¿En qué estaba pensando? Pecados musicales, Vol. 1

Durante muchos años tuve el vicio de comprar música. Sí, vicio. Lo digo porque muchas veces no eran compras razonadas, sino simples afanes enfermizos por hacer acopio de más y más discos, cassettes, CDs y demás formatos vivos y muertos para engrosar mi creciente colección. Y por lo mismo, tiendo a encontrar ciertas “joyas” en ella que me hacen avergonzarme profundamente de mi mal juicio, o al menos cuestionar si siquiera lo tengo. He aquí un breve muestrario:

Village People, Can’t Stop the Music – Original Motion Picture Soundtrack

Es justo comenzar con el que quizá sea el primer gran ejemplo de mi a veces atolondrada selección musical. A mis 9 años, mi colección de música “adulta” se componía de discos de Rush, Led Zeppelin, Queen, AC/DC, The Police, Rainbow, Supertramp y los soundtracks de Grease y Saturday Night Fever. No muy consistente el rollo, pero con potencial de grandeza. Un fin de semana que estábamos de pasada por un Sanborns llegó la inusual oferta de mis padres de regalarme un LP. Y no sé qué clase de demonio desfalleciente de la música disco me poseyó a la hora de elegir este. Resulta que el homoerótico quinteto de Village People hizo una película. Si la llegan a pescar en un Cinema Golden Choice o algo similar deben de verla, es quizá una de las diez peores películas de la historia. El caso es que la banda sonora es tanto o más mediocre aún. El tema principal es todo pilas, lleno de arreglos ostentosos para una sección orquestal muy discotequera, así que me imagino que eso estaba sonando en el momento de hacer la obtusa elección.

Valerie Perrine: 'Cougar' histórica...

¿Pero por qué elegí este disco? Ya les he contado que no me gusta bailar, y aunque me gustase estoy negado para ello. Y para ese entonces no escuchaba el mentado soundtrack de Saturday Night Fever, único posible vínculo con el género, ni para limpiarle la aguja al tocadiscos (“¡Cuéntanos más, Abuelo Toño!”). La música Disco ya estaba en los últimos estertores mortales, de hecho. Yo ya había iniciado una modesta colección roquera con sólidas bases. Mi única explicación posible es que el disco tenía en su interior una serie de fotos de la película, donde la protagonista femenina Valerie Perrine mostraba sus atributos de madurona sexy y un par de atuendos que indicaban lo frío que estaba el set el día de la filmación. En serio, señores, uno podría colgar la gabardina y el sombrero en esos enhiestos pezones. Así pues, debo confesar que la única razón para comprar este album de vinil fue el despertar de mi inmadura libido.

Spin Doctors, Turn It Upside Down

Una de las canciones más quemadas y tocadas ad nauseam en la historia de la música es Two Princes, de esta jipiosona banda que vino a contrarrestar con su alegría pachecona todo el depresivo influjo que el grunge legó a la humanidad a principios de los 90. Pero los Spin Doctors, pese a un album debut con tres sencillos exitosos (aunque desprovistos de calidad), tuvieron el atrevimiento de sacar un segundo disco (y probablemente un tercero, pero ni yo fui tan imbécil de explorar el resto de su legado artístico). El caso es que sí compré la segunda producción de este cuarteto. El sencillo de Cleopatra’s Cat, en opinión de un empleado de Núcleo Radio Mil (donde yo estaba haciendo un curso de producción radiofónica), iba a ser el exitazo del año, haciendo que Two Princes quedara más olvidado que el hermano jotón de Lucía Méndez. Sobra decir que no fue así (lo de Cleopatra’s Cat, no lo del hermano jotón de Lucía Méndez). Este CD fue tocado una sola voz en el luchón estéreo Fisher que amenizaba mis tardes de estudio universitario. OK, que amenizaba mis tardes de siesta universitaria. El caso es que es malísimo. Y en una época en que comprarme un disco representaba un serio impacto a mi economía personal, resultó más doloroso aún el descubrir que las rolas no servían ni para poner ambiente en una reunión de menonitas.

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Tardes de Mala Música

Ya les hablé brevemente de esta anécdota en un podcast, pero viene a colación pues me encontré en casa de mis papás con una maleta CaseLogic para 60 CDs, llena de discos de cuando mi hermano y yo teníamos un servicio de DJ y sonorización de eventos y fiestas. Trágico, en verdad. Me golpearon a la cara portadas de “artistas” tan renombrados y prometedores como Los Fantasmas del Caribe, Gillette (aquella de Short Dick Man) y los anormales que cantaba esa canción que rezaba “¿Qué es lo que quiere la nena? / ¿Qué va a querer la princesa? / ¿Qué se le ofrece a la reina? / ¿Qué quiere La Niña Fresa?”.

Lo lógico sería prenderle fuego a la dichosa caja. Pero algo nos detiene. Bueno, me detiene a mi, porque al naco de mi hermano me imagino que no le afecta. ¿Han escuchado a ese molesto individuo que pasa afuera de sus casas en el auto, haciendo retumbar las ventanas con el zumbido de dobles subwoofers y 800 Watts de potencia musical dedicados a música de antro? El 45.2% de las veces, ese individuo es mi hermano.

Pero volviendo al tema, hay algo que me impide cerrar por completo ese capítulo deleznable para la historia musical. No sé por qué. Quizá es porque la mala música también tiene un lugar y un momento.

Cuando hacía la revista de ESPN en Miami (allá por 2005–2006), teníamos una costumbre habitual en la redacción. Llegadas las 6 de la tarde, las normas de convivencia social entre empleados se relajaban considerablemente, por ser la hora de la salida. La música que habíamos tenido que escuchar en los audífonos para no xoder al vecino de pronto era dejada en libertad, y aún bajo el uso de las discretas bocinas de las Mac comenzaban a inundarse los cubículos con ritmos y acordes familiares, una brevísima sinfonía que coronaba la conclusión de las labores de la jornada.

Ciclón: Si no tenías camisa, pero tenías chamarra, estabas dentro

La música solía ser reflejo de cada quien. Ray, el director de arte, era la esponja musical que estaba al tanto de todos los actos del momento que llegaban a sus pecadoras y torrenteras manos, fueran tan livianos como Sufjan Stevens o tan estridentes como The Mars Volta. Alí, su socio y diseñador gráfico, completaba la mancuerna cubana con gustos más agrestes, fincados sobre todo en Audioslave y Queens of The Stone Age.

A través de Alfonso, redactor estrella e ibero asimilado por la nación gringa, siempre podíamos contar con letras inteligentes y tintes románticos. Se debe a Sabina con mayor fervencia que la que muchos Talibanes le tributan a Alá. Mi lugarteniente Beto, siempre conectado con las disqueras para reseñar materiales nuevos, se encontraba siempre armado con lo último, pero recurría a Bunbury, The Dandy Warhols o Café Tacuba a título personal. Y yo, bueno, siempre he sido volátil. Pero en aquella época se sumaban a mis imprescindibles The Smiths otros artistas tan dispares como Eminem, Guillemots o la mismísima Feist cuando acababa de grabar esa belleza que se llama Mushaboom.

Pero un día, todo cambió…

El único ser capaz de quitarle lo cool a una katana...

Beto y yo empezamos a involucrar al joven e impresionable Alfonso en charlas respecto a los pésimos videoclips de algunos de los artistas más risibles del firmamento musical de México. Recordábamos a Yoshio con Reina de Corazones y Samurai. Angela Carrasco y su Quererte a Ti se hizo presente. Hicimos trizas la trayectoria de Rocío Banquells. Y dentro de todo, no hacíamos sino rascar la superficie de la mediocridad.

Alí y Ray un día comenzaron a interpretar Louis, de Franco de Vita, empleando un sentimiento desgañitador capaz de arrancarle lágrimas de dolor auditivo a Ludwig Van Beethoven. Intenté repeler el ataque con mi imitación del Pequeño Gigante de la Canción, Nelson Ned, con su ¿Quién eres tú? Era una auténtica carrera armamentista de zurrada melómana. Antonio. Cristian. Jerardo (sí, con “J”). La Trevi y La Pau. Locomía y Ciclón. Chiquetete y Chiquetere. Enrique y Ana. Delfín con sus torres gemelas y La Tigresa de Oriente con sus caderas de camión materialista. No había marcha atrás.

Nuestros iTunes y YouTubes comenzaron a cerrar las tardes de trabajo con esas aberraciones. Lo peor es que nadie podía ponerle fin a la dinámica. Estábamos atrapados en un karaoke infernal, y lo estábamos disfrutando. Era como si demostrarle a los demás que habíamos encontrado una canción aún más mala que la previa nos confiriera una especie de medalla al mérito.

Aún recuerdo el día que dejé caer la bomba: Difácil Rap, de Bravo & DJ. Creo que ya nuestro Finísimo Miembro Aleko08 había encontrado el video, por lo que no viene al caso revisitarlo en el post. Pero es cierto que sentó un precedente. Y que conste, no me estoy osando a cantar victoria, simplemente creo que fue la gota que derramó el vaso.

Por eso hoy veo esta caja llena de terribles episodios melódicos y no sé cómo actuar. A lo mejor hay que dejarles reposar, como los malos vinos, esperando que se hagan un vinagre digno de aderezar una conversación entre amigos, como las que teníamos en la redacción en ese entonces. Esperar que llegue su lugar y su momento.

Así que duerme tranquilo, Zapato Veloz. No se turben tus sueños, Whigfield. No están aún destinados a desaparecer en una venta de garaje. Es posible que aún puedan regresar a desplazar a mi actual favorito, Edward Khiel, como ringtone de mi teléfono celular. Pero lo dudo.