Ser padre es maravilloso. No sólo estás dejando un legado biológico al planeta, sino que además obtienes a un ser humano en vías de desarrollo (Quino dixit) que puede servirte de grata compañía, fiel aprendiz, excusa para no hacer ciertas cosas (“te ayudaría a mudarte, pero le prometí a mi hija llevarla al zoológico, lo siento”), estimulador inmediato del estado de ánimo (a ojos de tus hijos sueles ser más admirable que cualquier superhéroe), fuente de inspiración (este blog así lo atestigua), materia prima para inculcarle tus propios gustos y hasta para alcanzar cosas debajo de la cama sin tener que agacharte tú mismo.
Todos estos beneficios también exigen ciertos compromisos en reciprocidad. Y el mayor de ellos suele ser el de consumo mediático. Verás, tu idea de arranarte dos horas frente a la TV con una cerveza en mano y la justicia física que imparte El Transportador puede parecerte un plan perfectamente viable cuando eres soltero o no eres padre de familia, pero cuando la historia de tu ADN se extiende a una generación subsecuente el plan ya no puede apreciarse bajo la misma óptica. Someter a una mente inocente e impresionable a escenas de violencia, molicie y consumo de alcohol no es el mejor ejemplo.
Y olvídate de la lección impartida, lo más seguro es que a tu hijo(a) no le haga mucha gracia ver pelis de acción, un Atlas – Cruz Azul o el editorialismo noticioso que pregona que todo marcha miel sobre hojuelas y le estamos ganando la partida al narco. No, las fantasías de la mente infantil son otras. Aquí empieza la discordia: a veces tienes que ceder el control de la tele a tus pequeñuelos para mantener la armonía familiar y prevenir que, cuando crezcan, escriban una tristísima biografía donde te echan la culpa de todos sus descalabros. Y lo del libro es lo de menos, tu descendencia puede tenerte planeado algo mucho peor…
Yo, en vez de quejarme amargamente cada vez que mi hija toma el mando de la tele, me he sentado gustoso a apreciar TODAS las barras programáticas dirigidas a la escuincliza, tanto en Estados Unidos como en México. La idea fue simple: celebrarle los programas que yo podía tolerar (e incluso disfrutar), mientras la animaba a dejar de lado aquellos que eran francamente castrantes y peligrosos para mi estabilidad mental. Lo último es simple, basta ponerte a sembrar en la mente de tus vástagos la idea de que el personaje o personajes que está viendo son “para bebés”. Por alguna razón los niños rechazan todos ese calificativo, aún cuando sean, a todas luces, bebés.
