
- Así se ponen los centros comerciales gringos el día que sigue al de Acción de Gracias. Cuando hay demasiada gente en la tienda, sueltan al Tiranosaurio para que se coma a unos cuantos.
Sí, mi esposa se llama Ana y no Anna, así que es obvio que no les voy a recetar uno de esos cursis textos tan en boga ahora que se acerca el 14 de febrero. En efecto, éste texto contiene muy poco de amor, y mucho de sexo. Y no de cualquier sexo. Sexo sudoroso y pegajoso. Sexo kinky y depravado. Sexo grupal y en solitario (pero captado por la lente de la cámara). Y bueno, hay un poquito de amor mal disfrazado de cariño, para los que aún tienen su corazoncito y recuerdan a Anna como yo la recuerdo: vulgarzota y simpaticona.
En 1997 me encontraba disfrutando unos días extra de vacaciones en el Sur de la Florida tras una convención editorial para la revista en la que entonces me desempeñaba como director. Tras cinco días de malsana convivencia con mis colegas provenientes de otros países, el recuento de los daños era considerable. Habíamos bebido como cosacos, nos dimos palmadas en la espalda por enormes éxitos en circulación y ventas de publicidad, fumamos descomunales Cohibas con olor a oveja quemada y demostramos la clase de comportamiento indigno y decadente que suele caracterizar a quienes se soban el lomo chambeando como mulas todo un año, para de pronto hallarse con mucho que ventilar y muy poco tiempo para hacerlo.
Pese a todo, aprovechando el viaje al extranjero y un periodo de bonanza económica, decidí hacer mis compras navideñas de una vez. Eran los últimos días de noviembre, así que la mercancía y las rebajas no habrían de faltar. Reservé un hotelito para pasar tres días adicionales, renté un modesto cochecín y me preparé a meterle una buena maraca a las tarjetas de crédito. Claro, jamás caí en la cuenta de que el primero de esos tres días extra caía en el Día de Acción de Gracias. En efecto, el famoso Thanksgiving de los gringos me era una tradición vagamente familiar, así que se imaginarán el éxito de ese primer día de compras: por principio de cuentas, TODO cierra. OK, las farmacias CVS y los Walmart abren (estos últimos por tiempo limitado), pero el resto del país se paraliza para regresar al hogar familiar y atracarse de pavo, camote, salsa de arándano y relleno de pan mojado.
Y yo en un Holiday Inn en remodelación. Mi banquete de celebración consistió en unas hamburguesas que compré en el Wendy’s unos minutos antes de que cerraran sus puertas por el resto del día. Compré papitas y otros chuchulucos variados en una gasolinera para resistir hasta el día siguiente, y me pertreché en mi cuarto a ver el futbol americano (Dios no desproteje del todo).
Claro, este idiota tampoco sabía que el día siguiente al Día de Acción de Gracias es el famoso Black Friday, y por tradición es la fecha del año en la que el mayor número de norteamericanos se da cita en los centros comerciales para aprovechar las descabelladas ofertas preparadas ex profeso para tal ocasión. El Black Friday no es de risa, señora y señores. Todos los años hay estampidas de gente, bofetadas, pisoteados y demás incidentes propios de un país en decadencia a causa de su propio consumismo. Sumémosle el hecho de que eran años de bajo desempleo (¿no que Clinton era muy guey?), que las ventas por Internet no eran ni el asomo de lo que son hoy en día y que el centro comercial elegido por su servidor era una auténtica joya para el turismo comprístico del mundo: el Sawgrass Mills Mall, un prodigio del concepto Outlet con más de 240 establecimientos dedicados en cuerpo y alma a vender todo más barato que nadie. En fin, la tormenta perfecta para un endeudamiento histórico.

- El Sawgrass Mills Mall, catedral del turismo consumista
Me presenté con mi carota de asombro en el mall desde las primeras horas de la mañana, para descubrir que mi idea había sido compartida por decenas de miles de humanos. El estacionamiento se encontraba cercado por filas interminables de autos. La aglomeración era de no creerse. Ríos de gente recorrían los pasillos del centro comercial, y el simple hecho de llegar de una sección a otra resultaba una tarea de paciencia y dedicación. Pese a todo, logré ir haciéndome de una buena gama de regalos para toda la familia a precios que en México me hubieran resultado tres veces más caros. Mi humor, inicialmente empañado por la falta de previsión ante tal maremagnum consumista, mejoró gradualmente.
Pero claro, el hambre acabó por vencer mi afán por comprar el afecto de mis seres queridos. Lo malo es que los food courts del Sawgrass eran insuficientes. Tras mucho batallar descubrí una cola como de 12 personas afuera de un Ruby Tuesday’s, y la perspectiva de un restaurante con mesero me pareció más halagueña que estar dándoles codazos a extraños con mi charolita durante la infructuosa búsqueda de una mesa. En fin, a hacer cola se ha dicho. Como mis compras se habían ido multiplicando de manera alarmante, había adquirido (por $22.95!) una enorme maleta con ruedas capaz de reunir todo el botín acumulado. Mi maleta y yo comenzamos el avance hasta la puerta del establecimiento.
En algún momento se situó detrás de mi un tipo fornido de mirada amenazadora. Fácilmente se aproximaba al metro noventa de estatura, y pese a las generosas porciones de mi nueva maleta calculé que, si acaso, le hubiera servido a aquel bestia para guardar un par de juegos de ropa, debido a una musculatura pronunciada. El tipo miraba nervioso la puerta, como estimando cuanto tiempo iba a tomarle llegar hasta allá. Se veía indeciso, al punto que abandonó su lugar y regresó a perderse entra las riadas de gente que seguían agotando existencias. De pronto, para su mala fortuna, la fila empezó a avanzar rápidamente. Un par de minutos después yo me encontraba casi a la puerta del restaurante, donde un apurado anfitrión malabareaba mesas tan rápido como le era posible. Sólo quedaban dos gentes delante de mi cuando volví a ver al fortachón, ahora con cara desconsolada hasta el final de la fila. Al abandonar su puesto se habían sumado a la hilera de comensales al menos una docena y media de hambrientos.
Decidí tener un gesto de amabilidad, y le hice señas para que se acercara. El vejete detrás de mi en la fila me miró con recelo, pero le expliqué en “inglés turístico” (muy útil para no ahondar en explicaciones) que aquél humano me había pedido que le reservara su lugar. Mi nuevo amigo me siguió la corriente de inmediato y procedió a entablar una rápida conversación conmigo, explicándome de que su novia lo había mandado a buscar mesa pero que ya se había tardado en regresar. Ambos hicimos mención de lo lleno que estaba el mall, y de buenas a primeras ya estábamos a punto de recibir una mesa.
El anfitrión nos preguntó cuántas personas éramos. Yo, naturalmente, respondí que venía solo y que mi amigo quería mesa para dos. Recibí la obligatoria sonrisita apropiada para “sólo hay lugar en la barra para quienes vienen solos”, al tiempo que mi mirada se dirigía a la previamente práctica maleta de rueditas, de súbito más estorbosa que un elefante con epilepsia. A punto estaba de aceptar el lugar cuando el fornido gringo me dijo “si no te molesta, puedes sentarte con nosotros en una mesa de cuatro”.
Me brillaron los ojitos. Mesa grande. Lugar de sobra para poner mis chivas y estirar las patas. ¿Y qué tan mala podía ser la charla con este guey tan alivianado y su novia? Le pregunté si ella no tendría inconveniente, y él me aseguró riendo que de ninguna manera. No se hable más: Mister Sempere, parti of tri, plis.
La charla en la mesa se tornó más fraternal. Mi interlocutor se presentó: Hank. No, no era linebacker retirado, aunque sí jugó algo de futbol colegial en sus años mozos. ¿Yo? Antonio, editor de una revista para el hombre de hoy. Hank resultó suscriptor de la versión gringa de MH, así que la conversación giró por esos derroteros. Entre charlas y mordidas al pan con mantequilla Hank miraba hacia la puerta, esperando la llegada de su novia. “Anna se desconecta cuando está de compras”, dijo en tono de media disculpa. “Mi Ana también, no te preocupes”, respondí. Buena vibra, ligera. Rara vez dejo ver los lados desagradables de mi personalidad con gente a la que recién conozco, así que la cosa marchaba bien.
De pronto se hace algo de silencio y miro en dirección a la puerta. Acaba de entrar una tipa enfundada en un atuendo de Body Glove que puede o no ser más que una capa de pintura sabiamente aplicada. La cintura es casi inexistente por su brevedad, las piernas son largas y bien formadas, el vientre al descubierto revela largas horas de dedicación en el gimnasio. Dos colosales senos, obviamente operados, están semidescubiertos por un zipper estratégicamente abierto a la mitad del “top”. Los colores negro y rosa mexicano de la prenda marcan un vivo contraste con la piel bronceada a la perfección. La mujer no se quita las gafas Oakley, pero su rostro maquillado hasta el cansancio recorre cada mesa del local, donde se ha hecho un silencio más bien incómodo. Una animalística melena negro azabache completa el cuadro.

- Anna, frágil y tímida damisela. Ordenó ensalada César, aderezo aparte.
Este es el momento ideal para cimentar la amistad con Hank. Mi mente trabaja a mil por hora buscando uno de mis piropos de mal gusto que sea fácilmente traducible, procesando una y otra vez la posibilidad de que “en esa cola sí me formo” tenga sentido en el idioma de Shakespeare. Justo cuando voy a decir cualquier barbajanería, descubro que Hank hace gestos desesperados hacia la puerta… y que la recién llegada lo reconoce.
En un instante estoy de pie intentando tragarme el pedazo de pan a medio masticar, y Hank me presenta a Anna, su novia. Le explica qué hago sentado con ellos a la mesa, y antes de poder expresarle mi agradecimiento ella se ríe para tranquilizarme. Dos enormes incisivos destacan como chicles Adam’s de menta, gigantes, ¿falsos? Difícil determinarlo. De hecho, el resto de la comida estará ocupado frecuentemente por evaluar qué partes de la tal Anna son prefabricadas y cuáles son originales.
Más charla insulsa, obviedades respecto al gentío y órdenes de bebidas. Yo, una Guinness. No hay. Ni hablar, Bass, la mejor opción “B” en puerta. Hank me hace coro y Anna pide té helado sin azúcar. Al fin se ha quitado las gafas oscuras y veo unos ojos que muestran la pesada mano del maquillaje. Es obvio que pasar desapercibida no es la meta de esta gringa con tintes exóticos, mitad italiana corriente de New Jersey y mitad Pocahontas versión cabaret. Sigue con tus ejemplos chistosos, so bestia. Hace rato casi metes la pata frente a Hank diciéndole alguna nacada sobre Anna. En fin, llegan las bebidas, ordenamos entradas y platos fuertes de una vez y brindamos por el gusto de estar sentados en un restaurante como la gente decente, no haciendo fila frente a los pinches Gyros como la plebe.