- “Casi no llegamos a tiempo. Es que es bien difícil encontrar la entradita a la universidad, escondida como está detrás de tres cantinas, una tienda de licores, una gasolinera, una tapicería, un azulejero y dos hoteles de paso…”
- “¿Te sobran boletos para el examen, güero?”
- “¡Mira papá, en esta universidad ofrecen titularte en tres meses o tu pizza es gratis!”
- “Lo que sí creo que es excesivo e insultante es dividir el área del público en zonas Gold, Preferente, Porra Rebel, Plateas, Familiares y Xodidaje…”
- “¡No puede ser! ¿OTRO retén de seguridad?”
- “Jamás había visto una tesis ‘para colorear’…”
- “Qué elegante se vistió Toño para el examen. Lástima que haya elegido un traje de torero. Y de color rosa. Y dos tallas más chico de lo que sería apropiado para disimularle ‘el paquete’…”
- “No, en serio, ¿quién le dedica una tesis a ‘el hombre más influyente de mi vida, mi modelo a seguir y un mexicano ejemplar: el diputado Julio César Godoy’?”
- “Mmmmta… ya lo jodieron. Uno de los miembros del jurado es Diego Schoening.”
- “Tesis no se escribe con ‘z’, ¿o estoy mal?” Sigue leyendo
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Toño vs La Tesis
Se acabó al fin. No más darle vueltas al asunto cuando me preguntan porqué no me he recibido aún. Acabo de imprimir las copias finales de mi reporte de experiencia profesional, un recurso que ofrece mi universidad (¡La UIC-end representaaa!) para la titulación bajo la promisoria oferta de “tesina”, pero que a mi me salió prácticamente como una auténtica “tesis” con toda la barba.
Mis intentos de titulación habían sido variados e infructuosos por igual. Por principio de cuentas nunca tuve la disciplina de chutarme el servicio social debidamente. Siempre era cosa de empezar en un lado a ofertar mi labor de esclavo con miras a obtener la liberación de este engorroso requisito, para después abandonarlo a medio camino por cuestiones de trabajo. En efecto, puesto que estudiaba la universidad por las tardes, tenía prácticamente las mañanas enteras para chambear, y ante la perspectiva de recibir un chequecín por mis esfuerzos frente a trabajar “de gratis”… siempre ganaba el chequecín.
Este ánimo mercenario me pasó la factura muy pronto. Mi último intento de hacer el servicio social como Dios y la SEP mandan fue en el Instituo Mexicano de la Radio, donde mis labores consistían en monitorear estaciones de radio diseminadas por todo el interior de la república, en un proceso tan arcaico como inútil. Me sentaba con una grabadora toda dada al catre y un altero de cassettes (¡Cuéntanos más, Abuelo Toño!) donde escuchaba los noticiarios producidos por el IMER para ciudades como Mazatlán, Gómez Palacio, Jalapa, Chilpancingo y Villahermosa. Cabe decir que dichas producciones distaban mucho de ser tan interesantes como para justificar la tarea encomendada, así que me limitaba a dejar correr el cassette mientras mis audífonos se desconectaban discretamente de la grabadora, para reconectarse en un Discman hábilmente disimulado debajo de un altero de libros.
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