”)… y tampoco decide pasear la mirada hacia otro lugar. Comienzo a temer que tanto el Golf de mi esposa como yo nos hemos hecho invisibles, o saltado hacia otra dimensión en un desgarre entre la continuidad tiempo/espacio.

Llega otro auto al AutoMac. Una enorme Honda Odyssey tripulada por una soccer mom y al menos cinco ruidosos escuincles. Está en la ventanilla de entregas, y el tamaño de su vehículo me impide ver a la dichosa empleada, así que no puedo llamar su atención. Estoy mareado. El enojo empieza a hacer presa de mi persona. Tengo un estallamiento emocional si acaso una vez al año, pero cuando ocurre suele adquirir dimensiones insospechadas. Temo que esta sea una de esas ocasiones…

¡Pero la Honda avanza hacia el sitio de espera donde yo estaba antes! ¡Su orden tampoco está completa! Muevo el auto nuevamente y lo manejo en reversa para situarme estratégicamente detrás de la soccer mom. Por fuerza tienen que volver a mandar al empleado idiota con la orden, ¿no?

Pasan un par de minutos más y vuelve el vigilante, pero le interrumpo de inmediato: “No voy a moverme de aquí. Estoy esperando mi orden, igual que ésta señora. Si viene alguien detrás y le estorbo, entonces me muevo”.

El vigilante retrocede, con expresión de sorpresa. Me deja en paz, de momento.

El empleado de antes sale del McDonalds otra vez. Pasa a mi lado rumbo a la Honda, y llamo su atención. Le digo que el vigilante me pidió que me moviera y por eso no me encontró hace un rato, pero que aún no recibo mi orden. Entrega rápidamente una bolsa a la señora de la Odyssey, y regresa trotando al restaurante, diciéndome que “ahorita” trae mis hamburguesas. Le recuerdo de la catsup y las salsas picantes. Asiente y desaparece con un “Catsup y salsas picantes, ¡claro que sí!” La Odyssey arranca y se va… Pero frena de inmediato, un metro más adelante. La soccer mom apaga su vehículo, desciende de él y cierra su puerta con fuerza antes de proceder al interior del restaurante. Está claro que algo anda mal con su orden.

Escena del McCrucis™

Y claro, empiezan a llegar más coches al AutoMac. Mi mirada va del espejo del retrovisor al lateral, de los autos recibiendo órdenes a la puerta del McDonalds, esperando que el empleado regrese con los víveres. Es obvio que voy  tener que moverme si no regresa pronto, pues en mi precaria posición detrás de la Honda sí impido la salida a los demás clientes del AutoMac. Y si alguien da un claxonazo, es probable que mi cerebro salga arrastrándose de mis fosas nasales, huyendo despavorido.

El coche de atrás está recibiendo su orden… ¡Y sale el empleado del McDonalds! ¡Es un final de foto! Pongo el auto en velocidad. Me entrega la bolsa de papel con mi orden como estafeta de revelos 4 x 100, justo en el instante que el auto detrás del mío comienza a rodar hacia la salida. Avanzo, evitando a la Honda estacionada, y meto la mano instintivamente a la bolsa de McDonalds, buscando a tientas la familiar forma de un envoltorio de hamburguesa.

Pero la hamburguesa no está ahí.

Detengo el auto y miro la bolsa. No hay más que una bolsa chica de papas a la francesa y una cajita de 6 McNuggets.

Y suena el bocinazo de un auto. Mi cráneo se siente como atrapado en un mezclador de pintura.

Muevo el auto hacia un lado, y el impaciente conductor del bocinazo me rebasa a lo Schumacher. Mi mirada va de la bolsa al reloj. Llevo más de 20 minutos esperando una xodida hamburguesa doble, un sangüis de pescado empanizado y dos órdenes de papas fritas. Hay algo podrido en el Reino de Ronald McDonald. Pongo la reversa y piso el acelerador con franca violencia, pero no puedo regresar al lugar de antes, pues la Odyssey sigue ahí y ya hay otro auto esperando su orden en mi lugar previo. Así que dirijo el coche hacia el cajón del estacionamiento que mira hacia la ventanilla del AutoMac. En cuanto llego a él, bajo el vidrio y grito en ésa dirección un “¡HEY!” a todo pulmón. La empleada lo escucha pese a tener encasquetado sus audífonos de controlador aéreo, y me voltea a ver con una expresión que parece decir: “Este güey me resulta vagamente familiar… ¿Fue mi profe de cómputo en el Conalep?”

“¡MI ORDEN ESTÁ MAL!” Eso debe aclararle quién soy. Después de todo no nos vemos desde hace, ¿qué? ¿24 minutos?

La empleada se asoma en dirección al área de espera del AutoMac, donde la Odyssey y otro coche están marcando espera. Evidentemente no me puede mandar a esperar en ese lugar. Desaparece dentro del local, aparentemente dirigiéndose a alguien más.

Momentos después, vuelve a salir del restaurante el empleado idiota, seguido de la señora de la Odyssey que avanza fúrica con un par de bolsas de McDonalds en mano. Pero el empleado no se dirige hacia el estacionamiento, donde estoy yo. Lleva la bolsa hacia el otro coche parado detrás de la Odyssey. Le entrega la bolsa. Se da la vuelta de regreso al McDonalds, pero el del coche se baja, mentando madres y devolviéndole la bolsa. Está claro que tampoco ésa es su orden. Porque es la mía, vamos.

En su tumba de Praga, Franz Kafka despierta de pronto y se pregunta si podrá solicitar ciudadanía mexicana en condición de zombi.

El empleado vuelve con mi orden al interior del McDonalds. Miro el reloj: La Finísima Esposa debe estar por terminar su greñiquiur, pues ya llevamos casi 30 minutos en este trajín. Miro a la ventanilla del AutoMac, pero la empleada está idiotizada en su monitor. Algo llama su atención, y adivino que se trata de su colega diciéndole que no está el coche de la orden pendiente. ¿Es una locura imaginar que podría estar, digamos, en el estacionamiento?

No aguanto más. Estoy a punto de sonar la bocina, pese al dolor de cabeza monumental. Al fin la empleada vuelve a asomarse por la ventanilla de entrega, confirma que no estoy estacionado en el área de espera, y al fin capta mis frenéticos manoteos desde el lugar donde estoy estacionado. Aclaro, no nos separan más de 15 metros de distancia frontal, pero aún así pareciera que tuviera una supernova a mis espaldas, pues le cuesta un trabajo titánico el mirar en esta dirección.

El empleado sale una vez más del McDonalds, con la bolsa en la mano. Camina con una lentitud indecible hacia mi auto estacionado. Yo intento respirar profundo. Me entrega la bolsa, que ya luce notorias manchas oscuras de grasa fría en los costados. Ni siquiera abre la boca, conformándose con dar media vuelta y regresar al restaurante, pese a mi mirada de incredulidad.

“¿Qué? ¿Así nomás?”, acierto a decirle.

Voltea a verme como si me hubiera dirigido a él en húngaro. “Esteeee… sí es su orden”.

No es pregunta, al parecer es afirmación. Abro la bolsa mientras él se va, y noto que, en efecto, es mi orden. Hamburguesa doble con queso, McMojarra Empanizada y dos órdenes de papas a la francesa.

Y todo está más frío que un teta de silicón.

David McDonald, ancestro de Ronald

Y lo que sucede a continuación, lo siento como en cámara lenta. Vuelvo a meter reversa y estaciono el auto en uno de los sitios marcados con “No Estacionarse” en el pavimento, justo a la salida del AutoMac. Bajo del coche. Llevo una hamburguesa doble con queso en una mano, y un McFilete de Pescado en la otra. Camino por el carril del AutoMac, haciéndome a un lado para que salga el auto que acaba de recibir su orden, pero plantándome frente a la ventanilla de entrega antes de que el siguiente coche pueda avanzar. Si este vehículo en espera decide sonar la bocina en este preciso momento, estoy 90% seguro de que me provocará una McAneurisma. Pero ya no me importa.

La empleada de la diadema con microfonito integrado me mira con desdén, diciéndome que está prohibido caminar por el carril del AutoMac.

La miro un par de segundos, sabiendo que no tengo un plan de acción definido. Pero estoy en mi propia Matrix de incompetencia, y soy Neo a punto de detener la lluvia de balas con la mano.

“Es broma, ¿verdad? Media hora para una orden en McDonalds… ¿No tienes que decirme nada?” Me mira, ahora ya notoriamente nerviosa. Pero no dice ni media palabra más.

En el reflejo de la ventanilla veo que se acerca el vigilante, y una de sus manos sostiene el mango de su macana vengadora, en ademán de estar listo para entrar en acción.

“Le voy a pedir de favor que no camine por el carr…”

“Te voy a pedir que te regreses a cuidar coches y no te me acerques más, ¿estamos?”

Nunca soy el valentón o el gandalla de la historia, pero es obvio que Jaimito sí se siente intimidado. Dudo mucho que hubiera podido someter a la soccer mom de la Odyssey, así que se echa para atrás. Vuelvo a la “empleada del mes”:

“Me tuvieron esperando como imbécil durante media hora, ¿y no tienes nada que decirme?”

Sigue callada, pero su respuesta eventual tras unos segundos de duda acaba por derramar el vaso: “Es que te cambiaste de lugar.”

No sé si fue el paso de “usted” a “tú”. O la presencia ominosa del cuida coches. O la cruda. Pero lo cierto es que de pronto tuve una epifanía. Claridad absoluta respecto a lo que tenía que hacer.

“No me puedo comer este xodido par de hamburguesas heladas… Y deberías reponerme el tiempo perdido, ¿no crees?”

Otra vez silencio, pues mis dos aseveraciones, aparentemente inconexas, escapaban a su proceso natural de razonamiento. Reanudé el interrogatorio:

“¿Cuánto te tardas en limpiar tu negocio?”

Ahora su mirada ya no es de confusión, es de examen sorpresa de trigonometría.

“¿Qué?”

Mala respuesta. Yo otra vez:

“Más fácil, ¿cuánto tardas en limpiar tu ventanilla? ¿O las puertas de vidrio? ¿Cuántos minutos?”

Persiste la mirada desafiante, pero es más débil. Dice un “no sé” casi inaudible. Concluyo:

“Ahorita vamos a ver cuánto, ¿OK?”

Y entonces procedo a embarrar los contenidos de la hamburguesa doble con queso en la ventanilla del AutoMac.  Y también los del McBarrita de Pescado de Dudosa Procedencia.

Y me sigo de largo. Doy dos pasos hacia mi derecha y sigo embarrando los cristales del restaurante… La puerta de salida… Otro ventanal… En todo momento vigilo el reflejo del cuidador y su macana, pero se encuentra parado donde lo dejé en un principio, sin saber cómo reaccionar. Termino de untar todas las superficies reflejantes del negocio que miran hacia la lateral del Periférico, y como colofón arrojo los maltrechos pedazos de hamburguesa hacia el área de juegos infantiles. La mayoría de los trozos de res, pan, pescado, salsa tártara, mostaza y catsup acaban esparcidos en la alberquita de pelotas multicolores.

Regreso al auto estacionado y salgo rechinando llanta (¡Maloteee!) rumbo al salón de belleza. Claro, mi esposa ya me está esperando, y se muestra desilusionada al ver que le ofrezco unas papas frías por todo desayuno. Pero en cuanto empiezo a relatarle lo sucedido, se ríe sin reparar en mi dolor de cabeza aún pulsante. De pronto manifiesta incredulidad, así que cambio de rumbo de inmediato para regresar a la escena del crimen, donde seguramente los empleados deben haber comenzado la labor de limpieza. A fondo, pues la labor de embarramiento fue intensiva. “Vamos a verlos limpiar, para que veas que sí sucedió.”

“No, no hay que dar más vueltas. Mejor llévame a comer algo.”

Creo que acabamos en Los Bisquets de Obregón.

Ese día nació, bautizado por mi señora, “El Burger Avenger”. Es un lado de mi personalidad que aflora muy de vez en cuando, reaccionando con exagerado enojo ante esas instancias donde el consumidor tiene que soportar, por enésima vez, la falta de vocación de trabajo de parte de quienes deben proveer un servicio al menos aceptable.

No me interesa escuchar sobre lo poco apreciados que son esos trabajos por la generalidad, lo mal pagados que están y lo mucho que se les explota. En la vida me ha tocado trabajar en muchos lugares, y algunos han sido mucho peores que lo que puede resultar un KFC, un McDonalds o un Pizza Hut. ¿Alguna vez han separado tornillería para armar paquetes en muebles prefabricados? ¿O repartido volantes en un eje vial a las cinco y media de la mañana? Exacto. Y esas no son las peores chambas que he desempeñado.

Por otra parte, mis buenos trabajos han sido contados, pero sumamente gratos. No obstante, uno debe desempeñar tanto los buenos como los malos con la misma ética laboral. La cultura de “el cliente es un ojete, así que voy a ser igual con el cliente” nunca nos lleva a ningún lado. Yo, como consumidor, suelo ser extremadamente comprensivo. Reconozco el esfuerzo que merece una buena propina, me dirijo a la gente con más educación que la que exhibo ante, por ejemplo, el clero. Y nada me da mayor gusto que felicitar a un gerente o cualquier otro mando medio para decirle el magnífico trabajo realizado por un empleado a su cargo, cuando la ocasión lo amerita.

Pero mi paranoia me impide quejarme del servicio en un restaurante si aún quedan platos por ser servidos (pienso en escupitajos, básicamente). Exagero mis precauciones antes de hacer reclamos, poniendo siempre las consecuencias de los mismos por delante con la idea de evitar que mi inconformidad genere mala sangre adicional al mal servicio.

De vez en cuando mi mujer requiere que yo tome el teléfono o la voz cantante para hacer una reclamación ante la incompetencia reiterada. Y siempre que me pide asistencia de este tipo, me dice “Acuérdate: Burger Avenger” para dictar exactamente la nota de indignación que espera de mi parte. A veces es necesario ser así.

Es por ello que yo no me río de la mujer que se puso loquita en el McDonalds y demostró su ira con total y absoluta exhuberancia. Al contrario, quisiera felicitarla. Todavía tengo esperanzas de que algún día aparezca en YouTube un añejo video de seguridad, mostrando a un güey que se puso monstruosamente pendejo en un McDonald’s de Periférico Sur. Me gustaría ver a ese inconforme en acción, estudiar si la reacción fue tan grande y enfática como me pareció en ese momento.

Pero más me gustaría ver a ese par de inútiles limpiando vidrios y quitando pedazos de hamburguesa de la alberca de pelotitas multicolores. Y ver cuánto tiempo tardaron en dejar las cosas como antes.

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46 comentarios en “Son McMadas®: La Extraña Historia del Burger Avenger

  1. jajajaja, pinche Toño Blasfemo, el Mc Crusis, Neta que pinche Mc Donalds es lo peor de lo peor de lo peor, por eso hay gente que termina aventandole granadas y vaciando los cartuchos de sus cuerno de chivo en ellos.

    Pero son bien mamones, no te dieron el pinche almuerzo pedorro, porque te pasaste dos minutos, y de seguro, por estar recogiendo y haciendo el disque inventario y dándole salida a lo que sobró, fue por lo que se tardaron en atenderte.

    No me preguntes por qué sé eso, ya, ya no insistas, no, no fui gerentillo, no, no acosaba a la Mc empleaditas mamacitas, no, no les arrimaba el camarón, no, no me corrieron por eso.

  2. Concuerdo con usted Licenciado, la paciencia es una virtud que pocos nos entienden. Pero la verdad en ocasiones como ésa, todos los gorrudos (que usan gorra pues) de esos negocios merecen ser empalados junto con gerente y vigilante(s).

    La única experiencia con satisfacción extra en un McDonald’s fue cuando me regalaron con mi orden dos pays de piña y un sundae de chocolate. La que estaba de gerente era mi prima, así que no hay mérito para el resto del personal.

    Si hubieras pedido algún helado, la embarrada hubiera sido épica.

  3. Ah… recuerdo haber escuchado ese relato de propia voz del protagonista hace ya algunos años… y sí, pareciera que en algunos McDonald’s es necesario contar sólo con dos neuronas para poder acceder a un puesto de atención al público. Ya no me enojo y cuando mi esposa me pide reclamar algo a alguno de esos elementos, le digo ‘Amor, mira, si el tipo (a) fuera inteligente, estaría trabajando en la NASA, pero no ¿verdad?…’

  4. Yo tambien tuve una experiencia parecida pero fue en un Wendys de Ciudad Juarez, en mi caso mi esposa y yo pedimos las hamburguesas adentro del local, y nos sirvieron rapido solo que frias, primero mi esposa muy diligente y muy cute, como es ella (a veces) fue y reclamo, los empleados tomaron las hamburguesas le dijeron que le harian unas nuevas y se las llevaron a la cocina y nos las devolvieron en alrededor de 5 minutos y hasta con un postre gratis para el desagravio, pero cual sera nuestra sorpresa que al abrir las cajitas de la hamburguesa vimos nuestras mismas hambuguesas mordidas lo cual no nos molesto mucho, lo que si nos molesto fue que las hamburguesas habian sido calentadas en microondas asi que solo estaban calientes por encimita y en partes, asi que ahora fui yo quien se paro a reclamar ya menos cute y diligente que mi esposa asi que esta ves mi queja no fue muy bien recibida por el empleado de la caja asi que pedi hablar con el gerente el cual solo pudo decirme que no siguiera quejandome que de todos modos las hamburguesas no me saldrian gratis, acto seguido dos hamburguesas volaron por la cabeza del gerente de turno, el cual las esquivo como Bush al zapatazo. Y mi esposa y yo abandonamos el local asi sin mas, cabe decir que no hemos vuelto a un Wendys desde entonces, En otro tema yo el jale mas culero que he tenido a sido y recortar alambres de abanicos plasticos para refrigerador.

  5. Pinche Toño jaja, muy buena, cuando leí lo de la embarrada me quedé ¡¡O_o!!, pero pienso que yo hubiera hecho lo mismo, o algo similar. Si hubiera estado en la situación de morfra quizá le hubiera pedido amablemente al tipo que se acercara para asegurarme que las hamburgesas le quedaran de sombrero 😛

  6. Ahhhh, la rama “comida rápida” del sector servicios, mi antítesis.

    Sr. Sam Pérez yo de verdad quería enojarme con Usted a lo largo del texto, pero observaciones como “inferioridad numérica, hablando de cromosomas” y otras varias me lo impiden, me he carcajeado muchísimo, por otra parte agradezco las fotos, la verdad es que el efecto” Super zise me” se me pasó hace algunos añitos y me urgía un incentivo para pararle a esa bazofia.

    Sin embargo, con todo y el mencionado incidente, considero su personalidad completamente afable, me explico:

    Si esta historia no hubiera sido hace 7 u 8 años juraría que la soccer mom era yo (mmm y si la soccer mom hubiera traído un coche mas cool.) Me ubico perfecto revisando la orden, bajándome, azotando la puerta etc. etc. Pero revisar orden ya es la parte final del caos. A mí me sorprende que en ninguna comida rápida puedan tomar la orden bien a la primera, y sobre todo que los prestadores de servicios no escuchen y claro, se apaniquen si hay que salirse del guión, así, mis solicitudes suelen ser cortas y precisas:

    -Por favor un paquete de Big Mac con coca de dieta (75 calorías ahorradas son 75 calorías ahorradas) nada mas, eso es todo, gracias.

    Aún así no funciona, la respuesta siempre es:

    -¿Desea agregar algo más?

    Y cuando respiro profundo y digo “nnnaadddaa mas, eso es TODO señorita” lo que sigue es peor:

    Yo: ¿Lleva catsup y jalapeños?

    Ellos: Si, uno de cada uno

    Yo: ¿Me puede poner más?

    Ellos: ¿Cuántas bolsitas más quiere de cada uno?

    En alguna época de mi vida a mis amigas de la universidad y a mi nos daba por decir: 24 ó 19 o en una de malas 321. Se nos hacía muy mal servicio que nos escatimaran el (¿la?) catsup.

    Hace poco igual, en la ventanilla de entregar la orden me dijo la señorita “por favor avance y le llevamos su orden al auto” mi respuesta fue: no (y sí había fila) no y no porque si estando en la fila estorbando -por su culpa- no se apuran, pues aventada al final del estacionamiento menos.

    Finalmente concuerdo con lo de que no es cosa de tratar bien o mal a un empleado por tener ese trabajo, mal pagado etc. Cada quién tiene un trabajo el que sea, el mio alguna vez fue hacer discursos y si estaban mal hechos me los aventaban (fiiiuuu que nunca pasó pero era mi terror poner una cifra mal o algo así), el de los que preparan hamburguesas es hacerlas bien, es exactamente lo mismo una chamba que si está mal hecha tiene que ser reclamada.

    Por eso cuando digo cosas como: “Joven, como se nota que Usted no es el dueño del Banco porque si lo fuera no me estaría tratando tan mal” o “Ya no voy a hablar con Usted, quiero hablar con el gerente” lo digo del peor modo que me sale.

    Por cierto, del tema del tú y Usted no puedo ni tocarlo porque la gente se rie de mi.

    Ah y leyendo el comentario de Pacasso me acordé de una vez en alguna base de la NASA (me han hecho ir a todas) nos dio un paseíto un chavo de unos 280 kilos, lleno de acné, pelo chino rojo y lentes, eso sí muy acicalado en su overol de la NASA y me dijo mi esposo, que tal ese chavo, seguro llega a un bar, busca a la más guapa y portando su credencial le dice “hola trabajo en la NASA” (para él eso significa ligue seguro).

    Jaja Toño, excelente post! iba a empezar a trabajar temprano hoy pero mejor cumplo aquí primero.

  7. Señor Sempere, total acuerdo con usted. Todo trabajo debe desarrollarse con el mismo impetú y empeño ejemplar, sea el mejor o el peor trabajo del mundo y con enfásis especial, el del sector servicios.

    Yo he tenido varias historias con estos personajes, pero la primera que recuerdo fue hace casi 10 años, en el Cinemark de Irapuato, capital de las muchachas fresas. No recuerdo la película pero el chiste es que estaba mi hermana la más chica en la fila de las palomitas y yo a un lado pero no tan cerca para no estorbar y al momento llegó una amistad y ya sabe saludo, el como estas, que te has hecho, bla, bla, bla.

    Siguiente a esto, mi hermana procede a acercar a mí sin palomitas ni refresco y mi cara de what happen, se convierte en la rito de transformación de Moon-Ra, el inmortal. La razón: el wey que estaba adelante de mi hermana era una cosa de casi 2 metros y unos 200 kilos y mi hermana es un simple popotito. Fácilmente de esconderse con un wey de semejante espesor. Y el encargado como nunca la vio, dijo que no estaba formada acto por el cual no la atendió y la sacó de la fila, a pesar que la persona que estaba atrás de mi hermana insistió en que mi hermana estaba formada.

    Inmediatamente me dirijo con mi hermana para que me señale al empleado del mes, y al llegar reclamo la situación señalada. Afortunadamente gracias al espléndido servicio todavía se encontraba la señora que apoyó a mi hermana y cuyas súplicas fueron ignoradas. Y la respuesta fue la misma pero ahora en un modo agresivo e incluso burlón… lo cual se le bajó, cuando con mi intrepidez de gato montés (ajá) brinque el mostrador para enfrentarlo. El wey este, nunca creyó que fuera a tomarme tan en serio el asunto e inmediatamente sin decir más, pidiendo permiso que no necesitaba a la gente que estaba formada nos atendió rápidamente.

    Pero los chismes, corren más rápido que la gente cuando regalan cosas en la calle cuando hay elecciones. Alguien le avisó al Gerente, lo que estaba pasando. Y gritos y más gritos. Y oh! sorpresa… El gerente resultó ser un ex-compañero de secundaria, con el cual me llevaba de pelos y apretones de pezón. Acto seguido, regaño al empleado y orden de ir a la oficina inmediatamente. De ahí en más, volver a brincar la barra y retirarse a la peli con su respectiva dotación de palomitas y refresco. No supe más del empleado y además creo que no volví a ir a ese cine.

    Tengo anécdotas más locas, pero esa fue creo la primera de mi lucha contra el pésimo servicio. Y continuará…

  8. pues a mi nunca me ha pasado eso, afortunadamente…

    pero si me hubiera pasado algo como a ti creo que no hubiera tenido la paciecia de embarrar por doquier… mas bien hubiera sido como un zapatazo o de sombrero 🙂

    jajaja el mc crusis es la onda, porque aunque me dan mi comida calientita…a veces si hay mucha gente espereando

  9. Reí con ganas, creo que este es un tema recurrente porque todo mundo ha sufrido alguna vez el mal servicio de laguna cadena de comida rápida, solo que no se por qué me imagine al “hombre pay” en todo su esplendor.

    Me pasó una vez en el macdonals que esta en la autopista Acapulco Cuernavaca, ahí en Chilpancingo, tres chiquillos con hambre, mas mi esposa y tu servidor, y el pendejo de la ventanilla no puede despachar… 15 minutos despues recibí mi orden, valiendoles madre mi indignación y todo el poder de mi claxon.

    El punto del trabajo, aun mal pagado, es que tiene que hacerse bien, si no te gusta renuncia, pero si estás en eso de vender comida rapida, pues hazlo rapido y bien o dejalo.

  10. Yo cuando he tenido que tratar con un empledo o un cliente difícil, prefiero dejar que el otro pierda los estribos, no yo. Hasta el momento, al menos.

    Con quien sí tuve un enfrentamiento reciente fue con un vigilante de centro comercial, cerca de donde trabajo. Fue una vez que no había lugar para estacionarse en la sección donde estábamos mi chava y yo, así que en vez de irme hasta el fondo de la sección y dar vuelta en U a la siguiente, vi que había un lugar al que podía acceder si daba vuelta a la izquierda, metiéndome “en contra” unos 5 metros.

    Los estacionamientos oficialmente no tienen ley vial de sentidos de circulación, y están diseñados para tener la amplitud de dos sentidos en caso de que se tenga que maniobrar de acuerdo a la saturación de los mismos. ¿De acuerdo? No tienen una patrulla municipal y una policía efectiva. Y menos un centrito comercial como el que digo.

    Así que para tomar ese lugar dirigí el auto hacia la otra sección, cuando uno de los vigilantes, en cuatrimoto, se me plantó enfrente, y me dijo a señas que no podía pasar. Que me tenía que dar la vuelta completa o algo para llegar al cajón que tenía casi frente a mí. Pues no me quité, y él no se quitó. Apagué el coche, a ver si él tenía más tiempo que perder que yo. Pero no se movía. Mi auto contra su moto, ahí en un duelo inerte y de miradas fijas y encabronadas. Le dije a mi chava que se bajara al cajero automático (que a eso íbamos) y que yo la esperaba ahí, o en un cajón cercano en cuanto ese hijo de puta enano naco pendejo subnormal malpagado cara de perro en moto con ínfulas de autoridad vial no oficial se quitara de mi vista y de mi camino. Ella ya estaba toda tensa y me trató de convencer de que no le diera importancia y me quitara de ahí, total, dar la vuelta me tomaba una nada de tiempo y de todos modos solamente necesitaba un par de minutos. Cierto.

    ¡Pero no! Yo estaba defendiendo un ideal, un principio y mi voluntad inquebrantable de no ceder jamás ante nadie por nada mientras no pusiera a otros en peligro real. Y le dije, calmado, que no se preocupara, que fuera a atender lo de su dinero, que yo no estaba enojado, sino simplemente tan concentrado en no cambiar de parecer ni de lugar, que no pasaría de quedarme ahí. Con precaución, me dijo que no le gustaba verme así, mientras bajaba con la tarjeta.

    Cuando regresó, prendí el coche, y tenía la disyuntiva de tener que echarme atrás y efectivamente dar toda la vuelta que me había negado a recorrer para llegar a la salida, o pasarle por encima al pendejete en cuatrimoto, quien estaba hablándole por el walkie talkie a absolutamente nadie que lo haya ido a respaldar, mientras a su alrededor el tráfico sucedía sin su dizque vigilancia.

    Pero ni di la vuelta ni le eché lámina al tipito. Me eché en reversa, y con toda la intención de emputarlo, le eché las luces altas al chango ése mientras me metía a la avenida, saliéndome por la entrada. Y el poli de centro comercial (sin macana ni pistola) se la peló, pues su jurisdicción no se extendía a las calles reales, y de todos modos nunca se bajó de su moto para tener la decencia de cruzar palabras conmigo. Pinche gente terca.

  11. Aprendan a no comer en un McDonald’s señores, por lo regular para satisfacer mi voraz apetito recurro a puestos de tacos, tortas, el mercado fondas o restaurantes. Como en mi rancho no hay cadenas de comida rápida no he sufrido uno de esos ataques y como acá hay un puesto de tacos o tortas en cada esquina pues por la comida no hay pedo, además que no soy un fanático de las hamburguesas.

    La única cadena de comida que gozó de mi consumo fue la de la taquería La Oriental en Puebla en mis épocas de estudihambre, pero es una cadena conocida por su buen servicio y mejor comida.

    En cuanto a mis chambas cutres, están el repartir volantes por toda la ciudad, pegar anuncios de “Se solicita” en pueblillos olvidados por la mano de Dios y de los presidentes municipales, cargador y sexo… ah no esa no.

  12. Ok, como podemos esperar que un servicio sea bueno si es rápido y “barato”. Pero ¿que me dicen de los lugares donde la cartera (al menos la mía) se queda espasmada con solo decir Italianni’s?

    Se supone que si no es rápido ni barato al menos es bueno. Pero, resulta que a mi sra. esposa le encanta el lugar, así que procedió a pedir un pedazo de carne cuyo numbre no recuerdo pues yo suelo ordenar en función del precio.

    Despues de un bueeen tiempo de espera llegan nuestros platillos que procedimos a degustar gustosamente con el hambre acumulada. En mi caso difícilente puedo distinguir el sabor entre un buen filete y una llanta de refacción, pero como ella tiene papilas gustativas al primer bocado no le pareció adecuado el término de la carne o algo así. Y eso que no es muy exigente ni pedante o cosa por el estilo.

    Solo le indicó al mesero que había ordenado término medio no Por lo que el mesero procedió a llevarse el plato. ¿Acto seguido? pues nada, pasaron unos 15 mins durante los cuales se empacó la lechuga hasta que trajo el postre que había ordenado previamente.

    Del platillo en cuestión no hubo disculpa, excusa ni mucho menos reemplazo o promesa de que lo harían mejor la próxima ocasión; la pasta que acompañaba al corte, la cual si estaba buena ya no regresó. No somos muy quisquillosos así que nos hicimos olas ni nada. Y vaya que me contuve las ganas cuando del platillo del que ya no supimos nada, lo volví a ver pero en la cuenta.

    Menos mal que casi no se tardaron en cancelar los casi $300 de la cuenta el mentado platillo que fue abducido por el mesero que obviamente no se llevó propina de mi parte pero sí una gran y susurrada mentada.

  13. Jajajaja que cagada anecdota. Una vez mi padre exploto de manera similar fue muy cagado verlo perder la compostura, todo porque la hamburguesa no se veia como la foto, osea una replica de la escena esa donde Michael Douglas se vuelve loco (disculpen mi amnesia selectiva hizo que se me olvidara el nombre de tal filme)

    Deja recuerdo alguna cosa similar y regreso.

  14. Yo detesto Mcdonalds, y mi esposa adora McDonalds, asi que normalmente no vamos a establecimientos sino a plazas donde haya zona de fast food y asi ella se como se hamburguesita de guacaladonalds y yo cualquier otra cosa, al momento nuca he ternido episodios de ira asi como Toño, tengo casi-infinita paciencia, cuando recibo un mal servicio sencillamente no vuelvo al lugar, rezo a Baby Yisus que no se me agote la paciencia por que me cae que Hulk protagonizando Un Dia de Furia seria nada en comparacion de uno de mis enojos… por eso no me enojo, me conozco…

  15. Resumiendo, Todos los Finísimos Miembros odiamos Mc Donalds.

    Que se lleven sus pinches hamburguesillas de soya, grasa y fécula de papa a la chingada al otro lado, Gringos go home!

    jajaja pinche Verte, ya me imagino, con la mirada de intensidad relajada, de el bueno, el malo y el feo, mientras pasa la rodadora y la tonada clásica ♪ aaa a a á a wua wua wuá♫

  16. tambien los del estarbock son re mamones, desde el momento en que pides un cafe grande y te ven con cara de pinche naco, pidelo con el nombre correcto, como si ellos fueran licenciados en lengua y literatura…

  17. Definitivamente es de las mejores anecdotas que he leido, y es que es todo tan pero tan veraz, que parece como si lo estuviera viviendo mi estimado Toñoñonnn… McDonald’s es la porcion de zurrada mas grande de comida rapida en todo el mundo, y no solo me refiero a que es la cadena de comida rapida con mas “sucursales” en todo el planeta. Comparto tu enojo y no solo con estos imbeciles, tambien con algunos meseros que toman mal tu orden y hasta en los restaurantes mas “popof” y de alto pedorraje como Arroyo, Enriques, El Lago, El Campanario, etc…

    Entiendo que es una labor dificl aquella de ir de mesa en mesa como servidumbre de Luis XIV, preguntando que se le ofrece al señor – y para los jovenes y niños, “señorito” -, soportar errores en los pedidos, en las cuentas, etc., pero tambien no falta el mesero pendejo que se tropieza con un vaso de agua muy seguido y te mancha… no falta el que toma tu orden mal (y para colmo te dice que el del error fuiste tu, y se escuda en eso) y quiere llamar al encargado de meseros o incluso el gerente de dicho restaurante para armar el pancho del siglo…

    Pero en fin, no nos queda mas que seguir consumiendo comida “prefabricada”, si no, ¿quien alimentaria nuestros estomagos estresados y vacios por tanto trabajo exhaustivo?… a sufrir se ha dicho en una ciudad tan caotica como esta; Toño sufre… Lord Celextus sufre… todos sufren.

    Atte: Lord Celextus Vark Betixberguer

    PD: El video de la “seño” enfadada es de lo mas gracioso; si hubiera estado en el lugar de los asolescentes a un lado de ella, no me hubiera podido dejar de reir aun frente de dicha obesa.

  18. Nunca he tenido algún problema de esos en las cadenas de comida rápida porque no la considero comida, prefiero tacos de canasta que hamburguesas del McDonalds, toda comida de esos lugares nomas me da mala espina y quien se podría llenar con una hamburguesa de ese lugar?, las galletas de animalitos son mas grandes que esas madres, pero eso si, solo para variar una vez al año para la maldita cajita feliz, solo porque lo exigen los monstruos de la casa, pero evito esos lugares como la peste.

  19. Recordé “Un día de furia” con eso de que llegaste 2 minutos después de que ya no sirven desayuno (creo que es la película que dice el sir). A mi aún no me toca un servicio tan tan malo, supongo que tengo suerte

  20. te voy a robar la de 7.5 en drinkter

    pues creo q todos emos pasado por un rato asi

    \te recomiendo los tacos de canasta en as mananas en boulevar de la lyz y periferico casi en donde esta la subida al segundo piso

    yotrabaje en walt nmark y a neta muchas veces no son los empleados los q la cagan son los jefes pq te tratande la madre (me renunciaron pq le dije a msi dos jefes) eres un pendejo ignorante em como se debe de estibar la fruta y tu eres una pinche vieja chaparra q no sabe ni escriir y aparte eres culera y varias linduras mas y claro me sacaron de ahi luego posteo la historia

  21. Afortunadamente no me ha pasado casos de estos en la comida “rapida” pero recuerdo que hace poco me discuti con un “guardia”: resulta que en Diciembre Villahermosa se colapsa en las ventas nocturnas (que crisis ni que nada, la gente tenia pa’ gastar) y pues los estacionamientos de las plazas estaba llenisimos excepto los de una plazita nueva (Plaza Estrada) asi que me dirigi en mi chevito a estacionarme y el tipo me pregunta que si a que establecimiento voy… yo le conteste que a los gelatos (la novedad en Villa) y me dejo pasar. Despues que me compre el helado resulta que me hago tontita y me salgo por el otro lado del estacionamiento y que me alcanza el dizque guardia y me dice que no puedo salir de ahi, que si voy a alguna tienda de la otra plaza me tengo que salir con todo y carro!!! Logicamente le dije que era un pobre imbecil, que yo ya habia consumido (por lo menos un helado) y que adonde yo fuera caminando no era su bronca, finalmente me fui y regresé quitada de la pena a mi carro, no sin antes recordarle a su progenitora… Que opinan???

  22. MIGUEL ARALUCE: +1 por confesar tu pasado como gerentillo de Carroñalds.
    ARCHANGEL: Creo que la salsa tártara de la McMojarra es peor que el helado, pero quién sabe…
    PACASSO: Ahora que lo pienso, nunca te he visto encabronado. ¿Tus superiores del planeta natal no te programaron esa emoción antes de mandarte para acá?
    MORFRA: Grande el lanzamiento de hamburguesa hacia el esquivo gerente!
    STORM: Eso hubiera ruleado: toda dulce y buena “¿podría acercarse tantito?”. Y luego: JUSTICIAAAAA!!!!
    BBERRYSTOP: Y cuando les dices “Ya no voy a hablar con Usted, quiero al gerente”, te responden hablándote de tú, ¿cierto?: “Pero no te alteres, amiga”.
    B.I.G. SAGA: Gran anécdota. Y es posible que yo haya sido el mastodonte que ocultaba a tu hermana. ¿Porqué no me saludaste, guey?
    LAURAFINISIMA: Me muero por ver a una mujer chancleando a un mal empleado. Algún día…
    VICTOR216: Algo anda mal en esos McDonalds carreteros. Yo casi me muero después de comer en el que está afuera de Querétaro…
    VERTEBREAKER: Yo estaba defendiendo un ideal, un principio y mi voluntad inquebrantable de no ceder jamás ante nadie por nada mientras no pusiera a otros en peligro real. ¡Amén! Eso lo resume todo. Y en el renglón del enfrentamiento, creo que sí voy a terminar mi guión de “El Bueno, El Malo y El Zombie”, pues noto que a nadie la gusta echarse encima ser “El Feo”…
    NAUFIG: Creéme que en el mundo ideal prescindiríamos de ellos, y en México casi es posible. Pero nada más dime cómo hacerle viviendo en Miami. Allá no hay bicis con tacos sudados, man… Es gacho…
    PHOTON: ¿Pues que no leíste que estaba alejado de mis rumbos familiares, en áreas donde escasea el changarro de lámina? En mi estado tampoco tenía la mente muy clara…
    XUY: Grave caso el de Italianni’s. Cuando había uno solo en México (en Altavista), el servicio era decente, pero es obvio que la calidad se diluye con la expansión. La lección es alejarse de esas cadenas y franquicias, regresar a lo básico.
    EL SIR: ¿Tú papá es Michael Douglas (D-Fens) en Falling Down? Ahora lo entiendo todo.
    KYLEDRKNS: Créeme, yo me encabrito una vez al año, a lo mucho. Quizá la cruda + el hambre + el mal servicio desató la tormenta perfecta. No me he vuelto a poner pendejo a ese nivel. Creo.
    MORTERO: Sí, confieso que soy un escritor alcohólico atrapado en la psique de una señora negra alebrestada en Washington DC. Abrazos, bro!
    GABO: Gracias por su visita y sus recomendaciones en FB. Usté sí es finísimo de verdad, no como uno. ¿Porqué ya no twitteas?
    LORD BETIXBERGUER: En una de esas les cuento la anécdota en que la Finísima Esposa y yo nos encomendamos al creador creyendo que nos íbamos a morir después de cenar barbacoa de Restaurante Enrique. Bad shit. Literalmente.
    RYU75: Creo que el peor taco de canasta supera a las mediocres hamburguesas del Payaso. Y mira que he comido tacos de canasta de dudosísima procedencia…
    IXTEPAN: No tienes suerte. Es cosa de que salgas más seguido y creéme, te sucederá algo similar.
    PACO&MOLOTOV: Sí, prefiero al creepy reyezuelo del Mugrer King que al payaso pederasta. Aunque la Whopper Doble debería incluir un vale de descuento en unidades coronarias con cada hamburguesa….
    FERRARI1: Imagino que Walmart también es una fuente inagotable de anécdotas. De hecho, cualquier autoservicio a gran escala. Y los Oxxo, 7Eleven, etc…
    TABASQUEÑA: No xodas la lógica de ese imbécil! Opino que le hubieras puesto el cono de helado en la frente al terminar, como unicornio comestible!

  23. Hey!! Todos ustedes queridos miembros han sido muy elocuentes con sus experienciiiiiias.
    Pero temo decirles que no han tomado en cuenta que tambien existen clientes imprudentes.
    Como aquel que llego al Blockbuster a gritonearle a mi querida subgerente solo porque andaba, como decirlo, pasado de tonayas en pleno sabado de gloria.

    • ROJASCONBOTAS acaba de tocar un punto clave (y me extraña que nos haya tomado tanto tiempo llegar a él): los clientes también pueden ser un dolor de gónadas. Cuando voy a un restaurante suele tener un alto grado de tolerancia para la gente que hace ruido en la mesa de al lado, o que tiene niños pequeños que corren por todo el lugar. Pero me pone enfermo que alguien trate mal a los meseros. El problema es que hay mucho acomplejado que cree que por los tres pesos que está gastando tiene derecho a tratar a la gente a su servicio con estándares de esclavitud. ¡Creo que eso merece un post aparte!

  24. Rojasconbotas y Toño, ese es justo mi punto cuando le hablo de Usted a todo el prestador de servicios, así le lleve yo 20 años. Se me hace mucho más digno decirle a cualquier persona: “Joven le pido un café por favor” que “Oye traéme un café” lo segundo es traerte a la gente de tu gato. Sin embargo por causas que no entiendo la gente se ofende cuando quiero que nos hablemos de Usted. Sabrá Dios!

  25. Te quedaste corto, mínimo un sape al pendejete empleado.
    Los morena del video tiene razón en tronar, en Mc Roñas el servicio es tan pésimo que la comida.

  26. Pingback: Jornada Corrupta « Finísima Persona

  27. Pingback: Ficcionario Nakipédico® de Finísima Persona™, Vol. 1 « Finísima Persona

  28. disculpame pero eres pesimo para narrar algo quieres dar a notar u conocimento pero mas bien pareces una mezcla de (friki , universitario,niño de 10 años, perdedor ) para narrar un acontesimiento decis utilizas frases que suenan bien pero no son bien ubicadas en una lectura informal mas bien es un dolor de cabeza leer u articulo.. con razon te trataron asi en el mac

    • Discúlpame tú. No sabía que te provocaba dolor de cabeza una lectura con palabras más allá de tu vocabulario de parvulito. Regrésate a vivir bajo tu puente, remedo de ‘troll’ desprovisto de ortografía y gramática básicas. ¡No olvides pasar por nuestra tienda de regalos!

  29. Críticas constructivas: Lamento decir esto pero tenías parte de la culpa, cualquier persona hubiera tocado el claxon, quien te manda a ir crudo manejando por la ciudad? haces mal, imaginate que el tipo ese jaimito cartero cuarenton hubiera tenido un arma de fuego y tambien hubiera acudido crudo, estarias 3 metros bajo tierra en este momento, piensa en tus hijos antes de actuar, nunca sabes con que tipo de gente te vas a topar, Critica numero 2: Exageraste en tu narración, es cierto que hay que ser detallado, pero si lo eres en exceso haces que uno se canse o se aburra, y considere dejar de leer o irse a otro articulo o pagina, recuerda que estas haciendo una entrada de un blog, no una novela, PD: puedes criticar mi ortografia, ya que odio escribir acentos en internet, y no respeto mayusculas y minusculas, pero solo en internet, saludos

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