Una probadita…

Suicidegun

NOTA DEL SAM PÉREZ:

Hola, Finísimos: No tengo tiempo ni de presentarles excusas por la falta de actividad de los últimos días, tan sólo les puedo decir que se ha combinado una avalancha de chamba con la recta final de mi proyecto de experiencia profesional, así que el blog ha pasado a tercer término. Sorry.

Sin embargo, en desagravio, una sorpresita que espero les guste. Llevo un rato trabajando en una novela, así que decidí presentarles un extracto de la misma, para que tengan algo que leer y comentar que no sea mi huevonez reciente. No está pasado todavía por corrección, así que perdonen los acentos y dedazos que puedan hallar.

Aún no les puedo decir el nombre de la obra ni la temática, pero sí que este capítulo (el número IV, de hecho) muestra a uno de los dos protagonistas principales pasando por un muy mal rato. Y les recuerdo que el ritmo de lectura es propio de una novela, así que no esperen mis acostumbrados gags y chistoretes idiotas cada dos renglones. Espero les agrade…

IV – Metálica…

A fin de cuentas, el sabor no era tan malo. De hecho, no muy diferente del resabio provocado por la sacarina. Remitía de inmediato a esos primeros intentos de “refresco dietético”. ¿Cuál era la marca? La lata era roja, las letras del logotipo amarillas. ¿Pero cuál de los dos elementos daba el sabor metálico de aquellos refrescos? ¿La lata o el endulzante? ¿La gallina o el huevo? Porque el sabor “a lata” también era muy peculiar. Pero este no era el sabor de lata. Era más dulzón, el olor más penetrante, más nauseabundo. Olía un poco a fosa séptica, a letrina. Mejor retirar un poco los labios del metal, no fuera que, aparte de todo, el vómito llegase a completar el penoso cuadro. ¿Importaba? ¡Claro que sí! Una cosa era irse, pero otra muy distinta era irse limpio, digno. O al menos todo lo limpio y digno que fuera posible, bajo las circunstancias.

Un ruido lo sacó de sus reflexiones. Extrajo el objeto metálico de su boca y puso atención. El sonido era de la puerta de entrada, abriéndose con fuerza. “Quien quiera que sea, trae prisa”, pensó. En efecto, se escuchó el agua del lavamanos correr brevemente. Una pausa breve, no más de cinco segundos. Después, el inconfundible sonido del cepillo de dientes presuroso, frotando con vigor la dentadura del misterioso visitante. Otra vez la puerta, y luego un intercambio de voces revelador:

– ¡El buen Willy! ¿Qué pues? – El tono casual y jovial del nuevo ocupante de los sanitarios indicó, salvo confirmación visual, que el idiota de Yáñez había llegado puntual para su meada de las 3:15. Néstor volteó instintivamente a ver su reloj. Casi puntual: las 3:17 P.M. O sea que él llevaba ya más de 10 minutos encerrado en el gabinete, y Yáñez no era tan puntual como decía ser.

Los siguientes sonidos fueron aún más característicos. Las primeras notas de un chorro de líquido azotando el fondo de un mingitorio, y un escupitajo en el lavabo, seguido de la salutación del experto en higiene bucal, Wilebaldo (no, “Willy”) Carrasco.

– Pus aquí, namás…

Nestor pensaba en lo que sería peor: ¿llamarse Wilebaldo o aceptar que se dirijan a uno con un hipocorístico tan imbécil como “Willy”? Gran dilema. Peor aún, no se trataba ni siquiera de un “Willy” anglosajón. Era más bien un “Güili” seco, arrastrado… ¿apropiado? Al menos podría decirse, a favor de este “Güili”, que se preocupaba por traer los dientes limpios.

Tab.

Tab era la marca de esos refrescos dietéticos. Néstor Del Valle recordó el sabor con toda claridad, así como su contexto. Un día de calor. Vacaciones, quizá. Acompañando a su flamante esposa a Gigante para hacer el super de la semana. La sed abrazadora de un día de calor en el Distrito Federal. Néstor paseando la mirada por los refrigeradores del supermercado, en busca de la sección de refrescos enlatados. Al encontrarla, hileras eternas con las marcas habituales, pero él – ¡Qué imbécil! – eligió un refresco “nuevo en el mercado”. La lata roja con letras amarillas ostentaba una leyenda que anunciaba algo como “el primer refresco bajo en calorías”. ¡Cuánta curiosidad! Y ese primer trago, interminable. Líquido frío embadurnando la garganta hirviente, hasta el punto en el que el gas irrita demasiado, suspendiendo la ingesta. Y de final, el sabor metálico, asqueroso. “A centavo”, diría su esposa al probar la bebida. Pero no era ese el sabor exactamente. Algo peor. Así debía oler el casco de un soldado en plena batalla. O la tubería de cobre que alimentaba de agua a un viejo W.C., en un gabinete como éste. O el cañón de una pistola: desagradable, metálica, fría. Néstor acercó nuevamente el cañón a sus labios, pero sin llegar a tocarlos del todo, el oído atento a la insulsa conversación que sostenían Willy y el idiota de Yáñez. El primero había terminado de lavarse los dientes, y evidentemente no tenía prisa por regresar a sus labores, pues estaba dispuesto a aventarse la verborrea aburridísima del segundo, quién lavaba sus manos despues de la micción iniciada unos segundos antes. El diálogo se tornaba cada vez más vacío:

– ¿Y qué tal la chamba, mi Willy? – El sonido del agua corriente en el lavamanos coreaba la pregunta de Yáñez. Una pausa pensativa muy breve, seguida de la respuesta inconsecuente del aludido:

– Pus ahí, jalando…

Más agua corriente. La conversación se arrastraba lenta pero inexorable, con pausas de un par de segundos entre ambos. Ruidos de fondo delataban algunas actividades de lavado y enjuague. Se podía adivinar que reinaba el ocio, pero que su aprovechamiento encajaba muy lejos de las expectativas de sus participantes. Yáñez proseguía:

– ¿Qué otra, verdad?

– Eeey…

– Pues sí, ni modo…

– Pues sí…

– Pero bien, ¿no?

– Pssss… sí, bien… ora sí que… tranquilo…

– Sí, al menos… sin broncas…

– Eeeeey…

Néstor creía detectar que los “eeey” de Willy extendían su duración a medida que la plática incursionaba cada vez más profundamente en los terrenos de lo trivial. Sonaba como una pelea de box entre dos pugilistas al borde del retiro, en juego una bolsa ínfima, disputada en una arena olvidada de viernes a la medianoche. Cualquiera que fuera el resultado, ninguno de los contrincantes sería un auténtico ganador al finalizar, pero ambos estaban dispuestos a tirar el último “jab”. Una nueva pregunta de Yáñez, sin embargo, amenazó con devolver la plática al terreno del interés genuino:

– ¿Y tu nena, qué tal?

La pausa, más prolongada que las de antes, confirmó que, en efecto, Willy había sido sorprendido por la embestida del oponente. Al fin reaccionó:

– No, pssss… ya sabes… tremenda…

– Pero bien, ¿no? – Decepcionante regreso de Yáñez, quien tenía toda la oportunidad de lanzar al oponente contra las cuerdas con un “¿cuántos meses tiene ya?”, por ejemplo, pero había optado en su lugar por un regreso al terreno inconsecuente.

– Sí… a todo dar…

En ese momento, lo inesperado. Willy escapa del agarre de Yáñez con un profundo suspiro, cuyo eco resuena por las paredes del sanitario. Y suelta el golpe decisivo:

– ¡Bueno! A seguirle, pues…

Pasos rumbo a la puerta. Yáñez lanza un débil:

– Pues sí, que otra. Ahi nos estamos viendo, mi Willy…

– Órale, pues… que te sea leve…

– Igual…

La última palabra perteneció a Yáñez, pero el que tuvo los arrestos para terminar la contienda bajo sus propias condiciones fue, sin duda, Willy. Néstor decretó una victoria para este último, con una decisión dividida en el puntaje. Se escuchó un suspiro de hastío y otros pasos hacia la puerta. El viejo resorte de ida y vuelta rechinó un par de veces y el sanitario volvió a quedar en silencio absoluto. ¿Sepulcral? No, la idea de un sepulcro en un lugar donde ocurrían tantos episodios de excreciones humanas al día no le gustó nada a Néstor. El silencio quedó, pues, en el calificativo de “abrumador”.

El regusto metálico en la boca volvió a Néstor a la realidad. El interludio con los pugilistas verbales del sanitario le distrajo el tiempo suficiente para olvidar por unos instantes el arma, su sabor a fierro y el recuerdo del refresco dietético que había comprado hacía muchos años. Pero durante el episodio de Willy y Yáñez había ido acercando cada vez más la pistola hacia sus labios, al punto de que los mismos descansaban contra el arma. Volvió a introducirla de lleno en su boca, pero esta vez el sabor se sintió más penetrante que antes. Mucho más. Un breve reflejo de naúsea se apoderó súbitamente de él. La arcada involuntaria recorrió el cuerpo, encuclillado precariamente sobre el asiento del W.C., haciéndole perder el equilibrio. Extendió la mano izquierda libre hacia cualquier parte, buscando una asidera para reestablecer la posición, pero fue en vano. El brazo derecho reaccionó, acto seguido, en busca de controlar el desplome inminente. La extracción violenta del cañón de la boca cerrada astilló uno de los incisivos de Néstor, y un dolor agudo recorrió su cabeza. Su incapacidad de soltar el arma imposibilitó cualquier acción de la mano derecha. En un segundo, la posición segura sobre el W.C. se había convertido en una torpe y alocada danza de brazos. Las piernas, adormecidas y adoloridas por la prolongada permanencia en aquella precaria posición, se sumaron al acto circense. La derecha, afectada por el movimiento apurado de Néstor, resbaló de su cómoda percha en el asiento y se introdujo con un chapoteo en el interior del excusado.

Instintivamente, Néstor trató de erguirse sobre ambas piernas al mismo tiempo, pero la diferencia de altura entre una y otra (la izquierda aún descansaba, difícilmente, sobre el asiento) provocó la pérdida final del equilibrio. Un resbalón hacia adelante proyectó el cuerpo contra la puerta del gabinete. El rostro de Néstor golpeó su superficie con un impacto claro y bastante audible, que hizo retumbar los gabinetes aledaños. El pie derecho había salido con éxito del W.C. pero, mojado como estaba, provocó un resbalón incontrolable. La totalidad del cuerpo de Néstor descansó, con un duro golpe final, en el frío mosaico de los sanitarios. Estaba boca abajo, las puntas de sus pies tocando casi la pared contra la cual descansaba el excusado, que se erguía triunfante entre sus piernas.

Aturdido, Néstor intentó ubicarse. Su nueva perspectiva, pechotierra contra los mosaicos color azul clarito, le permitía ver por debajo de las paredes y puerta del gabinete, que no se había abierto pese al fenomenal impacto. Estaba solo, por fortuna. La ausencia de pies en torno a su campo visual, desde los demás gabinetes hasta los lavamanos y la puerta, confirmaban la reconfortante reflección. Intentó erguirse, pero un dolor punzante en la espalda baja impidió la hazaña. ¿Se habría fracturado? No, el dolor era más del impacto y de la forzada postura final que de una lesión ósea. Al fin, tras respirar profundamente, logró reanudar la incorporación.

Asido de los bordes superiores de la puerta, Néstor repasó los daños. La pierna derecha empapada, del pie hasta la rodilla. El recuerdo de un retrete limpio alivió de momento su preocupación inicial. Pero otra sensación de humedad, localizada en el antebrazo izquierdo, reanimó el creciente malestar. Ahí, donde la camisa blanca mostraba un manchón translucido de líquido absorbido, el olor a orines hacía su penetrante debut. Volvió la cabeza asqueado, y un nuevo sentido, el del gusto, le alertó de otro líquido que se había presentado sin invitación alguna. El sabor dulzón de la sangre corría por el labio superior. Al parecer la puerta del gabinete había hecho bastante mella durante la aparatosa caída.

Fue la ausencia del otro sabor, el de hacía unos momentos, lo que sacudió a Néstor de su pasmo. ¿La pistola? Miró apurado el suelo del gabinete. Un par de charcos, uno de agua extraída por su pie derecho y otro de orina filtrándose desde el gabinete contigüo, eran lo único a la vista. Néstor abrió la puerta del retrete y paseó una nueva mirada por el resto del sanitario. La uniformidad del mosaico se extendía de pared a pared. Volvió a acuclillarse y el dolor en la espalda baja le atacó como un rayo, pero el pánico creciente le ayudó a ignorarlo. Debajo de los mingitorios, nada. En los gabinetes, nada. Giró sobre su cuerpo en dirección diametralmente opuesta y al fin la descubrió: una mancha oscura amparada en las sombras debajo del último lavamanos. Se arrastró de rodillas y volvió a asir la fría pistola. Obrando con una rapidez admirable para alguien que acaba de caer de narices en un sanitario, tomó un puñado de toallas de papel para secar las manos, envolviendo con estas la pistola.

Por primera vez desde que había entrado al baño, miró al espejo. El cabello entrecano estaba revuelto y ligeramente húmedo en partes, una mezcla exótica de gel fijador, sudor frío y agua de retrete. La palidez del rostro ajado era evidente, más aún por la impresión de la caída y la desaparición momentánea del arma. El bigote había retenido una buena parte de la sangre, que brotaba lentamente de la nariz aguileña por ambas fosas. Algo de sangre empapaba las comisuras de los labios, y una sola gota bermellón manchaba la camisa blanca. Aparte de la mancha de humedad antes detectada en el antebrazo izquierdo, no había más daños evidentes. ¡Ah sí, la pierna! Bajo aquella luz, mortecina y verdosa, la diferencia de color en los pantalones de gabardina azul marino no era tan marcada. Razonó con rapidez hasta llegar a dos opciones: o esperaba encerrado en un gabinete hasta que la pierna húmeda se secara, o… mojaba por completo las partes secas del pantalón, para igualar los tonos.

Con dos pasos largos llegó a la puerta de entrada, buscando un pestillo o un seguro que le brindara algo de privacía. Estaba a punto de poner el seguro de botón cuando la puerta se abrió violentamente, golpeando de nueva cuenta su rostro. Néstor cayó de espaldas, viendo en su descenso el rostro sorprendido del Lic. Lomas, su jefe.

– ¿Néstor, qué pasó? ¡Nunca te vi, disculpa! ¡De verdad, es que venía de prisa y… perdón! ¿Estás bien? ¿Qué te pasó? ¿Sangre? ¿Es sangre?

Néstor intentaba articular un “no pasó nada”, pero el jefe seguía en el control de daños.

– A ver, ¿puedes levantarte? Eso, agárrate de mi brazo. ¡Qué bárbaro, que madrazo te fui a dar! Ven al lavamanos, límpiate la sangre… déjame ver… hasta la camisa te manchaste, caray…

– No fue nada, de veras, no se preocu…

– ¿Cómo nada? ¿Ya te viste? Parece que te agarraron a golpes – Lomas rió un poco para aligerar el humor de la penosa situación. Néstor le hizo algo de coro, sin mucho entusiasmo.

– ¿Sí, verdad? Parezco boxeador…

El licenciado rió un poco más, aliviado al ver que su empleado tomaba el accidente con ligereza, así que reanudó sus cuidados.

– Es que ando en friega desde la mañana, y te me fuiste a atravesar… caray, hasta te mojaste en varias partes. ¡’Ora sí, parece que trapeé el suelo contigo! Te arreglo la corbata, ‘pérame… ahí está, ya te tapó la manchita de sangre… échate agua en la cara para que te limpies… ¿seguro no te lastimé?

– No, para nada, en serio – Néstor forzó la sonrisa mientras el agua del grifo disolvía la sangre que se coagulaba entre labio y bigote. – Ya estoy bien…

Un escalofrío recorrió de pronto su espalda encorvada sobre el lavamanos. Volvió la mirada sobre sus espaldas con cuidado, sin hacer notar demasiado la preocupación que se hacía más grande a cada instante. El suelo cercano a la entrada era un desorden de toallas de papel, arrugadas y desperdigadas en todas direcciones. ¿Y la pistola? otra vez, ni sus luces…

– ¡Qué bien, ni qué nada! Ya te estás poniendo pálido otra vez… y mira el desmadre de toallas en el suelo. ¿Te estabas secando a la hora del madrazo, verdad? Deja le hablo a los de intendencia para que levanten el reguero…

– ¡No, ni los moleste, Licenciado! – Néstor casi saltó para interrumpir el trayecto de su jefe hacia la puerta. – Los levanto yo ‘orita, ni son tantos…

– ¡No inventes! Para eso están. Aparte, después del golpazo no te conviene andar haciendo esfuerzos… vente, vámonos para afuera, que te dé el aire tantito.

El Licenciado Lomas tomó a Néstor del hombro y lo condujo, como un lazarillo a un ciego, hacia la puerta del sanitario. Néstor lanzaba miradas furtivas en todas direcciones, pero no encontraba la pistola por ningún sitio. Al fin el Licenciado abrió la puerta, y ambos traspusieron su umbral hasta el pasillo brillantemente iluminado de PubliServ, S.A. de C.V.

– Sirve que te echas un cafecito, para el mal sabor de boca.

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23 comentarios en “Una probadita…

  1. Caray maestro Toño, pues me ha costado mucho vencer la envidia antes de escribirle. Excelente pieza, qué puedo decir, te atrapa y lo mejor, el humor está ahí, como usted dice, presente pero sin necesidad de aparecer en forma de gags.
    Por otro lado, qué buen análisis de conversación en el baño. ¿Acaso lo inspiraron las escuchadas, y seguramente protagonizadas, en los baños de cierta enorme editorial? Un abrazote

  2. @Toño(Sam Perez): Pues la verdad, la verdad creo que me estoy volviendo a enamorar de la lectura, cuando la publiques hermano, te juro por el osito bimbo que sere de los primeros en pagar por ella y mejor aun leerla, hare a un lado el medio libro que leo cada año (libro Vaquero) por que se ve que esta chida tu historia, yo quise empezar una novela hace poco pero termino en guion mal hecho de pelicula porno(como me pone Irma la de recursos Humanos!) en fin mucha suerte y que el ETERNO te llene de bendiciones a ti y a la finisima familia.
    abourrrr!!!!

    @Miguel Araluce: Mi hermanito no pasa nada estoy en la chamba desde hace un ratote sin hacer nada le dije a mi jefe que no tengo linea y cuando se acerca a mi lugar me desconecto de la red, aun no me cacha descubrire la manera de comentar mas seguido no te preocupes!!

  3. Mi buen Toño con esta sorpresa te perdonamos mil veces que no vengas seguido por acá. Me gustó mucho y ya quiero leer lo demás 😀 espero que pronto esté lista toda la novela.

  4. Ay me choca!! Le piqué enviar antes de terminar así que ni modo lo vuelvo a enviar:

    Me pasaron varias cosas con el texto, primero cuando vi “capítulo IV” pues me sonó a “episodio IV” y a obiwankanobi; después al leer el título pensé que tenía que ver con heavy metal y luego como yo conozco a un “Nestor del Valle” en cuanto llegué al nombre ya no pude más que imaginármelo diciendo los diálogos… Así que como verás comencé la lectura con muchas influencias externas que nada tenía que ver.

    La verdad es que es difícil agarrarle la onda al algo cuando no sabes de donde viene ni una reseñita por ahí, aún así me pescó, me encantó lo de los pugilistas al borde del retiro y la parte final es muy buena también, sientes al angustia del pobre personaje porque a todos nos ha pasado que tienes que hacer algo, así sea leer un email que te interesa y que alguien te acompaña muy cordialmente a la puerta. Me encanta también el manejo del lenguaje, coloquial sin caer dialogo de película mexicana tipo “y tú mamá también”.

    Seguro compraré el libro pero igual que que Dante lo quiero autografiado y todo la cosa

    Saludos!

  5. Cada que leo al maese Toño me quedo pensando “Este tipo está a dos cuentos de atraer una legión de lectores y a la larga experimentar narrando en otros medios más gráficos”. Hasta una telenovela, caray, que vaya que están urgidas de un reinventor.

    Pero primero me gustaría ver un comic o un cortometraje, algo que explote tus fuerzas como narrador y tu imaginación junto a tu cultura gráfica como cinéfilo. Sería de esas cosas que no me piratearía. En especial me gustó el intercambio de los oficinistas y cómo lo equiparas a un boxeo de losers. Y la tensión nunca abandona al protagonista, los saltos en su memoria y sentidos son muy realistas y adecuados, con el desorden que la situación conlleva.

    Gracias por el capítulo. Decirle “una probadita” a algo que involucra tanto el sentido del gusto (y mal regusto) fue bastante poético, jajaja.

  6. El siguiente ejercicio es una prueba de censura… ejem… aqui vamos…
    caca, culo, pedo, pis, chichis, pendejo, pendeja, chigada madre, chingado padre, putete, piruja wila cabron, y todos sus derivados….

  7. Pingback: Trackback

  8. Excelente, creo que sin dudar comprare el libro cuando salga, es interesante y sobre todo muy bien hilado, quedando en el obvio cliffhanger pero bien redactado , me quede con mas ganas(en el buen sentido), saludos.

  9. No voy a ser de los que intentan dar consejos, dando, con esto, un consejo entre lineas a estos últimos.
    Muy bien, Toño, superé la flojera y me agradó muchísimo encontrarme con tu máquina que detiene el tiempo, al igual que lo hiciste en la última aventura de Alex Peligro pude observar el poder de lo narrativo que fluye paralela e intemporalmente al, redundantemente dicho, tiempo.
    Como siempre un placer leerte.

    Saludos

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