
No se me da, esto de los cumpleaños. Rara vez celebro el mío, quizá por el hecho de que, cuando era niño, mi onomástico del 28 de julio coincidía con las vacaciones de verano, así que cuando yo no estaba de viaje, la mayoría de mis amigos se encontraban fuera de alcance. Tengo realmente pocos recuerdos de cumpleaños multitudinarios en mi niñez. No le estoy haciendo al tristón, de todos modos me lo pasaba poca mais. Pero rara vez en compañía de muchos.
Esto cambió radicalmente en la universidad. Me imagino que la economía prangana del estudiante era lo que forzaba a la mayoría de mis amistades y familiares en el mismo rango de edad a quedarse en casa durante dichos meses veraniegos, porque ahí sí pude festejar en grande mi cumple. En una ocasión entraron en casa casi 60 rostros que me eran, al menos, conocidos. Sumémosle una docena de viejas y güeyes que a la fecha no sé quien caraxos eran (y que seguro se fueron de la velada llevándose algún recuerdito) y podremos deducir que la ocasión se convirtió en una función bastante animada.
Recuerdo bien la limpieza de casa al día siguiente de ese particular cumpleaños (fue el 21, creo). Me encontré toda clase de efectos personales olvidados por las visitas: lentes, una cartera (sólo tenía un billete “souvenir” de 5 francos franceses), una bolsa de mujer (¡buena jarra, Anya!), llaves, dos celulares y una botella de Absolut escondida en el depósito de agua del W.C. de visitas. Una cortina de la sala se desprendió ligeramente de su sitio, y la gente pensó que sería buena idea utilizarla como tapete para limpiarse las patas después de deambular por el jardín recién llovido. Y la peste que comenzó a cundir por la planta baja una semana después fue rastreada a una caja de pizza hawaiiana (completa) que se convirtió en cultivo de moho debajo de uno de los sillones. Ah, los buenos viejos tiempos…
Ahora me cuesta trabajo festejar cumpleaños, a menos que sean de mi hija. Coincido con Patton Oswalt al pensar que, pasados los 21, deberíamos festejar tan sólo los cumpleaños que marquen nuestra entrada a otra década. Digo, ¿para qué esperar la conmemoración del día que llegamos berreando a este planeta como pretexto para festejar en grande? En lo que a mi respecta, voy a dedicarme a festejar mi cumpleaños el día, o mejor dicho, los días que se me den la gana. Y claro, más de una vez al año, para que mi gaznate aventurero no pierda su buena condición de tolerancia etílica.
Pero eso sí, este blog se cuece aparte. Es justo echar campanas al vuelo por su existencia, ya que me ha dado la oportunidad de entablar contacto de cuatitud y piquete de panza con los lectores más sagaces, informados, corrientes, volubles, ocurrentes, sabios, corruptos, viciosos, leales, pervertidos, curiosos, enfermos, objetivos, deleznables, cultos, traicioneros, encomiables, anodinos y refinados de la blogósfera. A ustedes les dedico algunos de los pasteles más pinches que he encontrado en mis interminables devenires cibernáuticos.

A este pastel sólo le falta un círculo rojo (¿de fresa?) que aparezca entre el betún al día siguiente de comprado...

No estoy seguro si es Tom Selleck o Ari Telch, pero no puedo esperar a echarme una rebanada de vello corporal.

"¿Mi ingrediente secreto? Placenta, por supuesto"

Pastel emo. Se corta a sí mismo. Siente su dolor.

El pastel de mis pesadillas...

¿Para qué comprar pastel? En Filipinas venden esta harina para prepararlos en casa. Todos te dejan relleno cremosito en boca...
¡FELIZ PRIMER ANIVERSARIO, FINÍSIMAS PERSONAS!