Cada vez paso menos tiempo en Facebook y más en Twitter. De hecho, el balance ya es francamente desproporcionado. Conservo el perfil de FB simplemente para seguir en contacto con tantos amigos y familiares a quienes no veo en años, o a quienes me interesa volver a contactar en el futuro. Pero entre estúpidas granjas, peceras, mascotas, guerras mafiosas, mordidas de vampiros y galletas de la suerte (por mencionar sólo la natita de ese gran atole de molestas aplicaciones) me han hecho renegar de esa red social al punto del abandono casi total.
Twitter es otra cosa. Por principio de cuentas me permite hacer ese breve comentario sarcástico o ese chistorete pendejo sin tener que esperarme a escribir un post en Finísima Persona y darle el contexto adecuado. También me ayuda a tener un contacto más directo con ustedes, quienes tienen la mala fortuna de leerme, y saber un poco más de lo que hacen, lo que les gusta, lo que les causa aversión, lo que les inquieta y entretiene. De eso se nutren muchos de los materiales de este blog, así que de entrada es una herramienta útil.
Como nada viaja más rápido que las malas noticias, también me ha servido para descubrir quién se murió, quién fue arrestado, quien cayó preso en una narcofiesta, quién cometió un error garrafal durante una competencia deportiva y quién merece ser empalado en el Zócalo capitalino gracias a una declaración estúpida ante los medios. Ahí me entero antes que en muchos otros medios.
Y por si fuera poco, también me ha dejado probar mi agilidad mental en “tiempo real”, como cuando me pongo a comentar en vivo una entrega de Oscares o un juego del Tricolor. La interacción con otras personas que están viendo lo mismo que yo es muy agradable, como si nos hubiéramos juntado a echar carrilla entre la cuatitud, aunque las chelas corran por cuenta de cada quien y sean consumidas en la soledad del hogar.
Pero lo que me desconcierta de Twitter suelen ser los extraños balances entre Followed y Followers. Me encuentro de pronto con gente que tiene un millar de seguidores, pero ellos mismos no siguen más que a un puñado de gentes. Lo entiendo de gente muy famosa, quienes realmente tienen poco o nulo interés en corresponder a sus seguidores por diversos motivos. Pero creo que lo auténticamente interesante de Twitter es escuchar en similar relación al número de quienes lo escuchan a uno (por “escuchar” me refiero a lo conceptualización derivada de “leer”, antes de que me corrijan).
Esto de seguir a personas en nuestro Timeline es aún más fácil con las listas. Uno puede fácilmente distinguir a amigos de colegas, a colegas de conocidos casuales, a famosos de “hijos de vecino”, a fuentes informativas de chismosos irredentos, y no hay bronca alguna. Sólo es cosa de ubicar a cada quien en una lista acorde, y ya estuvo.
Pero hay quienes se toman esto de los Follows muy en serio. Diariamente leo de alguien quejándose de que alguien le dio Unfollow, así que en represalia él o ella harán lo mismo. Hay aplicaciones para determinar cuantas de las gentes a las que sigo me siguen también a mi. Eso es rarito, por no decir narcisista/egomaniaco. Y ni hablar de aquellos quienes simplemente se ponen a seguir a gentes sin ton ni son, tan sólo para ver cuántos de esos les acaban siguiendo a ellos en reciprocidad.
Ya no hablemos de quienes recurren a aplicaciones que les “garantizan” decenas de nuevos followers, salidos de quién sabe dónde. ¿Realmente te importa tanto ese número debajo del letrero de Followers como para aparecer en el Timeline de un pobre iluso que vive en Madagascar?
Mi política es simple:
- Si me sigues, te sigo. A veces tardo un poco en actualizar ese balance, pero procuro hacerlo.
- Si no twitteas seguido, dejo de seguirte. Generalmente mi “corte” ocurre para quienes no tienen actividad en las últimas seis semanas, más o menos. Y si nunca twittean, pues también está de más el seguirlos.
- Si tan sólo usa Twitter como una bastardización de un chat room, también dejo de seguirte. ¿Qué caso tiene estar al pendiente de tus actualizaciones, si tan sólo son Replies y Retweets?
- Si no eres una persona de carne y hueso, es difícil que te de Follow. Hay mucho proselitismo en Twitter, un montón de causas que no me interesa seguir por el sólo hecho de que “ellos” me siguen a mi. Cuando me interesa algún grupo o iniciativa, lo busco yo mismo y me adhiero por voluntad propia. Esto es un fenómeno que nació en Facebook, pero está permeando otras redes sociales.
- Si tu Timeline son puras trivialidades, adiós. No me interesa si estás en el súper. O cortándote el pelo. O rumbo a casa de Nico. O viendo el fut. O saliendo de comer. En serio, esas cosas no le interesan a nadie más que a ti. Y tú las estás viviendo, así que revelarlas en Twitter resulta redundante y estúpido.
- Si te la vives haciendo “chistes locales”, bye. No conozco a tu banda. No sé de qué caraxos hablas.
- Zi ezkribezzz azzi, y3g4l3!!!!! No me interesa descrifrar tu mente anclada en los 11 años. No es gracioso, ni ingenioso, ni original. ¿Te gustaría conversar con alguien que sustituyese las vocales por trompetillas salivosas? Bueno, este pseudoidioma es su equivalente grafológico.
- El hecho de que me des un #FF (Follow Friday, recomendación para que otros me sigan, para los no iniciados) no implica que yo tenga que darte uno a ti. Yo les doy #FF a quienes me parecen entretenidos, ingeniosos, agradables o dignos de leerse. Pero no es algo que sea de reciprocidad obligatoria. Y tampoco lo hago muy seguido, sólo cuando realmente me nace hacerlo. Todos deberían hacer lo mismo.
- Si sólo estás repitiendo obviedades, hasta la vista. Y la mayor de las obviedades es la de “se cayó Twitter”. Ya sabemos. Cuando estás sentado en la mesa familiar y alguien tira un vaso con refresco sobre la mesa, ¿eres la clase de pendexo que dice “se cayó un vaso con refresco sobre la mesa”? Bueno, avisarle a los que están en Twitter que Twitter se saturó es exactamente lo mismo.
- Si abusas de los hashtags, abur. #haygente #quecreequetodo #tienequellevar #unsignode# #nadamásporquesí. Estos idiotas no entienden de qué se trata el pez. Más ruido visual que no vale la pena. El uso de ‘#’ es prácticamente innecesario. O sea, lo contrario del #necesario que le pones a todo, so imbécil.
En resumen, creo que Twitter es tan bueno o tan malo como uno quiera hacérselo. Puede ser enormemente grato de usar o una auténtica y confusa pesadilla derivada de tragar pizza de queso de puerco rebajada con sotol. Hay que entenderle al rollo, por simple que pueda parecer. Pero es suceptible de caer en el abuso y la desvirtualización, como casi todo. Dicho sea lo anterior, ¡allá los veo!
