ARCHIVO MUERTO: ¡Vámonos de Rol!

Notilla de Vainilla: Otro texto de los días de Planeta Paulina, ahora dedicado a una de las prácticas más extrañas que un chilango puede experimentar. Algunos nombres han sido cambiados para proteger al autor de represalias físicas. ‘Che guey sacón…

VillaDeRota

“La primavera pasada ya habían salido Piedad,
Holocasto, Justiniano, Masiosare y Nicolás
la menor de las Gutiérrez con diez vueltas se casó
¡y esta Céfira no sale por más vueltas que le doy!”

– Chava Flores, Vámonos al parque, Céfira

Por EL PRIMO TOÑO (de Chilangolandia)

Aquellos 15 días en Villa De Rota, capital del estado de Aburrimiento Comatoso, siguen grabados indeleblemente en mi memoria. Hoy en día recuerdo mi desencanto con la desafortunada urbe (por usar el ultimo término con cierta magnanimidad) y no puedo hacer nada más que repetirme la misma pregunta: ¿por qué no decidí emplear esas vacaciones para operarme el apéndice –otra vez? La cama de recuperación, la comida insípida, el dolor constante y la visita recurrente de enfermeras con supositorios en mano hubieran resultado más entretenidas que las horas interminables, vacías, acaloradas… lentas, sobre todo lentas, que tuve que pasar hundido en ninguna parte.

Fué a fines de los ochenta. Creo que en esa época, en ese lugar, la Real Academia se decidió a redefinir la palabra “calor”.  Mis vacaciones veraniegas promediaron una temperatura máxima diaria de 419°C, a la sombra. No quiero recordar el calor cuando era de día. Mis primos, orgullosos provincianos, no cesaban de referirse a Villa De Rota como “Sucursal del Cielo, Capital del Mundo y Próxima Sede del Vaticano”. Yo tomaba el desafortunado chascarrillo como una cruel burla a mi desprecio por las negras vacaciones que se avecinaban sobre mi persona. En mi opinión, ese lugar ha sido, es y será por siempre un pueblo bicicletero, donde el máximo evento cultural fue un concierto de Timbiriche por ahí de 1987 y donde los hinchas del “Ferrocarrileros”, el cuadro de fútbol local, presenciaban los pésimos cotejos de su equipo vestidos con sus mejores galas, ante el sol despiadado de cada domingo en el Estadio Benjamín “Cucaracho” Heredia.

Sin embargo, siendo fiel al viejo adagio que reza “los viajes ilustran”, me resigné a hacer de mis días de ocio en el infierno una experiencia de aprendizaje sobre las costumbres de aquellos curiosos parientes, vecinos del norte sin ser gringos y habitantes del infierno sin ser demonios. Y es así como me involucré en el arte ancestral de (fanfarrias norteñas con redova y “¡Ajúas!” del Piporro): Dar el Rol.

No se confundan. Contrariamente a lo que piensan la mayoría de los capitalinos, “dar el rol” no tiene nada que ver con rituales donde se pasa de mano en mano alguna sustancia prohibida para su consecuente uso y psicodélico disfrute. Tampoco está relacionado con el argot histriónico (equivalente a ser convincente en la interpretación de un papel), o con el acto de compartir una confección de repostería elaborada con harina, canela, azúcar, huevo y pasitas. No, el provincianísimo “rol” es un proceso complicado, que tiene sus raíces en los primigenios rituales de cortejo y apareamiento cultivados por diversas especies del mundo animal. Al menos eso pensé a medida que me fueron explicando el acto en cuestión. Todo empezó con un diálogo inocente en el coche, mientras nos trasladábamos del Distrito Federal a la “ciudad” natal de mis primos. Es preciso explicar que viajábamos en forma tan pollera pues mi tío siempre fue un entusiasta del manejo automovilístico en carretera. Por eso el coche bufaba en las pendientes cargadito con mis tíos, mis dos primos, mi prima, la “chacha” y un servidor, apretujados en un Topaz 87. Sin aire acondicionado. En un trayecto que duró, poco más o menos, 79 horas (aunque el cronógrafo oficial marcase siete con 48 minutos). Con el radio permanentemente sintonizado en “La Rancherita del Cuadrante”. Mi tío fue el que abrió el fuego:

– Entonces, ¿ya estás listo para que tus primos te lleven de rol?

Coro de risitas entusiastas de mi tía y mi prima. Sonrisas satisfechas de los mentados primos, sabedores de su vasta experiencia en la materia.

– Eh… ¿de qué? – Respondí, con cara de question mark, para estar a tono con el ambiente ya casi fronterizo.

Mi tío me miró con incredulidad por el espejo retrovisor, sin apartar demasiado los ojos del camino, quizá para no alejarse demasiado del humeante escape del tráiler que habíamos ido siguiendo durante los últimos 670 kilómetros. Hasta la fecha sospecho que mi tío tiene la creencia de que si me aparto del smog, mis pulmones chilangos pueden colapsarse en el acto.

– ¿No sabes lo que es El Rol? Es regio, El Rol…– exclamó, como el médico que le pregunta al interno si no sabe lo que es el páncreas, para después decirle que se ha perdido de uno de los órganos internos más apasionantes. Por ende lo de “regio”, no por haberse originado en Monterrey.

Más risitas, y esta vez hasta la “chacha” es partícipe. Mis primos amplían aún más sus sonrisas. El mayor inició la explicación, mientras las primeras notas de “Me caí de la nube” escapaban de las bocinas del Topaz. Cuando terminó, mi expresión anodina seguía sin modificarse.

Para no intentar reproducir aquí la incoherente verborrea de mi primo, pasaré de inmediato a mi experiencia personal dentro del Rol. Utilicé los primeros dos días de mi estancia en Villa De Rota para recuperarme del eterno viaje de ida. Durante este período de espera, mis primos me comentaban que El Rol tiene lugar todos los días de la semana. Sin embargo, los sábados es el día más concurrido y tradicional para su práctica. En este punto –y nada más en este punto– es donde El Rol guarda algo de parecido con el sexo. La hora del Rol se ubica, sin demasiada rigidez, entre las cuatro de la tarde y las ocho de la noche. Cuando pregunté porqué no había Rol durante las primeras horas del día, mis primos se miraron confundidos y respondieron con alguna evasiva, lo que me llevó a deducir que no eran tan expertos como habían pretendido ser hasta entonces. En lo personal pienso que cualquier actividad en exteriores debe estar prohibida en el calor veraniego de la provincia, so pena de sufrir cocción de la materia gris por exposición solar. En fin, en este momento confirmé que la tradición y orígenes del Rol están llenos de dogmas y misterios que nadie se atreve a cuestionar. Y menos mis primos.

Al fin llegó el tan ansiado sábado. Yo había aprovechado el día para desayunar (huevos con mashaca), ver la tele (episodios viejos del Chavo del Ocho en el canal local), retacarme hielo frappé en axilas e ingle (un remedio desesperado contra el calor), dormir la siesta (deporte oficial de provincia) y sentirme miserable. Por fin, uno de mis primos entró a mi cuarto para anunciar que salíamos rumbo al Rol. Pero de inmediato me miró boquiabierto, para después preguntar:

– ¿Vas a ir vestido así?

Mi atuendo tradicional para temperaturas caniculares, compuesto de shorts de algodón, camiseta y huaraches parecía no estar a la altura de las circunstancias. Pero mi corazón se detuvo al analizar las ropas de mi primo: pantalón largo de casimir, camisa de cuello, mocasines. Revisando mi maleta encontré un pantalón largo… de mezclilla, una camisa que había guardado para el regreso y unos zapatos de cuero para velear, que incluí en mi equipaje en el vano optimismo de que podríamos ir, al menos, a la playa (hecho que jamás sucedió, pese a que se encontraba a tan sólo una hora de la casa). Contemplé el cálido uniforme del rol. Alea Jacta Est. La suerte estaba echada. Esta combinación sería mi ataúd. Sudando como mixiote, salí de la casa en la camioneta (o sea, La Troca) de mi primo.

En el trayecto a la plaza noté la ausencia de mi prima, la menor de la familia a sus 13 años. Mis primos se mostraron poco interesados por responder a mi pregunta en torno a su inasistencia. Mi primo Chema musitó algo en el tenor de “cuando le toque ir, irá con sus amigas viejas”. Nótese lo de “amigas viejas” y no “viejas amigas”. El enigma comenzaba a develarse.

Llegamos a la plaza alrededor de las 5 de la tarde. En una esquina, frente a la nevería, se encontraban reunidos unos 6 ó 7 jóvenes, quienes saludaron a mis primos chocando las palmas sin demasiada efusividad. Amigos de la escuela todos ellos, me miraron con algo de recelo cuando fui presentado como “mi primo Toño, de Chilangolandia”. Se me ocurrían miles de respuestas ingeniosas ante el agravio a mi capital añorada, pero temiendo un linchamiento en la plaza pública opté por callar, resentido. Aproveché la charla ociosa entre los de mi grupo para analizar la situación.

En torno a la mentada plaza se encontraban varios grupos de jóvenes similares al que me había incorporado. Lo curioso era la eminente separación homosocial entre los mismos: un grupo de hombres junto a la estatua central, un grupo de mujeres en las bancas frente a la iglesia, otro grupo masculino frente a las nieves (La Michoacana), más mujeres sentadas en torno al quiosco, y así por el estilo. Cada grupo guardaba una característica propia. En alguno los jóvenes usaban ropa más cara, con enormes logotipos de marcas estadounidenses a la vista. En otro grupo prevalecían la mezclilla y las botas vaqueras. El único factor común era que la ropa daba la impresión de servir para este único ritual. Era como si todos se hubieran uniformado para un evento social único. Yo era el negrito en el arroz, por supuesto, con mi ropa arrugada de maleta y mi evidente acaloramiento de señora menopáusica. Pero el resto de los ahí presentes era homogéneo en su forma de actuar.

Volví de mi análisis cuando mi grupo echó a andar por la acera que circundaba la plaza, al parecer de forma espontánea. Un paso más atrás les seguía yo, intentando adivinar el rumbo. Cuando nos cruzábamos con un grupo masculino, prevalecían las miradas desafiantes y la incómoda tensión en el aire. Si pasábamos frente a un grupo femenino, reinaba el silencio y la ebullición hormonal. Pero nada más. Ni una palabra, ni un gesto. Entre encuentros y desencuentros, le dimos toda la vuelta a la plaza en cosa de diez minutos, con el andar pausado de los vaqueros en una película de Sam Peckinpah. Yo pensé que El Rol había concluido, pero tras una pausa que no pudo durar más de diez minutos, mi grupo inició otra vuelta a la plaza. Y otra. Y otra más. En lo más profundo de mi ser, deseaba preguntar el motivo por el cual no hacíamos contacto con las chavas. Pero la ancestral marcha parecía envuelta de algo sagrado, algo con lo que uno nada más no se mete. Más que un rol, era un peregrinar.

El calor y la futilidad del acto empezaba a desesperarme. Al fin, tras la sexta vuelta con  pausita, me excusé brevemente para ir por una nieve. Los amigos de mis primos me miraron con más desconfianza que en un principio, como si presintieran que iba a confraternizar con el enemigo. No presté atención al gesto, y apuré el paso hacia La Michoacana. Ordené un agua de horchata. La dependiente me acercó un vaso de plástico, que sudaba por la condensación del helado brebaje ante el abrumador bochorno. Apuré un trago largo, hiriente en mi garganta que ardía. Dejé escapar un suspiro a ojos cerrados. Escuché una voz de mujer, sin acento norteño:

– Pinche calor, ¿verdad?

A mi derecha, empuñando un vasito con nieve de color blanco (¿Coco? ¿Guanábana?), se encontraba un ejemplar femenino de mi edad aproximada. No me fijé con detenimiento en sus rasgos físicos, sino en su indumentaria, francamente distinta a la de todas las otras jóvenes que inundaban la plaza. Shorts que revelaban unas piernas bronceadas. Una playera de tirantes cubriendo un top de bikini floral. Sandalias. En cualquier playa, sería una turista más. En este pueblo, era un escándalo. Su rostro no mostraba el desagradable “pastel de maquillaje” de las chicas locales. Sus ojos eran color Ray Ban Wayfarer. Pero fue su forma de hablar lo que me hizo sentir de inmediato como alguien que reconoce a un compañero de infortunio. Me acerqué sin prisa, pensando en una respuesta inteligente a su comentario, que en cualquier otro lugar y momento hubiera considerado como la excusa más idiota para hacer plática cuando no se tiene nada interesante que decir. Mi capitalino interior respondió, por instinto:

– Sí, del carajo, la verdad.

Ella se rió sin mucho humor, entendiendo nuestra frustración mutua. Tras un poco de charla trivial me enteré que se llamaba Raquel, que había venido de vacaciones con sus primas, que este era su último día en Villa De Rota pues quería regresarse a México, que su único momento de diversión vacacional fue un día de compras en Estados Unidos, cuando sus familiares se cansaron de sus ruegos constantes por hacer “el viajesote” de dos horas a la frontera. Y por último, que si no volvía pronto con sus primas (sentadas con las amigas en las bancas frente a la iglesia) iban a empezar a murmurar que ella era una “golfilla chilanga”, otra vez. Y Raquel, por supuesto, no quería dejar mal la reputación del De Efe.

Me dio su teléfono en México (lo anoté en una servilleta que perdí antes de regresar), se despidió con un “que te sea leve El Rol” y se perdió entre los itinerantes jóvenes de la plaza. Yo pedí otra agua de horchata, y caminé hacia mi grupo, que al fin había detenido su éxodo recurrente en torno a un gran fresno. Miraban a un grupo femenino situado a una decena de metros: ocho “clones” de las Flans (el grupo del momento), cuchicheando entre sí y mirando ocasionalmente en nuestra dirección. Nadie hacía nada. Nadie entraba en contacto.

Una hora más tarde, mi grupo empezó a dispersarse. Mis primos me hicieron la señal de que nos íbamos. Despedidas sin efusión, vagos planes para la siguiente semana, y ya estábamos de vuelta en la camioneta (perdón, La Troca). Mis primos comentaron vagamente acerca de la “morra que anduvo con el Félix en la secundaria” y de la “huerquilla hermana de Samuel Nogueira”. Yo permanecí en silencio respecto a Raquel (de todos modos no había nada que contar). Al entrar a la casa, en espera de la cena y una película en video, me topé con mi tío. Me preguntó entusiasmado:

– ¿Y qué te pareció El Rol?

Quise decirle que aquellos habían sido 120 minutos de mi vida que no recuperaría jamás. Que me sorprendía que la raza humana siguiera reproduciéndose en la provincia mediante ese estúpido sistema de cortejo. Que más me valía meter la cabeza en un horno de gas a permanecer otro día en ese infierno. Pero recordé el número telefónico de Raquel apuntado en una servilleta destinada a extraviarse, y sólo me salió un:

– Es regio, El Rol.

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10 comentarios en “ARCHIVO MUERTO: ¡Vámonos de Rol!

  1. Pues ahorita no hace mas que 34 grados esta noche aqui en Monterrey, pero cuando quieras y si tienes tiempo de venir algun dia, nos podemos ir de Rol, muy chido el post; que como se han reproducido, pues muy sencillo muchos se casan entre primos y hermanos.

  2. Pueder perder una apuesta, un zapato, hasta los calzones, pero JAMÁS el número de una tipa a la que puedes tirarte.

    BTW: Dar el rol por estos lugares olvidados del Señor… Calderón significa ir a pasear.

  3. Que culeros tus primos al no llevarse a tu rpima de 13 años, a esa edad Danna Paola ya se ha de haber aventado un oral y un vaginal

  4. Cómo no, dar el rol, pasear la plana, ir al quiosco, salir a parianear y similares son un clásico provinciano despreciable. La bola de rancheros salen con familiares en busca de validación testicular (en montón de 10 juntan casi los dos huevos para hablarle a una chava), y cuidado con que veas a la que uno de ellas tiene dizque apartada aunque ni le hable, porque van y te madrean si tu bolita es menor, o madrean tu troca si es mayor. Peor si, como yo, tienes el estigma de ser “de la ciudá”, porque sienten que uno pasó a su pinche rancho de 4 por 4 cuadras más plaza nada más a cogerse a “sus” viejas. Por eso yo nunca me llevé con mis primos que adoraban dar el rol en algún municipio cercano, y para los cuales no había nada como treparse a la troca y largarse a chelear entre insectos y bajo el solazo en la tierra de El Rancho del abuelo común, alardear de conquistas y posesiones que jamás ocurrieron, y acabar llorando por las primas que no se dejan fajar. Uno de ellos y yo en particular desarrollamos una enemistad por sus pendejadas, su mitomanía a falta de autoestima y su obsesión por hacerle al charro y dedicarle tiempo a aprender guitarra y montar burros pero quedarse ignorante. A la fecha no nos podemos ver sin empezar a reclamarnos pendejadas.

  5. ¡Ah, la provincia! como que saliendo del D. F., (LA CIUDAD CAPITAL DEL PAIS) tus bucólicas pretensiones de conseguir los favores de una provincianita ingenua, de rebozo de bolita y trenzas con moñitos color bugambilia, estuvieran condicionadas al tipo de suela de tus zapatos (si son botas de minero, seguramente tendrás éxito). Siendo honestos; hasta en esos pueblos agrandados que presumen de ser ciudades (en particular esa que le dicen Guatemalatos, o algo así), no puede faltar el kiosko, o quiosco, o como se escriba, en la plaza principal, que, pobres ilusos, también denominan pomposamente “Zócalo”, ignorando que tal nombre SÒLO aplica a la Plaza de la Constitución de Chilangolandia.

    Por eso, en esta gran urbe, hemos designado un espacio para todos aquellos románticos provincianos que extrañan sus pueblitos, en un jardín centenario, poblado de álamos antiquísimos, donde todos los domingos los puedes ver siguiendo sus rituales de apareamiento. Ahora bien, amigo capitalino, si alguna ocasión quieres saber si es cierto el conocdio refrán: “Carne buena y barata, la de la gata”, date una vueltecita por dicho jardín, y luego subes tu experiencia a un post, para reírnos un rato. Saludos, maestro Toño, siempre una grata experiencia en cada lectura (Te regalo esta frase para tu eslogan)

  6. Yo soy de “provincia” y ahora he terminado de entender por que a los Chilangos no los quiere nadie…. jajajajaja se lo ganan a pulso.

    ¿Por que menospreciar las costumbres de los demas? ¿que hace a los “Chilangos” creerse superiores al resto de los MEXICANOS? simplemente por haber tenido la suerte (buena o mala) de haber nacido en cierta -minima- region del pais.

    ¿A los “Deefeños” quien les critica su acento naquisimo al hablar? nosotros los “de provincia” tenemos una identidad, los del Norte ranchera (y si tu quieres menospreciarnos por eso, que pobre mentalidad), sabemos de donde venimos, conocemos nuestras raices…. pero ¿ustedes? ¿quienes son?

    En Jalisco nacio el Mariachi, en Sinaloa la Banda, etc…. en el DF ¿que? la cumbia esa pedorra tipo angeles azules (que hasta el nombre la riega)

    DE VERDAD TE DIGO, DEBERIA DARTE VERGUENZA DECIR DE DONDE ERES… POR GENTE COMO TU LA REPUTACION DE LOS DEEFEÑOS ESTA POR LOS SUELOS

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