Surfeando canales me topé de nueva cuenta con un documental que les quiero recomendar “musho”: The King Of Kong – A Fistful Of Quarters (2007). La película narra la saga de unos individuos bastante peculiares, por no llamarles geeks de la peor tesitura: jugadores competitivos de videojuegos clásicos. Resulta que hay toda una liga de gente que se quedó retropada (¡Hey, inventé una palabra nueva!) en la onda Pac-Man, Centipede, Asteroids y demás videojuegos clásicos de arcade, lo que en México solíamos llamar “las maquinitas” o “Las Chispas” si estabas familiarizado con el local chilango donde pululaban estas adictivas avenidas de expresión gamer durante la edad de piedra.
Por un lado conocemos a un tal Billy Mitchell, poseedor de innumerables récords mundiales en videojuegos desde los 17 años, y hoy firmemente establecido como propietario de una cadena de restaurantes especializados en alitas de pollo, por el sur de Florida (REPRESENT!). Mitchell tiene una visión sobre su persona que escapa al narcisismo y entra en los peligrosos terrenos de la megalomanía, por demás irónica al analizar su anticuadísimo corte de pelo, sus imprescindibles corbatas con la bandera norteamericana y su filosofía barata sobre el éxito y la superación personal.
Incidentalmente, Billy es considerado una leyenda viviente en los videojuegos clásicos, concretamente en Donkey Kong. Este juego no sólo mostró al mundo por primera vez la estereotípica imagen de Mario, el heroico plomero italiano, sino que es además uno de los videojuegos más difíciles del orbe, según expertos. Los algoritmos que progresivamente complican cada nueva pantalla suelen ser una auténtica prueba de fuego para la paciencia, concentración y habilidad de sus devotos aficionados. Y el rarísimo Billy posee la mejor puntuación registrada en este juego.
O digamos que la posee hasta que aparece en escena Steve Wiebe. Es un apacible y afable hombre de familia, un tipo común y corriente que fue bueno en muchos frentes (béisbol y básquetbol universitario, tocando la bataca en una banda de grunge) pero jamás logró llenar sus expectativas de ser el mejor en algo. Hasta el momento en que descubre Donkey Kong. Wiebe se interesa por el juego, acaba por comprarse una vieja máquina en eBay y la instala en el garaje de su casa en Seattle. Y tras muchos días de práctica frecuente, rompe el récord de 25 años de Billy Mitchell.
Y aquí es donde el pedo se complica. Mitchell no reacciona de buena manera ante el récord de Wiebe. Es más, comienza a movilizar a sus legiones de nerds (quienes parecen caricaturas humanas de sí mismos) para desacreditar al nuevo ocupante del trono en Donkey Kong y, básicamente, crear una tempestad en un vaso de agua.
El humilde Wiebe quizá se hubiera conformado con dejar pasar las diatribas enajenadas de su rival, pero aquí es donde encuentra el apoyo de otras personas que sienten desagrado por el admisiblemente desagradable Mitchell. En todas las instancias, Wiebe propone un amistoso torneo “mano a mano” en un sitio neutral para determinar quién es el auténtico maestro de Kong, pero las maquinaciones de Mitchell y sus ímpetus de autopromoción echan por tierra toda aproximación entre ambos.
King of Kong es fascinante por sus obsesivos personajes, su aparente trivialidad y su temática que, al menos a mi, me genera ese pedacín de nostalgia cuando juntaba monedas de cierta denominación para poder echarme unas partiditas de Galaga, Kung Fu Master o Street Fighter en la farmacia cercana. El documental está lleno de mala leche, traición, sabotaje y te hace desear no tener una relación personal cercana con tipos de tan particular calaña, pero no puedes dejar de verlo.
Es especialmente interesante conocer al punto medio de esta disputa, Walter Day. El buen Walter es un afable jipiosón que se dedica a homologar todos los récords en videojuegos clásicos desde su portal TwinGalaxies.com y asumiendo el papel de réferi supremo en disputas como la existente entre Mitchell y Wiebe. Su dedicación y seriedad ante algo que la mayoría desdeñaríamos como una idiotez y una pérdida de tiempo tiene una cierta nobleza quijotesca, y la visión del conflicto que obtenemos a través de su punto de vista nos permite entender porqué hay gente capaz de llegar a los extremos que aquí se ven con tal de defender su único boleto a la inmortalidad, por trivial que ésta pueda parecer.
Disfrútenla, Finísimos. Y cuéntenme algo sobre sus “maquinitas” preferidas, ¿porqué no?



