FINÍSIMA RECETA: FINÍSIMOS CAMARONES AL CARBÓN

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Animado por el éxito del podcast Gastronomicast en Junkie y por la interacción obtenida a través de mi regreso a colaborar activamente en un portal web, he decidido revivir una vez más, cuál mítico fénix, este blog olvidado de la mano de Elvis. ¿Y qué mejor que hacerlo con algo que les aporte algo nuevo a sus aburridas vidas y un poco de sabor a sus paladares afectados por Lonchibon? Venga una Finísima Receta. 

No hay motivo de queja: este platillo es de lo mejor de mi limitado repertorio. Cubre todos los requisitos de mamonaje que el que escribe acostumbra cultivar en su vida diaria. Logra impresionar a propios y extraños. Te permite lucimiento personal cuando recibes los elogios de quienes lo prueban. Sabe divinamente, gracias a que su ingrediente base ha sido besado por las llamas. Y más aún: hasta un simio mal entrenado podría preparar este manjar. Por eso es que hoy comparto (fanfarrias, redobles y coros angelicales)… ¡FINÍSIMOS CAMARONES AL CARBÓN!

“Pero Toño,” exclamarán muchos de ustedes con sus expresiones de limitado mundo, “los camarones se comen en cocteles con haaaaarrrrrrta salsa capsu, empanizados o en tortitas ahogadas en el mole de los romeritos navideños”. Claro, porque muchos de ustedes son unos pocopaseados y unos naquetes sin remedio. Pero los más sofisticados entre la plebe (ustedes saben quienes son) están al tanto de que los camarones, además de ser buenos como materia de albur, saben divinamente en otras preparaciones. Así que atención.

¿Qué camarones comprar? Esto lo define tu bolsillo. Los camarones suben de precio a medida que suben de tamaño, como los senos de solución salina. Yo compré unos de un tamaño bastante decente (camarones, no senos postizos), sin ser esos monstruos que pasan por langostinos. Además busqué unos que ya venían pelados y desvenados, pues soy un completo haragán. Pero la disponibilidad, precio y tamaño de este crustáceo decápodo varía según dónde estés, así que lo dejo a tu elección. Mientras el camarón elegido pueda atravesarse con una brocheta sin partirse en dos, vas de gane.

Ahí va. Esta receta rindió para tres porciones generosas, pues éramos su servidor, la Finísima Esposa y El Bebo (13 años, buen diente).

INGREDIENTES

  • 24 Camarones (estos eran U16/20, creo. Salieron como 8 por comensal)
  • 3 limones amarillos grandes
  • 3/4 de una botella de 600ml de 7UP (ustedes calculen cuántos ml, si les mata la curiosidad)
  • Media barra de mantequilla sin sal
  • 2 cdas de ajo en polvo (el mío tenía perejil deshidratado, va muy bien)
  • 2 cdas de hojuelas de chile
  • 1 cda de azúcar
  • Sal y pimienta al gusto
  • Cebollín, para decorar

También necesitarás:

  • Asador (de gas o carbón, pero prefiero el último)
  • Charola metálica
  • Brochetas de bambú

PREPARACIÓN

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Primero pongan a remojar las brochetas de bambú en agua, durante media hora aproximadamente. Esto evita que la madera se incendie una vez que estén sobre el fuego del asador. La idea aquí es ir ensartando los camarones con dos brochetas: una de ellas atravesando la parte de mayor grosor, cercana a donde estaría la cabeza, y otra cerca de la cola. ¿Por qué dos brochetas? Para poder voltearlos fácilmente sin que  los ingredientes giren sin control. Soy un genio, lo sé.

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También puedes (y debes) encender el carbón de una vez, dejando la mitad del asador con brasas al rojo y la otra mitad vacía (después les explico por qué). Si quieres aprovechar para ir asando unas verdurillas, todo bien. Es una forma de engañar al organismo para que crea que eres persona sana.

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Volvamos al brocheteo. El secreto es ir poniendo los camarones de forma alterna, y bien pegaditos: uno con la cola a la izquierda y otro con la cola a la derecha. Imagínate a Galilea Montijo vista de espaldas al caminar… cola a la izquierda, cola a la derecha, cola izquierda, cola derecha, izquierda, derecha… Obtendrás una masa compacta de camarón, como si fuera un grueso steak. O como si fuera el trasero de Galilea Montijo, de hecho. Esto facilita que la cocción sea uniforme. 

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Ya que tienes las brochetas armadas, espolvoréalas con una finísima capa de azúcar. Puede ser azúcar mascabado, morena o refinada. Jamás azúcar glass. Esta leve cobertura dulce se va a caramelizar al contacto con el calor de las brasas, dando una cubierta doradita que contrasta muy bien con el sabor del camarón. Háganme caso, no se arrepentirán.

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La salsa es sencillez pura, pues toda se prepara en una de las charolas metálicas. Comencemos por mantequilla. Sin sal, preferentemente, porque los camarones tienden de por sí a ser saladitos. Creo que porque viven sus vidas en el mar, o algo. Añadan el jugo de los limones, exprimidos como exprime el SAT al contribuyente clasemediero. Si se van semillas en el jugo, quítenlas en el acto. Una de mis tías me dijo en alguna ocasión que si te tragas una semilla, después te puede crecer un árbol frutal en la panza, así que mejor no correr riesgos innecesarios.

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El resto del líquido viene de un simple refresco de limón, en este caso 7UP. También se vale usar Sprite, Yoli o hasta una Mundet blanca, el chiste es que sea sabor limón o lima-limón. NO USES REFRESCO DE DIETA, por ningún motivo, pues terminarás con un sabor amargo que echará a perder la salsa. 

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Añade la sal de ajo o ajo en polvo. También pudiste poner ajo fresco, finamente picado, pero quiero resaltar lo sencilla que es esta preparación. Y tampoco me quería dejar las manos oliendo a ajo porque me esperaba una larga tarde escribiendo, y luego mi compu apesta. Seguro habrá algo de efervescencia cuando añadas ajo en polvo o sal a la mezcla, pero eso es normal. Y extrañamente divertido, por razones que aún no puedo explicar.

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Ahora van las hojuelas de chile seco. Tampoco hay que poner muchísimas, es a gusto de cada quien, pero yo sugiero el monto que les indiqué en los ingredientes (siempre pueden añadir o quitar, según su tolerancia al picante). ¿Quieren usar chile fresco en rodajas? También se vale. Igual si cuentan con alguna salsa a la mano (tabasco, sriracha o hasta la que les sobró de los tacos). Se vale experimentar. Si lo hacen con su sexualidad, ¿por qué no con el salseo? Termina con sal y pimienta al gusto, y todo listo.

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Ahora sí, vamos al asador. El carbón ya estaba en su punto, así que es hora de poner la salsa al fuego. Aquí la razón de amontonar el carbón en una mitad del asador, dejando la otra mitad vacía. Esto crea un fuego indirecto que va a ser muy útil en unos momentos. Deja que la mantequilla se derrita y mueve un poco la salsa para que los ingredientes se integren a medida que llega el hervor.

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Cuando la salsa esté hirviendo, arrastra con cuidado (y con pinzas) el recipiente hacia la parte del asador donde no hay carbón. Se mantendrá calientita, lista para entrar en acción cuando sea requerida. Iba a hacer un comentario soez comparando esta salsa con esa amiga cariñosa que tenías en la universidad, siempre dispuesta a tus pasiones más lascivas, pero este blog es por demás decente.

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Llegó lo bueno: frota un poco de aceite vegetal en las rejillas del asador. Ya está listo para recibir a los invitados de honor, que reposan cubiertos de azúcar en la charola. 

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Coloca tus brochetas sobre el fuego. Escucharás el chisporroteo del azúcar al fundirse. El líquido contenido en las colitas de los camarones comenzará a calentarse y a escapar en un silbido lleno de burbujas y de sabor intenso. Los pájaros cantarán, las nubes se abrirán y un arcoiris se hará invitar a tu tarde perfecta. O al menos eso te parecerá, a medida que el aroma espectacular de proteínas al fuego comience a invadir tus nervios olfatorios. 

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Con camarones de este grosor (más o menos tan gruesos como mi dedo índice), tres minutitos por lado sobre el fuego es suficiente. Es mágico ver como su coloración pálida y sin chiste, como la de Ximena Sariñana, se pone colorada y apetitosa como la de Lola Ponce. Si tan sólo pudiéramos hacer eso con la Ximena Sariñana de verdad… pero no, no quiero darles ideas de prenderle fuego a esa monigota sin chiste. Concentrémonos en las viandas, mejor.

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Voltea los camarones. Mira qué hermosura. Ahora imagínate el aroma. ¡POR MANJARES COMO ESTE ES QUE LOS TERRORISTAS ODIAN A OCCIDENTE! Comer así es validar la democracia, básicamente.

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Ahora llegó el momento cumbre: tus camarones, besados por el fuego, están a punto de meterse a un jacuzzi. A UN JACUZZI DE SABOR.

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Toma las brochetas (con cuidado) y retira los camarones para meterlos de lleno en tu salsa, que se ha mantenido al margen estos minutos. A lo mejor se resisten un poco, pues la brocheta de bambú se ha expandido con el calor. Si unos palillos chinos no logran el cometido, prueba con las pinzas. 

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Ya que todos tus camarones estén en el recipiente con la salsa, llévala de vuelta al fuego. Deja que alcance un ligero hervor. Aquí se termina de cocinar tu espectacular creación. ¿Gordon Ramsay qué?

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Claro, tanta delicia flotando en el aire atrae a los animales, como hemos notado en recetas anteriores. No se dejen conmover por las miradas hambrientas. Este manjar es caro, y las bestias no están para apreciarlo. Además la Licenciada Gladys de Recursos Humanos es una perrilla bastante naca, rescatada de las crueles calles, por lo que sé de buena fuente que disfruta más de los tamales que de los pescados y mariscos finos. Ni modo, Licenciada Gladys, inútil tratar de conmoverme.

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Listo, hora de llevarnos los camarones a la mesa. ¿En qué servirlos? Deja volar tu imaginación. Quedan espectaculares sobre arroz blanco. La pasta es sumamente recomendable, también. O haz una cama de puré de papa y pónlos encima. ¿Odias los carbohidratos? Sírvelos sobre una mezcla de lechugas y espinacas, si ésa es tu onda. No hay error. En este caso, la Finísima Esposa preparó linguini con tinta de calamar, con sólo un poquito de mantequilla y ajo. Los camarones arriba, salseados a gusto de cada comensal. Termina el plato con cebollín picado finamente, para que parezca que sabes lo que estás haciendo. Simpleza y perfección.

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¿Maridajes sugeridos? Un buen vino blanco o rosado, o hasta un tinto afrutadillo. Pero yo tenía un refri lleno de Stella Artois, así que decidí hacerle los honores. Toma un buen trozo de baguette y mójalo en la salsa. No darás crédito a tus papilas gustativas. Y si aún así esto se te hace complicado, buenas noticias: Maruchan espera tu regreso con brazos abiertos, grandísimo palurdo. ¡Buen provecho!

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Oh, leve detalle: no olvides la verdura al fuego. En fin, nadie es perfecto…

THE RED BULLETIN: Precario Equilibrio

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N. del T.: Esta columna se publicó en agosto del 2012, y es una especie de call back a este escrito que publiqué en el blog. ¿Dónde estoy ahora, mentalmente hablando? Sigo animándome a tomar riesgos, tanto en lo profesional como en lo sentimental. Gracias por la inspiración, Felix Baumgartner.

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Hace un par de años, estando en una de esas disyuntivas que marcan el camino por recorrer en otra etapa de la vida, me descubrí a mi mismo anhelando lograr equilibrio por encima de otras cosas tan diversas como riquezas de jeque árabe, un trabajo como evaluador de hoteles de lujo o una cita con Megan Fox. Sí, equilibrio, algo tan simple como eso. ¿Por qué? Mi razonar en ese momento era que el anhelo desmedido por lograr cosas fuera de lo ordinario aniquilaba un poco mi propia humanidad, mi tendencia a lo familiar y la cómoda posición pasiva en torno a diversas facetas de la existencia. “Ni todo el amor ni todo el dinero”, en lo concerniente a la pareja. “Ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre”, en materia de obligaciones laborales asumidas en pos de una economía personal más robusta. “Ni que se muera de sed la milpa ni que se ahoguen las mazorcas”, en el terreno de cultivar gustos y aficiones. Hallar el justo medio, en resumen, me parecía lo más noble y deseable de ese momento en adelante.

Y claro, como suele ocurrir con alarmante frecuencia, estaba yo más equivocado que nadie.

En el papel, situarnos a tono con la realidad es un buen punto de partida para estimar el éxito o fracaso de una labor por realizar. No puedo sentarme a componer una sinfonía sin saber notación musical, por ejemplo, así que quizá deba reconsiderar mis objetivos y limitarme a ensamblar una sencilla cancioncita con los cuatro acordes que puedo tocar en la guitarra. De lo contrario, la frustración me hará desistir de esa labor creativa, o de esfuerzos similares a futuro.

Pero hay otra cara de la moneda. Seguro has escuchado la cansada fábula del lanzador de javalina que se entrenaba intentando alcanzar la luna con cada lanzamiento, aún a sabiendas de que ensartar un cuerpo celeste era una idea ridícula. La historia culminaba con el triunfo del atleta por un cómodo margen, y su éxito se debía a que sus intentos por lograr lo imposible le habían hecho aventajar a los pobres diablos que se entrenaban de manera común y corriente. Bonita historia, con una gran verdad: la urgencia es un poderoso aliado en la búsqueda del éxito.

De pronto recuerdo algunos de mis momentos más gratos en el ámbito personal y descubro siempre el factor común de saber que enfrentaba probabilidades mínimas de éxito. ¿Ese trabajo de ensueño que obtuve, pese a que apliqué para el mismo sabiendo que mi experiencia no se equiparaba a la de otros aspirantes al cargo? Obtenido, con gran celebración de mi parte al escuchar la noticia. ¿La carta que le escribí a un famoso escritor expresándole mi admiración, como el fanboy más ordinario? Recompensada con una misiva de vuelta, que atesoro como un cheque en blanco. Esas fueron sólo dos instancias de hacer lo contrario a lo que me aconsejaba mi mentalidad equilibrada: no arriesgues de más, no te expongas a la desilusión, no te desgastes en lo aparentemente inalcanzable.

Estúpido equilibrio. De acuerdo, a veces me has ayudado a mantener la cabeza fría cuando todo a mi alrededor se desmorona, pero me pregunto cuántas grandes oportunidades he llegado a perder por hacerte caso. ¿Docenas? ¿Cientos, quizá? Espero que no sea así, pues me está pesando bastante la desestimación de mis alcances y mi potencial como para encima descubrir que tanto balance me ha convertido en alguien temeroso de hallar la consecución de sus sueños. Wayne Gretzky decía que uno falla el 100% de los disparos que no intenta, y el hombre es apodado The Greatest por todo el mundo del hockey.

Eso de ser equilibrado suena bien cuando uno se halla en estado contemplativo, pero la vida rara vez suele otorgarnos esa clase de condiciones para transitarla. Hay que arriesgar, atreverse, ir un paso más allá. Esta revista (The Red Bulletin) lleva un buen rato documentando los esfuerzos de un tipo que pretende romper la barrera del sonido saltando en caída libre desde la estratósfera. Puedo asegurarles que lo último que pasa por su mente antes de caer al vacío es cambiar su idea por un salto tradicional. ¿Eso es ser un desequilibrado? Si la respuesta es afirmativa, quiero aprender a desbalancearme así.

Man of Steel: Un dios llamado Kal

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You will give the people an ideal to strive towards. They                                               will race behind you, they will stumble, they will fall. But in time, they will join you in the sun. In time, you will help them accomplish wonders – Jor-El, Man of Steel

(SIN SPOILERS, TRANQUILOS)

Hay un momento especialmente efectivo en la última versión fílmica de Man of Steel: el protagonista entra a la iglesia del pueblo donde creció, buscando alguna clase de respuesta de parte del párroco local. Se encuentra acosado por las huestes kryptonianas del General Zod, pero ignora si su sacrificio servirá de algo para salvar a la especie humana. Y mientras el cura hace su mejor esfuerzo por orientarle, cada nueva duda que asalta su mente está enmarcada por la figura de un Jesucristo en el vitral a sus espaldas.

El tono cuasimesiánico que reina en la última película en la saga de Superman no debe de sorprendernos. Esta postura de considerar la naturaleza divina de los súperheroes no es nada nueva, pero quizá no se le había explorado con tanta claridad hasta este momento. Quizá eso me hace disfrutar Man of Steel mucho más de lo que sus calificaciones a nivel crítico (alrededor del 54% en Rotten Tomatoes) podrían sugerir.

Superman no es un súperheroe simpático, admitámoslo. Y mucho menos en la pantalla. Por principio de cuentas no hay muchas formas de hallar empatía en él. Es demasiado alienígena para ser un tipo torturado por su psique, como es Batman. Su nobleza parece gratuita y no emana de una debilidad en su etapa formativa, como la del Capitán América. No parece disfrutar su rol heroico como el ocasionalmente inmaduro Spider-Man. Y tampoco es un bastardo carismático y pendenciero a lo Wolverine. ¿Cómo hacerlo conectar con el público? Sigue leyendo

THE RED BULLETIN: Reblandecimiento Explicable

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N. del T.: Esta columna data del mes de julio del 2012, y hace hincapié sobre una verdad que cada vez se hace más evidente: estamos creando generaciones blandengues y privadas de los placeres naturales de la niñez. Pero tampoco ayuda nada el hecho de que no hay forma de reeducar a los padres apanicados de la actualidad, claro.

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Estaba hablando con una amiga respecto a su hijo menor, un perfecto ejemplo de indisciplina dentro y fuera de su hogar, y ella me confesó sentirse desesperada por el hecho de que la energía incansable de su pequeño vástago para desobedecer, importunar y sacar de quicio a grandes y chicos no parece tener límites. El niño llora cuando no obtiene lo que quiere, ignora las advertencias de padres y maestros, muestra alarmantes síntomas de crueldad hacia compañeritos y mascotas… en fin, es lo más cercano que estaré de conocer a un dictador en etapa larvaria. 

“Quizá tengas que encontrar la forma en que canalice su energía hacia algo positivo, ¿no has pensado meterlo a practicar fútbol americano o karate?”, le sugerí, basándome en mis propias experiencias como niño de atención dispersa.

“¿Qué? ¿Estás loco? Eso les fomenta la violencia, los lastima, ni pensarlo. Me van a maltratar a mi angelito…”, respondió, como si le hubiera sugerido meter al niño a desactivar bombas caseras en el Medio Oriente.

Esto llevó la conversación por derroteros francamente desmoralizantes. El club donde mi amiga y su familia suelen ir a nadar retiró los trampolines de la alberca (por el riesgo de lesiones). Lo mismo sucedió con los juegos infantiles donde los niños de su complejo de departamentos solían encaramarse para jugar, que ahora han sido sustituidos por inocuos y estáticos caballitos de plástico. Y la satisfacción cuasi sexual que manifestó al revelar que la escuela donde estudia su pequeño Atila El Huno eliminó el jugar “quemados” en la clase de educación física me dejó convencido de una cosa: hoy en día preferimos exponer a las futuras generaciones a un porvenir de egoísmo que a un pelotazo en el cráneo.

Seamos honestos: estamos criando a la Generación con Síndrome del Niño No Golpeado. Tampoco se alebresten, no estoy avocando el abuso infantil, eso ni pensarlo. Me refiero a que los niños –y muchos adultos, de hecho– necesitan ser golpeados por la vida. Es lógico. A lo largo de la historia, el género humano se ha logrado erigir como especie dominante gracias a la adversidad en forma de mamuts hostiles, peste bubónica, guerras territoriales y discos de Ricardo Arjona. El ser golpeados reiteradamente nos ha endurecido, nos ha engrandecido. ¿Por qué ahora nos empeñamos en ablandarnos?

El hijo de mi amiga no es el problema. El problema es mi amiga. Instituir disciplina se está confundiendo con maltrato. Arriesgarnos en busca de experiencias que nos templen el carácter se está confundiendo con temeridad. Un raspón en la rodilla y un chichón en la cabeza se confunden con hemorragias expuestas y traumatismos craneoencefálicos. Un corazón roto se confunde como una razón para administrarnos cuatro años de terapia. Todo tiene un costo, sea económico, social o pertinente a la afirmación que necesitamos para validar nuestro paso por la vida.

Creo que no tiene mucho caso ir por la vida evadiendo toda clase de prueba demandante. Desde mi punto de vista, eso equivale a pagar el carísimo boleto de entrada a un parque de diversiones y no subirse a un solo juego mecánico con movimientos violentos. No hay desperdicio en exponernos al riesgo, al miedo, así sea en dosis moderadas. Siempre se puede ir aumentando gradualmente la intensidad, al punto de saber sobreponernos a esa sensación de estar desprotegidos, de no tener el control.

De igual forma, educar a un menor en el sutil arte de sufrir las consecuencias es de lo más benéfico. El mundo no se acaba cuando un niño es condenado a una semana sin televisión. Ningún adolescente ha muerto por deprivación de videojuegos repentina. No se sabe de casos donde un joven que ha sido reprendido por llegar en mal estado a casa tras ingerir su primera cerveza decide de pronto volverse un asesino en serie. Muchas veces la penitencia va implícita en la falta cometida. Un castigo, un oportuno golpe en el trasero, una nariz que sangra… todos son refuerzos a la coraza de nuestra armadura cotidiana.

Los que escribimos para ganarnos la vida sabemos que no hay malas experiencias, todo se convierte en material para crear. Quisiera que personas como mi amiga se dieran cuenta de que no están criando a ciudadanos responsables del futuro: tan sólo a monstruos vulnerables.

Julio 2012

THE RED BULLETIN: Mala Muerte y Mala Suerte

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N. del T.: Otra columna aparecida en The Red Bulletin, esta vez abordando tácitamente el tema del tumor (realmente eran cinco) que me habían salido en el cuello y que me tenían con las gónadas de corbatín. Gracias a mis doctores, a mis familiares, a mis amigos, a mi agente, a mi publicist… no, esperen, ese es mi discurso para cuando gane un Ariel.

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No estoy preparado para morir. Aún no. Lo más seguro es que tú tampoco lo estés, por cierto. Y no es culpa nuestra, sino de nuestros padres. Me explico…

Hace unos meses pasé por una extrañísima crisis de salud que me forzó a contemplar, por primera vez y con toda seriedad, la posibilidad de dejar este mundo mucho antes de lo que tenía planeado. Cabe mencionar que mis planes para abandonar este plano existencial consistían en estrellarme en un Lamborghini Diablo a 220 km/h después de hacer el amor con una modelo brasileña de lencería, al término de mi fiesta de cumpleaños número 79. Pero estas ideas mal concebidas suelen ser fruto de haber visto demasiada televisión en la década de los ochenta. En fin, no nos desviemos: una extraña lotería genética provocó la formación de unos extraños tumores que podían o no ser malignos, según el diagnóstico de diversos médicos que no acababan por ponerse de acuerdo. Y yo aterrado, naturalmente.

Mientras recibía diversas opciones de tratamiento para liberarme de estos molestos inquilinos que ocupaban mi cuello entre la carótida y la aorta, fui asaltado por un sinnúmero de dudas. ¿Cómo explicarles mi estado a mis padres? ¿Qué tanta información respecto al padecimiento estaba dispuesto a compartir con el resto de mi familia y amigos? ¿Era buena señal que el segundo nombre de uno de mis doctores fuera “Benigno”? ¿Quién heredaría mi colección de música, pensando en el peor de los escenarios? Dudas y más dudas. Y todas ellas inútiles.

Verás, las dudas que realmente han de resolverse cuando enfrentamos instancias donde la vida va de por medio son, en esencia, simples. ¿Quieres donar tus órganos útiles o serás poco generoso con tus semejantes aún estando en calidad de fiambre? ¿Quieres ser incinerado o enterrado en un lujoso y pesado ataúd? ¿A dónde irán a parar tus posesiones materiales? Y por último, ¿tienes designada a una persona de confianza para que borre toda la colección de pornografía exótica en tu computadora una vez confirmado tu lamentable deceso?

Fuera de estas cuatro cuestiones básicas, el resto es un viaje de ego mal entendido. Nos gusta, a veces, imaginar mórbidamente las reacciones de nuestros seres queridos al enterarse de que hemos muerto (no mientas, el cuadro ha pasado por tu cabeza). Vislumbramos escenas de dolor, de remembranza grata de lo que alguna vez fuimos en vida. Y todo es bueno. Los obituarios hablarán del enorme hueco que deja nuestra partida, las ex novias encenderán velas en nuestra memoria imaginando que ellas pudieron salvarnos si hubieran permanecido a nuestro lado, los conocidos casuales emitirán el comentario idiota de “¡pero si yo lo vi ayer, estaba bien!”, sin reflexionar en el hecho de que habernos visto no concede protección alguna contra un infarto súbito, un atropellamiento o una simple jugada del destino…

Es ahí donde creo que los padres nos han creado una concepción errónea de nuestra mortalidad. En mi familia y en la de muchos de ustedes existe aún ese extraño tabú de tratar a la muerte como un evento perpetuamente distante, pese a su inevitabilidad. ¿Qué hay de malo en hablar con franqueza de ella y los problemas que acarrea si no estamos preparados para afrontarla? Mucho, a juzgar por la decisión de no tocar el tema por supersticiones invocatorias y atracciones a la mala suerte.

Pero la mala muerte es peor que la mala suerte. Morir dejando que otros carguen con el muerto, literal y figurativamente hablando, puede ser el último gran acto de descortesía para con nuestros semejantes. Vale más invertir una semana de tardes libres en entender los trámites, las consecuencias y las minucias legales de morir, dejando instrucciones clarísimas a quienes nos rodean respecto al procedimiento a seguir, que la molesta alternativa: ceder la inconveniencia de preparar nuestra partida a los dolientes, quienes seguro preferirían estar haciendo reminiscencias de lo geniales que éramos en vida. En vez de estar averiguando si nuestra última voluntad realmente fue la de ser enterrados con nuestra camiseta de Guns N’ Roses, claro.

Y gracias, ya estoy mucho mejor. En el fondo, tuve buena suerte.

– Junio 2012

THE RED BULLETIN: Lo Práctico y Lo “Cool”

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N. del T.: Hace poco más de un año, el camarada Wookie Williams me invitó a participar como columnista en The Red Bulletin, la revista auspiciada por una popular marca de bebidas energéticas (es Red Bull, por si la imaginación para captar referencias de plano no se les da). La distribución de este título en México es bastante exclusiva y limitada, así que muchos de ustedes se quedaron sin leer lo que ahí escribí. Por eso les iré compartiendo en el blog las columnas de manera gradual. Son un poco más maduras y reflexivas que las estupideces habituales que encuentran acá, pero eso es síntoma de mi maduración como autor. O más bien de mi vejez repentina. En fin, espero les agrade.

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LO PRÁCTICO Y LO COOL

Por Antonio Sempere

Ahogado como me encontraba por el lento, lentísimo oleaje de ese maremágnum vehicular que se forma en la zona centro de la Ciudad de México a eso de las siete de la noche, me entró una profunda añoranza por escapar. Escapar de bocinazos, de vendedores ambulantes paseándose entre los automóviles a sabiendas de que no pueden ser lastimados por coches que apenas se mueven, de reportes de tránsito por el radio que recomiendan “tomar vías alternas” seguramente ya saturadas. Escapar, punto.

El Gran Escape. Steve McQueen saltando en una motocicleta en frenética huida de un batallón de soldados alemanes, desbordando pericia pese a la lluvia de balas. Chamarra de cuero con cuello de borrega, el cabello peinado a fuerza de la velocidad sobre ruedas, esa actitud desafiante que hace que “me han cerrado el paso, será mejor saltar por encima del alambre de púas” de pronto parezca un plan sumamente sensato y destinado al éxito.

Esa imagen de McQueen es mi idílico referente al motociclismo. Por un lado la influencia paterna me ha hecho vivir cercano a las motos desde que tengo uso de razón. Mi papá, a sus sesenta y pocos años, aún desafía a la sensatez desplazándose sobre las dos ruedas de su Harley Davidson o de la KTM con la que todavía sueña realizar ese viaje intercostal entre Mar de Cortés y Riviera Maya. Ni la muerte de su hermano mayor en un accidente motociclístico ni las graves lesiones experimentadas por dos hermanos menores en sendos choques le pueden disuadir de usar este vehículo de manera regular.

“Es que si no, no podría con el tráfico”, es su excusa favorita cuando mi madre le reclama que no sea ridículo y que se desplace en un seguro sedán como cualquier señor entrado en años y en panza. A su edad no cabe la vanidad ni la crisis de edad madura: él ha vivido siempre sobre una moto y no descarta que morir también sobre ella sea el mejor final al que podría aspirar, considerando todas las alternativas que acechan a los de su generación.

Pero debo confesar que mi atracción hacia las motos tiene un aspecto distinto. Las motos son cool. Mi papá recuerda al Gran Escape y a McQueen, pero jamás motivaron su gusto por las motocicletas. Tampoco lo hizo el Easy Rider de Peter Fonda, el futurista Jeff Bridges en Tron o las peripecias de los miembros de SAMCRO en la serie Sons of Anarchy. Esa labor de vendernos lo cool está cien por ciento dirigida a mi generación. Y es de lo más efectiva.

Cada vez que manifiesto mis tribulaciones de tránsito, ya sea al hablar con amigos o mediante redes sociales, obtengo respuestas similares: “¡Cómprate una moto!… Yo ya fui a ver unas Harleys el otro día y no están caras… Dile a tu papá que te preste una de las suyas… Haría juego con ese cabello ridículo que te cargas…” y así, en tonos más o menos divertidos, la gran solución a mi necesidad de un Gran Escape vuelve a remitirse a un par de neumáticos precariamente unidos por un asiento de cuero y un motor que bufa como toro de lidia.

La cuestión es que el referente de todos los que me recomiendan sucumbir a la Última Tentación de Meat Loaf –¿recuerdas las portadas de todos sus discos?– es el aspecto cool, en primer término, con el carácter práctico ubicado en un segundo lugar distante. Sí, definitivamente es más fácil desplazarse sobre dos ruedas cuando las vías rápidas desafían su propio nombre al tornarse en estacionamientos masivos. Pero nadie a la fecha me ha sugerido comprarme una bicicleta, pese a ser más económica, segura y sí, práctica, como opción de transporte citadino.

Y es que quienes tenemos una motocicleta en la cabeza, preferimos cultivar el sueño de ser rebeldes sin causa antes de siquiera imaginarnos una dura realidad de repartidores de pizza, mensajeros urbanos o chinos comunistas. Seamos honestos: no nos vemos al mando de algo cuyo motor no sea menor a los 1000cc y que no corra riesgo de convertirnos en paté de asfalto al menor descuido. Porque el riesgo es cool. Siempre lo ha sido.

Mi sueño de escapar fue sacudido por el rugido de una Triumph Thunderbird 1600 rebasándome entre los coches detenidos. Qué cool me vería montado en ella.

– Mayo 2012

Una rica tradición: el post de explicaciones

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Al RATEEEEEEL no le importan mis razones ni mis motivos. Es grande.

¡Hola! Nada nuevo que reportar… nos vemos en cinco o seis meses.

OK, no es cierto. Este blog cayó en el abandono por múltiples razones que sería reiterativo abordar. Así que las abordaré. Vamos, no caíste aquí en busca de noticias frescas sobre el Popocatépetl o la final América-Cruz Azul, ¿cierto?

He estado ocupado. Esa razón debería bastar, pero lo cierto es que mi mente se nubló en el renglón de aportarle contenido al blog, lisa y llanamente. A veces me gusta explorar otra clase de senderos creativos, donde me pierdo con facilidad. Pero ya me conocen, siempre acabo regresando, así que tampoco es para tanto. Aunque mis detractores quisieran que mis extravíos fueran más definitivos, por supuesto, pero no sólo de Twitter vive el hombre.

Me divorcié. Sí, ya les había adelantado esto de forma indirecta y discreta por varios medios (podcasts, tuits, narcomantas). No es que me interese hablar del asunto ni que a ustedes les incumba, pero son cosas que nunca son divertidas y rara vez resultan conductivas a derroches de ingenio y simpatía por parte de los participantes, que se encuentran ocupados tirándose los platos a la cabeza. Así que les ahorré esa desagradable faceta de mi vida y ya. A otra cosa…

Tuve que replantear mi carrera. Me llegó la opción de volver a emplearme en algunas compañías que deseaban contar con mis servicios. Por cierto, mercado laboral: si YO era un prospecto codiciado, está la cosa para preocuparse, ¿no creen? En fin, opté por desoír los cantos de sirena representados por el corporativismo para enfocarme, ahora sí de lleno, en desarrollar algo propio, cien por ciento mio. Debo decirles que valió la pena. Hoy Factoría Uno es un negocio naciente que ya no tiene deudas, opera en números negros (racistas, abstenerse del chiste obvio) y comienza a generar ganancias que algún me permitirán llegar a trabajar en el Finísimo Jet piloteado por Han Solo y atendido por azafatas pechugonas. Es la clave de la felicidad, creo.

Maté a un hombre en el ring. Sólo quería ver si seguían leyendo. Y parecerles interesante.

Estamos de mudanza. Si bien está página seguirá accesible en finisimapersona.net, sumaremos su contenido y archivo histórica al del nuevo portal de contenidos Junkie.mx (aún en construcción, muy pronto se activará). Ha sido una labor muy ardua, luchando con desarrolladores, feeds de RSS, plataformas, servidores, hostings, diseños y demás pinchas que ahora están por materializarse en algo muy bonito, navegable y variado. Todos los podcasts van a estar ahí, tantos los clásicos e históricos (Finísimos Filmes, Claxon, Premilenaria, Paikast, Patapirata, SofaTerapia) como productos nuevos (Nega Nega, Crack, Radio F1, Maus) y otros que se han renovado en contenido y personal (Finísimo Podcast, Cazagoles, Fumblecast). No sólo eso, hay una nueva gama de talentos que se sumarán a este espacio animados por la fama, la fortuna, las drogas, el alcohol y el sexo fácil que abunda en ese ámbito podcastero. O al menos esa es la teoría respecto al ámbito podcastero. El caso es que no les van a faltar podcasts para escuchar.

Vamos a darnos una ayudadita cosmética. Bueno, al blog. Y yo a lo mejor me animo por algo de botox e hilos rusos, pero todavía estoy en pláticas con la señora que administra la estética donde le dieron en la madre a las nalgas de Alejandra Guzmán, para que me recomiende a alguien. Lo del blog involucrará hacerlo más navegable y con capacidad de consultar un rico archivo de más de 300 entradas, 1200 tags y miles de atinados comentarios por parte de ustedes. Quiero cambiar el logo (respetando la presencia del rudísimo RATEEEEEEEL), organizar los posts aquí acumulados y subir mucho material que muy pocos entre ustedes han visto (mis columnas en The Red Bulletin, por ejemplo). Así que si andan de ociosos, sin nada que leer, volverán a encontrar aquí un repositorio de sus penas y un oasis para saciar su sed de sandeces. Amo la aliteración.

Planeamos hacer video. Además de lo anterior, tenemos ambiciosos proyectos “en cámara” que están ya en vías de convertirse en realidad: vidcasts en vivo desde la cabina del estudio, sesiones musicales con bandas y artistas talentosos (y otros no, pero bien simpáticos), un programa de concurso que te abrirá el apetito y otras sorpresas. Tampoco es que vamos a inventar nada nuevo, pero en una de esas sí sale algo más digno que La Rosa de Guadalupe. Y por último…

Me hizo falta estar aquí. Mi libro está casi terminado. Mis colaboraciones en diversos medios han adoptado un ritmo muy manejable. Mis horarios son cuasi estables. Y lo cierto es que extraño el escribir en un lugar donde no hay ninguna clase de restricción ni línea. Finísima Persona me permitió conocer a muchos de ustedes (a algunos en persona, incluso) y descubrir que vale la pena compartir con alguien más inquietudes, opiniones, pendexadas execrables y reflexiones iluminadas por lapsos de coherencia. Escribir es un sano, sanísimo ejercicio. Vivo de ello y para ello. Y lo justo es que si ustedes llegaron a generar más de cincuenta mil visitas mensuales a esta página en sus momentos de máxima productividad, ahora yo deba corresponderles con algo de compromiso. Hubo una época en que escribía aquí diariamente, y fue una etapa feliz, apapachadora del ego y alimenticia para la gusana creativa que carcome las partes pasivas del cerebro. Hay que ejercitar ese músculo.

Acá los leo.

PAULINAZO RELOADED: Mutaciones Textuales

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N. del T.: Ya les he platicado en otras ocasiones del grupo literario del Planeta Paulina. Hemos decidido revivir la tradición de nuestras reuniones (Paulinazos) y de proponernos nuevos ejercicios para desoxidar la pluma (¿teclado?). Aquí subiré periódicamente los resultados de dichas experiencias.

En esta ocasión, la “tarea” que nos dejamos hacer consistía en iniciar un texto en un género específico y “transformarlo” en otra cosa durante su avance, intentando hacerlo de una forma sutil y ágil sin romper la narrativa.

La idea da para muchas posibilidades: crítica de arte que muta en poesía, cuento corto de terror que se vuelve guión de un sitcom, receta de cocina que acaba en ensayo politico… en fin, es para divertirse un rato y para explorar transiciones. Aquí van dos ejemplos. El primero es el mío, una misiva de aplicación para un trabajo que se vuelve crónica deportiva, con la peculiaridad de que el inepto autor muestra una creciente erudición (llena de clichés, eso sí) al entrar a su “zona de confort”. Y en segundo término leerán a mi admirado Paco López, quien inicia con poesía erótica de altos vuelos y opta por degradarla en un vulgar pitch entre realizadores pretenciosos.

Esperamos sus comentarios. La propina es voluntaria. Comencemos con: Sigue leyendo

Media vida por volverte a ver, Django…

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“La vi y me encantó” es lo más que se puede decir de Tarantino a estas alturas. Seamos honestos: sería muy extraño que este director nos volviera a cambiar la vida con una película, como lo logró en Reservoir Dogs o en Pulp Fiction. Pero dejar pasar una peli de QT sin comentarla es como ver a una chica hermosa cruzando la calle sin pensar en un buen piropo semi obsceno para enmarcar el momento. Sería un desperdicio, vamos. Ahí van algunos pensamientos aislados:

  • Creo que la tradición de temas musicales que nombran específicamente al personaje de la película debería recuperarse. ‘Django’, la canción a cargo de Rocky Roberts y Luis Bacalov, es la entrada musical más heroica desde ‘America, F**k Yeah’ en Team America: World Police.
  • Si alguien decide filmar una película llamada Christoph Waltz leyendo nombres al azar en un directorio telefónico, y dicha peli dura dos horas con 45 minutos… yo la vería gustoso. Creo que Tommy Lee Jones le van a dar el Oscar de Actor de Reparto (y uno más al Actor con Menos Sentido del Humor en una Entrega de Globos de Oro), pero el alemán se lo merecería a pulso.

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    Melcocha, te presento a La Calidad.

  • Volviendo al tema de los premios, Tarantino va a ser uno de esos directores épicos a los que un día la Academia de Hollywood les va a tener que dar un Oscar honorario por trayectoria ya que nunca se le hizo justicia en su momento. Voltea a ver la mencionada Pulp Fiction perdiendo frente a Forrest Gump y llora un poco sobre tu caja de chocolates, anda. Más que permitido. Y este año será la misma historia, así que ni hagas corajes. Sigue leyendo

Y eso pasó…

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Hablar de lo malo del año que se va sería injusto en relación a todo lo valioso que trajo consigo y que convenientemente dejamos de lado pues es más “in” fincarse en lo triste, en la pérdida y en el dolor.

Yo celebro haber reiniciado mi vida sin tumores y con propósito, renacer en nuevas metas y equivocarme constantemente como prueba de que estoy haciendo, creando, evolucionando.

Murieron amistades, colegas, mascotas. Hice amigos nuevos, procuré cultivar a los viejos y descuidé a otros de forma siempre inmerecida. Personas muy queridas volvieron inesperadas a mi vida, tendiéndome manos antes de que se las pidiese. Llevé en alto el apellido cuando más bajo fue arrastrado mi nombre. Hablé menos y escribí más.

Me caí una vez menos de las veces que me levanté. Ignoré y fui ignorado, insulté y fui insultado, amé y me amaron de vuelta. Aprendí más cosas de las que olvidé. Reí como siempre y lloré como nunca. Le pegué un gran puñetazo a una pared, una gran patada en el trasero a mis planes y creo que una chica me dio un par de bofetadas en un bar.

Vi partir a mi hija a la distancia, reflexionando en que se hacía más pequeñita y a la vez más grande a medida que se alejaba. La traigo anclada en mi memoria siempre, aunque nos separe una frontera y un desamor entre adultos. Enciende mis soles de mañana y mantiene el brillo en sus estrellas para que yo no trabaje a oscuras. La quiero como a nadie, y ella me querría aunque yo no fuera nadie.

Y los quiero a ustedes también, claro.

Feliz 2013.

Finísimas Recetas: Tartiflette Semipretenciosa

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Hola, Finísimos Lectores. Estoy volviendo poco a poco a este, su blog favorito (espero aún lo sea). Aprovechando que me ha dado por ir ensayando nuevas e insospechadas habilidades para la cocina, compartiré con ustedes otra Finísima Receta. Imagino que ya estarán hartos de tragar el Finísimo Chili, ¿cierto?

Así pues, prepárense a disfrutar otro delicioso platillo cortesía de este, su bloggero de confianza. Su preparación es sencilla. Su sabor, fuera de serie. Su impacto calórico, escandalizante. Damas y caballeros: Tartiflette.

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“Pero Toño”, exclamarás sorbiendo la nariz y abriendo la boca un poco más de lo normal, como suelen hacerlo los ignaros de tu especie, “eso suena exótico y desconocido, y mi paladar poco educado sólo llega a aventurarse cuando hay Festival Internacional de Pastas en el Vips más cercano a mi localidad”. No te intimides, estúpido lector o guapa pero tonturrona lectora: la Tartiflette no es más que una versión sublime de un sencillo plato de papas gratinadas. Claro, estas papas gratinadas saben como si los dioses del Olimpo acabaran de hacer el amor encima de ellas, así que prepárate a experimentar un coito gastronómico.

OK, quizá exagero, pero ya me conocen. El chiste es que este platillo les permitirá preparar algo que, en esencia, es común y corriente (como el blog), pero que les permite pasar por sofisticados foodies con sólo mencionar algunos factoides pedantes ante la concurrencia. Puedes decir que la Tartiflette es un platillo de la Alta Saboya francesa. O que aunque parece una receta ancestral, en realidad fue inventada por un gremio de queseros de la región para impulsar el consumo del apestoso queso Reblochon durante los 80’s, y que el éxito rotundo le garantizó quedarse en los menúes de la gastronomía francesa. Quizá puedes decir que probaste esta delicia después de una intensa mañana esquiando en las blancas nieves de Chamonix, y que te brindó energía para ligarte a una espía ucraniana. El chiste es elevar el factor bullshit al punto de que no se den cuenta de que estás sirviendo papas con queso y tocino, básicamente. Sigue leyendo

CRAPúsculo: Amanecer, Parte 2 – La Anti-Reseña

Que viaje tan prolongado, risible y absurdo hemos emprendido…

No puedo pensar de otra forma al respecto de mi misión por reseñar la saga de Crepúsculo. Siento que fue hace siglos cuando escribí (en inglés) una reseña para el blog de mi entonces esposa, quien me vio la cara de estúpido al convencerme de que leyera las novelas escritas por Stephanie Meyer. Ahora, felizmente divorciado, siento que ver la última película de una de las historias más innecesariamente pueriles que la imaginación haya gestado representa una especie de linterna emocional que al fin puedo apagar, como punto conclusivo a una etapa por demás extraña de mi existencia.

Ojo, no que me queje de la oportunidad de escribir al respecto. Cuando uno se gana la vida con las letras, la inspiración es bienvenida sea cual sea su forma. Dicen que se han escrito mejores canciones sobre el dolor que sobre la alegría, así que es lógico que se puede hacer mejor burla de lo malo que de lo bueno, y en ese sentido Twilight ha dado a manos llenas.

Todo empezó con esa inocente película hecha con dos pesos que se volvió un blockbuster hollywoodense gracias a una base de lectoras pubertas que llevaban pancartas a las funciones de cine. La bestia despertó con una segunda entrega donde el público se pronunció por uno de dos equipos (Team Edward vs Team Jacob), y el cañonazo en taquilla ya nunca mermó, pese a que la calidad del producto se mantuvo estática y llegó incluso a empeorar con cada nueva trama idiota. Para la tercera película la audiencia estaba all in, como se dice en el un juego de póquer, y el triángulo amoroso tuvo que resolverse antes de pasar a la etapa en la que la franquicia se exprime al máximo para generar ganancias. El último libro fue dividido en dos películas para duplicar los ingresos, pese a que el material base estaba más mermado que la alacena de Anahí. Y bueno, llegó la última (por favor, que sea la ÚLTIMA, en serio) parte, en piloto automático de mediocridad.

Esto, señoras y señores, es lo que pasa por “actuar” hoy día…

Aquí es donde entro yo con mi masoquismo. Es obvio que entiendo la razón del éxito de la serie, tanto en libro como en película: los dos sobrenaturales wapetones perfectos que reúnen TODO lo que cualquier mujer quisiera poseer, babeando por una mona común y corriente que de pronto se ve sublimada al convertirse en “uno de ellos”. Los vampiros siempre han sido cool, aún en sus espantosas formas cortesía de la imaginación de directores como F.W. Murnau. Antes de que todo fuera de zombies, los vampiros ya habían conquistado a un público deseoso de recibir, a punta de una mordida, esa inmortalidad y ese poder que se asocia con la capacidad de chuparle la sangre al vecino.

Lo malo es que tuvo que llegar la escritora Stephanie Meyer con sus idioteces a zurrarse encima de toda una mitología y una caracterización de estas criaturas fantasiosas. Y ese es el obvio punto en discordia.

Hubiera preferido esta versión de la saga...

Comencemos por entender que los vampiros no existen. Bajo esta aseveración, las reglas sobre lo que pueden o no hacer son bastante flexibles, y eso no es terrible. Entendemos que un vampiro que sólo vive de noche, que se chamusca al exponerse a la luz solar y que se aleja de ti por el solo hecho de que te hayas chutado una rebanada de pan untada con alioli puede ser limitado en su accionar, pero no por ello tiene que ser predecible o aburrido. Sí, es una criatura poderosísima y temible, pero tiene sus puntos débiles, lo que reviste de interés sus motivaciones y procederes.

Esta pendexa escritora hizo vampiros que sólo presentan su vulnerabilidad ante:

  1. Otros vampiros más ojetes
  2. Lobos (en bola, pues en un tiro derecho casi siempre gana el vampiro)
  3. Una vieja estúpida y sin chiste (vulnerabilidad emocional que sólo aplica a Edward Cullen, protagonista)

Así como que ni se disfruta la cosa, pero a lo mejor ese soy yo y mis absurdas nociones de profundidad en los personajes. No me pelen. Esta serie es para que las chicas mojen la butaca en lo que tienen edad suficiente para ver la inevitable versión fílmica de 50 Shades of Grey.

Es por ello que armado con un par de boletos, una voluntad de hierro y una buena dosis de cafeína entre pecho y espalda, me animé a encarar a mi torturador fílmico en un encuentro final, decisivo. There can only be one y todo eso. “Vamos, culo, a padecer”, afirma mi grito de guerra en estas lides.

ADVERTENCIA, COMO SI NO LO SUPIERAN YA: Esta reseña NO es para quienes desean darse una idea general de qué tan buena o mala es la película antes de comprar su boleto para el cine o bajarla de su sitio de torrents favorito. Si la película lleva ‘Saga de Crepúsculo’ en el título es mala, punto, y la única intención de esta reseña es demostrar por qué es tan mala. Puedes esperar spoilers, quejas, lenguaje obsceno y mala leche a raudales. Si nada de esto te disuade… Sigue leyendo