Mi Gay Favorito

En un par de mesecitos más se conmemorará el décimo noveno aniversario del petateamiento trágico de Farrokh Bulsara. Claro, todos lo conocíamos simplemente como Freddie Mercury. Su demoledora presencia sobre el escenario roquero dejó, tras su deceso, un vacío imposible de llenar. Se le extraña, y es decir poco. Ayer hubiese cumplido 64 años.

Yo les he confesado varias veces que uno de mis primeros idilios musicales fue con Queen. Esa banda lo tenía todo: podía ser épicamente atronadora como en Tie Your Mother Down o Dragon Attack, o tan teatral como en Somebody To Love y Don’t Stop Me Now. Recordar lo que sentí la primera vez que recorrí Queen II, A Night At The Opera o The Game es volver a la era en la que el ritual de descelofanear un LP (Rock 101 dixit) constituía una comunión orgásmica donde la aguja de un tocadiscos revelaba sonidos que la mentalidad infantil apenas comenzaba a procesar, despojándose de la inocencia con cada armonía coral y cada riff inconfundible de la guitarra Brian May, quien lucía uno de los mejores peinados afrocaucásicos de la historia.

Pero lo cierto es que recordar a Queen es recordar a Mercury. Nadie llenaba el escenario como él. La banda era discreta, anónima hasta cierto punto. El mentado May, Roger Taylor y su voz rasposa como la tarola de su bataca, John Deacon con su pinta de aprendiz de estilista… los tres eran brillantes, virtuosos y plenos de talento, pero finalmente cedían el paso a la exuberancia y a la presencia de Mercury. Y hacían bien.
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