ARCHIVO MUERTO: “Por El Tubo”

N. del A.: Este es otro texto proveniente del Club Literario de Miami, que surgió de la casualidad (meter la mano a la urna y sacar un papelito al azar que asigna un tema a desarrollar por escrito) y se convirtió en un favorito personal, por múltiples motivos. Mi tema, “Kaleidoscopio”, fue invención de Junelly Rojas, distinguida personalidad del mencionado Club. Desde este humilde blog le mandamos saludos y dedicatorias, en espera de que se de una vuelta un día de estos entre las Finísimas Visitas.

kaleidos

POR EL TUBO

Por El Toño (Sempere)

“And when you’re seeing things

then your feet don’t touch the ground

‘cause when you’re falling

I can’t tell which way is down”

Afro-Celt Sound System – When You’re Falling


Doy media vuelta y están ahí, formándose ante mis ojos. Predominan los tonos amarillos y los destellos dorados, de amaneceres sobre la arena escuchando olas que rompen en torno al muelle. El ruido de cristales chocando entre sí suena a hielos cayendo sobre el cristal de un vaso, entrecortado con el gemido agudo que dejan escapar al recibir el baño de Campari. Es mañana de verano, quizá en Acapulco durante los setenta.

Mis ojos se ajustan a la escasa luz que ilumina la brevedad del túnel. Entre los pálidos destellos matinales se adivinan tintes rojos que describen ambiciosas figuras. Así, rojo sobre dorado, Campari sobre jugo de naranja, amargo sobre dulce, es el primer color y el primer sabor de algo que es desconocido, y sin embargo agradable. Un aperitivo apacible, un sobrino curioso, una mirada de reproche de mi madre, que aún así se divierte con el cuadro.

El breve filón azul que corta este horizonte imaginario será, pues, el Pacífico. El Pacífico tiene un nombre mal aplicado. Enciende tempestades, alberga tiburones, devora embarcaciones. Su oleaje ha ahogado a más de uno tan sólo esta semana, y aún así nos bañamos en él, gozamos en él, gritamos en él. El Pacífico es nuestra aventura y nuestro primer amor, revolcándonos en su espuma cuando nos pesca distraídos.

El Pacífico ha tallado los cristales de botellas rotas y los ha convertido en preciadas joyas cuyo valor es sólo estimable en su hallazgo, a medio enterrar sobre la arena, súbitamente al descubierto gracias a la resaca y a la bajamar.

El Pacífico huele a sal y a la peste de un cangrejo muerto el día de ayer. Mi Tío Pepe mató al cangrejo en lucha cuerpo a cuerpo. Lo vi con mis propios ojos, mientras le seguíamos superficialmente desde el bote con fondo de cristal. Este cristal es de un solo color: fondo marino. Para mi no hay lucha más encarnizada. Para él, no hay más sobrino que yo.

Media vuelta más y todo se fue. Hay rojos, sí, pero no son de Campari. Me imagino que son rojos de sangre. Sangre del cangrejo que recibió el corte con el cuchillo de buceo. Pero más aún sangre imaginaria en una camilla igualmente imaginaria. Sé que me dicen que mi Tío Pepe se fue al cielo, pero yo veo que no es así. Lo veo en mi padre y su rostro que grita el haber perdido una gran parte de sí mismo. Lo veo en mi madre, que se ahoga mintiéndonos para no lastimarnos. Lo veo en mi abuelo, que sobrevivió una guerra para vivir una batalla mil veces más agónica. Lo veo en mi abuela, y quisiera no verlo.

El rojo carmín choca con el púrpura como en un atuendo eclesiástico, pero este día es más luctuoso que en otras ocasiones. Las cuentas negras son perlas en un rosario. La misa es triste y prolongada. Para nosotros no habrá más historias, aventuras o recuerdos. El Pacífico, el Caribe, el Mar de Cortés. Todos se amalgaman en un único recuerdo, en una imagen idílica, pero no por ello falsa. Las cuentas negras ruedan por los bordes y son un par de ojos que nos miran fijamente, nos exigen atención.

Media vuelta para olvidar. Los rojos se han ido pero quedan los púrpuras y una curiosa colisión de estrellas amarillas sobre fondo blanco, y triángulos verdes entre copos color de rosa. De la playa al bosque. Del Pacífico al Velo de Novia, el mítico torrente que ha ido tornando las frías y angulares rocas grises en pulimentados almohadones de musgo húmedo. El olor es de coníferas, vapor de agua y tierra mojada. La tarde empieza a nublarse. Hoy subiremos el sendero que asciende por La Peña, maldiciendo los truenos en el horizonte que amenazan con poner fin temprano a nuestra humilde hazaña. Las cuentas y cristales que chocan entre sí son ruidos de guijarros que se desprenden con cada pisada. Estas son nuestras vacaciones ahora que la playa trae tan amargos recuerdos.

La Peña no es muy alta, pero desde su cumbre se puede tocar el cielo. A la izquierda está el pueblo, al centro las aguas de la presa, a la derecha la ladera que lleva a otra montaña más alta, desde la cual vuelan hombres asidos a precarias Alas Delta. Hang-Gliders, les llaman los gringos que se reúnen a beber ampolletas de Corona y a comer hongos azules en los portales de la plaza. A veces quisiera que uno de los voladores siguiera planeando más allá de las faldas del cerro, para dejarse caer en las frías aguas de la presa. Sus coloridas cometas humanas hundiéndose en la superficie color cobalto que refleja la tormenta en ciernes.

Media vuelta más, ¡y qué de luces! Veo explosiones policromas que lo mismo son fuegos de Santelmo emanados de químicas chimeneas que marquesinas sobre teatros de revista. Son brillantes, son geometría que se entrecruza formando patrones que hoy podríamos llamar fractales, para sonar modernos. Son juego de espejos en este túnel que me acerca a la ciudad que hace mucho no veo, pero que ya no existe. No existe como yo la recuerdo. Estos colores y estos aromas, estas texturas y estas personas ya no están. Viven aquí, en este pequeño tubo forrado en un papelillo metalizado de lo más común y corriente. Viven y mueren en su interior, con cada media vuelta, pero renacen y transportan a sitio distantes, sus viajes parecen no tener límite.

Si me preguntan si estoy viendo las estrellas con él, digo que sí. Pero también veo al niño que solía ser, y al niño que soy. Al de antes le parecía entretenido mirar a través de los reflejos. Al de ahora los reflejos le muestran gentes e instantes que no sabe cómo recordar sin atarlos a un sentimiento.

Así que media vuelta más.

Tan sólo media vuelta más.

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5 comentarios en “ARCHIVO MUERTO: “Por El Tubo”

  1. Y el publico se pone de pie y corea el nombre de Mr. Sempere con la tonada de “La Chona”.

    Já, este post en particular me inpiro a hacer un post.
    No me equivoqué al bajar de la pared a mi zombie carpintero y colocar su busto, pero no me ha dicho como quiere que lo coloque, a la multibrazos como Ganesha o tranquilón como Buda.

  2. Pingback: POST 100: Happy Zombie Beibi Yisus Day!* « Finísima Persona

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