Dicen que somos seres eminentemente visuales, y es difícil de argumentar algo en contra. Es gracias al sentido de la vista que cosas tan vistosas como Spongebob, las camisas hawaiianas y el porno gozan de tanta aceptación y popularidad. Pero en mi caso, el sonido es algo tremendamente evocador.
Cuando compré la consola para iPod que terminó por convertirse en la piedra angular de lo que pronto se convertirá en toda una red de podcasts, mi intención inicial era simplemente capturar las voces de mis familiares. La lógica y la inspiración detrás de la idea fue, curiosamente, generada por mi hija Natalia. Natush tenía como cuatro años cuando me preguntó cómo era mi voz cuando yo tenía su edad. Y haga uno lo que haga, no hay forma de explicar una voz. Hay que escucharla, punto.
Rescatar mi voz no ha sido fácil, pues el cambio constante de formatos mediáticos no es el mejor amigo de la preservación de materiales históricos a nivel familiar. Sin embargo en el escombradero de la casa de mis padres encontré cajas y más cajas de cassettes donde, sí, aparece mi voz cuando tenía un año y medio. Y en edades subsecuentes también. Ahora estoy buscando un buen reproductor de cassettes para transferir las grabaciones a un medio digital, y listo: el legado de una voz queda preservado para la curiosidad de otra generación.
Ahora tengo colecciones de voces de muchas personas muy queridas para mi, pero en el proceso de grabar cosas y más cosas, he descubierto algo interesante: hay sonidos que me causan un placer fuera de lo común. Son sonidos mundanos, pero al ser capturados de forma fiel y reproducidos de manera adecuada, prácticamente me transporatan a lugares y épocas distantes con la misma facilidad de un aroma o una fotografía. Sigue leyendo


