Audaces Fortuna Juvat

(Noteja del Autorcejo: Otra breve historia desprendida de los archivos de La Muela del Juicio –Club Literario de Miami– en lo que me repongo las pilas y les actualizo el blog con material original inédito).

"¿Bueno? ¿Quiénalga?"

"¿Bueno? ¿Quiénalga?"

Río secamente, aflojo el nudo de mi corbata y echo a andar. A estas horas la vigilancia es laxa, el portero está preocupado por decirle adiós a las chicas guapas de la oficina que caminan claqueteando sus tacones sobre el mármol del vestíbulo.

“Adiós, te vas con cuidado, linda”

Clakiti-clak-clak-clak-clakiti-clak-adioooooooooossssss

“Ya a casita, ¿cierto? Te cuidas, niña”

Clak-clakiti-clakiti-clak-clak-clakiti-nos vemosssss

Ellas extienden los adioses como serpientes sibilantes. El viejo portero se ufana de haber obtenido una respuesta a su primitivo intento por cortejar a las incortejables, y aprovecho su breve instancia de triunfo para reentrar al edificio y caminar hacia los elevadores. No me ha visto. El plan marcha a la perfección.

Oprimo el botón que llama al elevador de servicio. Las puertas se abren. Me introduzco en él mirando a mi alrededor. Nadie se ha percatado de mi presencia. Sigo oyendo claqueteos de tacones y las prolongadas eses de los adioses. Me calzo la gorra firmemente. Las cámaras de seguridad no saben quién soy. Cuarto piso. Allá voy.

Tal y como anticipé, la oficina está vacía. Bueno, no del todo. Él sigue en su despacho. La luz mortecina que ilumina su escritorio baña con un tenue brillo azul el pasillo oscurecido. Escucho el golpeteo rítmico de sus manos sobre el teclado. Clik-clikiti-clik-clik-clik-clik. Muy trabajador. Muy responsable. Muy celoso de su deber.

Muy inocente. No sabe que estoy de vuelta.

Agazapado, recorro el pequeño laberinto de cubículos en un silencio casi absoluto, gracias al suelo alfombrado. Llego a mi lugar y me tiendo en el suelo. Desde aquí tengo una vista casi directa de su puerta. No lo veo a él, pero le escucho. Clik-clik-clikiti-clik. Listo. Sólo queda esperar.

El gorjeo electrónico de un teléfono me sobresalta, pero me tranquiliza el escuchar que la llamada es en su despacho. Toma el teléfono. Intento aguzar el oído para saber si está hablando de mi.

“Todo bien, Don Luis. No, yo sé que no es fácil. Sí, lo tomó con mucha entereza. Me extrañó un poco, a decir verdad. No, simplemente esperaba… ¿cómo decirle? Una reacción más exaltada. Ni se inmutó, la verdad. No, en estos términos: ‘estamos pasando por días difíciles, así que el retiro voluntario te convendría más que esperar a ver si salimos a flote o no en el último trimestre, porque ahí sí los recortes van a ser masivos’ y bla-bla-bla… Ni–se–inmutó. Hasta pensé que no me había entendido en un principio.”

Pues sí, está hablando de mi…

“Aceptó, a fin de cuentas. Mjá. Finales de este mes. Ya lo tienen preparado. De todas formas quisiera hacerle algo, una comida o algo de despedida. Sí, como quiera son 18 años ininterrumpidos. Pues no, pero no es cosa de ser popular o no, yo creo que al menos se ganó eso, ¿o no? No, usted no tiene que asistir, ni se apure. Si hay que convencer a gente para que vayan, yo me encargo.”

Así que convencer gente… ¿Quién le dijo a este infeliz que yo necesito de su caridad?

“De acuerdo, Don Luis. Yo le mantengo al tanto. No, no se apure. El negocio es así, ni hablar. Yo lo entiendo. Ya vendrán mejores días. No, ella lo sabe y está conmigo, y además no creo que me falten ofertas, de verdad. Esperemos que así sea. Se la agradezco, de verdad. No, no es culpa suya, Don Luis, faltaba más. Y ya sabe que estoy con usted de todas formas… Bueno. Gracias de nuevo. Aquí seguimos. Adiós.”

Clik.

¿Se está levantando? Sí, va al baño. ¡No puede ser! Pensé que se iba a tardar más en ir. Y ni ganas tengo. A ver si sale. Ya va por el pasillo, ya entró al bañooooo… ¡Corre tiempo!

De estar tendido en el suelo me pongo en cuclillas, y escucho un pequeño “pop” en mis articulaciones al incorporarme con rapidez. Libro los 8 ó 9 metros que separan la hilera donde está mi cubículo de la puerta del despacho del Licenciado. Me bajo la cremallera del pantalón y extraigo mi pene presurosamente. La orina no fluye. ¡Carajo! Apunto sin querer en dirección al escritorio, donde sus papeles, su agenda, el teclado de su computadora y la foto de su esposa y sus perfectos hijos me miran, sonrientes. Pero la orina no fluye. Echo un vistazo al reloj y calculo. Lleva unos veinte segundos en el baño. ¿Cuál es su tiempo récord? ¿48 ó 58 segundos? Lo que sea, me quedan otros veinte, como máximo. ¡Fluye, orina, fluye!

Nada, no puede ser. Tres semanas de preparativos, ¿y para qué? Noto el teléfono sobre su escritorio. El plan B. Tomo el auricular apresuradamente y lo froto vigorosamente contra mi ingle y entre las nalgas. Lo regreso con cuidado al receptor justo al escuchar el apagado rumor del agua que se descarga en el “toilet”. Con los pantalones a media asta doy unos saltos para salir del despacho, y me tiro pecho tierra sobre el pasillo alfombrado. Alcanzo a rodar sobre mi costado e introducirme en el cubículo de Pérez al escuchar el chasquido de la puerta del baño al abrirse. Permanezco inmóvil. El Licenciado camina pausadamente, silbando. Logro adivinar sus pisadas cercanas a donde estoy, pero no tiene ángulo visual para localizarme en mi escondite.

El breve rechinido de su silla mientras se sienta marca el final de la misión. Salgo de puntillas del área de cubículos, llego al pasillo de los elevadores, bajo por el elevador de servicio y estoy de vuelta en el vestíbulo. Me calzo la gorra aún más baja, y salgo del edificio musitando un hasta luego en dirección del portero, quien se encuentra dividiendo su atención entre un monumental sandwich de pollo y la sección de deportes. No me dirige la mirada.

De vuelta en el auto, me miro brevemente en el espejo retrovisor. El sudor perla mi frente. Mi respiración agitada se tranquiliza poco a poco. El alma vuelve al cuerpo. El plan no fue perfecto, pero logré pensar sobre la marcha y rescatar un triunfo de garras de la derrota. Enciendo la radio. Paul McCartney recita las últimas palabras de Picasso: “Beban por mi, que yo no podré beber más”. Río como no he reído en años.

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6 comentarios en “Audaces Fortuna Juvat

  1. En realidad lo más triste del asunto es que más que comentarlo voy a imprimirlo… solo por si acaso. Tal vez si acaso en vista de la necesidad se arriesgue uno a cargar un frasquito con la reserva añeja para no estar a la buena fortuna del funcionamiento del ducto.

  2. Supremo… como el queso… y más te valía porque ante tan prolongada inactividad en tu blog, si algún día sales con una mamarrachada, será motivo suficiente para convocar a tu linchamiento…

  3. me acuerdo de algo un tanto asquerosón… A un maestro de la primaria, que a todos nos caía mal, por gritón y jetón, un día que se le ocurrió castigarnos, dejándonos sin recreo por alguna estupidez, le dejé embarrado, en la puerta de su auto, del lado del conductor, justo de donde se toma para abrirla, un hermoso hilacho, extraído directamente de mi nariz, ocasionado por un catarro mal cuidado… un mocote gigante, y sumamente espeso, con residuos de sangre, por habérseme formado un taponzote. Nunca, nunca se me va a olvidar su cara, y su estentórea voz, gritando “¿Quién fue? ¿Quién fué? El culpable lo va a pagar muy caro…” como ya estaba yo con mi amá, puse mi cara de inocencia, y llegando a mi casa, no paré de reírme… Al otro día, todos comentaban la “travesura”, pero el miedo pudo más que el orgullo de que supieran que había sido yo… El moco gigante pasó a formar parte de la leyenda urbana de mi escuela.

    ¿Ya no te leeremos en CM? Porque tanto aquí, como en paiki, ha estado echando tanto la hueva, que le causa envidia al esturión. Saludos

  4. Yo lo que hice al renunciar al trabajo más culerón que tuve fue esperarme a que el cabrón de mi jefe le urgiera irse de vacaciones una semana a su ciudad natal por el delicado nacimiento de otro de sus engendros, y el justo cuando me decía que ya se iba, le digo “Pues yo igual, tengo cosas que hacer que no me dejan seguir aquí, y adós.” Y ya, el cabrón se quedó bufando palabras entrecortadas y los chavos que trabajaban ahí apenas podían disimular la risa.

  5. eso es algo que algun dia, llevare a cabo, no ahi nada como una buena miada para descargar la furia y llevar a cabo una buena venganza, asi que, algun dia…algun dia.

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