“Siempre dije que te ibas a ganar la vida escribiendo”, fue la observación que mi hizo mi papá hace unas semanas. Estábamos enfrascdos en una de tantas discusiones respecto a lo que uno pintaba para ser de niño y lo que acabó siendo de grande, a raíz de que escuchamos a mi hija haciendo una (modestia de padre MUY aparte) competente interpretación de Shiny Happy People, de R.E.M. “No le fomentes el dedicarse a la cantada”, opinó mi mamá. Y es que deben saber que mi Finísima Madre equipara la vida del ambiente artístico como una profesión casi tan ruin como la cría de gatitos para alimentar boas.
El caso es que hay una enorme, enooooorme distancia entre lo que uno quiere ser de niño y lo que la vida acaba poniendo en nuestro Curriculum Prestae a la hora de abrirnos paso en el ámbito laboral. Después de la etapa inicial absurda de la tierna infancia, donde todos los mocosos y escuinclas eligen profesiones como “vaquero”, “astronauta”, “bailarina” y “doctora de mascotas” (el término “veterinario” no es tan atractivo, la verdad), hay una breve epifanía donde realmente razonamos nuestras perspectivas a futuro en algún campo de trabajo más realista.
En mi caso, de los 7 u 8 años como hasta los 14 quise ser biólogo marino. No tenía ni idea de cuánto ganaba un biólogo marino, claro, pero la perspectiva de ser un Cousteau Región 4 me sonaba tan espectacularmente idílico como para ignorar la posibilidad real de que mi destino final seguramente tiraría más a la realidad de un Steve Zissou. Piénsenlo bien: la jornada de trabajo inicia en traje de baño, involucra el andar flotando sobre arrecifes armado con un cuchillo muy matón (¡o de plano con un arpón o tridente!) y culmina con una cena de cangrejo rey o langostinos. ¿Brillante? ¡Claro que sí! ¿Porqué no seguí mis instintos? Sigue leyendo
