
Ah, Crepúsculo, mi viejo némesis. Nos volvemos a encontrar. Pero esta vez, YO tengo la ventaja… ¡¡¡MUAJAJAJA!!!
Recordarán que en mi reseña de la primera película finqué mi actitud hacia esta saga cinematográfica: divertirme analizando lo malos que sean los filmes en retribución a todo el valioso tiempo que invertí leyendo los xodidos libros, a instancia de Anilú, mi esposa, quien algún día responderá ante los dioses del averno por haberme expuesto a las pendejadas literarias de Stephanie Meyer. Así que hice de tripas corazón una vez más para recetarme dos horas (con diez minutos) de vampiros chafas, todo con el fin de entretener a mis seis lectores mal contados. El estimado Ruy Choconestlé me llamó “estoico” en Twitter, pero sospecho que le dio flojera a la mitad de escribir “estúpido”. No importa, DaVinci también fue incomprendido en su época cuando descubrió la penicilina, o algo así. ¡Luna Nueva, acudo a tu llamado!
El drama empezó, sin embargo, desde elegir la función. Mi finísima esposa ya había hecho la fangirleada de lanzarse con su hermana a la premiere, donde sospecho que ambas eran las dos únicas rucas inmersas en un mar de escuinclas con frenos en la boca, Clearasil en la “zona T” y humedad en los sueños cortesía del papi del momento: Robert “Morrissey de Dos Varos” Pattinson. Esto me orillaba a lanzarme en solitario a ver Luna Nueva, con las inminentes posibilidades de:
- Despertar severas sospechas por ir solo al cine,
- Despertar severas sospechas por ir solo al cine a ver Luna Nueva,
- Despertar severas sospechas por ir solo al cine a ver Luna Nueva con un cuaderno en mano, riendo siniestramente con cada nueva anotación en el mismo.
Ni hablar, la misión kamikaze iba a llevar copiloto. Y claro, mi esposa se apuntó de inmediato, pues llegó extasiada de la función de estreno diciéndome que ahora sí me las iba a ver negras para encontrar algo malo con ESTA película, porque el nuevo director, Chris Weitz (sustituyendo a la inepta Catherine Hardwicke) había hecho un trabajo ESPECTACULAR con la secuela de Crepúsculo, y las escenas de acción estaban SOBERBIAS y bla bla bla. ¿Un desafío? Aceptado.
Llegamos al Cinépolis Perisur a las 11am, ella lista para la función y yo para el viacrucis. Nos metimos de inmediato a la sala, con el fin de encontrar un lugar propicio para hacer mis anotaciones y comentarios sarcásticos sin importunar a los demás y para acallar las súplicas de Anilú de ver la muvi en el VIP. Ubicados en pleno centro de la sala, tuve una perspectiva ideal para analizar a la concurrencia que gradualmente hacía su aparición. Grupos de cuatro o cinco teens… varias parejas, ubicadas entre los 15 y 20… dos chavas de casi 30, con sendos libros en mano… un par de jotillos universitarios… en fin, el target de la película. Un par de fotos de la concurrencia que me llamaron la atención:

Un señor (de blanco) y su hijo (con gorra de Ferrari)... sospechosísimos. Sobre todo porque en la sala de al lado daban 2012, que sí es para machines.

Y cinco filas más adelante, un ruco pelón, solo y su alma... Más sospechoso aún.
En fin, terminan los cortos y los anuncios, y llega la hora de la verdad. Confieso que, dentro de mi, había algo que me daba cierta esperanza. ¿Qué tal si el director, en efecto, había logrado rescatar la obra escrita de garras de la mediocridad? Y no vi la de The Golden Compass, pero al menos en los cortos se veían unos osos polares en CGI bien matones… ¿Y si realmente había forma de sacarle lustre a este trozo de majada? ¿Podría ser éste el rarísimo caso en el que pudiéramos decir “el libro es una madre, pero la película está muy bien hecha”?
Pero entonces empezó la mentada película, y todo tuvo a bien valer lo que se le unta a los pambazos…

"Pues sí, Bella, me gustan maduritas..."
Esta comedia involuntaria comienza con un sueño de Bella (Kristen Stewart), quien probablemente (y con plena justificación) será llamada “Lela” en la inevitable sátira de la revista MAD. Vemos el soleado paraje del bosque donde ella suele encontrarse a solas con Edward Cullen, gigoló vampírico. Pero en el sueño de Bella sale una viejita. “Abuela…”, dice Lela… er… Bella. Edward apapacha a la ruquilla. Bella está desconcertada. ¿De cuándo acá su galán está en la onda GILF? El predecible desenlace del sueño es que la Abuela no es la Abuela de Bella. ¡ES BELLA! ¡RECÁSPITA! Nuestra heroína tiene el tradicional despertar violento de la pesadilla fílmica y proseguimos.
En sí, el gran flato atorado en el duodeno de Bella es que ella sigue siendo humana, y por ende, sigue envejeciendo igual que el resto de la población que no escribimos “VAMPIRO” en el renglón donde preguntan la profesión en las solicitudes de tarjeta de crédito. Edward le explica que él la quiere como es y también como será en unos añitos, lo que quizá confirme mi teoría acerca de que a este pelmazo le gusta el porno de maduritas. Básicamente le dice que él estará a su lado siempre, y que cuando ella palme, él seguramente morirá. ¿Pero cómo? ¿No que los vampiros son inmortales como la obra de Pedro Infante?

Los Volturi: Mamones.
Pues no. Mientras ven en clase la película clásica de Romeo y Julieta (este director es tan sutil como una patada en los arrestos), Edward nos explica que cuando creyó que iba a llegar demasiado tarde para salvar a Bella de los vampiros malos de la peli anterior, pensó en suicidarse acudiendo a los Volturi. Los mentados Volturi son como la familia real británica de los vampiros, excepto por el hecho de que no son ingleses sino italianos, y porque en general son mucho más atractivos que esa bola de aristócratas cuya genética se ha ido degradando con cada nuevo matrimonio entre parientes. El caso es que los Volturi (tres hermanos con pinta de mamones europeos aficionados a Joy Division), dispensan justicia desde su palazzo en la cima de una colina, en pleno corazón de la Italia Turística (ésa que sale en todas las películas donde se necesitan pueblitos pintorescos con casas viejísimas). Si un vampiro se pone a actuar muy obviamente como vampiro, o sea matando gente a lo guey y chupando sangre a todo el que se le pone enfrente, o mostrando su tornasolada piel de salmón recién sacadito del río, los Volturi le arrancan la cabeza. O sea, nada que ver con la familia real británica, que sólo se escabecha a uno de los suyos cuando se embarazan de multimillonarios egipcios. Estos Volturi se parecen más, de hecho, a “La Familia”, que también anda descabezando gente a diestra y siniestra (ojo, los Volturi no andan poniendo mantas con amenazas al gobierno).
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