Vocación y Profesión

Háganse un favor y vean esta película. Encierra muchas verdades existenciales...

“Siempre dije que te ibas a ganar la vida escribiendo”, fue la observación que mi hizo mi papá hace unas semanas. Estábamos enfrascdos en una de tantas discusiones respecto a lo que uno pintaba para ser de niño y lo que acabó siendo de grande, a raíz de que escuchamos a mi hija haciendo una (modestia de padre MUY aparte) competente interpretación de Shiny Happy People, de R.E.M. “No le fomentes el dedicarse a la cantada”, opinó mi mamá. Y es que deben saber que mi Finísima Madre equipara la vida del ambiente artístico como una profesión casi tan ruin como la cría de gatitos para alimentar boas.

El caso es que hay una enorme, enooooorme distancia entre lo que uno quiere ser de niño y lo que la vida acaba poniendo en nuestro Curriculum Prestae a la hora de abrirnos paso en el ámbito laboral. Después de la etapa inicial absurda de la tierna infancia, donde todos los mocosos y escuinclas eligen profesiones como “vaquero”, “astronauta”, “bailarina” y “doctora de mascotas” (el término “veterinario” no es tan atractivo, la verdad), hay una breve epifanía donde realmente razonamos nuestras perspectivas a futuro en algún campo de trabajo más realista.

En mi caso, de los 7 u 8 años como hasta los 14 quise ser biólogo marino. No tenía ni idea de cuánto ganaba un biólogo marino, claro, pero la perspectiva de ser un Cousteau Región 4 me sonaba tan espectacularmente idílico como para ignorar la posibilidad real de que mi destino final seguramente tiraría más a la realidad de un Steve Zissou. Piénsenlo bien: la jornada de trabajo inicia en traje de baño, involucra el andar flotando sobre arrecifes armado con un cuchillo muy matón (¡o de plano con un arpón o tridente!) y culmina con una cena de cangrejo rey o langostinos. ¿Brillante? ¡Claro que sí! ¿Porqué no seguí mis instintos? Sigue leyendo

El Teacher y Mi Papá

El “incidente viral” de las últimas 24 horas gira en torno a la entrevista que Joaquín López Dóriga le realizó al galardonado histrión (“¡Al BatiDiccionario, Robin!”) Sir Anthony Hopkins. Y como diría el mismo López Chóriga, vamos a ver un video al respecto:


Obviamente nuestra jocosidad colectiva se puso las pilas de inmediato. Docenas de ociosos subieron el video a YouTube, centenas más lo enlazaron incansablemente a sus blogs y perfiles, y miles más le hicieron eco en redes sociales. De pronto la frase “¿Juay de rito?” se volvió la pifia multimediática más difundida desde que Paulina Rubio confundió “voy a ser mamá” con “voy hacer mamá” en su página de Twitter.

Yo, como es natural, soy tan idiota como el que más, así que me divertí mucho con toda la comedia involuntaria a raíz del bad english expresado por El Teacher (menudo apodo contradictorio). Pero en el fondo me provocó algo de penita ajena. De acuerdo, no tanta penita ajena como para dejar de hacer la ilustración que encabeza este post, pero penita ajena al fin y al cabo.

La bronca es que en mi familia tengo un ejemplo demasiado cercano. Y ese ejemplo es mi Finísimo Padre. Verán, amigos, mi papá es un hombre de múltiples talentos. Es un empresario exitoso, que ha cosechado grandes logros en una sorprendente variedad de ramos mercantiles e industriales. Es un atleta nato, de esos que puede observar unos momentos a alguien practicando un deporte y acaba por emularlo exitosamente. Es un auténtico as del volante, al punto de que fue campeón nacional de automovilismo Off-Road (los que corren la Baja 1000, por si no lo sabían) hasta que un infarto a los 37 años lo retiró tempranamente. Baila rebien. Es un experto paellador. Prácticamente invencible pa’l trompo (es bronco el jefe, la verdad). En fin, bueno para infinidad de cosas.

Pero no puede hablar inglés ni para salvar su vida. Sigue leyendo

Pasitas

He notado una extraña dinámica en casa de mis papás. Justo en la recámara principal, arriba de un mueble donde reposa la cafetera exprés (vicio de mis progenitores), se encuentra un enorme recipiente de pasas cubiertas con chocolate marca Kirkland. Kirkland es, por supuesto, la marca propietaria de la cadena Costco, ese descomunal almacén donde te venden productos a granel (pero siempre a precios bastante competitivos). El frasco de plástico con pasitas es, por lo tanto, muy grande.

La recámara de mis jefes no es precisamente un recinto de paz. Mi mamá entra y sale de ella todo el día en sus labores cotidianas. Es el lugar donde duermen y pasan la mayor parte del día los dos gatos que aún sobreviven la reciente oleada de decesos mascoteriles: Old Man Gatus (15 años) y Kittler (6 años). Y el baño de dicha recámara es el de acceso más conveniente en la planta alta de la casa, así que cuando está la familia “de confianza” presente, es casi seguro que haya tráfico peatonal enfrente del dichoso frasco de pasas.

Y todo el que pasa frente a las pasas opta por despacharse un puñado de las suculentas, dulces y deliciosas golosinas. Es inevitable, como aminorar la velocidad cuando circulas frente a un accidente, o como cuando recibes tu cheque de regalías actorales correspondientes a la popular serie de TV Two and a Half Men y decides gastártelo íntegro en prostitutas y ladrillos de cocaína. Natural y simple como eso. Sigue leyendo