El Paradigma de Ralston

“Me corto uno si El Tri no le gana a Venezuela”

Ayer escuché este atrevido pronunciamiento en la sala de espera de un consultorio médico. Es una expresión coloquial, sí, pero suele asociarse con certezas, con eventos cuyo resultado adverso a nuestras predicciones es tan improbable, que podríamos poner en juego nuestra mismísima hombría (en este caso representada por un testículo) para garantizar su ocurrencia.

¿Pero realmente has pensado en el valor equivalente a cosas que te gustaría poseer, experimentar o ver convertidas en realidad? En serio, échenle materia gris. Deténganse a reflexionar por un momento en algo anhelado. Muy anhelado, de hecho. Algo que les cambiaría la vida decididamente (para bien, claro). Puede ser ese trabajo con el que han soñado toda su vida, un acostón marca Sultán de Brunei con esa celebridad soñada, o el meter el gol que corone a México en un mundial de fútbol (y de seguro ‘de chilena’, bola de bastardos predecibles).

Ahora piensen en qué estarían dispuestos a dar a cambio.

Pero piénsenlo en serio…

No es tan fácil, ¿o sí?

Cuando escucho que alguien se cortaría tal o cual parte del cuerpo a cambio de algo, o para garantizar algo más, en seguida pienso en Aron Ralston. Ya saben, el excursionista que quedó atrapado del brazo por una pesada roca y que tuvo que cortárselo de la manera más cavernaria y drástica para lograr escapar con vida del atolladero. La película 127 Horas de Danny Boyle revivió el interés por la hazaña de Ralston, pero yo la recuerdo desde que se reportó por primera vez en el 2006, cuando todavía tenía a mi cargo la revista Men’s Health. Nos impresionó tanto lo ocurrido que de inmediato incluimos al improbable sobreviviente en un informal artículo sobre los hombres más hombres sobre la faz de la tierra. Y no nos quedamos cortos.
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