Ruiditos favoritos

Dicen que somos seres eminentemente visuales, y es difícil de argumentar algo en contra. Es gracias al sentido de la vista que cosas tan vistosas como Spongebob, las camisas hawaiianas y el porno gozan de tanta aceptación y popularidad. Pero en mi caso, el sonido es algo tremendamente evocador.

Cuando compré la consola para iPod que terminó por convertirse en la piedra angular de lo que pronto se convertirá en toda una red de podcasts, mi intención inicial era simplemente capturar las voces de mis familiares. La lógica y la inspiración detrás de la idea fue, curiosamente, generada por mi hija Natalia. Natush tenía como cuatro años cuando me preguntó cómo era mi voz cuando yo tenía su edad. Y haga uno lo que haga, no hay forma de explicar una voz. Hay que escucharla, punto.

Natush, familiarizándose con viejas voces vía GarageBand...

Rescatar mi voz no ha sido fácil, pues el cambio constante de formatos mediáticos no es el mejor amigo de la preservación de materiales históricos a nivel familiar. Sin embargo en el escombradero de la casa de mis padres encontré cajas y más cajas de cassettes donde, sí, aparece mi voz cuando tenía un año y medio. Y en edades subsecuentes también. Ahora estoy buscando un buen reproductor de cassettes para transferir las grabaciones a un medio digital, y listo: el legado de una voz queda preservado para la curiosidad de otra generación.

Ahora tengo colecciones de voces de muchas personas muy queridas para mi, pero en el proceso de grabar cosas y más cosas, he descubierto algo interesante: hay sonidos que me causan un placer fuera de lo común. Son sonidos mundanos, pero al ser capturados de forma fiel y reproducidos de manera adecuada, prácticamente me transporatan a lugares y épocas distantes con la misma facilidad de un aroma o una fotografía. Sigue leyendo

El Teacher y Mi Papá

El “incidente viral” de las últimas 24 horas gira en torno a la entrevista que Joaquín López Dóriga le realizó al galardonado histrión (“¡Al BatiDiccionario, Robin!”) Sir Anthony Hopkins. Y como diría el mismo López Chóriga, vamos a ver un video al respecto:


Obviamente nuestra jocosidad colectiva se puso las pilas de inmediato. Docenas de ociosos subieron el video a YouTube, centenas más lo enlazaron incansablemente a sus blogs y perfiles, y miles más le hicieron eco en redes sociales. De pronto la frase “¿Juay de rito?” se volvió la pifia multimediática más difundida desde que Paulina Rubio confundió “voy a ser mamá” con “voy hacer mamá” en su página de Twitter.

Yo, como es natural, soy tan idiota como el que más, así que me divertí mucho con toda la comedia involuntaria a raíz del bad english expresado por El Teacher (menudo apodo contradictorio). Pero en el fondo me provocó algo de penita ajena. De acuerdo, no tanta penita ajena como para dejar de hacer la ilustración que encabeza este post, pero penita ajena al fin y al cabo.

La bronca es que en mi familia tengo un ejemplo demasiado cercano. Y ese ejemplo es mi Finísimo Padre. Verán, amigos, mi papá es un hombre de múltiples talentos. Es un empresario exitoso, que ha cosechado grandes logros en una sorprendente variedad de ramos mercantiles e industriales. Es un atleta nato, de esos que puede observar unos momentos a alguien practicando un deporte y acaba por emularlo exitosamente. Es un auténtico as del volante, al punto de que fue campeón nacional de automovilismo Off-Road (los que corren la Baja 1000, por si no lo sabían) hasta que un infarto a los 37 años lo retiró tempranamente. Baila rebien. Es un experto paellador. Prácticamente invencible pa’l trompo (es bronco el jefe, la verdad). En fin, bueno para infinidad de cosas.

Pero no puede hablar inglés ni para salvar su vida. Sigue leyendo

Pasitas

He notado una extraña dinámica en casa de mis papás. Justo en la recámara principal, arriba de un mueble donde reposa la cafetera exprés (vicio de mis progenitores), se encuentra un enorme recipiente de pasas cubiertas con chocolate marca Kirkland. Kirkland es, por supuesto, la marca propietaria de la cadena Costco, ese descomunal almacén donde te venden productos a granel (pero siempre a precios bastante competitivos). El frasco de plástico con pasitas es, por lo tanto, muy grande.

La recámara de mis jefes no es precisamente un recinto de paz. Mi mamá entra y sale de ella todo el día en sus labores cotidianas. Es el lugar donde duermen y pasan la mayor parte del día los dos gatos que aún sobreviven la reciente oleada de decesos mascoteriles: Old Man Gatus (15 años) y Kittler (6 años). Y el baño de dicha recámara es el de acceso más conveniente en la planta alta de la casa, así que cuando está la familia “de confianza” presente, es casi seguro que haya tráfico peatonal enfrente del dichoso frasco de pasas.

Y todo el que pasa frente a las pasas opta por despacharse un puñado de las suculentas, dulces y deliciosas golosinas. Es inevitable, como aminorar la velocidad cuando circulas frente a un accidente, o como cuando recibes tu cheque de regalías actorales correspondientes a la popular serie de TV Two and a Half Men y decides gastártelo íntegro en prostitutas y ladrillos de cocaína. Natural y simple como eso. Sigue leyendo