Hell Phone

Odio los teléfonos. Lo siento. No se hicieron para mi, pese a lo que las insistentes campañas de iPhones, Androids, Windows Phones, Blackberries y demás compañías con fondos publicitarios inagotables  se obstinan en pregonar. Son anti naturales, nunca me he distinguido como el usuario ideal para ellos.

No hablo tan sólo de los teléfonos celulares, claro. No, también el venerable teléfono inventado por Alexander Graham Bell o por los chinos en el siglo IV a.C., según la versión de Wikipedia y Google que decidas consultar, me merece un desprecio similar al que reservo para, digamos, inventos de la categoría del cláxon de coche que toca el tema de El Padrino y los zapatos que “hacen ejercicio por ti y tonifican tu cuerpo mientras caminas”. Pero si bien considero que la telefonía tradicional es engorrosa, principalmente porque odio hablar por teléfono en cualquiera de sus presentaciones, también admito que bastaba para solventar muchas de nuestras necesidades de comunicación, sin necesidad de amarrar nuestras vidas a la desagradable telefonía móvil.

Antes de escuchar sus argumentos a favor de los celulares (que de seguro son muchos pero que me importan poco), la advertencia obvia: no me refiero a la funcionalidad del teléfono como tal. Siendo honestos, el acto de tomar un artefacto del tamaño de una baraja y poder entablar por su conducto una conversación con alguien que se encuentra en el lado opuesto del globo terráqueo debe considerarse un avance innegable del género humano, al menos hasta que descubres que tu interlocutor es una mujer oriunda de Tajikzixkhstiblisizasthán que sólo te llamó en espera de convencerte de que eres el amor de su vida, y que está dispuesta a ser tu esposa y esclava sexual si la sacas de vivir de una nación cuya economía se basa en fabricar minas antipersonales y turrones elaborados con nabos (nota mental: hablar a la RAE para solicitar que acepten el término “enaborados”).

El teléfono, como concepto, tiene enormes ventajas. Nos une, sí. Nos comunica, claro. Nos protege en muchos casos, desde luego. Pero también nos esclaviza, nos distrae de cosas realmente importantes y nos genera un sinnúmero de problemas innecesarios. He aquí mi lista de odios dirigidos hacia la telefonía móvil, con algunos puntos que derraman hacia otras formas de comunicación portátil. Y disculpen el post veleidoso y corajudo, pero se murió uno de mis gatos el fin de semana y mi humor no está precisamente para escribir otro episodio de mi saga médica, que digamos…

  1. No es bueno estar siempre disponible. El teléfono en mi vida es desafortunadamente imprescindible. Tengo una hija que padece diabetes infantil desde los 4 años, así que es forzoso que sus padres y algunos otros contactos de emergencia estén siempre localizables en caso de que padezca alguna anormalidad cotidiana de acuerdo a su condición (algo que por fortuna ocurre en muy raras ocasiones). Esto se entiende perfectamente como una necesidad imperiosa para adquirir un celular, pero tampoco es la panacea. Y la falta de confiabilidad de dicha telefonía celular hace que “estar localizable” sea a menudo tan impráctico como decidir, de buenas a primeras, que la persona más indicada para resolver una emergencia sea un atolondrado padre o tutor. Este mal se extiende a nuestra lógica misma. Desde que tengo uso de razón, siempre que tengo que enlistar un teléfono de emergencia les digo que llamen al 911 o su equivalente local. Digamos que me atropella un trolebús, y un buen samaritano decide tomar el teléfono celular que milagrosamente sobrevivió al impacto para llamar a mi contacto para situaciones graves. La última persona a quien quiero que le llamen es a mi mamá, que todo lo quiere arreglar con tecitos y friegas de alcohol. Llamen a un doctor, por piedad. Así pues, el teléfono de casa debería bastar para localizarnos. Si no estamos en el domicilio o en el trabajo, lo más probable es que sea innecesario el llamarnos cuando estamos metidos en un cine o cantina donde nos metimos precisamente para evadir responsabilidades. Sigue leyendo