A veces se es rudo con la gente que uno aprecia. Esto es un hecho, al menos desde el punto de vista de su seguro servidor y la mayoría de mis familiares y amigos. Mi muy querida y más extrañada Tía Maru solía recibir en casa a sus sobrinos más cercanos con una lluvia de vituperios y epítetos (“¡Al BatiDiccionario, Robin!”) de toda especie, mientras que el resto tan sólo era castigado con el látigo de la indiferencia, disfrazada de lisonja y amabilidad protocolaria.
Yo insulto por afecto, eso lo saben de sobra. Y también porque insultar es un recurso humorístico difícil de cultivar, o al menos de hacerlo de forma correcta. La comedia de insulto es una tradición añeja, donde el protagonista busca originales formas de ofender a su auditorio o a sus colegas con abuso verbal cuya intención es que la “víctima” sea capaz de reírse de sí misma. Parecería fácil, pero tiene su chiste.
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