
"¡Cuéntanos, Toño!"
Otra vez me pegó, con todo. Ya son dos noches seguidas. Tres, de hecho. La primera me mantuvo en vela hasta las 4am. La siguiente, 4:30am. Anoche, las 5:30am. A este paso, voy a ver el amanecer sin haber pegado el ojo desde mi última noche de juerga memorable (aunque lo duden, fue hace mucho). Y es que esto del insomnio es algo persistente y progresivo, como las cuotas extraordinarias en la escuela de mi hija. Empiezan pidiéndote diez pesitos para el regalo de la portera y terminas desembolsando 350 para la visita guiada a la fábrica de cajas de cartón.
No sé a qué se deba. Bueno, en un principio pensé que se derivaba de la preocupación generada por el conato de robo que sufrimos el sábado pasado. Los clásicos ladrones de Semana Santa, paseándose de casa en casa buscando una que estuviese sin ocupantes, pensaron (erróneamente) que no había nadie en la mía. Estaba mi esposa, pero ellos no se percataron del hecho, así que se pusieron a forzar las puertas del garaje con todo el desenfado que puede uno permitirse tener a las tres de la tarde, en una ciudad donde la presencia policial es un mero elemento decorativo.
Los cacos no lograron su cometido final. El metal de los soportes de las puertas se dobló bastante, pero no cedió del todo. Pero el mal sabor que te queda después de un hecho así es difícil de remover. Esa noche la pasé en vela, más que nada por precaución. Pensé que quizá decidirían volver para terminar el “trabajo”, esta vez amparados por las sombras nocturnas. Así que entre compu, Playstation y películas viejas me pasé las horas, prestando siempre una oreja ante cualquier indicio de ruidos extraños. Y ya saben cómo es esto: basta estar en espera de ruidos extraños para que TODOS los ruidos se vuelvan extraños.
Pero las siguientes noches, ¿qué? Uno no puede pasárselas a la espera de que otro fascineroso quiera abrirse paso a través de pestillos, chapas y candados, deseoso de robarse las pocas pertenencias acumuladas y de arruinarnos la paz interior, ¿o sí? No, hay que empalmar pestañas y entregarse al sueño reparador. Lo difícil es lograrlo, como he podido constatar.
He evitado la cafeína. Cero cenas de pesada digestión. Ayer probé suerte con una tacita de té para ayudar a dormir, pero no jaló. Contar ovejas es una gran falacia para mi, pues siempre termino pensando en otra cosa más interesante, ¿a quién le interesa el ganado ovino que ni siquiera es tangible? Contar mujeres encueradas saltando una cerca parecería una mejor idea, pero me entra tal pendiente que Ashley Greene se tropiece con la dichosa cerca y se astille sus magníficos chicharrones que el efecto resulta contraproducente.

¿Y si se cae y se lastima?
Ayer recurrí a internet en busca de información tediosa para ver si eso surtía efecto. Leí seis métodos distintos para preparar huevos escalfados, que ni siquiera me gustan, pero sólo terminé hecho un Gordon Ramsey de los Eggs Benedict. Repasé las declaraciones de Marcelo Enerd de los últimas cuatro semanas, y nada más hice corajes. Leí unas 8000 palabras acerca del modelo económico brasileño bajo el régimen de Lula da Silva, lo que me generó algo de envidia (ellos parece que sí están saliendo del hoyo de manera definitiva, no como nosotros con el Salinazo).
Y nada de nada, camaradas. Hoy estoy escribiendo esto en un estado parcialmente zombificado. Lo único que me desprendió de la iniciativa de recuperar el sueño durante las primeras horas de la mañana fue una cantidad abrumadora de trabajo urgente y la promesa de llevar a mi Heredera Universal a comprarse una muñeca nueva. El día miércoles tengo cita en el Consulado de España a las 8 de la madrugada, así que si no logro dormir bien esta noche voy a acabar más incoherente que de costumbre ante el Cónsul. Espero que no me hagan preguntas complicadas, como decirles cómo me llamo o qué tamaño de alpargatas calzo, pues mi cerebro no se encontrará en condiciones propicias para responder a la primera. Y no creo que le concedan un pasaporte a alguien que babea con cara de pasmado a la hora de la entrevista.
En resumen, Finísimas Personas, me hallo en una encrucijada grave entre el sueño nocturno y la eficiencia, tanto física como mental. ¿Qué hacer? ¿A qué recurrir? Después de Heath Ledger y Brittany Murphy me ha entrado un pánico absoluto por recurrir a soluciones relacionadas con fármacos. La tacita de leche caliente con miel no me da más que agruras. Y hasta el plan B de escuchar mis propios y aburridísimos podcasts ha fallado en absoluto (no sé cómo me toleran ustedes, en serio). ¿Hay solución? ¿O me resigno a lucir unas ojeras estilo oso panda de ahora en adelante? ¡Qué hable el saber popular!
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