Asnos y Afectos

¿Hay cariño o no hay cariño?

Muchas personas manejan su “frase de rigor”, ésa muletilla o lugar común de la palabra a la que recurren como rúbrica conversacional. Por supuesto, existen pelmazos que se empeñan con toda el alma por pasar por cultos y se agencian frases o expresiones de elevada génesis, pero suelen tener problemas al explicarlas, tan sólo porque han plagiado la palabra de alguien más. El genial Morrissey escribió una enorme rola con este tema cuando estaba en The Smiths, llamada Cemetry Gates, una de mis canciones favoritas de la banda.

El otro día me encontré preguntándome si poseo una de esas frases que se convierten en eslogan personal. Claro, el resultado no fue tan halageño, pues me encontré más de una instancia donde, al citarme, las personas que hacían referencia a mi lema giraban en torno a una expresión más bien insultante: Eres un asno.

Así es. Al parecer mi aportación a la lexicografía actual se ciñe a comparar a mi interlocutor con el desafortunado animalillo de carga que simboliza el trabajo cansino sin remuneración acorde. No, no “eres un burro”, con sus innumerables connotaciones sexuales. Mi frase, lisa y llanamente, es la de “eres un asno”.

Y es cierto. Utilizo la expresión con cierta regularidad. Pero no siempre tiene una intención insultante. Es más, creo que jamás he usado “Eres un asno” para ofender. En mi, la frase encierra ese dejo de admiración y de camaradería que alguian aplicaría en un “¡Cómo eres güey!” para celebrar alguna ocurrencia.

Una de las primeras aplicaciones que recuerdo de la frase ocurrió en Miami, cuando mi carnalito rioplatense Juan Manuel Rótulo, argentino por pasaporte y chilango naco por múltiples proezas de vida, me enseñó unos desagradables fotomontajes photoshoppeados de un compañero mutuo de trabajo en actitudes que la verdad ni viene al caso recordar. Basta decir que eran corrientes, ingeniosas y llenas de inteligencia empleada con fines destructivos. Después de la risa inicial, me salió decirle, “Rótulo, eres un asno”.

“Pendejo” no calificaba. Tampoco “imbécil”, que sí es más ofensiva. Ni qué decir de “cretino”. Pero “asno” es sutil y entrañable, tiene algo de jocoso y de lúdico jugándole a favor. Así que cuando lean que mi reacción ante alguno de sus ingeniosos comentarios, tweets o confesiones de vida es llamarles “asnos”, sonrían. Todos somos un poco asnos, a ciencia cierta. Empezando por su servidor.