En Espera del Perro Robot

Un par de días después de que se chutaron a Bin Laden comenzó a correr en los medios la historia (real) de que el escuadrón de Navy SEALs a cargo de meterle un tiro entre ceja, oreja y madre a Osama no se componía exclusivamente de seres humanos capaces de circuncidar una mosca a 200 yardas de un certero plomazo. Oh, no. Además de los 79 soldados, les acompañaba un perro.

Y no cualquier perro, por cierto. Estos perros suelen ser de razas excepcionalmente dotadas tanto para el combate como para la detección olfatoria de riesgos, sean de naturaleza explosiva o simples enemigos de carne y hueso. Las razas preferidas suelen ser pastores alemanes o los famosos Malinois originarios de Bélgica (¿creían que iba a caer en la fácil tentación de hacer un chiste soez con la palabra ‘belga’, eh, babosos?), y son al mundo canino lo que Chuck Norris al mundo humano.  Sigue leyendo

Alegatos de mis gatos…

Siempre fui fan de los perros, desde chavito. Y perros nunca faltaron en mi casa. En un futuro dedicaré un post entero a la raza canina, pues ocupan un lugar preponderante en mi vida. Pero en estos días mis papás salieron de viaje, y nos encargaron a mi hermano y a mi estar pendientes de sus gatos.

Lejos de lo que reza el saber popular, una casa de perros y gatos no está permanentemente hundida en pleitos, corretizas, mordidas y arañazos. Al menos no en casa de mis padres. Salvo en el caso de un par de afortunados canes, los perros han vivio en el exterior de la casa y los gatos en el interior. Cuando alguna de las razas se aventura demasiado en terrenos de la otra, puede haber ladridos o maullidos de advertencia, pero no hay francas hostilidades. Reina una extraña armonía.

Todo empezó hace unos 14 años, con la llegada de Gato. Una de las múltiples gatas que vivían en casa de los vecinos se saltó hacia el tejado que daba a nuestro patio, y depositó sobre las tejas a un gatito recién nacido, con los ojos aún cerrados y todo el rollo. Mi mamá escuchó sus maullidos durante un rato, sin saber qué hacer. Al cabo de una hora, aproximadamente, la gata regresó por su cría.

Al día siguiente se repitió el espectáculo. La gata dejó al gatito sobre las tejas y desapareció… para no volver. Me imagino que aplicó la clásica de ir por cigarros a la esquina para endosarnos al producto de sus calenturas. En fin, el sol se ocultó y comenzaron a caer las primeras gotas de un aguacero. Mi mamá corrió a pedirme que le ayudara a subir al tejado. Rescató al gatito y lo metió en la casa. Y obviamente nos quedamos mirándonos mutuamente, sin saber qué hacer con esa extraña criatura.
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