Ruiditos favoritos

Dicen que somos seres eminentemente visuales, y es difícil de argumentar algo en contra. Es gracias al sentido de la vista que cosas tan vistosas como Spongebob, las camisas hawaiianas y el porno gozan de tanta aceptación y popularidad. Pero en mi caso, el sonido es algo tremendamente evocador.

Cuando compré la consola para iPod que terminó por convertirse en la piedra angular de lo que pronto se convertirá en toda una red de podcasts, mi intención inicial era simplemente capturar las voces de mis familiares. La lógica y la inspiración detrás de la idea fue, curiosamente, generada por mi hija Natalia. Natush tenía como cuatro años cuando me preguntó cómo era mi voz cuando yo tenía su edad. Y haga uno lo que haga, no hay forma de explicar una voz. Hay que escucharla, punto.

Natush, familiarizándose con viejas voces vía GarageBand...

Rescatar mi voz no ha sido fácil, pues el cambio constante de formatos mediáticos no es el mejor amigo de la preservación de materiales históricos a nivel familiar. Sin embargo en el escombradero de la casa de mis padres encontré cajas y más cajas de cassettes donde, sí, aparece mi voz cuando tenía un año y medio. Y en edades subsecuentes también. Ahora estoy buscando un buen reproductor de cassettes para transferir las grabaciones a un medio digital, y listo: el legado de una voz queda preservado para la curiosidad de otra generación.

Ahora tengo colecciones de voces de muchas personas muy queridas para mi, pero en el proceso de grabar cosas y más cosas, he descubierto algo interesante: hay sonidos que me causan un placer fuera de lo común. Son sonidos mundanos, pero al ser capturados de forma fiel y reproducidos de manera adecuada, prácticamente me transporatan a lugares y épocas distantes con la misma facilidad de un aroma o una fotografía. Sigue leyendo

Motivar y motivarte

El otro día intercambié e-mails con un amigo de quien no había sabido nada en varios meses. Su vida no va bien. Aún no encuentra un trabajo decente, casi 8 meses después de haber sido despedido. El trabajo de medio tiempo que tiene ahora no le gusta, pues trabaja larguísimas horas bajo las órdenes de un jefe que tiene casi la mitad de su edad y la décima parte de su experiencia. Las presiones económicas de tener un hijo que aún no cumple el año, aunadas a la mala economía de los Estados Unidos, amenazan con hacerle vender la casa que está pagando con toda clase de sacrificios y mudarse con familiares hasta que los gastos queden bajo control. Y su equipo favorito ni siquiera pasó a la post temporada, así que el desastre es casi total.

Yo hice lo que tiene que hacer todo buen amigo en casos de este tipo: decirle que es un perfecto maricón, que deje de tristear y que confíe en su inteligencia, talento y habilidades para salir avante, en vez de pasar por fracasado. Le recalqué una y otra vez que mis amigos no son perdedores, que la suerte cambia eventualmente y que las cosas pierden el cariz trágico vistas con un poco de distancia objetiva y con una cerveza bien fría en la mano, siempre y cuando te hayas ganado dicha cerveza con el esfuerzo de las horas previas. Y terminé diciéndole que estoy a sus órdenes para acudir en su ayuda si la cosa se pone peor, pero que se aguante el festín de patadas en el trasero que le voy a dar en el proceso tan sólo por pensar que no tiene los recursos para salir adelante. Sigue leyendo