Cuando Toño conoció a Anna…

Asi se ponen los centros comerciales gringos el dia posterior al de Acción de Gracias.
Así se ponen los centros comerciales gringos el día que sigue al de Acción de Gracias. Cuando hay demasiada gente en la tienda, sueltan al Tiranosaurio para que se coma a unos cuantos.

Sí, mi esposa se llama Ana y no Anna, así que es obvio que no les voy a recetar uno de esos cursis textos tan en boga ahora que se acerca el 14 de febrero. En efecto, éste texto contiene muy poco de amor, y mucho de sexo. Y no de cualquier sexo. Sexo sudoroso y pegajoso. Sexo kinky y depravado. Sexo grupal y en solitario (pero captado por la lente de la cámara). Y bueno, hay un poquito de amor mal disfrazado de cariño, para los que aún tienen su corazoncito y recuerdan a Anna como yo la recuerdo: vulgarzota y simpaticona.

En 1997 me encontraba disfrutando unos días extra de vacaciones en el Sur de la Florida tras una convención editorial para la revista en la que entonces me desempeñaba como director. Tras cinco días  de malsana convivencia con mis colegas provenientes de otros países, el recuento de los daños era considerable. Habíamos bebido como cosacos, nos dimos palmadas en la espalda por enormes éxitos en circulación y ventas de publicidad, fumamos descomunales Cohibas con olor a oveja quemada y demostramos la clase de comportamiento indigno y decadente que suele caracterizar a quienes se soban el lomo chambeando como mulas todo un año, para de pronto hallarse con mucho que ventilar y muy poco tiempo para hacerlo.

Pese a todo, aprovechando el viaje al extranjero y un periodo de bonanza económica, decidí hacer mis compras navideñas de una vez. Eran los últimos días de noviembre, así que la mercancía y las rebajas no habrían de faltar. Reservé un hotelito para pasar tres días adicionales, renté un modesto cochecín y me preparé a meterle una buena maraca a las tarjetas de crédito. Claro, jamás caí en la cuenta de que el primero de esos tres días extra caía en el Día de Acción de Gracias. En efecto, el famoso Thanksgiving de los gringos me era una tradición vagamente familiar, así que se imaginarán el éxito de ese primer día de compras: por principio de cuentas, TODO cierra. OK, las farmacias CVS y los Walmart abren (estos últimos por tiempo limitado), pero el resto del país se paraliza para regresar al hogar familiar y atracarse de pavo,  camote, salsa de arándano y relleno de pan mojado.

Y yo en un Holiday Inn en remodelación. Mi banquete de celebración consistió en unas hamburguesas que compré en el Wendy’s unos minutos antes de que cerraran sus puertas por el resto del día. Compré papitas y otros chuchulucos variados en una gasolinera para resistir hasta el día siguiente, y me pertreché en mi cuarto a ver el futbol americano (Dios no desproteje del todo).

Claro, este idiota tampoco sabía que el día siguiente al Día de Acción de Gracias es el famoso Black Friday, y por tradición es la fecha del año en la que el mayor número de norteamericanos se da cita en los centros comerciales para aprovechar las descabelladas ofertas preparadas ex profeso para tal ocasión. El Black Friday no es de risa, señora y señores. Todos los años hay estampidas de gente, bofetadas, pisoteados y demás incidentes propios de un país en decadencia a causa de su propio consumismo. Sumémosle el hecho de que eran años de bajo desempleo (¿no que Clinton era muy guey?), que las ventas por Internet no eran ni el asomo de lo que son hoy en día y que el centro comercial elegido por su servidor era una auténtica joya para el turismo comprístico del mundo: el Sawgrass Mills Mall, un prodigio del concepto Outlet con más de 240 establecimientos dedicados en cuerpo y alma a vender todo más barato que nadie. En fin, la tormenta perfecta para un endeudamiento histórico.

El Sawgrass Mills Mall, catedral del turismo consumista
El Sawgrass Mills Mall, catedral del turismo consumista

Me presenté con mi carota de asombro en el mall desde las primeras horas de la mañana, para descubrir que mi idea había sido compartida por decenas de miles de humanos. El estacionamiento se encontraba cercado por filas interminables de autos. La aglomeración era de no creerse. Ríos de gente recorrían los pasillos del centro comercial, y el simple hecho de llegar de una sección a otra resultaba una tarea de paciencia y dedicación. Pese a todo, logré ir haciéndome de una buena gama de regalos para toda la familia a precios que en México me hubieran resultado tres veces más caros. Mi humor, inicialmente empañado por la falta de previsión ante tal maremagnum consumista, mejoró gradualmente.

Pero claro, el hambre acabó por vencer mi afán por comprar el afecto de mis seres queridos. Lo malo es que los food courts del Sawgrass eran insuficientes. Tras mucho batallar descubrí una cola como de 12 personas afuera de un Ruby Tuesday’s, y la perspectiva de un restaurante con mesero me pareció más halagueña que estar dándoles codazos a extraños con mi charolita durante la infructuosa búsqueda de una mesa. En fin, a hacer cola se ha dicho. Como mis compras se habían ido multiplicando de manera alarmante, había adquirido (por $22.95!) una enorme maleta con ruedas capaz de reunir todo el botín acumulado. Mi maleta y yo comenzamos el avance hasta la puerta del establecimiento.

En algún momento se situó detrás de mi un tipo fornido de mirada amenazadora. Fácilmente se aproximaba al metro noventa de estatura, y pese a las generosas porciones de mi nueva maleta calculé que, si acaso, le hubiera servido a aquel bestia para guardar un par de juegos de ropa, debido a una musculatura pronunciada. El tipo miraba nervioso la puerta, como estimando cuanto tiempo iba a tomarle llegar hasta allá. Se veía indeciso, al punto que abandonó su lugar y regresó a perderse entra las riadas de gente que seguían agotando existencias. De pronto, para su mala fortuna, la fila empezó a avanzar rápidamente. Un par de minutos después yo me encontraba casi a la puerta del restaurante, donde un apurado anfitrión malabareaba mesas tan rápido como le era posible. Sólo quedaban dos gentes delante de mi cuando volví a ver al fortachón, ahora con cara desconsolada hasta el final de la fila. Al abandonar su puesto se habían sumado a la hilera de comensales al menos una docena y media de hambrientos.

Decidí tener un gesto de amabilidad, y le hice señas para que se acercara. El vejete detrás de mi en la fila me miró con recelo, pero le expliqué en “inglés turístico” (muy útil para no ahondar en explicaciones) que aquél humano me había pedido que le reservara su lugar. Mi nuevo amigo me siguió la corriente de inmediato y procedió a entablar una rápida conversación conmigo, explicándome de que su novia lo había mandado a buscar mesa pero que ya se había tardado en regresar. Ambos hicimos mención de lo lleno que estaba el mall, y de buenas a primeras ya estábamos a punto de recibir una mesa.
El anfitrión nos preguntó cuántas personas éramos. Yo, naturalmente, respondí que venía solo y que mi amigo quería mesa para dos. Recibí la obligatoria sonrisita apropiada para “sólo hay lugar en la barra para quienes vienen solos”, al tiempo que mi mirada se dirigía a la previamente práctica maleta de rueditas, de súbito más estorbosa que un elefante con epilepsia. A punto estaba de aceptar el lugar cuando el fornido gringo me dijo “si no te molesta, puedes sentarte con nosotros en una mesa de cuatro”.

Me brillaron los ojitos. Mesa grande. Lugar de sobra para poner mis chivas y estirar las patas. ¿Y qué tan mala podía ser la charla con este guey tan alivianado y su novia? Le pregunté si ella no tendría inconveniente, y él me aseguró riendo que de ninguna manera. No se hable más: Mister Sempere, parti of tri, plis.

La charla en la mesa se tornó más fraternal. Mi interlocutor se presentó: Hank. No, no era linebacker retirado, aunque sí jugó algo de futbol colegial en sus años mozos. ¿Yo? Antonio, editor de una revista para el hombre de hoy. Hank resultó suscriptor de la versión gringa de MH, así que la conversación giró por esos derroteros. Entre charlas y mordidas al pan con mantequilla Hank miraba hacia la puerta, esperando la llegada de su novia. “Anna se desconecta cuando está de compras”, dijo en tono de media disculpa. “Mi Ana también, no te preocupes”, respondí. Buena vibra, ligera. Rara vez dejo ver los lados desagradables de mi personalidad con gente a la que recién conozco, así que la cosa marchaba bien.

De pronto se hace algo de silencio y miro en dirección a la puerta. Acaba de entrar una tipa enfundada en un atuendo de Body Glove que puede o no ser más que una capa de pintura sabiamente aplicada. La cintura es casi inexistente por su brevedad, las piernas son largas y bien formadas, el vientre al descubierto revela largas horas de dedicación en el gimnasio. Dos colosales senos, obviamente operados, están semidescubiertos por un zipper estratégicamente abierto a la mitad del “top”. Los colores negro y rosa mexicano de la prenda marcan un vivo contraste con la piel bronceada a la perfección. La mujer no se quita las gafas Oakley, pero su rostro maquillado hasta el cansancio recorre cada mesa del local, donde se ha hecho un silencio más bien incómodo. Una animalística  melena negro azabache completa el cuadro.

Anna, frágil y timida damisela. Ordenó ensalada César, aderezo aparte.
Anna, frágil y tímida damisela. Ordenó ensalada César, aderezo aparte.

Este es el momento ideal para cimentar la amistad con Hank. Mi mente trabaja a mil por hora buscando uno de mis piropos de mal gusto que sea fácilmente traducible, procesando una y otra vez la posibilidad de que “en esa cola sí me formo” tenga sentido en el idioma de Shakespeare. Justo cuando voy a decir cualquier barbajanería, descubro que Hank hace gestos desesperados hacia la puerta… y que la recién llegada lo reconoce.

En un instante estoy de pie intentando tragarme el pedazo de pan a medio masticar, y Hank me presenta a Anna, su novia. Le explica qué hago sentado con ellos a la mesa, y antes de poder expresarle mi agradecimiento ella se ríe para tranquilizarme. Dos enormes incisivos destacan como chicles Adam’s de menta, gigantes, ¿falsos? Difícil determinarlo. De hecho, el resto de la comida estará ocupado frecuentemente por evaluar qué partes de la tal Anna son prefabricadas y cuáles son originales.

Más charla insulsa, obviedades respecto al gentío y órdenes de bebidas. Yo, una Guinness. No hay. Ni hablar, Bass, la mejor opción “B” en puerta. Hank me hace coro y Anna pide té helado sin azúcar. Al fin se ha quitado las gafas oscuras y veo unos ojos que muestran la pesada mano del maquillaje. Es obvio que pasar desapercibida no es la meta de esta gringa con tintes exóticos, mitad italiana corriente de New Jersey y mitad Pocahontas versión cabaret. Sigue con tus ejemplos chistosos, so bestia. Hace rato casi metes la pata frente a Hank diciéndole alguna nacada sobre Anna. En fin, llegan las bebidas, ordenamos entradas y platos fuertes de una vez y brindamos por el gusto de estar sentados en un restaurante como la gente decente, no haciendo fila frente a los pinches Gyros como la plebe.

Hank le dice a Anna que soy mexicano, y ella añade que a ellos les encantan Cancún y Cabo. Yo estoy por decirle que esos lugares no son México, pero un breve momento de lucidez me lo impide. Hank también le dice que trabajo en MH, y ella se desvive hablando de lo guapos que son los modelos de la portada y que a ver si al pobre Hank se le pega algo. Yo nada más sonrío como idiota, pues no sé si este gringo aprecie que yo tome partido de la broma, pero él se ríe de buena gana estrechando su cerveza, lo que resulta tranquilizante.

Y claro, Hank tampoco tiene exactamente el tipo de quienes salen en portadas de revista. Una larga melena roquera, una barba de candado y su mirada de veterano de guerra sugieren más bien la clase de persona que cobra las deudas de quienes no son muy buenos para apostar, o el clásico individuo que confiesa haber crecido en un barrio muy peligroso, sin añadir que el barrio es muy peligroso precisamente porque él vive ahí. En fin, entiendo que una chava como Anna se empareje con un gorila semiamaestrado como el buen Hank. Si un naco como yo le dedica un “Preséntame a tu ginecólogo para ir a chu…”, hasta ahí llegará la frase, pues el sabio Hank sabrá cortarla de tajo antes de que pueda ofender sensibilidades femeninas. La naturaleza es sabia con eso de la simbiosis, muchachos. Pero lo cierto es que, a medida que avanza la comida, esa capa de intimidación cede drásticamente para revelar una personalidad afable. Creo que mi integridad física no corre riesgo alguno, menos aún tras haberle guardado un lugar en la fila, ¿cierto?

Un rato después se me acaba mi tema de conversación favorito (El Toño), así que mi educación corresponde con un “Y ustedes, ¿a qué se dedican?”. Miradas cómplices. Risitas. Anna entrecierra los ojos y me pregunta si no le parezco conocida. Le digo que no, con toda sinceridad. ¿Será cantante? No, por la pinta no lo creo. Me confieso ignorante ante mis compañeros de mesa. Hank, con un completo desenfado muy ad hoc para el periodo de fiestas, proceda a explicarme que trabajan en la industria del entretenimiento para adultos. Por mi mente estupidizada cruzan imágenes que sitúan a Hank y Anna amenizando bailes corporativos, noches de casino y torneos de golf. Vamos, el entretenimiento adulto que yo venía de experimentar en mi convención. La idea se desvanece de golpe y porrazo cuando me aclara, sin ningún tapujo: “Which, of course, is the fancy way of sayin’ we’re in the business of porn”.

Porn. De pronto pienso que a lo mejor quiso decir “corn”, asociativamente con la sonrisa de mazorca que Anna exhibe al notar mi pasmo. Me vuelve a preguntar si la reconozco. Sin embargo he de reconocer que su rostro no me es familiar. Aún en el contexto de la pornografía. No por persignado ni mucho menos, debo aclarar. La industria del porno y yo tenemos una larga historia juntos, que comenzó alrededor de 1982 y procedió sin interrupciones hasta principios de los 90, tiempo durante el cual sostuve un furtivo, lucrativo  y bien organizado negocio vendiendo películas pirata en VHS y Beta. Pero entre el fin de mi negocio (del cual hablaré en otra ocasión) y el advenimiento de Internet como medio eficaz para distribuir contenido XXX se abre una enorme laguna en mi conocimiento de la industria y sus estrellas. Durante dicho lapso surgió  una intensísima figura que gozó desde sus inicios de una bien ganada fama como una de las estrellas eróticas más sucias y perversas (dicho sea esto con todo el respeto y admiración que tamaños calificativos procuran infundir a sus propietarios). Curiosamente, dicha estrella se encuentra sentada frente a mi comiéndose los apios que guarnicionan una orden de alitas de pollo con salsa buffalo.

¿Really? That’s… uh… Nice!”, enorme regreso, Toño. Eres de mundo. Pobre idiota.

La novia de Hank.
La novia de Hank.

Hank y Anna ahora sí estallan en risas, mientras el primero me da palmaditas en la espalda y me pregunta si no me arrepiento de estar compartiendo mesa con ellos, en tono de broma pero quizá anticipando mi confesión de que soy miembro del Opus Dei, o recién escapado de una granja Amish, o que vengo como conferencista de un congreso para difundir la abstinencia sexual como remedio a la diseminación del Sida.

Por fortuna no soy ninguna de esas cosas, y pronto empiezo a relajarme y a retomar la conversación en un tono más cómodo. Vamos, les confieso en breve la historia de mi negocio vendiendo porno, lo que les da a ellos pie para hablarme de cómo se iniciaron en la industria. Resulta que son swingers, y que pasaron de filmarse a sí mismos teniendo sexo entre ellos y con otras parejas invitadas a probar suerte en el cine para el consumo mayoritario. Hablamos de la emergencia de la pornografía por Internet, de todo lo que Anna puede comercializar desde su nuevo sitio sin necesidad de gastar gran cosa. Me hablan del buen dinero que se hace bailando en strip clubs, de cómo se han vuelto habitantes casi de tiempo completo de la costa oeste, donde la industria porno tiene su Hollywood a la vuelta del otro Hollywood. Anna me habla de implantes de chichis, intensos programas de acondicionamiento físico y moldes de látex que reproducen fielmente todos sus orificios corporales. Yo ordeno ensalada Cobb, en lugar del rosbif que se me había estado antojando.

Es una charla de lo más sui generis, pero lo más interesante no es el aspecto de la pornografía en sí. Me involucro más en la relación que Hank y Anna sostienen como pareja. Él ha participado en películas al lado de ella… y de otras, pero confiesa que le gustaría dedicarse más a quedarse detrás de la cámara, haciendo sus pininos como director/ productor/ editor/ camarógrafo y demás puestos necesarios para entender todos los pasos de este negocillo, de la misma forma en que ahora explora las labores de un webmaster en anticipación al nuevo modelo de negocios que la industria está explorando. Anna dice que si Hank quisiera, podría ser una superestrella sin mayores problemas, debido a sus “dimensiones actorales”. Asumo que no estamos hablando de rango histriónico. Claro, estos son los puntos de la conversación en los que yo callo y finjo demencia. No sea que a la desenfadada Anna se le ocurra echar un concurso de “gusanos barrenadores” a ver quién paga la cuenta. Digo, la verdad sí me molestaría salir humillado además de acabar pagando.

Más chelas, té helado, carta de postres. Hank y yo ordenamos cheesecake, y Anna se conforma con darle un tenedorazo al plato de su hombre pues quiere mantener la linea, pese a que de momento se encuentran de vacaciones. Florida vuelve a ser su casa después de meses viviendo en California, grabando película tras película. Al momento de esta comida Anna puede contar ya casi 200 créditos en películas porno (empezó en el ’94). Yo llevo 15 meses y el mismo número de revistas como director de la MH. Ella es cuatro años mayor que yo, y dice que a sus 30 es prácticamente una reliquia con los días contados. No hay pesadumbre en el ambiente, es un negocio duro. Pero al contrario de centenas de coestrellas femeninas que cayeron en el porno por un historial de abusos sexuales, uso de drogas o desesperación laboral, ella entró al negocio por lo mucho que disfruta del sexo. Dentro de la legalidad, puede decirse que ella lo ha hecho de todo. Es por eso que se ha hecho de tanta fama en tan poco tiempo. Se transforma en una auténtica bestia sexual una vez que se posa ante la lente, y simplemente se deja llevar. Hank se ríe al recordar que el nombre artístico de Anna tenía  que asociarse forzosamente con este aspecto animalístico de su libido. Anna Malle. Animal. Bueno, original sí es.

La cuenta llega y Hank se adelanta. Hacemos la obligada pantomima por no dejar que el otro pague, pese a que insisto al menos en un mitad y mitad. El cierra la discusión diciendome que honestamente el año ha sido muy bueno, que mejor guarde mi dinero para mi futuro matrimonio (bueno, de algo tenía que hablar yo también, ¿no?). Anna me pide un par de tarjetas de presentación, que le entrego con visible orgullo por estar recién impresas. Se guarda una sugestivamente en el escote, esperando mi predecible reacción. Todavía riéndose me firma un autógrafo al reverso de la otra tarjeta, agradeciéndome por una comida muy agradable. Les digo a ambos que el beneficiado con la anécdota soy yo, y ahí partimos cada quien a lo suyo. Ellos, a olvidarme en el gentío. Yo, a terminar mis compras y maldecir el no haber cargado con una cámara.

A mi regreso a México le cuento de Anna a Ana. Ana no sabe quién es Anna hasta que yo le digo a Ana que busque a Anna en Internet. El dial-up se tarda años en bajar el intrincado gráfico de la página inicial a heroicos 56Kb/s, donde Anna luce su photoshopeado físico bajo una luz azul intensa. No hay mucho más que ver, tanto por la lentitud de nuestra conexión como por el hecho de que nos negamos (sabiamente) a pagar por hacernos socios de la página web oficial de Anna. Pero en fin, el relato de la comida se repite en futuras reuniones entre los amigos, con visibles muestras de curiosidad de por medio. Todo indica que será una de tantas cosas que pueblan brevemente nuestro anecdotario y para desvancerse al poco tiempo.

Excepto por el hecho de que unas semanas más tarde me encuentro en la oficina abriendo paquetes y más paquetes de correo, cuando me topo con una misteriosa caja sin grandes indicios de su contenido y con un remitente de oscuro nombre (una empresa situada en California). Empiezo a abrir distraídamente el paquete mientras dicto alguna instrucción a algún miembro del equipo, cuando mi mirada detecta que el contenido es una película VHS.

La foto que adornaba la caja de "Passion"...
La foto que adornaba la caja de “Passion”…

Anna, otra vez photoshopeada hasta el cansancio, mira seductoramente a la cámara bajo el simple título de Passion. Oigo la voz de la Presidenta de la editorial visitando la revista de al lado y me tiro sobre el paquete que yace encima de mi escritorio, como si fuera una granada activa. Tapo la caja con una chamarra y miro hacia todos lados. Nadie se percata de mi visible ofuscación, por fortuna. Procuro un sobre enorme de papel manila para ocultar  el paquete semiabierto y le hablo por teléfono a mi mujer. Ana me dice que tenga mucho cuidado, que no me vayan a descubrir mis jefes en posesión de porno. Sensato consejo.

Al llegar a casa me encuentro que la curiosidad de Ana también es compartida por nuestros entrañables amigos/vecinos Moni e Israel, quienes sí están familiarizados con la vida y milagros de la tal Anna. Moni trabaja clasificando películas para RTC, y las pornográficas también participan de tal proceso. Israel vio un documental de HBO donde Anna explicaba el funcionamiento y logística de las convenciones de swingers. Al fin abrimos el paquete, donde un recibo me explica que no debo ni un centavo por mi membresía al club de fans de Anna Malle, que esta película es mi obsequio de bienvenida y que me registre en annamalle.com para tener acceso a fotos, tienda virtual y demás maravillas de la erotecnología.  El mensaje tiene una notita personal manuscrita por Anna, donde repite el cansadísimo cliché grafológico de puntualizar las íes con un corazoncito. “French kisses from your sexy beast, Anna Malle”, y los cuatro nos reímos de mi nueva etapa como miembro honoris causa de tan prestigiado organismo. En honor a la estrella, ponemos la película y vemos sus intervenciones histriónicas con detalle crítico, mientras nos saltamos grandes porciones de sus “escenas físicas” en cámara rápida. Reitero, el porno pierde gran parte de ese misticismo erótico cuando se ha compartido pan y migaja con sus autores. Yo creo que por eso no puedo manifestar el mínimo interés por los sex tapes que se han puesto tan en boga. Siento más incomodidad intrusiva que excitación de cualquier especie.

Pasa el tiempo y la anécdota sigue añejando. Me llegan un par de nuevas cartas sorpresivas al trabajo de parte del Club de Fans, pero no más películas. En 2000, sin embargo, me llega un DVD. No hay notita escrita a mano. Creo que la hubiera preferido a la formulaica película, Sex Southern Style. Pronto mis recuerdos de Anna van desapareciendo entre mudanzas y extravíos. El internet hace obsoleta la necesidad de comprar un DVD porno, aunque sea tan sólo para ver cómo envejece una actriz a quien has conocido en persona. Los implantes se hacen cada vez más enormes, y pronto los otrora generosos 34D de Anna se tornan en dimensiones promedio. Y los actos sexuales tan atrevidos que le hacían resaltar son ahora cotidianos y hasta poco imaginativos, considerando lo que otras chicas más jóvenes están dispuestas a hacer por ganarse un nombre en la industria.

En enero del 2006 me topo con la noticia de que Anna Malle ha muerto en Las Vegas, a causa de un aparatoso accidente automovilístico. Le relato la noticia a Ana con un cierto aire de nostalgia, pero no es de esas nostalgias que se asocian con la gente común. Creo que es el entierro casi definitivo de mi anécdota compartiendo mesa con personalidades del mundo porno. O quizá no lo es.

Escena de "My Dinner with Andre". Sustituyan al director teatral por una pareja de pornógrafos y se asemeja mucho a mi comida con Anna y Hank.
Escena de “My Dinner with Andre”. Sustituyan al director teatral por una pareja de pornógrafos y se asemeja mucho a mi comida con Anna y Hank.

Una de mis películas favoritas es “My Dinner with Andre”, donde Wallace Shawn simplemente reproduce una cena al lado de su amigo, el director teatral André Gregory. La conversación entre ambos es todo el hilo narrativo, y pese a que el personaje titular lleva el peso de la charla a través de sus múltiples anécdotas y peculiares viviencias, es obvio que necesita de un interlocutor para expresarlas de manera plausible, para que exista un impacto y una reacción. Quiero pensar que en esa comida fui un poco más que un simple observador. Quiero creer también que alguna gracia debo haberle hecho a Hank y Anna, y que a lo mejor ellos también contaron alguna vez la historia de cómo dejaron boquiabierto a un periodista mexicano que no sabía con quienes estaba comiendo.

¿Quién sabe? A lo mejor llego a escribir una película sobre el suceso. Un “Mi comida con Anna” para acompañar “My Dinner with Andre”.

Por cierto, ¿el director de esta última? Louis Malle.

A lo mejor el destino es más intrincado de lo que puede parecer a simple vista.

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20 comentarios en “Cuando Toño conoció a Anna…

  1. Don Toño:

    Esa es una gran anécdota. Lamento (como se lamenta un dolor ajeno que no se menciona en simil de propio por no ofender susceptibilidades) el sensible fallecimiento de la gran estrella en comento. Pero vamos, que esto es un homenaje a todo lo que uno puede enriquecerse culturalmente con tan solo un poco de amabilidad.

    Gracias.

    • Las ofertas son tan cabronas que ni las especies extintas pueden resistirlas. En México los dinosaurios nada más se concentran en la política, no en el comercio al menudeo.

  2. Una furtiva lágrima rodó por mi mejilla… ¡Carajo! ¿cómo es posible que me hagas sentir añoranza por alguien que no conozco?…

  3. nostálgico… sí…

    humorístico… mucho más…

    No sé por qué tengo la ligera impresión que más que fruto del
    azar, esta comida fue planeada para que pudieras entrar
    al mundo PORN… ¿o no?

  4. No, mi buen JaJaJara, en serio que no. Mi etapa como el Larry Flynt de los pobres, jodidos y pendejos culminó poco antes de entrar a la UIC (cuando se me fregó el decodificador pirata con el que grababa películas XXX en la pornobólica). Por eso no la reconocí. Si esto hubiera sucedido unos años antes, de seguro sabía nombre, apellido, filmografía y hasta fragancia preferida.

    Nadie me cree, pero yo no persigo al porno. El maldito porno me persigue a mi…

  5. Gracias a tu anécdota y a mi nuevo iphone (que ahora sufrire para pagar en el mentado plan de telcel) la hora que llevo en el tráfico se ha hecho más corta. Ya pinte a escribir un libro otro algo. Si a stephenie meyer le fue bien, imagine what you can do man!

  6. pinche toño, hiciste que el reto del dia me sintiera mal por lo que le paso a anna, y gracias porn o privarnos de esta anecdota y compartirla con todos.
    saludos.

  7. Una Felicitacion señor Toño realmente mas que un anecdotario comun su blog toma tintes de una narrativa genial me parese ser para mi uno de los mejores que he leido en meses en cuanto a Anna Malle (en paz descanse) en cuanto vi su foto la reconici de inmediato a diferencia tuya. No describo nada del contenido de las pelis que llegue a ver de Anna en honor a su memoria, pero quizas el destino si sea intrincado y yo haya sido algunos de tus clientes de tu ilegal negocio,saludos.

  8. Pingback: El Rey, La Doctora, La Flor y Alex Trebek « Finísima Persona

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