¡Hola, Finísimos!
Les he tenido un poco abandonados y no hay disculpa a la altura de lo que merecen, así que basta que sepan que los extrañé mucho, que estuve trabajando en algunas cosas que se traducirán en mayor abundancia de contenidos frescos para ustedes y que ni un sandwich de salmón echado a perder del Starbucks puede aún acabar del todo con mi nefanda persona. Pasemos a asuntos más importantes.
Ustedes saben que nunca me ha gustado politizar este blog. Sí, me burlo de AMLO y de Ebrard, pero también extiendo mis burlas a Felipillo de Bolsillo, al Copetes Peña Nieto y en general a cualquier funcionario público, sin importar filiación partidaria y/o ideología. En materia de humor, o se es democrático o mejor de plano le quitamos el sello de comicidad y le ponemos el de propaganda orientada al dibujín, para mi no hay de otra.
Sin embargo a veces ocurren hechos de impacto popular que rebasan las reservas que uno tiene para abordar ciertos tópicos. Así como no puedo dejar de hablar de sucesos en boca de todos (la muerte de Osama Bin Laden, el estreno de una peli de Potter, el Mundial de fut o la nefastez del chayote), tampoco puedo dejar cien por ciento de lado mi opinión a la hora de estudiar lo que me afecta como ciudadano de este país y habitante de este mundo. O al menos tendré que hacerlo hasta que los alienígenas que circundan la tierra antes de reportar sus estudios a sus superiores en las Pleiades se decidan de una buena vez a llevarme como garañón para impregnar a sus mujeres con el DNA de un ser superior, de intelecto superdesarrollado y considerable tolerancia a las bebidas embriagantes. Sigue leyendo
