TOÑO INFORMA: Versión actualizada de un cuento escrito a finales de 1998. Para referencia temporal, el videojuego mencionado en la versión original era Killer Instinct II para Nintendo 64. Y el final es nuevo, pues el anterior siempre se me hizo muy predecible.
Venite Adoremus
“Yo tengo que vestirme con el ridículo traje rojo, las botas, el cinturón y las barbas blancas. Tú en cambio, Boogie, puedes comprar una botella de whisky, buscarte una prostituta y pasar una verdadera Navidad.” – Mike, en Boogie El Aceitoso (Fontanarrosa)
El muslo izquierdo de Nicolás se sintió de pronto húmedo, cálido. Sus sentidos estaban aturdidos por el ir y venir de consumidores poco precavidos, quienes habían dejado la compra de los últimos regalos para la tarde de hoy, 24 de diciembre. Por lo mismo, su reacción fue tardía, torpe, carente de las explosividad pertinente que uno debe de expresar cuando se le mean encima.
– ¡ Caraj…! ¿Qué pasa? – Había logrado reprimir el “carajo” justo a tiempo. El supervisor de blazer rojo no se dio cuenta del inminente exabrupto. Sorprendente autocontrol, Nicolás. A Nicolás le gustaba referirse a sí mismo por su primer nombre, sobre todo cuando se felicitaba para sus adentros en tercera persona. Sería que estaba poco acostumbrado a recibir elogios de supervisores y patrones, a lo largo de los eternos años de trayectoria laboral en los que se había sobado el lomo de mil y un maneras. ¡Este Nicolás aguanta todo, hasta meadas! No se dobla ante nada…
– ¡Elías! ¡Escuincle… mira nomás como dejaste al señor! – La madre del húmedo mingitante arrebató a su vástago de manos de Nicolás, quien le sostenía en vilo, con ambos brazos extendidos y alejándolo de su cuerpo, mientras algunas gotitas amarillentas terminaban de escurrir por las piernas de los pantaloncitos beige… que poco a poco se tornaban marrón oscuro, a causa de la humedad. La coloración oscura avanzaba sobre el tono claro como esos mapas de los documentales que muestran la ofensiva Nazi sobre Europa durante la II Guerra Mundial. Como se ve en el diagrama, las fuerzas del Eje avanzaron inexorables desde la ingle hasta la rodilla, ocupando la entrepierna sin encontrar resistencia en su inexorable marcha hacia…
– ¡Marrano! ¡Eres un marrano, Elías! ¡Vas a ver cuando le diga a tu papá! – La madre de Elías (Nicolás pensó que “Simeón” sería un nombre más apropiado para el niño) depositó al orinante, silencioso y ruborizado, de pie en la alfombra, que presentaba (como los pantaloncitos) unas delatoras y contrastantes manchas de humedad. Aquella mujer que hacía un par de minutos había animado dulcemente al pequeño a sentarse en las piernas de Santa, sonriendo orgullosa por haber dado a luz a aquel portento de la naturaleza, comenzó a arrastrarle tomado de la mano por los pasillos del departamento de juguetería del Palacio de Hierro Durango, avergonzada por el faux pas urinario. Ni siquiera le había ofrecido una disculpa a Nicolás por la fuga inesperada de cálida micción.
