Resulta obvio que la vida moderna no es nada fácil de sobrellevar. Además de abrumarnos por la crisis económica, la inestabilidad laboral, las presiones sociales, el colapso ecológico, la proliferación del crimen, la intolerancia racial, el extremismo religioso y el inevitable estreno de otra película de Julia Roberts, sufrimos innecesariamente por vivir cotidianamente con una serie de tragedias menores que nos acechan a cada paso.
En el gran esquema de las cosas, ninguno de estos eventos deberían parecernos graves, pero por alguna u otra razón tendemos a magnificarlos y a convertirlos en sucesos que nos arruinan el día, o al menos nos ponen de malas al punto de que nos sabotean el resto de la jornada. Deberíamos ser más inteligentes y aprender a sobreponernos ante su aparición, pero al menos yo debo confesar que mi buen juicio nada más no me da para superar estas tragedias cotidianas. Sólo enumeraré cinco, para empezar, pero seguro ustedes comparten conmigo al menos una de las siguientes:
La chacha perdió el control remoto de la TV. Cuando uno es el que extravía el dichoso control remoto no pasa de una autorecriminación recurrente que nos grita a la cara el desmadre reinante en casa. ¡Ah, pero que no sea la resignada fámula quien se encargó de ubicarlo en un lugar que no nos resulta familiar o lógico, porque entonces sí se arman Los Zetas contra La Familia! Mentamos madres y abuelas, echamos espuma por la boca y juramos que la vamos a correr nada más vuelva a aparecer su trenzuda figura por la casa. Y obvio, cuando llega la hora de la verdad el reclamo se queda en un “Mira, Itziar Ludmila, ya te pedí que no me muevas las cosas de lugar, por favorcito…”, pues pronto razonamos que no hay extravío de control remoto que justifique el tener que limpiar nuestro propio mugrero sin ayudo de terceros. Y de todos modos no había nada bueno en la tele…
No se grabó Lost. Retiro lo dicho respecto a la ausencia de cosas que ver en la tele. Cuando ponemos nuestras neuronas a trabajar en ese intrincado proceso de que se grabe nuestro programa favorito, ya sea en arcaico videocassette o en el TiVo a prueba de idiotas, no hay mayor decepción que sentarnos ante la pantalla y no ver lo que esperábamos. Y ocurre mucho más seguido de lo que podría sugerir nuestra modernidad y múltiples avances en el frente electrónico. Cuando no la jeteamos en la programada de la video al olvidar la especificación de hora entre AM o PM, resulta que no había suficiente espacio en el VHS, o la grabación de TiVo se cortó antes del final… o simplemente se fue la luz y toda la programación se tomó el vuelo sin escalas al caraxo.
Mi orden en el AutoMac está mal. La incompetencia del sector servicios nos puede llevar a cometer locuras fuera de toda lógica, pero aunque tomemos las cosas con algo de frialdad, no podemos sino maldecir a nuestra suerte cuando descubrimos que nuestra hamburguesa, específicamente ordenada sin cebolla y con mucha catsup viene exactamente al revés, con doble cebollita y ni un mísero sobrecito de condimento para enmendar la pifia. Claro, porque la diferencia al paladar entre un pedazo de carne de ínfima calidad, cocinado en un microondas y saturado de sodio varía enormemente con la sola omisión de un ingrediente (activen su detector de sarcasmo si la frase anterior no les parece coherente). La culpa realmente es de nuestras expectativas, por ordenar una Cajita Infeliz y esperar un banquete preparado por Gordon Ramsey.
Cambió el horario y me tengo que levantar una hora antes. Entre cambios de horarios de verano e invierno ocurre el curioso fenómeno de un aumento del 7247% en escuchar el mismo reclamo de TODO el mundo: “Esto de levantarse una hora más temprano/más tarde no me acaba de gustar, nunca me acostumbro”. Por supuesto que las quejas son más frecuentes y hartantes cuando el dichoso ajuste horario nos obliga a despertar más temprano, pero es un simple hábito que se resolvería fácilmente si no actuásemos como si este año es la primera vez que ocurre. Creo firmemente que el problema no está en que no nos guste el cambio de horario. Al contrario, nos gusta porque nos permite tener algo más en común para quejarnos y tener conversaciones idiotas en el elevador con perfectos extraños cada vez que nos sorprenden bostezando descaradamente.
Se acabó la batería de mi iPod/celular/laptop/juguete sexual/control de Xbox porque se me olvidó dejarlo cargando anoche. Sin comentarios. Digamos que pocas cosas duelen más que dejar caer el peso de nuestro propio orgullo sobre la espada de nuestra estupidez. Y ni te preocupes por buscar el cargador para el coche, también se te olvidó sobre la mesita de noche. Junto con tu cartera, probablemente.
Esto es sólo el principio de las pequeñas derrotas que me arruinan el día. Y pondría más, pero tan sólo recordarlas me amarga innecesariamente la existencia. ¿Cuáles son las de ustedes, Finísimas Personas?

